El Único y su Propiedad :3

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El Único y su Propiedad, Max Stirner, 1844. Primera parte: Los hombres de la época antigua y de la época moderna, Los modernos, El Espíritu.


Los hombres de la época antigua y de la época moderna

Los modernos

El Espíritu

El mundo de los Espíritus es prodigiosamente vasto, el de lo espiritual es infinito: examinemos, pues, lo que es propiamente ese espíritu que nos han legado los antiguos. Ellos lo dieron a luz entre dolores, pero no pudieron reconocerse en él; pudieron crearlo, pero hablar sólo podía hacerlo Él mismo. El Dios nacido, el Hijo del hombre, expresó por primera vez este pensamiento: que el Espíritu, es decir, Él, Dios, no tiene ningún vínculo con las cosas terrenales y sus relaciones, sino únicamente con las cosas espirituales y sus relaciones.

Mi inquebrantable firmeza en la adversidad, mi inflexibilidad y mi audacia, ¿son ya el Espíritu, en la plena acepción de la palabra? ¿No puede el mundo, en efecto, nada con ellas? Si fuera así, el Espíritu estaría todavía en oposición con el mundo y todo su poder se limitaría a no someterse a él ¡No!, en tanto que no se ocupa exclusivamente de sí mismo, en tanto que no tiene únicamente que hacer con su mundo, con el mundo espiritual, el Espíritu no es todavía el Espíritu libre; permanece siendo el Espíritu del mundo, encadenado a este mundo. El Espíritu no es Espíritu libre, es decir, realmente Espíritu, más que en el mundo que le es propio; aquí abajo, en este mundo terrenal es siempre un extraño. Sólo en un mundo espiritual el Espíritu se completa y toma posesión de sí, porque este bajo mundo no lo comprende y no puede guardar junto a él a la hija forastera.

Pero ¿dónde encontrará ese dominio espiritual? ¿Dónde sino en sí mismo? Él tiene que exteriorizarse y las palabras que expresa, las revelaciones en las que se manifiesta, ésas son su mundo. Como el extravagante no vive sino en el mundo fantástico que crea su imaginación, como el loco engendra su propio mundo de sueños, sin el cual no sería loco, así el Espíritu debe crear su mundo de fantasmas, y en tanto que no lo crea, no es Espíritu; en ellos se reconoce como su creador; Él vive en ellos, ellos son su mundo.

¿Qué es, pues, el Espíritu? El Espíritu es el creador de un mundo espiritual. Se reconoce su presencia en Ti y en Mí, en cuanto se comprueba que nos hemos apropiado de algo espiritual, es decir, de pensamientos: que estos pensamientos nos hayan sido sugeridos, poco importa, con tal que nosotros les hayamos dado vida. Pues, de niños, las máximas más eficaces carecían de toda eficacia en la medida en que no podíamos recrearlas en Nosotros. Así, también el Espíritu no existe más que cuando crea algo espiritual y su existencia resulta de su unión con lo espiritual, creación suya.

En sus obras es donde le reconocemos. ¿Qué son esas obras? Las obras, los hijos del Espíritu, son otros Espíritus, otros fantasmas.

Si los que me leyesen fueran judíos, judíos ortodoxos, podría detenerme aquí y dejarles meditar sobre el misterio de su incredulidad y de su incomprensión de veinte siglos. Pero como Tú, lector, no eres judío, al menos un judío de pura sangre -pues ninguno me hubiese seguido hasta aquí- (Este comentario, de tinte segregacionista merece una condena completa, sin embargo, vale la pena ser tolerantes y proseguir con la lectura de esta obra, no obstante los exhabruptos de mal gusto de que hace gala el autor. Nota de los editores.), sigamos todavía juntos un trecho del camino, hasta que tal vez Tú me vuelvas la espalda a Mí, porque me burlo de Ti.

Si alguien te dijese que eres todo Espíritu, te tocarías y no le creerías, pero responderías: Poseo, en verdad, Espíritu; sin embargo, no existo únicamente como Espíritu: soy un hombre de carne y hueso. Además, siempre distinguirías entre Ti y Tu Espíritu. Pero -replica tu interlocutor- es Tu destino, aunque seas todavía al presente el prisionero de un cuerpo, llegar a ser algún día Espíritu bienaventurado; y si puedes figurarte el aspecto futuro de ese Espíritu, es igualmente cierto que en la muerte abandonarás ese cuerpo, y que lo que guardes para la eternidad será tu Espíritu. Por consiguiente, lo que hay de verdadero y de eterno en Ti, es el Espíritu; el cuerpo no es más que tu morada en este mundo, morada que puedes abandonar y quizá cambiar por otra.

¡Hete aquí convencido! Por el momento, en verdad no eres un puro Espíritu, pero cuando hayas emigrado de este cuerpo perecedero, podrás salir del paso sin él; así, es necesario que tomes tus precauciones y que cuides a tiempo tu Yo por excelencia: ¿De qué servirá al hombre conquistar el universo, si tuviera para eso que dañar su alma?

Graves dudas se han elevado en el curso de los tiempos contra los dogmas cristianos, y Te han despojado de Tu fe en la inmortalidad de Tu espíritu, pero una cosa sigue en pie: tú estás siempre firmemente convencido de que el Espíritu es lo que hay de mejor en Ti y que lo espiritual debe aventajar a todo lo demás. Cualquiera que sea tu ateísmo, comulga con los creyentes en la inmortalidad de su celo contra el egoismo.

¿Qué entiendes Tú por egoísta? Un hombre que en lugar de vivir para una idea, es decir, para alguna cosa espiritual, y sacrificar a esta idea su interés personal, sirve, al contrario, a este último. Un buen patriota, por ejemplo, lleva su ofrenda al altar de la patria, y que la patria sea una pura idea no ofrece duda alguna, porque no hay ni patria ni patriotismo para los animales o para los niños, carentes todavía de Espíritu. Quien no dé muestras de patriotismo, aparece frente a la patria como egoísta. Lo mismo sucede en una infinidad de casos: gozar de un privilegio a expensas del resto de la sociedad, es pasar por egoísmo contra la idea de igualdad; ejercer el poder es violar como egoísta la idea de libertad, etc., etc.

Tal es la causa de tu aversión por el egoísta, porque él subordina lo espiritual a lo personal, y es en él en quien piensas cuando preferirías verle obrar por el amor de una idea. Lo que os distingue es que tú refieres a tu Espíritu todo lo que Él refiere a sí mismo; en otros términos, Tú escindes tu Yo y eriges tu Yo propiamente dicho, el Espíritu, en señor soberano del resto que juzgas sin valor, en tanto que Él no quiere saber nada de tal reparto y persigue a su gusto sus propios intereses, tanto espirituales como materiales. Tú crees no sublevarte más que contra los que no conciben ningún interés espiritual, pero de hecho huyes de todos los que no consideran esos intereses espirituales como los verdaderos y supremos intereses. Tú llevas tan lejos el oficio de caballero, siervo de esta beldad, que la proclamas la única belleza existente en el mundo. No es para Ti para quien Tú vives, sino para Tu Espíritu y para lo que depende del Espíritu, es decir, para las Ideas.

Puesto que el Espíritu no existe sino en tanto que creador espiritual, procuremos, pues, descubrir su primera creación. De ésta se deriva, naturalmente, una generación indefinida de creaciones; como en el mito, bastó que los primeros humanos fuesen creados para que la raza se multiplicase espontáneamente. Esta primera creación debe originarse de la Nada, es decir, que el Espíritu, para realizarla no dispone más que de sí mismo; más aún, siquiera dispone todavía de Él, pero debe crearse. El Espíritu es, por consiguiente, Él mismo, su primera creación. Por místico que el hecho parezca, su realidad no está menos atestiguada por una experiencia de todos los días. ¿Eres pensador antes de haber pensado? Sólo por el hecho de crear Tu primer pensamiento, creas en Ti el pensador, porque no piensas en tanto que no has tenido un pensamiento. ¿No es Tu primer canto el que hace de Ti un cantor, la primera palabra la que hace de Ti un hombre que habla? Igualmente es tu primera producción espiritual lo que hace de Ti un Espíritu. Si te distingues del pensador y del cantor, deberías distinguirte igualmente del Espíritu y sentir claramente que Tú eres también algo distinto que el Espíritu. Para lo mismo que el Yo pensante pierde fácilmente la vista y el oído en su exaltación del pensar, así también la exaltación del Espíritu Te ha aprehendido y ahora aspiras con todas tus fuerzas a hacerte todo Espíritu y a fundirte en el Espíritu. El Espíritu es tu Ideal, lo inaccesible, el más allá; tú llamas al espíritu Dios: ¡Dios es el espíritu!

Tu celo te excita contra todo lo que no es Espíritu, y te sublevas contra Ti mismo. En lugar de decir: Yo soy más que Espíritu, dices con contrición: Yo soy menos que Espíritu. El espíritu, el puro espÍritu no puedo más que concebirlo, pero Yo no lo soy, Otro lo es, y a ese Otro lo llamo Dios.