Dos mujeres: 32

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Capítulo XXXI
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Dos mujeres Gertrudis Gómez de Avellaneda


Eran pasados pocos minutos después que Luisa y Elvira habían dejado a la condesa cuando llegó Carlos a su quinta. Había encontrado al coche por el camino, pero estaba muy distante de sospechar que en él fuese su mujer, la cual por su parte iba demasiado absorta en sus pensamientos para haber podido poner atención en un hombre a caballo que pasó junto al coche con dirección al sitio de donde venían.

Catalina recibió a Carlos tranquila y casi risueña. Hacía mucho tiempo que Carlos no la veía así, y se regocijó pensando que al fin le era dado ofrecer a su desgraciada amiga todos los consuelos de que era capaz en la triste posición en que la colocaba.

Aquel día no había sido apacible para Carlos. Al separarse de Luisa no sufría únicamente por el dolor que causaba. Su propio corazón le suministraba sobrada amargura: porque la quería aún, quería tiernamente a la pobre niña, y en aquellos momentos exaltábase su ternura con el sacrificio de que ella hacía. Además, su conciencia se alarmaba al pensar que acaso la virtud de su esposa no siempre saldría vencedora de los peligros a que la exponía su abandono, y ora le atormentaba la imagen de Luisa afligida, desolada, sucumbiendo al dolor, ora el cruel pensamiento de que acaso podría consolarse, olvidarle, despreciarle y, tal vez, colocar en otro el cariño que tan indignamente había él recompensado.

Estuvo triste, pensativo todo el día, y al llegar junto a la condesa necesitaba que ella le hiciese sentir todo su amor y le embriagase con todos sus delirios, para sustraerse algunos momentos a la sombría tristeza que le agobiaba.

Sentose junto a ella y la contempló con placer.

-Estás hermosa, amiga mía -la dijo-. Estás alegre. Dímelo, sí, dime que esperas ser feliz, necesito oírlo. Voy a estar separado de ti algunos días y quiero llevar en mis oídos la armonía de tu voz. Háblame. Catalina, dime que me amas, arráncame de mí mismo y lánzame aturdido a ese porvenir oscuro que se abre delante de nosotros.

-Sí -respondió ella-. Ven y siéntate junto a mí, más cerca..., más todavía. Así, bien. Te hablaré. También yo tengo necesidad de hablarte de ese porvenir que deberé a tu amor. ¡Cuánto, cuánto haces por mí!, ¡cuánto te sacrificas! No disimules, no. No me ocultes cuánto te cuesto. Sé que en estos instantes el valor de lo que me sacrificas es comprendido por tu corazón, y eso mismo aumenta la gratitud del mío.

La suerte te habían dado por compañera una mujer digna de tu adoración a una mujer que debe atravesar los pantanos del mundo sin manchar la orla de su vestidura de inocencia. ¡Desventurada de mí! ¡Otra suerte bien diferente me ha cabido! Yo he sido tu perdición, yo te he arrastrado conmigo al abismo espantoso que una criminal pasión abrió delante de mí. Ella recibió la misión de hacerte feliz y virtuoso, y yo la de perderte. ¿Por qué ha vencido al suyo mi maléfico destino? En este día supremo en que irrevocablemente se consuma, no sé si debo aceptar como un consuelo o como una última y terrible amargura, la convicción profunda de que no era posible a mi pobre razón el evitarle. Sin embargo, no había yo nacido con instintos maléficos. Creo, por el contrario, que mi corazón era naturalmente bueno, y que no ha desconocido ningún sentimiento noble. No disculparé mis extravíos atribuyéndolos a una organización desgraciada que debía forzosamente seguir el impulso de innatas predisposiciones. ¿Cuál ha sido, pues, el oculto motor, el misterioso poder que me ha precipitado? ¿Deberé creer que el origen mismo de las virtudes puede producir el mal, y que los crímenes no son regularmente sino el efecto de grandes cualidades exageradas y mal dirigidas por los acontecimientos y las circunstancias? No sé si puedo generalizar esta consecuencia, más en cuanto a mí paréceme exacta. He amado en ti la virtud que debía hacerme olvidar la mía. Incapaz de ceder a mezquinos impulsos, he podido atravesar por medio de los vicios sin contaminarme, y el entusiasmo de la virtud me ha conducido frecuentemente al mal.

Había concebido opiniones erróneas respecto al corazón humano. En mis primeros años de juventud pedíale demasiado, y al ver burlada mi esperanza llegué progresivamente a esperar de él demasiado poco. Ambos extremos eran malos, y, sin embargo, ambos tenían un origen noble. Mi exigencia nacía del entusiasmo, y cuando nada esperaba ni nada pedía, aún pude ser generosa y emplear la bondad que ya no podía engañarme en un manantial de inagotable indulgencia. Esta indulgencia era más que una cualidad, era una virtud, porque confieso que no me era natural. Había en mi corazón demasiada fogosidad y en mi alma una virtud demasiado severa para que me fuese fácil la tolerancia. Costome trabajo descender del entusiasmo sin caer para siempre en un completo desaliento que me condujese al desprecio, o en una amargura profunda e irritante que me impulsase al odio. Fue un triunfo de mi razón sobre mi naturaleza, y así como mil veces el entusiasmo del bien me produjo el mal, entonces sólo pude evitarle relajando en cierto modo, las enérgicas fibras de una virtud demasiado severa.

El mundo que no me comprendió entusiasta, tampoco me comprendió indulgente. No conoció cuánto me había costado perdonarle por tantas bellas creencias como me había arrebatado, no supo estimar la virtud que encerraba mi tolerancia. Quería más: Veíame indulgente y me deseaba respetuosa, pero mi rodilla era inflexible ante los falsos ídolos que sus instituciones han erigido en dioses. No podía conceder a convencionales virtudes el culto que había anhelado tributar a las virtudes verdaderas, que en vano le había pedido.

Siempre mal comprendida, siempre cobardemente calumniada, aún había un goce para mi alma en aquella generosidad de mi orgullo que perdonaba notablemente la injusticia. ¡Tantas veces, Carlos, tantas veces he tenido necesidad de esa injusticia para poder dar salida a algunos de los sentimientos generosos que la razón había sepultado en el fondo de mi alma! ¡Es tan dulce perdonar!

Yo había podido sobrevivir a mi entusiasmo sin caer en la nulidad, pero, ¡ah!, ¿cómo he podido también sobrevivir a mi orgullo?

Ahora que estoy a los pies de ese mundo, necesitaba de ese perdón que tantas veces le había concedido, ahora que en mí misma encuentro un juez más severo que ese mismo mundo que me reprueba, ahora que arrastro en mi honda caída al hombre que amo..., ahora, Carlos, ahora conozco que nada puede salvar a las víctimas que el destino reclama, y que a manera que aquellos perros cuyo maravilloso olfato percibe el olor de la muerte en un cuerpo todavía vivo, así el mundo presiente y anuncia la suerte de aquellos desgraciados que están destinados a ofrecerle el espectáculo de una lastimosa caída.

Sin embargo, Carlos, no te eches jamás la culpa de mi desventura. Acaso era inevitable. Si la pasión me ha conducido al crimen el vacío del corazón, el eterno vacío me hubiera hecho un daño mayor.

Habíame persuadido de que estaba ya condenada a ese horrible destino, y tomando la inacción por la muerte muy injusta con mi propio corazón. Él me ha desmentido probándome que jamás muere el entusiasmo en las almas capaces de sentirle, y que, semejante al ave poética que renace de sus cenizas la facultad de amar no se pierde nunca en los corazones ardientes. Cansados o heridos, enervados o replegados en sí mismo siempre existen en ellos esas misteriosas cenizas que una centella divina puede reanimar súbitamente.

El amor que me ha perdido ha sido mi solo bien sobre la tierra. Confieso mi culpa sin arrepentirme de ella. Deploro mi destino, pero le acepto. ¡Carlos! Sólo el mal que te hago me inspira remordimiento el que a mí misma me ha causado no me pesa.

Prefiero esta desventura a la de una vida sin objeto, y ahora que soy culpable valgo algo más que cuando me había resignado a ser nula. El orgullo sufre, el corazón padece... ¡Pero he vivido!, ¡he amado! Condéneme el mundo y castígeme el cielo: Estoy resignada.

-¡Catalina! ¡Catalina! -exclamó Carlos- No son ésas las palabras que mi corazón te pedía. ¿Qué nos importa ahora, amada mía, ese mundo ni ese cielo? Háblame de nuestro amor, háblame de la felicidad que vas a darme... Jamás la pagaré dignamente: Ella vale toda la eternidad de expiación. ¿No es verdad, amiga cara, no es verdad que me es dado aún hacer tu dicha y la mía?

-Sí -dijo ella-, lo creo. Seremos felices viviendo el uno para el otro únicamente rompiendo todos los lazos que aún nos ligan al mundo y olvidando todos los deberes. Acaso habrá momentos en que el remordimiento nos sorprenda en brazos del placer, momentos en que te acuerdes de un padre anciano y de una esposa inocente a quienes abandonas, y en los cuales yo adivine tus remordimientos y me aborrezca a mí misma por ser causa de ellos... Pero, ¿qué importa, Carlos? Esos momentos pasarán y volveremos a ser dichosos. Verdad es que nuestra dicha tiene que ser sepultada en el ministerio como un crimen; que nuestros hijos no podrán llamarnos con los dulces nombres de 'padre' y 'madre'; que, acaso, algún día maldigan la existencia que nos deben, y que cuando llegue la vejez y tendamos los brazos buscando una patria, una familia... ¡Nada hallemos! Pero aún somos jóvenes, Carlos, y el amor debe bastarnos.

Carlos se estremeció y dijo con profunda amargura:

-¡Es verdad!

-Tu esposa -prosiguió Catalina-, es más digna de compasión. ¡Tan joven, tan enamorada, tan digna de ser querida, y abandonada por otra!, ¡abandonada por otra que no merece besar la huella de sus plantas! Su desventura sería nuestro más cruel remordimiento si no alimentásemos, como debemos alimentar, la esperanza de que el tiempo sanará la herida de su corazón. El tiempo, sí, porque sin duda no volverás ya nunca a su lado. AL seguirle voy a perderme completamente para el mundo, y no podrás ya desear que vuelva a él para ser su ludibrio, ni menos intentarás abandonarme. Los lazos que nos unen serán en breve más estrechos y sagrados, y nuestro destino es forzosamente una eterna expatriación. Luisa se consolará al fin: acaso un nuevo y más dichoso amor...

-¡Calla! -la interrumpió Carlos con una especie de furor- ¡Calla en nombre del cielo, Catalina! ¿Qué incomprensible placer puedes encontrar en despedazar mi corazón?, ¿qué demonio te inspira palabras que caen como plomo hirviente en mis oídos?

-Quiero -respondió ella con calma-, quiero presentarte el cuadro de nuestro porvenir con todos sus posibles resultados. Pero, ¿por qué tiemblas, amor mío? En medio de todas las desgracias, de todas las humillaciones, ¡cuán felices seremos al saber que vivimos siempre unidos, y que las maldiciones de nuestra familia, la reprobación del mundo, las amenazas del cielo, son otros tantos vínculos que nos estrechan, aislándonos de cuanto podría servir de obstáculo a nuestro amor!

¡Carlos! Si débil alguna vez echas de menos todo lo que ahora me sacrificas y si tienes la barbarie de dejármelo adivinar: ¡Me asesinarás!... No lo dudes. Pero yo espero que nunca, nunca te acordarás de tu patria, de tu padre, de tu esposa. Nunca llegará el día en que necesites ser algo en el mundo, nunca la edad en que te sea precisa la consideración pública, el afecto de tu familia, el aprecio de tus amigos. Yo sola bastaré siempre a tu corazón, ¿no es cierto, amor mío? Yo te consolaré si tu padre te maldice al morir, yo te alentaré contra el dolor de ser causa de la desventura y acaso de los extravíos de tu esposa. Si ese ángel sucumbe a la dura prueba a que sometes su inocencia, yo paliaré tus remordimientos, yo te compensaré con mi amor la pérdida de todos aquellos bienes que el mundo aprecia. ¡Oh! ¡Sí, seremos felices a pesar de todo!

Carlos no pudo sufrir más.

-Catalina -la dijo levantándose con impetuosidad- ¡Ya es demasiado! No eres tú, no, la que debe castigarme por las faltas a que me arrastra el amor que me inspiras. No debes tú ser el instrumento de la venganza del cielo. ¿Qué pretendes cuando así me hablas?, ¿qué más quieres de mí, Catalina?

-De ti no quiero más que la felicidad. ¿Puedes dármela? Responde, Carlos, ¿esperas darme felicidad?, ¿crees posible que haya felicidad para nosotros?

Carlos callaba. Ella prosiguió:

-Muchos te dirán que no hay felicidad sin virtud; que no hay amor en el oprobio; que si el amor sucumbe muchas veces al peso de un compromiso eterno, de una obligación forzosa e interminable, jamás vive mucho tiempo en la atmósfera de la vergüenza. Te dirán que llegará el día en que cesemos de amarnos y, por desgracia, aún no cesaremos de vivir. Pero yo no te diré tales blasfemias. Yo, Carlos, espero que nuestro amor será tan incansable, tan poderosos como ha sido débil nuestra resistencia. Verdad es que amaste a Luisa y que cesaste de amarla; verdad que yo misma he creído amar otras veces y ya no amo los mismos objetos; verdad que todo pasa, ¡todo acaba! Pero nuestro amor, Carlos, nuestro amor burlará esa ley eterna de la naturaleza, porque, ¿qué sería de nosotros si cesásemos de amarnos? Cuando la pasión se extingue entre dos esposos aún quedan lazos, dulces lazos que los unan; aún quedan compensaciones: se pueden estimar, pueden ser amigos... Pero nosotros, si cesásemos de amarnos, reprobados por el mundo, sacrificados al sentimiento que nos abandona, culpable cada uno a los ojos del otro... ¡Acaso nos maldeciríamos!

Carlos volvió a sentarse con profundo desaliento, y bajando la cabeza guardó largo tiempo un terrible silencio. Catalina no tuvo compasión y prosiguió:

-Cualquiera que sea el efecto que lo que voy a revelarte produzca en tu corazón, quiero obedecer a un impulso generoso del mío, quiero que antes de inmolar a mi amor a la desventura niña a cuya felicidad juraste consagrarte, sepas cuán grande es el bien que sacrificas y comprendas la extensión de la gratitud que te debo.

Luisa, la esposa que ultrajas, la rival que he aborrecido, sabe y aprueba nuestra resolución. Palabras que han salido de sus labios pueden ser repetidas por los míos: «Mi muerte sola -ha dicho-, puede dejar libre a Carlos, y yo la imploro de la piedad del cielo». «Yo consagraré los días que aún restan sobre la tierra al anciano abandonado, y no moriré sin obtener para Carlos ¡y su querida gracia y perdón!».

-¿La has visto? -gritó Carlos- Catalina, por compasión, respóndeme. ¿La has visto?, ¿qué significa tu lenguaje?, ¿qué te propones?

-¡La he visto! -respondió la condesa, y le refirió seguidamente toda su conversación con Luisa, pintando con patética elocuencia la sublime abnegación de la santa niña.

Carlos desahogó su agitado corazón con un torrente de lágrimas. La condesa las recibió en su pecho, y la dureza de su lenguaje desapareció a vista del dolor de su amante.

-No te aflijas así -le decía con dulcísimo acento-, acaso no eres tan culpable como en este momento te juzgas, ni la desgracia que te oprime tan irreparable como piensas. Los hombres te habían unido a Luisa con vínculos perpetuos, que son acaso un peso demasiado enorme para una vida pasajera, pero las almas destinadas a la eterna vida, las almas se encontrarán en el cielo; y si la flaqueza de la carne las desune en la tierra, allá, donde todos los amores son compatibles, allá, donde nunca hay crimen en el amor, donde el amor nunca se gasta, allá se volverán a unir con vínculos que nunca romperán la inconstancia ni la muerte.

¿No lo esperas así, Carlos mío? ¿No crees, como en este instante lo creo yo, en la inmortalidad del pensamiento y del sentimiento? ¿No necesitas de un Dios y de una vida sin límites, y de un amor inmenso? Sí, hay un Dios cuya misericordia es hija de su justicia, un Dios que reconoce demasiado débil al corazón humano para que le sea posible juzgarle con severidad. La piedad, ese sentimiento divino que puso en el fondo de nuestras almas, es una emanación de la suya.

Somos culpables, pero ¿no sientes como yo una esperanza dulcísima descender a tu alma, al hablar de la misericordia? ¿No te parece que ese rayo de luna que penetra por la ventana y baña tu hermosa frente baja del cielo para conducir el perdón? ¡Carlos! ¡Carlos! No nos cuidemos de mañana, no pensemos en las horas de un porvenir incierto, y como si fuese ésta la última noche de nuestra vida hablemos de Dios y de nuestro amor.

Carlos la escuchaba, y, sin embargo, no la comprendía ya. Estaba enteramente preocupado, y por momentos se aumentaba la agitación de su alma. ¡Ay! Aquella noche que Catalina le decía considerase como la última de la vida de ambos, no lo era; pero era, sí, la última que pasaría cerca de su Luisa, del ángel que acababa de aparecer más que nunca bello y puro y adorable a sus ojos.

Palabras divinas salían de los labios de la condesa, pero él no podía ya oírlas. Eran las nueve de la noche, y, aunque ella le rogase permaneciese un instante más, negose y se levantó para partir.

La serenidad de Catalina se alteró algún tanto. Sus manos temblaban cuando las extendió hacia Carlos en ademán de despedida.

-Dentro de pocos día -la dijo él-, nos reuniremos para no separarnos más, y por horrible que hayas pintado el porvenir que me espera, yo le acepto contigo. Pero déjame las últimas horas de esta triste noche, que deben ser consagradas a la soledad y a la amargura. Deja que llore en silencio el destino que aquélla que voy a inmolar en aras de mi amor, y que antes de dejarla para siempre aún me sea dado oír de sus puros labios una palabra de piedad.

-¿La piedad? -repitió la condesa- ¡Qué hermosa, qué sublime palabra! ¿Cuál es el mortal que no tenga en el curso de su vida necesidad de ella? Yo reclamo la tuya, amigo mío, porque en este instante padezco mucho. ¡Ven! Sostén en mi alma una creencia que desfallece.

La esperanza de una vida futura más allá de la tumba es una sonrisa paternal del cielo. Yo siento necesidad de ella en este momento en que vamos a separarnos. ¡Es tan triste y tan solemne la palabra adiós! ¡La mirada que recibimos del objeto querido de quien vamos a apartarnos puede ser la última! El porvenir de mañana es tan oscuro como el de veinte siglos. ¿Qué ángel tiende sus alas para garantir la cabeza adorada del golpe inesperado de la muerte? ¿Quién nos asegura, ¡oh amado de mi alma!, que no sea ésta que pasa la última hora de la vida de alguno de los dos?

Algunas lágrimas humedecieron las mejillas de la condesa, y Carlos, conmovido, la dijo:

-No, amiga mía, no te entristezcas con pensamientos lúgubres, si nuestras faltas no alcanzan piedad delante de Dios, en mí sólo deben recaer sus castigos, ¡en mí que me he emponzoñado la vida de dos ángeles! Tú vivirás, sí, para endulzar mis días sobre la tierra, y cuando muera bendiciéndote, me presentaré resignado a recibir una eternidad de expiación.

-¡Tanto me amas! -dijo ella- ¡Oh! No te reconvengas nunca del mal que me has hecho. Al sentirme tan amada gozo una felicidad que no sería comprada dignamente a costa de mil dolores. ¡Carlos! Te he debido momentos supremos de ventura. Si muriese ahora aún llevaría al sepulcro un aroma de amor, que acaso más tarde sería desvanecido. ¿Por qué sería una desgracia la muerte para mí? ¿Por qué? Todavía amo y soy amada, y tal vez este fuego divino se apagaría antes que nuestra existencia. ¡Debe ser una cosa horrible sobrevivir a su propio corazón! ¡Ser un cadáver y no poder aún descansar en la tumba!

¡Carlos! Si la muerte me sorprendiese ahora, mis últimos instantes nada tendrían de crueles. La muerte me reconciliaría conmigo misma y con el cielo, y el amor que va quebrantando mi frágil organización tomaría vigor de mi alma en el momento en que se desatase triunfante de la materia grosera.

Mi muerte en esta hora te ahorraría muchos años de remordimientos, y mientras mi cuerpo descansara en el sepulcro, mi alma sería custodia de la tuya. Si los efectos de mi culpa no sobreviviesen, si las lágrimas de nuestra inocente víctima no llegasen a turbar el sueño de mis cenizas, ¡cuán hermoso luciría mañana el sol sobre la piedra de mi sepultura! Y así debiera ser, amigo mío. Si yo muriese, mi voz se alzaría del borde de la huesa para pedirte paz. «Compra -te diría, compra con tus virtudes el reposo de mis cenizas, ¡el perdón de mi alma! Expía en la tierra nuestras comunes faltas, y hazte digno de la eterna vida y del eterno amor, que Dios concede al arrepentimiento así como a la inocencia».

¡Desgraciado de ti si desoyendo mis súplicas cerrases para mi alma las puertas de la misericordia! Si tu existencia sobre la tierra fuese más larga que la mía, si el cielo te escogiese para ser reparador de nuestras culpas, yo iría a esperarte a la puerta de aquella morada eterna que debían abrirme tu arrepentimiento y tu expiación.

¡Oh, Carlos!, ¿cuál es la suerte a que nos conduce esta senda de crimen en que nos precipitamos? ¿qué seremos cuando el amor que hoy nos pierde, pero que nos justifica, cese de dar luz a nuestro culpable porvenir? ¿En qué degradación caerá mi alma cuando no sea más que el hondo sepulcro de todas mis virtudes y de todas mis ilusiones?

La herencia de felicidad que la justicia de Dios debe conceder a todo mortal, no me estuvo señalada en este mundo. Fuerza es buscarla más allá de él; para que yo la comprendiese me ha sido tu amor. Los momentos felices que por ti he gozado han sido una voz divina que ha dicho a mi alma: «No desmayes, ¡pobre desterrada!, el foco eterno de ese amor bienhechor, cuyos destellos te alumbran, existe para ti en otra vida, en otro mundo mejor».

El amor y el dolor han arrancado de mi corazón lágrimas bienhechoras que han sido un saludable riego para mi alma que yacía árida en la indiferencia y el reposo. El cansancio de la inacción es una cosa horrible. El dolor nos revela un Dios, el tedio nos hace concebir la nada.

Dios nos llama a todos los hombres por un solo camino, la senda misma del crimen puede acercarnos a él. El arrepentimiento es muy bello. ¡Carlos! Mucho debe perdonarse al que a sufrido mucho.

Las ideas de la condesa brotaban desordenadas e incohesas de sus labios, pero en su semblante había una expresión de esperanza y de fe que jamás Carlos había visto hasta entonces.

-Sí, cara amiga -la dijo-, mucho debe perdonarse a un alma como la tuya. Yo también necesito de una grande, de una inmensa fe en la misericordia divina. Pero en este instante sólo pido tu amor, Catalina, y una última mirada y un último adiós.

-¡Tan presto debe ser! -exclamó ella estremeciéndose, mas venció al instante aquella debilidad, y tomando entre las suyas las manos de Carlos-: Adiós -le dijo- no olvides la conversación que acabamos de tener. Antes de partir obtén para ti y para mí el perdón de aquella mujer angélica a quien tanto hemos ofendido. Sí, ponte de rodillas a sus pies y que su misericordia nos alcance a ambos.

Carlos la abrazó llorando.

-Y si el cielo me llama antes que a ti -prosiguió con voz trémula Catalina-, júrame en este instante que, aceptando la expiación que te destina, consagrarás tu vida al sagrado cumplimiento de tus olvidados deberes, y que me será permitida la esperanza de que una esposa desventurada no maldecirá mis cenizas.

Carlos lo juró.

-Ahora -dijo Catalina-, mírame aun una vez con esa tu mirada de amor. Ahora dame tú también tu bendición para mí y para tu desventurado hijo. Yo te doy la mía -prosiguió, poniendo sus manos sobre la cabeza de Carlos, que se había arrojado a sus pies- ¡Que Dios guíe tus pasos, y que el ángel que en la tierra te fue concedido te acompañe por entre los pantanos del mundo sin manchar la orla de su blanca vestidura!

Carlos no atendió a estas palabras. Demasiado conmovido se arrancó de los brazos de la condesa y volvió por tres veces a abrazarla.

Catalina estaba muy pálida, y su voz y sus manos temblaban notablemente, pero no desmayó su valor y vio partir a Carlos sin que se escapase de sus labios una palabra de flaqueza.

De pie, junto a su ventana, prestó atento oído al galope de su caballo que se alejaba, hasta que el rumor, que fue debilitándose gradualmente, cesó del todo. Entonces, enjugó algunas gotas de frío sudor que humedecían su frente, y se apartó de la ventana con semblante triste, pero sereno.

El tiempo era ingrato. Nubes negras envolvían, como de un manto de luto, la pálida faz de la luna menguante, y el viento, que azotaba los viejos vidrios de las ventanas, formaba sonidos querellosos, única voz que interrumpía el grave silencio de la noche.

La condesa escribió lentamente una carta. Ni su mano temblaba, ni se oscurecía su frente. Estaba hermosa y tranquila como en cualesquiera de sus más brillantes días. Sin embargo, cuando concluyó su carta, algunas lágrimas humedecieron el papel que plegaba esmeradamente.

Enseguida hizo venir a sus criados. Recomendó a uno de ellos que llevase la carta al amanecer del próximo día a la casa de Elvira, y como la noche se hacía por momentos más fría, hizo encender dos anchas copas de bronce y ordenó a sus sirvientes se recogiesen a descansar.


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