El Asistente

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El Museo universal (1858)
El Asistente.
 de Pedro Antonio de Alarcón.

Nota: se han modernizado los acentos.


EL ASISTENTE.

¡Qué horas tan hermosas son aquellas que siguen a una comida de amigos entusiastas, rociada grandemente de Jerez y de Burdeos; cuando el humo de los cigarros envuelve ya a los comensales, llevándose la imaginación tras sus giros voluptuosos; mientras el dedo de la memoria hojea melancólicamente el libro de lo pasado, y los secretos se desbordan de todos los corazones, y la máscara cae de todos los semblantes, y llueven las anécdotas, los chistes, los cuentos, las historias, los dramas y los poemas!

Todos cuentan algo: hasta el más taciturno y desconfiado descubre el fondo de su alma: los mozos han abandonado el comedor: ya no se habla de música, de política, de literatura, de religión... Se habla de la vida, del tiempo, de la esperanza, del mundo cual es en sí. Todos los espíritus se han alzado a una igual altura, y desde aquella cumbre de entusiasmo echan miradas retrospectivas a las llanuras de la existencia, y tranquilas ojeadas al descenso de los días...

Dice Byron: Yo gusto del fuego, de los crujidos de la leña, de una botella de Champagne y de una buena conversación.

Nosotros no teníamos leña, porque principiaba mayo y estábamos en Andalucía, en Granada, en la Alhambra, en la fonda de Los Siete Suelos. —¡Hace cinco años!

Habíamos hablado de muchas personas; de ese mismo Byron, del duque de Reichstadt, de Luis XVII, de la papisa Juana, del preste Juan de las Indias, de Balzac y de otros muertos ilustres, cuando, no sé porqué camino, llegamos a hablar de perros, de monos, de hotentotes y por último de asistentes.

Un capitán, muy joven y muy bravo, —a quien dedico estos renglones, a pesar de que hace mucho tiempo no sé si es muerto o vivo,— tomó entonces la palabra, y, sobre poco más o menos, vino a contarnos lo que sigue:

Quiero que forméis una idea exacta de lo que es ese tipo sublime que medio habéis adivinado. Luego podréis vosotros deducir las consecuencias que queráis en pro o en contra de la civilización actual, y de la civilización en general; podréis seguir discutiendo acerca del maniqueísmo, del instinto de los animales, del mérito y demérito de las acciones humanas y de la forma social que se aviene mejor a nuestra naturaleza caída... En cuanto a mí, hombre práctico, me contentaré con referiros un hecho, o sea con acusarme de una culpa.

—¡Historia tenemos! dijimos todos arrellanándonos en las sillas; así termina toda buena conversación.

—¡Hable el capitán!

Este encendió el tercer cigarro y dijo:

—Desde que salí del colegio e ingresé en las filas, hasta hoy, que han pasado ya diez años, solo he tenido dos asistentes: el que acabais de ver, y un tal García... que es el héroe de esta historia.

La voz del soldado, tembló al pronunciar este modesto nombre... Tomó un sorbo de café y continuó:

—García era un soldado reenganchado, hombre de unos veinte y ocho años, natural de Totana, tipo árabe, o por mejor decir, tunecino, de ojos negros, tez morena, pocas palabras, un valor a toda prueba y muy apasionado en sus odios y en sus simpatías.

Debo advertiros, sin embargo, que yo no vi en él más odios ni otros cariños, que el reflejo de mis sentimientos; amaba al que yo amaba; y abominaba al que yo aborrecía.

Nunca le conocí novia, ni ningún vicio: jamás supe cuándo comía ni cuándo descansaba. Solo sé que a todas horas se hallaba al alcance de mi voz, dispuesto a servirme en mis menores caprichos, tuviésemos o no dinero, fuese de día o de noche, ardiese la tierra bajo el sol del verano o estuviese cubierta de una vara de nieve.

Aquel hombre constituía toda mi familia cuando yo estaba fuera de mi casa, que era casi siempre; por lo tanto, yo debía de quererle mucho... y quizás le quería...—¡Oh! si... después lo he sabido... ¡yo le adoraba!— ¡pero nunca me ocurrió darme cuenta de ello! —Esto es muy común en los hombres de mi carácter — Lo mismo soy ahora con mi mujer... ¡Díscolo y endemoniado! —En fin, vamos al asunto.

Por todo lo dicho comprenderéis que yo era un ser fabuloso a los ojos de García, y que él me idolatraba como un buen lujo idolatra a un mal padre... —Pero no... Esto es poco...— Como un perro idolatra a su amo. Un perro... si...! —Tal fue siempre el papel que a mi lado hizo García.

Tenerme contento, evitar un regaño, merecer una mirada mía... he aquí la suprema felicidad de aquel hombre.

¡Oh!.. el género humano es esencialmente bueno. García, que era diez años mayor que yo, me hablaba de V. Yo a él de tú. El me hacía la comida con mil afanes. Las sobras de mi comida eran su alimento. Yo, soldado voluntario, recibía ochocientos reales mensuales por pasearme.

Él, soldado forzoso, ahorraba seis cuartos el día que más, y estaba trabajando siempre. Yo no le pagaba... Él me servía con gusto, con entusiasmo, con cariño. Y sin embargo... no sé porqué... (preocupaciones mezquinas que se arraigan en nuestro corazón) yo trataba a García con cierta dureza. Solo le hablaba para mandarle, para reñirle por un descuido o para prohibirle alguna cosa... Mi voz era su ordenanza viva. ¡Qué diablo! Yo soy hijo y hermano de militares, y la costumbre de obedecer rigorosamente, me había dado el hábito de mandar con rigor! En medio de todo, ¿qué era García? Un inferior mío... un soldado de mi compañía... ¡un subordinado! ¡Cuánto debió sufrir en su vida! ¡Él, que nada amaba en el mundo tanto como a mí, y nunca recibió una prueba de mi estimación; que nunca oyó de mis labios una palabra afectuosa; que no estrechó mi mano al separarse de mí; que no me abrazó al volver a verme; que no pudo decirme en los peligros de la guerra.... ¡Cuidado, amo mío! que siempre amó, calló y sufrió en mi presencia, como un paria ante su Dios, como un eunuco ante la sultana, como un esclavo ante su dueño.

¡Oh!... pero, eso sí... estoy seguro de que no me engaño... y después lo he pensado muchas veces... Si García hubiera caído enfermo: si me hubiera querido abandonar; si hubiera llorado delante de mí... en aquel mismo punto hubiera dejado de ser mi inferior; le hubiera dicho: «García, no podré vivir sin verte...» en fin, me hubiera dado cuenta de que éramos dos hombres que se amaban como hermanos!

No exagero, amigos míos. Considerad lo que para un oficial es su asistente.

Cuando a media noche volvía yo a mi alojamiento, solo, triste, fastidiado, él era quien me esperaba. Si estaba enfermo, me cuidaba él. No bien deseaba una cosa, a veces sin decirlo, me la proporcionaba. En campaña estaba a mi lado. En los caminos me servían sus brazos de puente para pasar los ríos. En el invierno se tendía a mis pies para abrigarlos. En el verano me cobijaba bajo la sombra de su cuerpo. Él era el único que sabía el estado de mi bolsillo. Solo él podía adivinar el estado de mi corazón. Me veía sufrir, me veía lloroso, me veía enamorado, débil, arrastrado por un vicio, poco respetable por cualquier circunstancia de la juventud, y me miraba, y sentía, y callaba y se quitaba la gorra con respeto. Él se peleaba con las patronas por ponerme en la mesa mis manjares favoritos. Ahorraba de mi dinero, o sea me robaba temporalmente para sacarme después de un apuro. Me revisaba la ropa como una mujer. Me peinaba, me cepillaba, me vestía. Era, por último, protector como un padre, previsor como una madre, dócil como un hijo, cariñoso como un hermano, económico como una esposa, leal como un amigo... ¡Una familia entera para mí... mi casa ambulante! ¡Oh! aquel hombre no tenía existencía propia: vivía de mi vida, y murió de mi muerte.

Escuchad. Cuando la guerra última con los carlistas concluía ya por consunción, me hallaba yo en Cataluña a las órdenes del general B. García me acompañaba. Un día encontramos al enemigo cerca del pequeño pueblo de Gironella. Desde por la mañana nos estuvimos batiendo con el mayor orden; y a la caída de la tarde, cuando la victoria era casi nuestra, fuimos sorprendidos a retaguardia por otra considerable partida. Estábamos entre dos fuegos. Nuestro coronel mandó la retirada, viendo la cosa perdida, y en un momento casi todos los soldados huyeron en dispersión. Pero yo no oí aquel toque, y permanecí batiéndome al frente de mi compañía, que ocupaba el extremo del ala derecha. Los carlistas avanzaron. Mis soldados empezaron a caer a mi alrededor como segadas espigas. ¡Y yo no mandaba la retirada! Estaba loco: era presa de la epilepsis, de esa enfermedad que acompaña a todos los accesos de mis pasiones. Pero tan estrechados se vieron aquellas víctimas infelices de mi ciego furor, que huyeron al fin sin esperar mi orden, dejándose en el campo a la mayor parte de sus compañeros. García se figuró que yo había mandado aquella fuga, y corrió más que todos, creyéndome acaso al frente de la compañía. Quedé, pues, solo. Arrojé el fusil con que había disparado el último tiro, y desenvainé el sable. De este modo avancé hacia el enemigo, poseído de tan insensata furia, que pronto caí en tierra, presa de una terrible convulsión. Los facciosos me creyeron muerto y siguieron acosando a los fugitivos. Llegó la noche sin que me recobrase. Los restos de nuestras fuerzas estaban ya en Gironella, donde se fortificaban y rehacían para caer al día siguiente sobre los facciosos, que por su parte acamparon en frente de la pequeña población. García, entre tanto, habíase apercibido de mi falla y decidido volver al teatro de la acción, a fin de recoger mi cadáver si yo había muerto, o auxiliarme si me hallaba herido. Para lograrlo, tenía que atravesar el campamento carlista. Solo un loco o una madre hubiera concebido tan temeraría empresa. Salió del pueblo cautelosamente, y dando un rodeo de tres leguas, consiguió atravesar la línea contraria. Poco después me encontró entre los cadáveres. Yo seguía insultado; pero sumido en esa extraña somnolencia que permite ver y oíir, ya que no hablar o moverse. García adivinó al momento que yo solo tenía la epilepsis: enjugó sus lágrimas, refrenó sus sollozos, cogiome a cuestas, y echó a andar hacia el pueblecillo. Así se fue acercando a los facciosos, impasible, sereno, resignado con su suerte. Solo un prodigio podía salvarnos. Él lo sabía, sí; pero sabía también que si no se empleaban los medios acostumbrados para sacarme de aquel insulto o me dejaba allí a la intemperie, en una horrible noche de ventisca, podía quedar muerto al cabo de algunas horas. Continuó, pues, su camino. ¡Tenía que volver a forzar la línea de los carlistas! La oscuridad de la noche, era la única probabilidad de salvación que nos quedaba... En esto rompió la luna su cárcel de nubes y apareció plena, hermosa, resplandeciente, esclareciendo por completo todo aquel país nevado. García arrojó un suspiro, previendo una desgracia. Yo la preveía también; ¡yo, inerte, exánime, echado sobre la espalda de aquel hombre valeroso! ¡Qué horrenda pesadilla!.... Mas... ¡Oh portento! García atravesó con su carga a veinte pasos de un centinela, sin ser descubierto por él. Ya tocaba aquel resignado Cristo al término de su vía de dolor, cuando los carlistas le distinguieron a la luz de la luna. —¡Quién vive? gritó una voz a lo lejos. —¡A él! exclamó otra más cercana. —¡María Santísima! murmuró García. Y estrechando convulsivamente mis muñecas, apretó el paso. En esto silbó una bala y sonó un tiro. Mi asistente se detuvo. Bamboleóse con su carga, dio un largo sollozo, y cayó de boca contra el suelo. Yo caí encima de él. ¡Qué noche aquella! Primero sentí que García temblaba y se retorcía bajo el peso de mi cuerpo y entre mis inertes brazos... Luego se quedó tranquilo... Después se fue enfriando poco a poco... Sus miembros adquirieron, en fin, una rigidez espantosa... Estaba muerto. ¡Yo lo sabía, y no podía moverme! Pasé, pues, la noche abrazado a un cadáver ¡al cadáver de García! ¡Era el primer abrazo que le daba. El fresco de la mañana me volvió el sentido. Me puse de pie y miré a mi alrededor. Estaba solo. Los carlistas habían levantado el campo durante la noche. Registré a García, y vi que la bala le había entrado por un costado y salido por el otro. Toméle a mi vez a cuestas, y trémulo, vacilante, con los ojos húmedos y el corazón destrozado, entré en Gironella. Allí está enterrado el pobre García. Hoy es para mi su nombre objeto de culto y veneración. ¡Cuántas veces he pedido locamente a Dios que le permitiera resucitar, para consolarle de mi acritud y pagarle con amor su sacrificio!

Desde entonces soy dulce, afable, cariñoso con mis inferiores, y en vez de aspirar a que mi compañía tiemble ante mí y me crea un ser de otra especie que la humana, solo deseo ser un amigo de todos mis soldados, un preceptor, un consejero; porque he comprendido demasiado bien, que bajo el burdo capote del soldado late a veces un corazón más grande que bajo el uniforme dorado del general.

¡Oh! cuando este otro asistente ha celebrado mi ternura paternal para con él; cuando he oído las bendiciones de mi compañía; cuando he derramado el consuelo sobre esos pobres hijos de la patria, arrancados del seno de sus familias para servir a la ambición de cuatro miserables, ¿no es verdad, pobre García, que tú me has sonreído desde el cielo, diciendo para ti mismo:

«Mi sacrificio no fue inútil, pues ha redimido a mis camaradas?....»

El joven militar quedó con los ojos clavados en el cielo; nosotros nos asimos a sus manos, y el mozo de la fonda entró con la cuenta.

P. A. de Alarcón.