El Cardenal Cisneros: 46

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original. Publicado en la Revista de España.


XLIX.[editar]

Era Rector de la Universidad el Rector del Colegio de San Ildefonso, quien para el despacho ordinario de los negocios estaba asistido por tres Consejeros, consultándose los casos graves con todo el claustro de Profesores y aun con los discípulos. Los Reyes y los Papas invistieron de gran autoridad al Rector, de suerte que, en cierto modo, ejercía hasta jurisdicción criminal para juzgar de las faltas cometidas por personas que dependían de la Universidad. Tenia también su Canciller, como la de Paris, para conferir los grados académicos, formar parte de los tribunales de exámen y asistir á todos los ejercicios científicos.

Fué primer Rector D. Pedro Campo, Profesor de Salamanca, y primer Canciller D. Pedro Lerma, que lo era de Paris, cuyas dos universidades, que eran entonces las más célebres del mundo, proveyeron de sabios é ilustres Profesores á la de Alcalá.

Abrió sus cursos el nuevo santuario de la ciencia en 18 de Octubre de 1508, y tenia cuarenta y dos cátedras: seis de Teología, seis de Derecho Canónico, cuatro de Medicina, una de Anatomía, una de Cirugía, ocho de Filosofía, una de Filosofía Moral, una de Matemáticas, cuatro de Griego y Hebreo, cuatro de Retórica y seis de Gramática.

Los Profesores ejercían sus funciones sólo por cuatro años, pasados los cuales se abria nuevo concurso para la provisión de las cátedras. Cuando los maestros no tenian discípulos se veian privados de los emolumentos anejos á su cargo y áun parte de su sueldo quedaba á beneficio de la Universidad, de modo que estas prescripciones mantenían la emulación del Profesorado, que no se hacia uraño y perezoso, como ocurre en nuestros dias aun á los catedráticos más brillantes de nuestros centros universitarios. Todavía Cisneros encontraba en la práctica medios eficaces, aunque indirectos, para estimular la aplicación y el celo de Profesores y discípulos, pues frecuentemente asistía á las cátedras y presidia gran número de ejercicios académicos.

Cisneros colocó la Universidad de Alcalá bajo el patronato perpetuo del Rey de Castilla, del Cardenal de Santa Balbina, del Arzobispo de Toledo, del Duque del Infantado y del Conde de la Coruna. Dejóle una renta anual de 14.000 ducados para atenderá sus gastos, y un siglo después ascendían ya á 30.000 las rentas de la Universidad. ¡Ay! Ni aquellos ilustres patronos ni estas cuantiosas rentas salváronla del naufragio en el presente siglo, y aunque es verdad que sus ruinas sirvieron de magnífico cimiento para erigir la Universidad Central, había algo que acompañaba á la tradición de la de Alcalá, que la debió hacer sagrada, como ha hecho hasta ahora la de Salamanca, la ilustre primogénita de todas las del Reino, á pesar del espíritu de economía que ha amenazado tantas veces ya su existencia.

Tres años después de la apertura del curso universitario de Alcalá, el Rey Fernando la visitó. Cisneros, que desde su vuelta de África corría mal con el Soberano, se consideró grandemente honrado por esta visita. El Rector de la Universidad, precedido de sus maceros salió á recibir al Rey, y habiendo exigido la guardia de éste que depusieran sus insignias, porque nadie podía usarlas en presencia del Soberano, éste se adelantó, y para dar un testimonio de su respeto por las letras, dijo á todos: nada de eso, que no las dejen: esta es la morada de las Musas, y en ella sólo deben reinar los que están iniciados en sus misterios. Don Fernando recorrió toda la Universidad, visitó todos sus departamentos, asistió á los exámenes y presenció las conferencias públicas. No podía desconocer aquel espíritu, aunque indocto, superior y sagaz, las ventajas que había de proporcionar á sus Estados aquel vivísimo foco de instrucción: así es que felicitó con entusiasmo á Cisneros, cuya gloria en este punto difundia sobre su propio reinado magníficos resplandores.

Otra visita régia tuvo también algunos años después la universidad de Alcalá: fué la de Francisco I, el vencido de Pavía. Recorrióla toda, examinó sus departamentos, se enteró de su organismo, vio sus reglamentos, y no pudo ocultar su grande admiración. Vuestro Cisneros —exclamó,— ha ejecutado más de lo que yo me hubiera atrevido á imaginar; ha llevado á cabo él sólo, lo que únicamente una serie de Reyes ha podido hacer en Francia [1].

La historia debe consignar siempre estas palabras, porque ellas son el más bello é imparcial elogio de nuestro gran Ministro.

  1. Gomez, De Rebus Gestis, fol. 79.
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