El Marqués de Mantua/Acto III

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​El Marqués de Mantua​ de Félix Lope de Vega y Carpio
Acto III

Acto III

Salen el EMPERADOR, DON ROLDÁN, CARLOTO, RODULFO, DURANDARTE, OLIVEROS y GALALÓN.
EMPERADOR:

  Sea venido en buen hora,
y el Duque también.

ROLDÁN:

Sospecho
que no es de mucho provecho
su buena venida agora.

EMPERADOR:

  Días ha que no venía
el de Irlos a nuestra Corte.

ROLDÁN:

Yo aseguro que no importe
lo que otras veces solía.

EMPERADOR:

  Sospechas, Conde, me dais
de que hay algún mal suceso.

ROLDÁN:

No sabré decir en eso
si la verdad sospecháis.

EMPERADOR:

  ¿Qué es esto que a mis espaldas
todos murmuran?

ROLDÁN:

No sé.

EMPERADOR:

¿Por qué lo encubrís? Porque
si son malas nuevas, daldas,
  que no es nuevo para mí
resistir a la fortuna.

ROLDÁN:

No sé yo nueva ninguna,
tus hijos están aquí;
  Carloto y Rodulfo tienen
salud.

EMPERADOR:

¿Qué es esto, he perdido
alguna tierra, han surgido
naves que de África vienen
  en alguna playa mía,
en algún puerto francés,
en la Rochela o Calés?
¿Qué hay de España? ¿Qué hay de Hungría?
  De color estáis mudados,
¿no me diréis la razón?
¿Hay alguna rebelión
en mis provincias y estados?
  ¿Qué suspensión es aquesta?
Sin duda el suceso es grave.

CARLOTO:

Ninguno, señor, lo sabe,
pues nadie te da respuesta;
  sin duda no es de importancia.

EMPERADOR:

Pues ¿hicieran sentimiento
con más encarecimiento
si hubiera perdido a Francia?
  Roldán, amigo, Oliveros,
decidme lo que hay.

OLIVEROS:

Señor,
verdad es que anda rumor
entre algunos caballeros;
  mas nadie dice lo que es.

(Sale un PAJE.)
PAJE:

El de Irlos y el de Alansón
piden licencia.

ROLDÁN:

Es razón
que esta licencia les des,
  que ellos sabrán el suceso
o le vienen a contar.

EMPERADOR:

La puerta les puedes dar.

CARLOTO:

[(Aparte.)]
Que me arrepiento, confieso,
  de haber muerto a Baldovinos.

ROLDÁN:

¿Qué estás temiendo, Carloto?

CARLOTO:

La causa deste alboroto,
que ha de causar desatinos,
  tú verás en lo que para.

ROLDÁN:

¿Qué ha de parar? Aquí estoy.

CARLOTO:

¡Oh, primo!, tu sangre soy,
mis desatinos repara.

ROLDÁN:

  ¡Qué triste está Galalón!

CARLOTO:

Pues ¿no quieres que lo esté?,
fiel como lo es siempre, fue
el autor desta traición.

GALALÓN:

  El de Irlos viene a la Corte,
no me agrada su venida.

ROLDÁN:

Segura tienes la vida,
¿qué has de perder que te importe?
  Destierro o prisión no es nada.

PAJE:

Duque y Conde están aquí.

(Salen el CONDE DE IRLOS, y el DUQUE DE ALANSÓN con luto.)
CONDE DE IRLOS:

Danos tus pies.

EMPERADOR:

¡Ay de mí!
¿Luto, Conde? No me agrada.

DUQUE DE ALANSÓN:

  Danos, gran señor, las manos.

EMPERADOR:

Alzaos del suelo primero.

CONDE DE IRLOS:

¡Oh, rey noble y justiciero,
sangre y valor de romanos!
  Como un Clodoveo santo,
tu divino antecesor.

EMPERADOR:

¿Mi justicia y mi valor,
Conde, agora ensalzáis tanto?
  Por algo debe de ser;
¿dónde, amigo, habéis estado?

CARLOTO:

El color se me ha mudado, Roldán.

ROLDÁN:

Calla y deja hacer.

EMPERADOR:

  ¿Venís del mar, por ventura,
como otras veces soléis?
¿Qué conquista agora hacéis?

CONDE DE IRLOS:

Todo es, señor, paz segura,
  y aun en la segura paz
se temen falsos amigos
más que en África enemigos.

ROLDÁN:

Por ti lo dice, rapaz.

CONDE DE IRLOS:

  En Italia hemos estado,
y en Mantua con el Marqués,
y dél la embajada es,
que para ti nos la ha dado.
  Manda que se salgan fuera,
solo aquí quede Roldán.

EMPERADOR:

Cuantos en la sala están
se salgan.

ROLDÁN:

Carloto, espera,
  que en mí tienes un francés.

CARLOTO:

En el corredor aguardo
a Galalón. ¡Vil bastardo;
en efeto, magancés!

GALALÓN:

  Embajada, y sin jueces;
en mal andáis, Galalón,
mas yo os pondré corazón
en los pies como otras veces.

EMPERADOR:

  Cerrad esa puerta.

ROLDÁN:

Harelo.

EMPERADOR:

Quedemos los cuatro solos.

CONDE DE IRLOS:

Como en sus ejes y polos
se afirma, y sustenta el cielo,
  ansí, en justicia y verdad
el reino y valor de un rey...

DUQUE DE ALANSÓN:

Común ha de ser la ley.

CONDE DE IRLOS:

Señor, licencia me dad.
  Vasallo, señor, soy vuestro,
de Francia soy natural.
No os enojéis si hablo mal,
que sois rey y amparo nuestro.

EMPERADOR:

  Decid, Conde, qué queréis,
que al amigo y enemigo
a escuchar igual me obligo;
hablad y no os receléis,
  que por amistad guardar
al amigo siempre escucho,
y al enemigo, por mucho
que dél me puedo avisar.

CONDE DE IRLOS:

  Seguro en esa palabra,
sabed, gran señor, que vengo
solo a demandar justicia
de Carloto, el hijo vuestro,
que al infante Baldovinos,
con engañoso concierto,
mató en las sierras de Ardenia
con otros dos caballeros
por casarse con su esposa,
que no por agravios hechos,
que si por agravios fuera,
justamente fuera muerto.
Deste delito se quejan
con lágrimas y con ruegos
muchos hombres de linaje
que son sus padres y deudos.
El Marqués danés Urgel,
señor, se queja el primero,
que es de la reina Ermelina
hermano, y tío del muerto.
Hallole en un bosque herido,
en cuyos brazos muriendo
le contó la triste historia
y lamentable suceso.
También el Maestre de Rodas,
del Marqués primo, a los cielos,
y a vós se queja, buen Carlos,
de ese valor satisfecho.
También de Babiera el duque,
de Baldovinos abuelo,
porque es padre de su madre,
justicia os está pidiendo.

CONDE DE IRLOS:

El rey de Sansueña, caro
noble, aunque alarbe soberbio,
por ser padre de Sevilla,
y Baldovinos su yerno.
Sin estos, invicto Carlos,
otros muchos caballeros,
los unos por amistad,
los otros por parentesco.
Sobre todos Ermelina,
su madre, y todos diciendo
que se partirán de Francia
y pasarán a otros reinos
si no les guardas justicia
conforme a ley y derecho,
amparándolos en ella
como cabeza y gobierno.
Él es caso abominable,
pero mira al Padre inmenso,
que no perdonó a su hijo
siendo inocente cordero;
y el tuyo es hombre culpado
por el más notable yerro
que han escrito y visto agora
los antiguos y modernos.
Acuérdate de Trajano
y del castigo estupendo
que él hizo en el hijo propio
para dejarnos ejemplo.
Guarda, no te culpe el mundo,
de quien eres claro espejo,
que por eso al rey le dan
una espada con el cetro.
Respóndenos, gran señor,
y partiremos con esto
adonde el Marqués aguarda
triste, afligido y suspenso.

ROLDÁN:

  [(Aparte.)]
¡Qué suspenso que ha escuchado!,
la mano en la barba asida;
temo, Príncipe, tu vida,
pero moriré a tu lado.

EMPERADOR:

  Si lo que habéis dicho, Conde,
es verdad, yo más quisiera
que mi hijo el muerto fuera,
y a mayor piedad responde.
  El morir es una cosa
natural al que es mortal,
mas la memoria del mal
hace la muerte afrentosa.
  Del que muere con afrenta,
la muerte, muerte se llama,
que el muerto con buena fama
la vida pasada aumenta.
  Decilde, Conde, al Marqués
y a cuantos con él están
que en mi justicia verán
si es Carlos padre, y rey es,
  que yo dejaré un ejemplo
de quien soy que al mundo espante,
y que a Trajano adelante,
y a cuantos con él contemplo.
  Venga a hacer esto verdad,
forme querella a su instancia
como es costumbre de Francia
usada de antigüedad,
  que haré justicia sin daño,
así al pobre como al rico,
así al grande como al chico,
al propio como al estraño.
  Yo dejaré tal memoria,
puesto que mi hijo sea,
que escrita en sangre se lea
en largos siglos mi historia.

DUQUE DE ALANSÓN:

  Dadnos, señor, esas manos,
o los pies, que es más razón.

EMPERADOR:

Esto, Duque de Alansón,
hacen los reyes cristianos.

DUQUE DE ALANSÓN:

  Siempre, señor, se ha tenido
de tu valor confianza,
que por mantener justicia
tu sangre no perdonaras.
El caso es grave y no es justo
que juzgues tu propia causa,
aunque tan cristiano rey
mayor justicia guardara.
Y ansí, el Marqués te suplica
que porque él juró en un ara,
que no ha de entrar en poblado
mientras justicia no alcanza,
y porque él mismo ha de ser
quien en el campo, y no en salas
proponga la acusación
desta querella y demanda,
no quieras estar presente
a la sentencia, que basta
nombrar caballeros nobles,
según costumbre de Francia,
y que los que tú nombrares
firme juramento hagan
que administrarán justicia
guardando verdad sin falta,
y que en el campo señales
donde los partes entrambas
por ejecución final
respondan y satisfagan,
y porque el Marqués trae gente
para su defensa y guarda,
y entre ellos viene Reynaldos,
que ofende el Conde de Brava,
pide que le dé seguro,
que ya han partido de Mantua
y de París vienen cerca,
fiados en tu palabra.

EMPERADOR:

  Esa doy, y el Marqués venga
de guerra o paz a su gusto,
que mi amparo en esto es justo
que desde agora le tenga.
  Este anillo os doy en fe,
nombrad vosotros jüeces.

ROLDÁN:

¡A mucho, señor, te ofreces!

EMPERADOR:

¡Todo esto y más cumpliré!

ROLDÁN:

  ¡Señor!

EMPERADOR:

¡No me digáis nada!

ROLDÁN:

¡Oye!

EMPERADOR:

¡No me repliquéis!

(SEVILLA dentro.)
SEVILLA:

¿A mi justicia tenéis,
señor, la puerta cerrada?

EMPERADOR:

  ¿Qué es eso?

CONDE DE IRLOS:

Sevilla es.

EMPERADOR:

Abrid.

CONDE DE IRLOS:

Entrad sin temor.

(Sale SEVILLA de viuda.)
SEVILLA:

Dadme vuestros pies, señor.

EMPERADOR:

Dejad, Infanta, mis pies.

SEVILLA:

  Invicto Emperador, que mil naciones
llaman con justa causa Carlos Magno,
no porque de tus lises los pendones
ha visto el fiero bárbaro africano,
no porque en la ciudad santa los pones
donde el sepulcro está de Dios humano,
sino por la grandeza de tu pecho,
a quien el ancho mundo viene estrecho.
  Si porque yo soy bárbara y nacida
de padre moro ¿es justo que me quiten
a Baldovinos a traición la vida,
porque mi fama y honra soliciten?
Esa ley tan crüel y aborrecida,
¿qué bárbaros, qué moros la permiten?
Y si se sufre cosa tan tirana,
¿qué dirá quien me vio volver cristiana?
  Si aquí puede quedar su autor bien quisto,
¿en qué difieren el que nombre toma
de la ley, Evangelio y fe de Cristo,
al que sigue los pasos de Mahoma?
¿En qué Egipto, en qué Scitia el mundo ha visto,
adonde el indio carne humana coma,
que un hombre, sea el que fuere, hombre atrevido,
por gozar la mujer mate al marido?
  Aquí te aguarda el mundo en confianza,
del justo peso, nunca falso o roto;
Baldovinos ocupa una balanza
y otra tu hijo el príncipe Carloto.
Su sangre pide a Dios y a ti venganza,
y desde Francia al indio más remoto
te piden que castigues su malicia.
¡Justicia, gran señor! ¡Señor, justicia!

EMPERADOR:

  ¡Que esto tengo de ver y escuchar esto!
¡Oh, mal hijo crüel! ¡Conde, llevalda,
que yo le nombraré jüeces presto!

CONDE DE IRLOS:

Vamos, señora.

EMPERADOR:

Duque, consolalda.

SEVILLA:

¡Señor!

EMPERADOR:

¡Basta, no más, ya estoy dispuesto
a hacer justicia!

ROLDÁN:

Conde, con don Alda
podéis llevarla.

EMPERADOR:

Vamos.

SEVILLA:

¡Si en el suelo
justicia falta, Dios está en el cielo!

(Vanse SEVILLA, el CONDE y el DUQUE.)
EMPERADOR:

  ¿Qué os parece, Roldán?

ROLDÁN:

Cuando esto sea,
prender basta a Carloto.

EMPERADOR:

Bueno es eso;
nadie, si es cierto, en mi clemencia crea
que me he de contentar con verle preso.

(CARLOTO dentro.)
CARLOTO:

¿A eso vino el Conde?

EMPERADOR:

Haré que vea
lo más noble de Francia su proceso.

CARLOTO:

Dejadme entrar, que hablarle me conviene.

ROLDÁN:

Carloto es este.

EMPERADOR:

¿Y cómo a hablarme viene?

CARLOTO:

  Si de tu cara es digno el que engendraste,
y de tus ojos a quien sangre diste,
y de tu voz el hijo que formaste,
y de tus pies el que a tu forma hiciste,
si de tus manos... ¿cómo, señor? ¡Baste!
(Vuelva las espaldas.)
¿Cómo, señor, la espalda me volviste,
pues para mí, señor, como el Dios Jano,
todo eres padre, y todo Carlos Magno?
  ¿No me oyeras, señor?

ROLDÁN:

Carloto, amigo,
el Rey no es tu juez, y es padre airado,
a nombrallos se parte, y yo querría
ser uno dellos, que te importa.

CARLOTO:

Parte
y haz de suerte, que en esa grave junta
por lo menos presidas.

ROLDÁN:

Si eso puedo
a todo pierde el miedo; todo es nada,
y a todos tienes de Roldán la espada.

(Vase.)
CARLOTO:

  Amor fiero, inventor de desventuras,
buen fin has dado a tantos desatinos,
quien entre dioses altos y divinos
puso tu nombre, hazañas y locuras.
¡Oh, frágiles y humanas hermosuras,
por unos ojos bárbaros y indignos
maté como traidor a Baldovinos,
bañando en sangre mis entrañas duras!
¡Oh, amor cubierto con fingida capa,
qué amargo acíbar, qué lloroso infierno,
tu primero deleite cubre y tapa!
¡Oh, gustos de la tierra sin gobierno
que dais al alma cuando el cuerpo escapa
la gloria breve y el tormento eterno!

(Salen OLIVEROS, DURANDARTE, MONTESINOS, y gente de criados.)
OLIVEROS:

  Vengan a lo que vinieren
el de Irlos y el de Alansón.

CARLOTO:

Estos no muestran pasión.

MONTESINOS:

Juzgar cierto pleito quieren.

OLIVEROS:

  Carloto.

CARLOTO:

Amigo Oliveros,
¿de qué el mundo se alborota?

OLIVEROS:

De jugar a la pelota
yo y aquestos caballeros.

CARLOTO:

  ¿A la pelota?

OLIVEROS:

Pues ¿no?,
a hacer venimos partido.

CARLOTO:

Pues todo aquese ruido
¿en qué paró?

OLIVEROS:

¿Qué sé yo?
  Si es negocio contra ti,
todos nos reímos dél.

CARLOTO:

¡Oh, amigo sabio y fiel,
consolado me has ansí!
  De miedo estaba perdido
sin tener de sangre gota.

OLIVEROS:

¿Quieres jugar la pelota?
Haremos nuevo partido.

CARLOTO:

  ¡Por Dios que estoy por jugar,
que esto es negocio de risa!

MONTESINOS:

Ponte, Príncipe, en camisa,
que nadie te ha de agraviar.

CARLOTO:

  ¿Qué partido jugaremos?

DURANDARTE:

Yo y Carloto, a Montesinos
y a Oliveros.

MONTESINOS:

¿Qué padrinos
para ayudar tomaremos?

DURANDARTE:

  Basta agora dos a dos.

OLIVEROS:

Traigan pelotas y palas,
y retumben esas salas
con los golpes.

CARLOTO:

¡Bien por Dios!
  ¡Los brazos te quiero dar!

OLIVEROS:

Desnúdate.

CARLOTO:

Ya comienzo;
Dios sabe lo que me venzo
por poder disimular.

OLIVEROS:

  Muestra la capa y la espada,
y la ropilla te quita.

DURANDARTE:

Ya por ganaros me incita
la mano a la pala usada.

MONTESINOS:

  ¿Quién saca?

OLIVEROS:

Yo y Durandarte.

DURANDARTE:

Yo mejor vuelvo que saco,
siempre de puñada saco
en calle y en cualquier parte.
  Probaré en el corredor,
¿qué es el tanto?

MONTESINOS:

Diez escudos.

CARLOTO:

¡Ea, ya estamos desnudos!
¡Pelotas!

OLIVEROS:

Paso, señor.

CARLOTO:

  ¿Cómo paso?

OLIVEROS:

Date preso,
que así a tu padre le agrada.

CARLOTO:

¿Y quitásteme la espada,
Oliveros, para eso?

OLIVEROS:

  Temí tu cólera fiera
y agora pido perdón.

CARLOTO:

Oliveros, no es razón
prenderme desta manera.

OLIVEROS:

  Denle al Príncipe una capa
y vamos luego de aquí.

CARLOTO:

¡Prenderme, prenderme a mí!

OLIVEROS:

Nadie de prisión se escapa
  como tenga superior,
y el que no tiene enemigo...

CARLOTO:

¡Basta, Oliveros amigo,
que eres a tu rey traidor!

OLIVEROS:

  ¡Fiel soy al rey que tengo,
y amigo tuyo, por Dios!

CARLOTO:

Vámonos juntos los dos.

OLIVEROS:

Ve, señor.

CARLOTO:

Ven pues.

OLIVEROS:

Ya vengo.
  ¡Ah de la guarda!

DURANDARTE:

Aquí están
prevenidos cien soldados.

CARLOTO:

Amigos tengo estremados.
Paje, dile esto a Roldán.

(Vanse y salen REYNALDOS y dos criados con una tienda negra.)
REYNALDOS:

  En las riberas deste fresco río,
pues en poblado no es posible que entre,
respeto del solene juramento,
pienso que podrá bien aposentarse.
Fijad aquesa tienda negra y triste,
en que de Baldovinos esté el cuerpo,
que ya suenan los roncos atambores
y del noble Marqués la gente viene.

(Toquen cajas y salgan con luto y un hombre con una bandera negra arrastrando, y en el medio ataúd, BALDOVINOS armado y el MARQUÉS detrás.)
MARQUÉS DE MANTUA:

Meted ese ataúd en esa tienda,
que, vós, amado hijo don Reynaldos,
sabed que hemos tenido buenas nuevas
de la justicia que promete Carlos.

REYNALDOS:

¿Qué menos se esperó de tan gran príncipe?

MARQUÉS DE MANTUA:

Las cajas suenan y el de Irlos viene.

REYNALDOS:

Con él viene, señor, de tu sobrino
la triste esposa.

MARQUÉS DE MANTUA:

¡Oh, lastimoso caso!

REYNALDOS:

Ya llegan, bien podrás salir al paso.

(Salen el CONDE y SEVILLA.)
SEVILLA:

  ¡A los pies que deseo
han llegado mis brazos,
padre del alma mía!

MARQUÉS DE MANTUA:

¡Tristes ojos,
esto solo os faltaba,
hija y sobrina mía!
¡Alzaos del suelo o pisaréis mis lágrimas!
Y aunque mis canas diga,
puede ser que no mienta.
¡Echaos en estos brazos!

CONDE DE IRLOS:

¡Y desmayose en ellos!

MARQUÉS DE MANTUA:

¡Oh, retrato del muerto Baldovinos!
¡Aquel muerto, este vivo,
no sé de cuál mayor dolor recibo!
Entonces tuve el cuerpo,
agora tengo el alma
que sé yo que lo fue del cuerpo suyo;
aquel de hierro herido,
esta de pena fiera;
que más duele una pena, que una herida.

SEVILLA:

¿Adónde está mi esposo?

CONDE DE IRLOS:

En sí volvió.

SEVILLA:

¡Que estuvo
en estos brazos muerto,
y que yo en ellos viva!
Decir puede que soy bárbara en todo,
que a quien tal desventura
no mata, no es mujer, es piedra dura.
Señor, yo sé que el cuerpo
de aquel alma dichosa,
cuya inocencia las estrellas pisa,
viene con vós agora
conforme al juramento.
Dejadme si es posible que le vea;
caigan sobre su sangre
estas piadosas lágrimas,
vuelva yo a ver su rostro,
llegue a su boca el mío,
no se me niegue su postrero abrazo,
que es bien que me despida
en muerte de quien fui la media vida.

MARQUÉS DE MANTUA:

  Aunque es hecho inhumano
negároslo, ¡no es justo!

SEVILLA:

¡Oh, verdadero padre y señor mío!
¡Oh, cama regalada,
donde murió mi vida!
¡Oh, brazos desde donde salió el alma
que me llevó la mía!
Decidme, noble padre,
¿qué dijo de su esposa?
¿Acordábase della?

MARQUÉS DE MANTUA:

Ese fue su dolor, que no su muerte;
esa su pena fiera,
su testamento y voluntad postrera,
  arrancándose el alma
de la prisión del cuerpo,
mil veces repitiendo el nombre tuyo
me encomendó tu vida
y que no te gozase
el matador de la inocente suya,
y allí los ojos puestos
en el difunto Cristo,
en una cruz clavado
rindió el postrero aliento;
mas estas no son cosas que permiten
vida ni sufrimiento.

SEVILLA:

Antes detiene el alma un gran tormento.

MARQUÉS DE MANTUA:

  Reynaldos valeroso,
llevadla a nuestra tienda
y haced, de suerte, que no vea el cuerpo.

REYNALDOS:

Vamos, hermosa Infanta,
descansaréis un poco.

SEVILLA:

Vamos, que si es morir descansaremos.

(Váyanse SEVILLA y REYNALDOS.)
MARQUÉS DE MANTUA:

Decid, Conde, ¿qué dice
de mi desdicha Carlos?

CONDE DE IRLOS:

Ha hecho como príncipe
magnánimo y cristiano,
y con notable ejemplo te promete
de su hijo venganza.

MARQUÉS DE MANTUA:

Cumplió como quien era mi esperanza.

CONDE DE IRLOS:

  Nombráronse jüeces
y estase viendo el pleito
en medio un campo, como tú pediste.

MARQUÉS DE MANTUA:

Y ¿quién son los nombrados
para acusar al reo?

CONDE DE IRLOS:

Quedaba el Duque solo con lo escrito
de las probanzas hechas.
Era el juez primero
Dardín Dardeña, noble,
con el Conde de Flandes,
el Duque de Borgoña y don Grimalte,
don Beltrán, el más viejo,
y Galalón, el que le dio el consejo.
  Borbón, el Duque de Aste,
al de Foix, y Reynero
de Agramonte, y Saboya, y de Ferrara,
condestable, y Guarinos,
sin otros caballeros.

MARQUÉS DE MANTUA:

Razón es que me acerque, pues me importa,
hacia sus tiendas, Conde.

CONDE DE IRLOS:

El cetro les ha dado
Carlos, de todo punto,
para que se administre
justicia contra el reo aunque es su hijo.

MARQUÉS DE MANTUA:

Ya desde aquí la fama
Carlos el Magno para siempre llama.

(Salen OLIVEROS con dos guardas, LEONARDO y PLÁCIDO.)
OLIVEROS:

  ¿Con tan buen semblante está?

LEONARDO:

Poco dicen que lo siente,
que se ve el proceso ya.

OLIVEROS:

Y no la sangre inocente
que al cielo suspiros da.

PLÁCIDO:

  Es heredero, ¿qué importa?

OLIVEROS:

La justicia en todo corta,
que por eso así se llama.

LEONARDO:

Que le destierran es fama,
y que el Marqués se reporta.

OLIVEROS:

  Plega a Dios que sea ansí,
mas Carlos es justiciero.

PLÁCIDO:

Nunca su muerte temí.

OLIVEROS:

Yo sí, que su limpio acero
desnudo en sus ojos vi.

LEONARDO:

  Dicen que llegó el Marqués.

OLIVEROS:

Desde ayer público es,
y que viene con gran luto.

PLÁCIDO:

Aún no trae el rostro enjuto,
o es piedad o es interés.

OLIVEROS:

  Sea lo que fuere, estad
alerta y guardad la torre.

LEONARDO:

Si con milagro o piedad
el cielo no le socorre,
ya ni hay fuerza ni amistad.

(Sale CARLOTO.)
CARLOTO:

Pues, Oliveros, amigo,
¿qué hay de nuevo?

OLIVEROS:

Yo me obligo
que lo sabes como yo.

CARLOTO:

Ya sé que el Marqués llegó,
y Reynaldos mi enemigo.

OLIVEROS:

  Ninguno, señor, lo es,
que es por deudo y cumplimiento
todo lo que agora ves.

CARLOTO:

Vendrá muy lleno de viento,
digo, de luto, el Marqués.
  ¡Oh, lo que dirá de mí!

OLIVEROS:

Dejemos de hablar en eso.

CARLOTO:

¿Date pesadumbre a ti?

OLIVEROS:

Que no me huelgo, confieso.

CARLOTO:

¿Es tu deudo?

OLIVEROS:

Señor, sí,
y juguemos por tu vida
algún juego que esto impida.

CARLOTO:

No, Oliveros, no haré,
que una vez con vós jugué
y fue traición conocida.
  Y si vuelvo desta suerte,
por acetar vuestro ruego,
a que el juego se concierte,
en siendo segundo juego
será traición de mi muerte.

OLIVEROS:

¿Ansí mis juegos temiste?

CARLOTO:

Tal lance conmigo hiciste
que perdí mi libertad.

(Sale el CONDESTABLE.)
CONDESTABLE:

Todos afuera os quedad.

OLIVEROS:

¿Quién viene?

CARLOTO:

¿Qué es esto? ¡Ay, triste!

CONDESTABLE:

  Príncipe, como el valor
sea para grandes pechos
como es el tuyo, señor,
y en los pequeños y estrechos
halle aposento el temor.
  Con ejemplos no es razón
que te canse, pues que tienes
tal valor y discreción.

CARLOTO:

Di, Condestable, a qué vienes.
¿Qué es eso?

CONDESTABLE:

Lágrimas son.

CARLOTO:

Lágrimas en ti, ¿a qué efeto?
¿Qué ha salido del decreto
de los del Consejo?

CONDESTABLE:

Advierte.

OLIVEROS:

¡Cielos, ya temo su muerte!

CONDESTABLE:

Que no puedo, te prometo,
  porque un nudo a la garganta
la voz detiene y espanta.

CARLOTO:

¡Léelo o dámelo a mí!

CONDESTABLE:

Escúchame atento.

CARLOTO:

Di,
que no es mi flaqueza tanta.

CONDESTABLE:

(Lea.)
  En el nombre de Dios vivo,
hacedor de cielo y tierra,
y de la Virgen, su madre,
más limpia que las estrellas,
nosotros, en voz de Carlos,
nuestro rey Dardín Dardeña,
Reyner y el Conde de Flandes,
que siempre verdad profesa,
el de Borgoña y Saboya,
y los demás que a la mesa,
que llaman Redonda en Francia,
por sangre y armas se asientan;
todos juntos en Consejo,
visto el proceso que prueba
el noble Marqués de Mantua,
que es parte desta querella,
y del príncipe Carloto
las escusas y respuestas,
examinado muy bien,
sin que el derecho se pierda,
por desigualdad en unos,
y en los otros por grandeza,
a Dios teniendo presente
y visto que es manifiesta
ley del cielo que el que mata
con hierro, con hierro muera,
y que a traición don Carloto,
en el valle de una selva,
al infante Baldovinos
dio sin culpa muerte fiera,
según que parece claro
por lo que él mismo confiesa;
que le saquen, ordenamos,
de la torre hasta la puerta
del palacio, en cuya plaza
está labrada una piedra
para tales caballeros
y tales delitos hecha,
donde le sea quitada
de los hombros la cabeza,
para que a él sea castigo
y al mundo escarmiento sea.

CARLOTO:

  ¿Es posible, Condestable?

CONDESTABLE:

Esto me mandan, señor,
y perdonad, que el dolor
no me permite que os hable.
  Un confesor os aguarda.

CARLOTO:

¿Qué es esto, padre cruel?
Mas dadme tinta y papel.

OLIVEROS:

¡Hola, pedildo a la guarda!

CARLOTO:

  ¿Hay tal cosa? ¡Yo morir!
¡Que esto mi padre consienta!
Pues ¿cómo muerte y afrenta?

OLIVEROS:

Vesle aquí si has de escribir.

CARLOTO:

  Escribiré en breve suma.

OLIVEROS:

Vuelve la pluma primero,
que mojas en el tintero
con el cabo de la pluma.

CARLOTO:

  Tienes razón, no lo vía.

CONDESTABLE:

Oliveros, ¿qué haremos?

OLIVEROS:

Para mil siglos tenemos
ejemplo en tan triste día
  que piensan ejecutar
en Carloto esta sentencia.

CONDESTABLE:

No hagas dél diferencia
a un hombre particular.

CARLOTO:

  Ya escribí, primo Oliveros.
Dad vós este a don Roldán.

CONDESTABLE:

Ven, que esperando te están
cuatro ancianos caballeros
  y el confesor que te digo.

CARLOTO:

¡Jesús!, que luego ¿es verdad?

CONDESTABLE:

No sé si ha de haber piedad
en tu padre.

CARLOTO:

¡Es mi enemigo!
  ¡No es mi padre, es tigre airado!,
pero no es sino piadoso,
pues mata un hijo alevoso
y venga un vasallo honrado.
  ¿Que, en efeto, moriré?

CONDESTABLE:

No lo dudes.

CARLOTO:

¡No es posible,
mi padre es monte invencible!
¿No le podré hablar?

CONDESTABLE:

No sé.

CARLOTO:

  Bien hace, deme la muerte,
es un gran príncipe, es rey,
y ejecutar esta ley
en su sangre es hecho fuerte.
  ¡Pero que me ha de matar,
que en fin tengo de morir,
que ya me mandan salir,
y que me he de confesar!
  ¡Oh, padre injusto! ¡Oh, tirano!

CONDESTABLE:

Vamos, señor.

CARLOTO:

Mas no injusto,
sino padre noble y justo,
solo en esto Carlos Magno.
  ¿Qué grandeza fue mayor,
que matarme? Mas no creo
que me engendró.

OLIVEROS:

Ya te veo
que vas perdiendo el valor.

CARLOTO:

  ¡Si sospechó de mi madre,
que de otro padre nací,
y se venga en esto en mí!
Pues, ¡padre, tú eres mi padre!

OLIVEROS:

  Templaranse sus enojos.

CARLOTO:

¡Tenedme todos mancilla!

OLIVEROS:

¡Vamos, señor!

CARLOTO:

¡Oh, Sevilla,
nunca te vieran mis ojos!

(Sale DON ROLDÁN.)
ROLDÁN:

  ¿Esto se sufre entre cristianos reyes?
¿Esto es valor de justiciero pecho?
¿Qué villano camina tras los bueyes?
¿Con quién mayor crueldad se hubiera hecho?
¡Con quien hace la ley se entienden leyes
y de guardallas queda satisfecho
con el hijo mayor! ¡Que desta suerte
consienta que le den infame muerte!
  ¿En qué tierra Abarima, en qué Etiopía,
en qué Peloponeso o Trapobana,
donde comen y beben sangre propia,
se guarda ley tan bárbara y tirana?
Quéjese el reino y en confusa copia
pidan la muerte injusta y inhumana
de su heredero rey, de su heredero,
que yo seré su capitán primero.
  Todos deudos y amigos los jueces,
cobardes todos, que las santas cruces
de las banderas blancas por mil veces
dejaron entre moros andaluces,
enseñados a galas y jaeces,
encamisadas y correr con luces,
quieren quitar a Francia un rey valiente,
que sus estados y corona aumente.
  Villanos son, por el que hizo el cielo
más hembras, que dos mil Sardanapalos,
que si rompo una lanza en este suelo
los echaré de su palacio a palos.

(Sale OLIVEROS.)
OLIVEROS:

Es con tanta razón tu desconsuelo,
enseñado a privanzas y a regalos
del príncipe afligido, que esto es poco.

ROLDÁN:

¡Estoy de pena y de coraje loco!
  ¿Qué hace esa canalla vil y infame,
que sin temblar jamás ha visto moro,
que quiere que la sangre se derrame
de un rey, de un mozo ilustre como un oro?
¿Quiere este nuevo Falaris que brame,
para no le escuchar dentro del toro,
y a Francia se nos vuelve otro Agrijento?

OLIVEROS:

Este papel me dio.

ROLDÁN:

¿Que tal consiento?

OLIVEROS:

  Léele agora.

ROLDÁN:

(Lea.)
«Primo mío, que estimo
hermano, padre, amigo, amigo caro.»

ROLDÁN:

Dos veces dice amigo y una primo.
 (Lea.
«Agora es tiempo que me des tu amparo,
no porque de mi muerte me lastimo,
mas por la afrenta vil en que reparo.»)
¿Qué leo más? Si al mundo pesa, en peso
le sacaré de donde queda preso.

OLIVEROS:

  Pienso que es tarde ya.

ROLDÁN:

Quien fuere amigo,
¡oh, mi vasallo en Brava y en Anglante!,
ármese como yo, siga a quien sigo,
que a cualquiera peligro voy delante,
y cuando nadie quiera entrar conmigo,
yo seré desta cárcel otro Atlante,
otro Sansón, que con su techo en brazos
haré su fuerte máquina pedazos.
  ¡Sal de la vaina, fuerte Durindana,
que agora, pues lo quiere ansí mi estrella,
más loco estoy que por la bella indiana,
que la amistad me pareció más bella!
¡Francesa gente que a la más cristiana
empresa fuistes, y a morir en ella,
después de aquel sepulcro de Dios hombre,
esta os dará perpetua fama y nombre!
  ¿Así sufrís que a vuestro rey den muerte?

(Salen el EMPERADOR, y RODULFO y gente.)
EMPERADOR:

¿Qué es esto, don Roldán?

ROLDÁN:

Una injusticia.

EMPERADOR:

¿La justicia se llama desa suerte?

ROLDÁN:

¿Matar tu hijo puede ser justicia?

EMPERADOR:

Ese es el valor magnánimo.

ROLDÁN:

Más fuerte
fue de tus enemigos la malicia;
Dios te lo ha de pedir.

EMPERADOR:

Dél premio espero.

ROLDÁN:

¿Y el reino a quien le quitas su heredero?

EMPERADOR:

  Yo hago en esto lo que al cetro debo.

ROLDÁN:

Esa es hazaña de un gentil romano.

EMPERADOR:

Pues más me toca si ese ejemplo llevo,
hacer justicia, siendo rey cristiano.

ROLDÁN:

¿Tan grande fue el delito en un mancebo,
ciego de amor, por quien de algún anciano
escrito hallamos mayor mal nosotros?

EMPERADOR:

Este me toca a mí, Dios juzgue a esotros.

ROLDÁN:

  Amigos tiene el Príncipe.

EMPERADOR:

¿Qué es esto?
Salíos luego de París al punto,
y en seis años no entréis en él.

ROLDÁN:

Y es presto;
si no me traen a París difunto,
a no verte en mi vida voy dispuesto,
y al escuadrón de medios hombres junto,
y déjame a Reynaldos el villano.

EMPERADOR:

Camina luego.

ROLDÁN:

A Rey.

EMPERADOR:

¿Qué rey?

ROLDÁN:

¡Tirano!

(Vase ROLDÁN.)
EMPERADOR:

  Por mi corona...

RODULFO:

Ya no le conoces,
déjale ir.

EMPERADOR:

A mi capilla me entro,
que el corazón me pide algunas voces,
y los ojos el agua que está dentro.

(Vase CARLOS.)
RODULFO:

¿Quién ha visto sucesos tan atroces?
Notable de fortuna, vario encuentro,
¿este no es el Marqués? Él y su gente.

(Salen el MARQUÉS, REYNALDOS, el de IRLOS, SEVILLA y gente.)
MARQUÉS DE MANTUA:

Hoy ha vengado el cielo su inocente.

REYNALDOS:

  ¿Don Rodulfo está aquí?

RODULFO:

¡Oh, Marqués famoso!

MARQUÉS DE MANTUA:

¿Podré hablar, gran señor, al padre vuestro?

RODULFO:

En su capilla está triste y piadoso.

(Sale un NUNCIO.)
NUNCIO:

¡Oh, gran dolor! ¡Oh, triste ejemplo nuestro!

REYNALDOS:

¿Qué es eso, amigo?

NUNCIO:

Un caso lastimoso,
cual en mis ojos hechos fuentes muestro.

RODULFO:

¿Murió Carloto?

NUNCIO:

¡Oíd su muerte triste!

RODULFO:

¿Qué corazón de mármol la resiste?

NUNCIO:

  Convencido de su culpa
Carloto, porque no supo
decir más de que el consejo
fue de Galalón injusto,
a quien buscaron las guardas
y quien, huyendo de algunos
de un corredor despeñado,
queda en un patio difunto.
Salió de esa fuerte torre
cubierto de negro luto,
un crucifijo en las manos
que hasta agora en ellas tuvo.
A su lado el Condestable
y un venerable cartujo,
docto y piadoso cristiano
de la orden de San Bruno.
Y aquel ermitaño mismo
en cuyos brazos estuvo
Baldovinos espirando,
que gran ánimo le puso,
porque desde Ardenia a Francia,
sin otro intento ninguno
milagrosamente vino,
que de otra suerte no pudo,
iban diciendo los psalmos,
y aquel que David compuso
cuando a Urías dio la muerte,
que este caso todo es uno.

NUNCIO:

Llegan al fin a la puerta,
donde un rato se detuvo
hasta subir en la piedra
de la muerte, carro y triunfo,
donde hincando las rodillas
con alegre rostro y gusto
se despidió de los grandes
y a la muerte se dispuso.
Cuando el cuello le bajaban,
que en repetillo me turbo,
ayudando al camarero
dijo: «¡Oh, vanidad del mundo,
rey nací, yo vi mis pies
pisando a otros cuellos muchos
y agora sujeto el mío
a un villano acero agudo!
¡Oh, padre animoso y sabio,
de mi muerte te disculpo;
da al cuerpo perdón, que al alma
en otra parte le busco!
Con mi deuda y tu justicia,
en darte mi sangre cumplo.

NUNCIO:

¡Adiós, padre! ¡Adiós, amigos!
¡Adiós, hermano Rodulfo!»,
dijo, y atada la venda
sobre los ojos enjutos
halló el cuchillo la mano
del siempre odioso verdugo;
y como la espiga cae
madura en el mes de julio,
que la hoz del segador
lleva en sus dientes menudos,
diciendo Jesús tres veces
como otro Pablo segundo,
de quien él era devoto,
pagó a la muerte el tributo.
Luego, entonces, hasta el cielo
el alborotado vulgo
levantó con un ¡ay!, triste
un alarido confuso.
Y viose en el mismo instante
que todos quedaron mudos,
que la misma admiración
los dejó como difuntos.
Echáronle un paño negro,
no sé cómo el llanto sufro,
con armas atravesadas
de un lambeo azul escuro,
señal de príncipe muerto
sin heredar, y en un punto,
en los hombros de los grandes,
sobre un túmulo se puso.

RODULFO:

  ¡Oh, ilustre hermano!

REYNALDOS:

¿Agora es tiempo deso?

MARQUÉS DE MANTUA:

Ya se cumplió, Sevilla, tu esperanza,
el Emperador viene.

RODULFO:

Estoy sin seso.

MARQUÉS DE MANTUA:

¡Oh, venturoso el que esos pies alcanza!

EMPERADOR:

Ya conforme a las leyes y el proceso
hice justicia, y vós tenéis venganza.
Rodulfo me heredó, y este, en concierto,
daré a Sevilla por su esposo muerto,
  esto será cumplido el año, agora
volved los ojos a Carloto muerto,
(Enséñenle el cuerpo.)
que quiero presentárosle, señora,
de aquella sangre que le di cubierto.

SEVILLA:

No en balde el mundo vuestro nombre adora.

MARQUÉS DE MANTUA:

Aquí el suceso verdadero y cierto
de Baldovinos y Carloto acaba,
de cuyo ejemplo Francia hasta hoy se alaba.