El 11 de Septiembre

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El 11 de Septiembre
de Olegario Víctor Andrade



A BUENOS AIRES
(En el álbum de un proscripto)

Buenos Aires, no es esa tu bandera.

La nación es su dueña verdadera.
A. E.


Gime, ciudad infeliz, sufre tu pena.
Tantos ultrajes vengará la historia,
Si arrastras humillada la cadena,
Yo estoy aquí para cantar tu gloria.

A...

¿No veis? El pampa errante con su carcax de cuero
cual cóndor en las alas de silbador pampero
sujeta condolido su indómito bridón.
Y al ¡ay! de tus guerreros, al bote de su lanza,
sucumbe Buenos Aires, tu gloria, tu pujanza,
cual árbol orgulloso que troncha el aquilón.

La cuna de los libres, la patria de Belgrano,
de Mayo el pueblo heroico, que con potente mano
trozara las cadenas de odiosa esclavitud,
y en montes y llanuras su grito sacrosanto
de independencia o muerte como sublime canto
sacara de un letargo la América del Sud.

Hoy rueda como rama que el ábrego arrebata,
bañando con su sangre las márgenes del Plata,
sufriendo de sus hijos la saña y ambición,
¿Qué mano misteriosa grabó sobre su frente
con lágrimas y sangre la marca repelente,
que cubren los girones del patrio pabellón?

Dejadme, delirando, sus glorias una a una,
cantar cuando derrame la palidenta luna
sus tibios resplandores, diadema de mi sien.
Y el eco de mi lira, mi acento de poeta
resuene majestuoso cual canto de profeta
que embriagan en el mundo los sueños del Edén.

Yo vi caer mi padre, yo vi caer mi hermano
rodando bajo el hacha de bárbaro tirano,
y un grito de venganza lanzó mi corazón.
Por esa Buenos Aires valientes sucumbieron,
por ella las pasiones mi pecho estremecieron
perdido en las llanuras que baña el Yaguarón.

Decidme si no puedo lanzar un anatema
de muerte y exterminio sobre el sangriento lema
que elevan esos hombres con ímpetu fatal ;
decidme si no pueden del niño los acentos
doblar como el terrible bramido de los vientos
de un círculo ambicioso la frente criminal.

* * *

¡Buenos Aires! decían los valientes
que cual olas de undosos torrentes
se lanzaban del íbero en pos,
y al pisar del león la melena
y al quebrar una férrea cadena
por su gloria rogaban a Dios.

¡Buenos Aires! grabaron sus huellas
de Ituzaingo en las márgenes bellas
levantando el azul pabellón.
Y las naves de Brown vencedoras
nos gritaban del Plata señoras :
¡Buenos Aires! bramando el cañón.

De Lavalle las huestes valientes
en Yeruá, San Cristóbal, Corrientes,
¡Buenos Aires! grabaron también ;
combatiendo con noble pujanza,
combatiendo sin sed de venganza
por llegar a ese mágico Edén.

Y después el guerrero entrerriano,
vencedor de sangriento tirano,
Buenos Aires, gritó, libertad;
basta, basta de sangre y de duelo,
ya está limpio el azul de tu cielo,
de la patria, proscripto, llegad.

* * *

Pero ¡ay! la ingratitud tendió sus alas
cubriendo, Buenos Aires, tus blasones,
y la ambición al desplegar sus galas
rodaron en el polvo tus pendones.

Rodaron cual las hojas que arrebata
la furia destructora del pampero
y el seno de rugiente catarata
se lleva de la muerte mensajero.

Perdón si el estertor de tu agonía
perturbo con mis trémulos cantares,
Buenos Aires, querida patria mía,
son ecos que revelan mis pesares.

Si al verte coronada de laureles
cantaba con orgullo tu destino,
hoy miro en esos falsos oropeles
la sangre que circunda tu camino.

Hoy miro del desierto en las llanuras
mil tribus con sus potros arrogantes
que marcan sus sangrientas herraduras,
pisando tus cimientos vacilantes.

Y no responde nadie a tu gemido,
y no consuela nadie tus dolores;
¿tus hijos dónde están, dónde se han ido?
Pregúntalo a ese círculo de horrores.

Pregunta por qué en playas extranjeras
mendigan una patria y un hogar,
por qué doblan sus frentes altaneras
la hiel de tus destinos al libar!

Pregúntalo a ese círculo de horrores
que mira tus desgracias con valor,
dormido en el perfume de las flores
con sueños de grandeza y esplendor.

Pregunta qué se han hecho los blasones
que pisoteó su loca vanidad;
pregunta dónde están esos pendones
que alzara proclamando Libertad.

En humo convertidas han volado
las tribus de la pampa al combatir,
y sólo en sus delirios te han dejado
las sombras de un obscuro porvenir.

Colegio del Uruguay, Septiembre 11 de 1856.