El Alcázar de Sevilla: 8

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El Alcázar de Sevilla Fernán Caballero


También hay un laberinto de arrayán, caro a los niños, que los atrae y asusta como todo lo misterioso.

Hay otra cosa en estos jardines, que sin ser cosa artística ni regia, sin recuerdo histórico y sin ayuda del tiempo ni del hombre, encanta, y admira, y es un ruiseñor que no busca recuerdos ni bellezas, sino verde hojarasca, y no podemos concluir de hablar del Alcázar, sin dedicar un recuerdo a este huésped de sus jardines, porque él a su vez nos trae a la memoria los amigos queridos y simpáticos en unión de los cuales, y sentados con ellos alrededor de una fuente, hemos quedado tantas veces mudos y absortos escuchando los mismos sonidos que oirían las grandes figuras, cuyos hechos han quedado impresos en las páginas de la historia, y cuyas huellas se estamparon en los mismos sitios que recorríamos. Una serie de siglos, con los personajes y cosas que en cada cual figuraron, pasaba lentamente ante nuestra vista, trayéndonoslos a la memoria como repite un lejano eco los debilitados sonidos de distintas tocatas. Entonces, cual nunca, sentíamos lo que Mr. Ernesto Reuan, Miembro del Instituto francés, ha expresado no ha mucho en las siguientes palabras

«¡Lo pasado es tan poético! ¡Lo porvenir lo es tan poco! Hay más mérito en amar lo que fue, que en amar lo que será. Ciertos seres privilegiados aman las cosas antiguas y gastadas, porque las ven débiles y abandonadas, y porque la multitud se aglomera en otras direcciones. En esto consiste el secreto de su fuerza; pues enmedio de esta humanidad ligera que ríe, se divierte y se enriquece, conservan lo que constituye la fuerza del hombre, y lo que a la larga da siempre la victoria, esto es, la fe, la gravedad, la antipatía a todo lo vulgar, el menosprecio de la frivolidad.»

Mal hemos llenado nuestro cometido; pero venga todo aquel que quiera conocer bien esta joya de España a la hospitalaria hija del Betis; cuando le admire la Lonja, le encante el Alcázar y le entusiasme la catedral, conocerá cuán difícil es describir en lisa y llana prosa lo que se siente al contemplarlos. No ha sido éste tampoco el objeto que nos hemos propuesto al trazar las presentes líneas. Al ver que la época actual, que tiene tantas trampas para publicar lo que es triste y malo -o lo que sin ser malo hace que lo parezca-, no ha tenido fuera de Sevilla ni una débil voz para publicar la buena y satisfactoria nueva de esta hermosa restauración, cuya importancia es la de un verdadero acontecimiento nacional (por mas que no sea un ferrocarril), hemos querido sólo evitar que quede desatendida, y contribuir en algo a que todo español amante de las bellezas artísticas y de los monumentos históricos de su patria, tribute a nuestros reyes la gratitud a que en esta, como en tantas otras ocasiones, se han hecho acreedores.


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