El árbol y el pájaro viajero

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El árbol y el pájaro viajero
de Clemente Althaus



Un árbol que vegetaba
en apartado sendero,
así a un pájaro viajero
con tristes voces hablaba:

«Yo a la tierra estoy sujeto,
y tú en el éter vacío
te espacias a tu albedrío:
tú vives y yo vegeto.
¡Ah! ¡Cuánta parte del mundo
recorres en sólo un día,
con sin igual alegría,
con deleite sin segundo!
Adonde te place vas,
y doquier que el vuelo llevas
ves siempre bellezas nuevas,
sin que te hastíes jamás.
Tú ves el inmenso mar
a quien el humilde río
donde se baña el pie mío
sus aguas va a tributar.
¡Cortárame la segur,
con tal al menos que en él
trocado en raudo bajel,
volara de Norte a Sur!
¡Henchidas de aura süave,
alas me fueran las velas
como esas con que tú vuelas,
y fuera yo también ave!
Mas, preso en tanto en el suelo,
apenas una aura leve
mis hojas y ramas mueve,
alzar quisiera mi vuelo,
mas,¿cómo volar podré
si, aunque son alas ramos
que los árboles llevamos,
lo impide el clavado pie?
¡Cuánto es fuerza que te asombres
y te deleites y agrades,
al visitar las ciudades
que edificaron los hombres!
El que muchas cosas ve
logra de ciencia un tesoro;
pero yo todo lo ignoro:
sólo mi desdicha sé.
Cuando aquí el invierno impera
los árboles despojando,
partiendo a clima más blando,
gozas siempre primavera.
Ven, feliz pájaro, ven
a contarme cuanto viste,
aunque me deje más triste
la noticia de tu bien.
Sobre mis hojas detente
que callarán entretanto
que tu dulcísimo canto
me relate largamente
lo que tan de paso nombra
la multitud caminante
que a descansar un instante
se sienta bajo mi sombra:
empiezan hermoso cuento
que oigo con curioso afán
mas de repente se van,
y el fin les escucha el viento»

Dijo el triste árbol así
con murmullo plañidero;
mas al pájaro viajero
esto responder oí:

«Engañado árbol que dices
que, por tener libre vuelo
en tierra, océano y cielo,
somos las aves felices:
sabe que es mas venturoso
quien nunca pudo viajar,
ni abandonó del hogar
el dulcísimo reposo.
¡Dichosas raíces tuyas!
cadenas que Dios te puso
para impedirte que iluso
de los patrios campos huyas!
Desde que dejé mi nido,
sembrada está de millares
de peligros y pesares
la vida que yo he vivido.
¿Qué vale, dime, que viva
el pájaro libre en alto,
si allí el hombre le da asalto,
y le mata o le cautiva?
¿De qué nos valen las alas,
que juzgas tan alto bien,
si alas da el hombre también
a las flechas y a las balas?
Y nuestras desdichas sumas
en sus alevosas flechas
lloran tal vez el ser hechas
¡Ay! ¡de nuestras propias plumas!
Viví largos días preso
entre unas doradas rejas
do fueron mis tristes quejas
de una beldad embeleso.
Si, burlando su custodia,
logré escaparme de allí,
en el ígneo, arcabuz di
del cazador que nos odia.
Ve cuál a tus ramas llego,
herido del ala y pie,
y en todo mi cuerpo ve
las huellas del voraz fuego.
¡Ay! ¡fuera mortal herida
la que entonces me causara
bala que de mi hembra cara
fin puso a la dulce vida!
Y a mis implumes hijuelos,
mis delicias y cuidados,
de su nido arrebatados
lloran también mis desvelos.
No alcanzo cómo el dolor
de verme solo y vïudo
más en mi muerte no pudo
que el plomo devorador,
si mi canora garganta
despide tan dulce acento,
tú eres hojoso instrumento
en donde la brisa canta.
Si de tus flores y verdes
móviles músicas hojas
en cada año te despojas,
y todas tus galas pierdes,
de los inviernos el daño
reparan las primaveras,
y tu pompa recuperas,
en la juventud del año.
No iluso envidies la suerte
de tanto otro árbol hermano,
a quien del hombre la mano
en raudo bajel convierte.
Esas orgullosas naves,
cual las que tú ser quisieras,
y que, aladas y ligeras,
son del mar gigantes aves;
asaltadas de repente
por horrísono aquilón,
presto sepultadas son
en el vórtice rugiente.
¡Cuántas veces miré yo
llegar sólo a la ribera
la destrozada madera
de la que ufana partió!
Yen los asaltos crüeles
de las ondas y del viento,
maldijo el fatal momento
en que por altos másteles
y flotantes banderolas,
sus ramas dejó infeliz,
por el ancla a raíz,
y la tierra por las olas.
¡Ay! el placer de viajar
es doloroso placer,
y vale más nunca ver
lo que siempre hay que llorar.
Y pues ya de la sentida
voz de mis querellas sabes
cuál de las míseras aves
es la dolorosa vida,
y cuál la astuta crueldad
que por do quier las insidia;
en vez de tener envidia,
al que merece piedad,
duélete de mis congojas,
y dame luego un asilo
secreto, blando y tranquilo
entre tus espesas hojas».


(1863)


Esta poesía forma parte del libro Obras poéticas (1872)