Ecce homo (José María de Pereda)

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Si es verdad que el estilo revela el carácter del hombre, como corolario se desprende de esta máxima que los actos del hombre hacen adivinar el carácter de su estilo.

Yo conocía los actos ministeriales y hasta los detalles fisonómicos y personales del señor Romero Ortiz, y me había imaginado un estilo que la Gaceta tuvo siempre buen cuidado de ocultar debajo de los secos articulados del ministro de Gracia y Justicia.

De este modo, entre las sospechas del estilo y los datos evidentes de la personalidad física y política de su excelencia, había llegado a formarme esta especie de síntesis indolente del señor ministro revolucionario:

«Ocupo este sitio para destruir, y destruiré todo aquello que no exija más complicaciones que arrimar el hombro y hacer un esfuerzo.

»Ni diré por qué ni para qué. Nada de preámbulos, ni de explicaciones, ni de literatura».

El estilo, y algo más relacionado con él, evidenciado por el señor Romero Ortiz en la sesión constituyente del día 24, me han demostrado que no me equivoqué en el juicio que me permití formar de su excelencia ejecutiva.

No pudiendo hacerse el muerto por completo a las exigencias del banco azul, y después de haber hablado con todos sus compañeros y de haber sido provocado por la contundente oratoria del señor Vinades, se levantó el gracioso ministro, o ministro de la Gracia; pero como aquel que va a tomarse a pecho una azumbre de agua ruda o a sacarse un par de muelas.

«Conozco -dijo- los grandes servicios que las instituciones religiosas; han prestado en nuestras posesiones de ultramar. Sin embargo, yo las he perseguido, porque sabido es que han aumentado cuando estaban los moderados en el Poder y han disminuido cuando el Gobierno era liberal».

Yo no sé qué admirar más aquí, si la fluidez y la hermosura de la frase o la fuerza de la argumentación.

«No he decretado ya la libertad de cultos, porque no he podido saber la opinión verdadera del país acerca del particular», dijo también, cediendo quizá a la misma aprensión que los niños cuando se tapan los ojos para no ser vistos. «Además -añadió-, no suprimí de una plumada el presupuesto del clero, por no dejar sin comer a dieciséis mil curas párrocos».

De pronto, parece como que en su excelencia cabe un asomo de humanidad y que, cediendo a él, se apiada; pero no es así, porque el período no concluye en aquella última palabra, sino con estas otras:

«Los cuales (los curas) hubieran sido otros tantos soldados a pelear contra la revolución».

Dando media vuelta a estas razones, se ve bien claro que al señor Romero Ortiz lo que menos le importa en sus plumadas (su excelencia no escribe, por lo visto, sino que plumea) es que de cada paliza, digo de cada plumada, tumbe sin vida, o sin pan, que es lo mismo, a dieciséis mil ciudadanos, sino que se rebelen contra la situación que a él le da coche y seis mil duros de sueldo.

Acudiendo al reto del señor Vinades, dijo luego: «Se me pregunta por qué la contradicción de que se conceda a los judíos que vengan a establecerse en España y se les niega a los individuos del culto católico... La contestación está en la historia de los jesuitas, y no es éste el momento de entrar en la cuestión».

A esta ingeniosa sobriedad, que pudiéramos llamar roma si el ministro se hubiera permitido el apócope de apellidarse Romo en vez de Romero, no le falta más que la novedad del fondo, pues en cuanto a la de forma, ocasión y accidentes, no conoce rival en los fastos parlamentarios.

Sin embargo, ante un Tribunal de examen es probable que su excelencia, al examinarse de sabio, hubiera llevado calabazas si por toda respuesta se hubiera limitado a decir a cada pregunta: «En la biblioteca hay obras que tratan de eso mismo».

Pero como no se hallaba ante una asamblea de sabios cuando lo dijo, sino de diputados constituyentes, estuvo a pique de ser llevado en triunfo.

Más expansivo y razonador con respecto al exterminio de la Sociedad de San Vicente de Paúl, se aventuró a declarar que «ya diría más adelante las razones que tuvo para conducirse como se condujo con ella, haciendo saber, a buena cuenta, que en el asesinato de Burgos intervinieron tres paulistas». (Tempestades de aplausos en los bancos.)

No negó que hubiese puesto un tenaz empeño en amontonar las monjas en un solo convento, mandándolas desalojar a escape los que ocupaban; pero esto lo hizo «en beneficio de ellas». Ni más ni menos.

En cuanto a las exposiciones de las señoras implorando para aquellas inocentes la clemencia del ministro, tuvo por conveniente no hacerlas caso, porque las firmantes no se dieron por apercibidas cuando se expatriaban conspiradores o se fusilaban reos.

De un hombre que tan poco se paga de las súplicas de las damas españolas; que no se conmueve ante el llanto de las inocentes vírgenes del claustro; que no detiene su pluma porque un solo rasgo de ella hunda en la miseria a millares de funcionarios; que ni siquiera se cuida de dar cuenta circunstanciada de sus actos públicos a aquellos mismos en cuyo nombre los ejecuta; que se limita, en fin, como una catapulta, a aplicar su fuerza mecánica a aquello que intenta derribar, pudiera creer algún aprensivo que no era el mejor y más favorecido heredero de aquellos guerreros hidalgos castellanos cuya galantería y exquisita sensibilidad han hecho proverbial en Europa el tipo español.

Protestó contra semejante aprensión, y protestó cargado de razones su excelencia, después de decirnos lo poco que se le daba por las lágrimas de las monjas y, las súplicas de las damas; añadió con todo el énfasis dramático de que es susceptible un estoico como él:

«Desde que soy ministro he arrancado a diecisiete infelices condenados a muerte de las manos del verdugo (Aplausos.), no porque ninguna señora haya venido a pedir por ellos; lo ha hecho por sí solo el Gobierno provisional».

Queda demostrado que la compasión, único detalle que yo desconocía en el carácter físico-político-ministerial del señor Romero Ortiz, no es del todo extraña a su excelencia, si bien en una forma originalísima, como corresponde a un gran hombre.

Conviene dejar bien definido este detalle.

Para merecer la compasión de Romero Ortiz se necesita, por lo visto:

No ser monja ni pertenecer al clero católico.

Ser un gran criminal y hallarse con un pie en el patíbulo.

Que ninguna dama española solicite el perdón; y

Encomendar la súplica al Gobierno de que forma parte Romero Ortiz.

En resumen: el carácter de Romero Ortiz podrá ser más o menos excéntrico, más o menos anormal, más o menos incomprensible; pero no por ello absurdo o refractario a la lógica.

Comprendiéndolo así el general Serrano, le ha ascendido a ministro ejecutivo desde provisional simple que era.

La patria no sé si lo agradece; pero me consta que lo paga.



(De El Tío Cayetano, núm. 18.)

7 de marzo de 1869.