Dos mujeres: 19

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Capítulo XVIII
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Dos mujeres Gertrudis Gómez de Avellaneda


Nadie, excepto Elvira, tenía conocimiento en Madrid de la partida de la condesa y de Carlos, y de la vuelta de ambos. La misma Elvira no estaba perfectamente instruida de las circunstancias particulares de aquel repentino viaje y de aquella repentina vuelta; pero no era ya solamente ella la que conocía el amor de Catalina.

De vuelta a Madrid presentose con Carlos en teatros y paseos, sin hacer misterio de su afición. Aquella mujer extremada en todo y orgullosa hasta el punto de creerse con fuerzas bastantes para dominar o despreciar la opinión, no había sabido nunca, ni acaso había querido saber el arte del disimulo; y Carlos estaba demasiado aturdido todavía de su propia derrota para poder pensar en las conveniencias sociales. El gran paso para él estaba ya dado. Había ofrecido y aceptado un amor culpable; había faltado en su corazón a sus severos principios de virtud; había sido ingrato con su esposa y perjuro con Dios. Para no sentir remordimientos érale preciso no pensar en nada, y él mismo excitaba a la condesa y la conducía de fiesta en fiesta, procurando embriagarse hasta el punto de perder la facultad de pensar.

Catalina, imprudente y gloriosa de su triunfo, tanto como temerosa de perderle, se engañaba a sí misma con sus especiosos sofismas para persuadirse que no faltaba a la virtud, mientras no faltase al honor; y cuando más se esforzaba en merecer la estimación y el cariño de Carlos, creíase más justificada, como si no fuese el usurparle el corazón de su esposo el más terrible e irremediable daño que podía hacer a la desventurada Luisa.

Y, sin embargo, era naturalmente buena y compasiva. Su gran defecto consistía, como ella misma había dicho a Carlos, en que su poderosa imaginación todo lo engrandecía o disminuía hasta el exceso; y las más extravagantes teorías se hacían realizables para aquella mujer capaz de los esfuerzos más sublimes, como de las aberraciones más lamentables, pero para la que no existía ningún término medio.

Bien conocía que la avidez de Carlos por entregarse con ella a todas las distracciones del mundo, provenía del temor de encontrarse a solas consigo mismo. No se le ocultaba el poder que sobre su noble y recto corazón ejercían los deberes a que por ella faltaba, y recelosa siempre de un arrepentimiento que hubiera herido a la vez su orgullo y su corazón, secundaba diestramente los esfuerzos que hacía el culpable para olvidar su crimen.

Nunca había aparecido tan hermosa, tan magnífica y espléndida. Daba sin cesar funciones en las que ostentaba para Carlos todo su buen gusto, su elegancia y su riqueza. Embriagábale a menudo con la magia de sus talentos: su voz admirable era más dulce y más expresiva cuando cantaba con él o en su presencia. Cuando bailaba era una sílfida que parecía escaparse de la tierra para vagar por los aires. Cuando montaba a caballo y Carlos iba con ella al paseo, notaba que todos seguían con los ojos a la elegante amazona, que hacía tascar el freno a un soberbio caballo andaluz que parecía impaciente al verse dominado por la delicada mano de una mujer.

Si Carlos hablaba de pintura, Catalina pintaba ingeniosas alegorías y bellísimas cabezas que todas se parecían a él.

Si le oía celebrar las bellezas de la naturaleza, inventaba un paseo al campo, y con una escasa y escogida sociedad le llevaba a pasar días de dulce expansión, a los sitios más pintorescos.

En fin, si le sorprendía un momento como tímido y receloso de su cariño, probábale el exceso de él con mil apasionadas imprudencias. Si, por el contrario, sospechaba que empezaba a adormecerse en la confianza de su dicha, sabía despertar su inquietud con sagaces y finas coqueterías. Era dulce y tierna y sumisa cuando convenía; y altiva, vehemente y dominante cuando debía serlo. Era, en fin, la antítesis de la mujer que había hecho feliz a Carlos durante dieciocho meses, y la única que podía fascinarle hasta el punto de hacer que la olvidara.

Carlos, pues, había visto pasar dos meses desde el día en que regresó a Madrid con la condesa, sin que en este tiempo se le hubiese ocurrido un solo momento el pensamiento de dejarla. Hallábase como encadenado, a pesar suyo, al lado de Catalina. No concebía ya cómo era posible vivir sin ella: sin sus talentos que le fascinaban, sin sus placeres que le aturdían, sin su pasión imprudente que le volvía loco, y aun sin sus coqueterías que le hacían rabiar. Se necesitaban todas aquellas nuevas y variadas emociones para que Carlos no sintiese el vacío de aquella felicidad inocente que había perdido, y si aún no bastase criminal para desconocer su falta, harto débil era ya para desear espiarla.

Más de un mes hacía que había recibido de su padre el permiso de volver a Sevilla: no se atrevió ni aun hablar de ello a la condesa. Difería bajo diferentes pretextos su salida de Madrid, y cuando alguna carta de Luisa, tierna y quejosa, venía a recordarle que sólo por su voluntad aún estaban separados, casi le parecía que era una crueldad de la pobre inocente el pedirle un sacrificio que tanto debía costarle.

Sus cartas eran ya menos largas, menos fáciles; todas reducidas a justificar con pueriles razones su permanencia en Madrid, y a dar seguridades de su felicidad, de su constancia, y del tierno amor que profesaba a su esposa.

Y la amaba, en efecto, sí, la amaba todavía, cual el hermano más tierno puede amar a su hermana. Pero, ¡ay!, no era ya ella la que poseía el secreto de su corazón. No era ya ella la que tenía el poder de hacerle delirar de amor, o enfurecer de celos. No era ya ella, en fin, la mujer de quien estaba enamorado.


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