El Señorío de Bizcaya histórico y foral, por D. Arístides de Artíñano y Zuricalday

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El Señorío de Bizcaya histórico y foral, por D. Arístides de Artíñano y Zuricalday
de Vicente de la Fuente



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Para las fiestas eúskaras de Durango, que debían celebrarse á mediados de 1885, se escribió este libro, remitido allá á su debido tiempo. Mal año era para festejos el que nos ha dejado tan funestos recuerdos, que no se borrarán fácilmente de nuestra memoria. Dilatáronse las fiestas, y el Sr. Artíñano prefirió ver impreso su libro antes que esperar el fallo del tribunal literario que había de juzgarlo, remitiendo un ejemplar á la Academia.

Designóse esta para informar acerca de su mérito y contenido, y no debí esquivarlo, aunque bien quisiera. Rózase demasiado la cuestión foral con la política de actualidad, de la cual, por fortuna, vivo alejado. Además que la Academia tiene como cosa de su competencia juzgar acerca de las cosas de Historia más bien que de los asuntos del Derecho, siquiera el deslinde no siempre sea fácil, y á veces ni aun posible; que por algo se dijo: «Distingue tempora et concordabis jura;» y la palabra tempora, no afecta solamente á la cronología y al orden de los tiempos, sino también á los hechos y costumbres, según se van modificando: «¡Oh tempora, oh mores!» decía el célebre orador romano.

El Sr. Artíñano, en el preámbulo de su libro, comienza diciendo con gran modestia: «En este trabajo se contienen pocas ideas ó pensamientos nuevos, que donde han espigado escritores tan distinguidos como Novia de Salcedo, Moraza, Ortiz de Zárate, Aranguren y Sobrado... (cita varios más que han salido noblemente á la defensa de la causa foral), no queda casi ni aún la ilusión de tener ideas propias.» Por mi parte, creo de necesidad absoluta é imprescindible tener ideas propias y nuevas en esta materia, y después de enterarse de lo que han dicho, dicen y dirán los defensores de los fueros arriba citados, y todos los demás, hasta el Sr. Artíñano inclusive, y también de lo que han dicho, dicen y dirán sus adversarios, desde el afrancesado Macanaz, que decía á Felipe V «que todos los fueros eran ficciones y usurpaciones,» Llorente, que acumuló documentos antiforales en sus Noticias históricas, González, que las aumentó por encargo de Fernando VII, y la terrible filípica de D. Rafael Navascués, en 1850, creo lo mejor, después de escuchar á unos y á otros, emprender estudios nuevos de más ancha base, y sin tomar partido por ninguno de los contendientes. Mas dudo que haya llegado la hora de hacerlo así, y con independencia é imparcialidad.

Casi todos estos escritores, han sido más bien polemistas que investigadores. El libro del Sr. Artíñano, es uno más en el catálogo de los partidarios y defensores de los fueros; bueno en su forma y en ese concepto, pero nada nuevo ni original. El mismo lo indica así desde el preámbulo, con noble sinceridad (pág. 4) «El amor á Bizcaya (sic), y la admiración que siempre hemos profesado al organismo foral, inspira nuestra pluma.»

También yo soy amante de ese país, admirador y defensor de su organismo administrativo y su moralidad; pero, antes de llegar á ese punto práctico, tenemos que detenernos un poco en el terreno neutral de la Historia, que es el nuestro.

Por de pronto hay que hacer justicia a la rectitud de miras, á las muy buenas formas del Sr. Artíñano, y a su imparcialidad política, aplicando á unos y otros partidarios liberales y tradicionalistas, el ya célebre apotegma de Lista: «Todos en él pusimos nuestras manos.» Vindícase de la nota de separatista, que dicen comienza á germinar en las antiguas regiones que fueron forales, y «no quiere quedar ni un solo instante bajo la acusación de contribuir al crimen de atentar á la unidad de la patria.» Hace muy bien.

En materia de geografía antigua, el Sr. Artíñano, en algunos pasajes, no parece convencido de que Vizcaya no fué Cantabria, y hay que irse persuadiendo de ello, prescindiendo de que con eso se quitaran los vizcainos la acusación que les hacen á los cántabros de haberse aliado y asalariado con los romanos en contra de los que peleaban á favor de la independencia de España, hasta que á ellos les llegó su turno, como antes á los celtíberos, ilergetes y berones.

Para la predicación de Santiago el Mayor, San Pablo, San Saturnino y San Fermín en Vizcaya, son flojos testigos Garibay y el P. Henao, y lo del Lauburu, como emblema de la Cruz, hay ya pocos que lo crean. Si apostataron, ó no, del cristianismo, y si fueron, ó no, arrianos, no consta; pues nada se sabe en pró ni en contra. Escritor moderno, que no cito, ha supuesto que tardaron mucho en hacerse cristianos, y que en lo más oscuro de la Edad Media todavía eran idólatras, siquiera las razones sean, á mi juicio, poco fuertes. El Mikeldico idolua, más que ídolo parece un guardacantón.

Pero ello es, que por aquellas regiones, y más allá, no hay noticias antiguas ni seguras de mártires ni santos, de sedes episcopales ni de obispos, ni apenas de monasterios y escritores, desde Vitoria á Lugo, ni antes ni después de la invasión agarena. En mi juicio, esta falta de noticias religiosas no proviene de falta de fe, sino de falta de población, de falta de comercio y falta de importancia. Los habitantes, cazadores y pastores, estaban en los más bajos peldaños de la conocida escala gradual de la civilización, la cual, comenzando por el cazador, sube al pastor, labrador, industrial, comerciante, artifico, artista, hasta el filósofo. La agricultura, en terreno duro y poco agradecido, necesitaba gozar de paz, que por allí no debió andar sobrada, ni en tiempo de los romanos, ni de los godos, ni menos de los moros.

Y es lo extraño, que cuando abundan los monasterios en todo el Pirineo en el siglo IX, y las sedes episcopales en los vicos de Urgel y Andorra, nada sabemos de la Vardulia, sino alguna que otra noticia suelta.

El canto popular más antiguo de Vizcaya, y quizá su más remota tradición, el «Lelo il lelo, Leluá,» recuerda la lucha con los romanos. Cualquiera que sea su antigüedad, sobre la que no sería oportuno discutir aquí, es más apreciable, como tal tradición y tal antigüedad, que la leyenda de Jaun Zuría, sea ó no sea cierto lo de «Octaviano, señor del mundo, pero Lecovidi de Vizcaya,» que ella dice. El trovador montañés da con sencilla y ruda, pero enérgica poesía, la historia de aquella lucha, tal como yo la creo muy verosímil, y me la figuro.

«Nos han tenido, dice, cercados durante cinco años. La tierra llana ha sido de ellos, pero nuestros bosques son impenetrables. No tememos sus armas, pero á veces nos falta el pan en las artesas. -Ellos gastan pesadas armaduras, nosotros, desnudos, somos más ágiles. -Ellos son más: al fin hemos hecho amistad.» Esta última frase es decisiva: fueron vencidos por hambre y capitularon. Por hambre sucumbió Calahorra, quedando en proverbio la «famis Calagurritana.» Bilbilis, Turiaso, Cascantum, Segobriga, que eran municipios, también habían capitulado.

Marcial, hastiado de Roma, se burla de la vida romana política y agitada, y la contrapone á la municipal, como quien dice, foral. Aquella frase en su precioso epigrama á Liciniano


Vitam hic agimus municipalem


quiere decir mucho. Parafraseada libremente equivale á decir: Aquí vivimos á la española, patriarcalmente, conservando nuestros fueros, costumbres y observancias; alejados de las contiendas políticas, y de lo que llamáis el estrépito forense.


Horridus procul absit liburnus.


Allá se arreglen en las colonias, como Cæsaraugusta, Celsa y otras con las costumbres romanas y su civilización extranjera; como hoy nuestros elegantes viven «á la francesa.»

Hé aquí lo que viene á expresar buena y sencillamente la primera canción eúskara, en su final, cuando dice: «Hemos pactado con ellos amistad, vencidos, no cuerpo á cuerpo, sino por hambre.» Así sucumbieron muchos pueblos celtíberos; pero ni aun así quisieron sucumbir los de Numancia, prefiriendo morir.

Sublevados andaban los vascones al invadir los moros á España, y el pobre D. Rodrigo, apenas subido al minado y vacilante trono, había de estar bastante displicente, al sitiar á Pamplona, para folgar á orillas del Arga sin testigo. Y no era la primera ni segunda vez que contra los godos se sublevaba aquella tierra. Poco amparo debieron hallar por allí los vencidos en Guadalete, y menos como señores, según eran aborrecidos. No sería poco si la común desgracia y los temores por el porvenir permitieron mirarlos como hermanos en la religión.

Extraña el Sr. Artíñano, que Eudón viniese desde Aquitania á socorrer á los vizcainos. Yo no lo extraño, porque no lo creo. Los socorros de allende el Pirineo, eran interesados, aunque no por eso dejaran de ser muy apreciables. Apoyaban á los insurgentes aborígenes de las montañas para que les guardasen la puerta, el Gibel-Albortat de los musulmanes, y sirvieran de vanguardia á los de allende el Pirineo, el cual no pocas veces traspasaron. El euskaldún de Vizcaya y el almugávar del Pirineo debían variar poco.

En Asturias y Cantabria, en los vicos y montañas de Cataluña la Gotho-Land, y en la Narbonense hallaron amparo los godos, donde habían arraigado: de allí habían venido á echar á los romanos, los bizantinos y los suevos. Pero en el cuadrilátero del Pirineo al Ebro, y del Nervión al Cinca, pocas noticias nos quedan de ellos, y no muy seguras. Los llanos fueron ganados y saqueados por los moros, y lo mismo Zaragoza que Pamplona, Vitoria que Huesca y Jaca. A las montañas las salvó su pobreza. Basta verlas para comprenderlo.


Cantabit vacuus coram latrone viator.


¿Qué iban á, ganar allí los moros? Entraban por orgullo y por venganza, que la codicia no podía tentarles. Ganaban todos los cerros que querían, desde el salto de Roldán al pico de Serantes; pero los cerros allí se quedaban, y á la retirada cada desfiladero era un Roncesvalles. Aun los reyes y los señores feudales habían de sacar de allí muy poco jugo.

Todavía en el siglo XII, la Compostelana los llamaba salvajes, aunque de sus injurias debe hacerse poco caso; pues insulta lo mismo á los aragoneses y castellanos, y aun á los gallegos, cuando se le sublevaban á Gelmírez. Hay, además, un dato terrible, al que no contesta el Sr. Artíñano, ni siquiera cita, cual es, la dominación de los reyes de Navarra en aquel país, aun prescindiendo de las citas de los Cronicones sobre la pasajera dominación de los reyes leoneses. En 1051, D. García llamado el VI, hijo de D. Sancho el Mayor, otorga fuero de ingenuidad á los vizcainos, librándolos de los malos fueros con que los maltrataban los señores feudales, enviando sus perros á las anteiglesias para que se los mantuviesen, y á sus criados ó escuderos á gobernar las aldeas para que los mandaran y esquilmaran. Resulta, pues, que las pobres anteiglesias de Vizcaya estaban sujetas entonces al bárbaro feudalismo, que venía rigiendo desde el siglo IX, en que los señores feudales carlovingios se hacían reverendos abades, con título de Abacondes, apoderándose de los monasterios, «et morabantur ibi cum uxoribus, militibus et canibus,» como dice un cronista contemporáneo.

Y esto, ¿para qué ocultarlo? ó el fuero de inmunidad de Don García de Navarra es apócrifo, ó no. Si el fuero es cierto, y en él fundan su nobleza é infanzonía los vizcainos, todo lo dicho acerca de independencia, república y elección de señor, y de Jaun Zuria y la batalla de Arrigorriaga, viene por tierra. Si no es cierto el fuero dado por D. García, el hijo de D. Sancho el Mayor, y á mediados del siglo XI; ¿por qué no citarlo y desmentirlo? ¿Qué se adelanta con esa omisión, ó calculado silencio?

Aprenderán de memoria el libro del Sr. Artíñano los hijos de Vizcaya, se entusiasmarán con el recuerdo de Jaun Zuria, y de los lobos y de la sangre ferruginosa de Arrigorriaga; pero vendrá un castellano, ó quizá un navarro, como D. Rafael Navascués, y les dirá que tuvieron señores feudales, tan tiranos como los de las otras tierras, que el rey de Navarra no los hizo nobles, sino solamente libres ó inmunes de la tiranía feudal, y que en 1076, al tiempo del asesinato de D. Sancho de Navarra en Peñalén, Don Alonso VI se apoderó de aquel territorio, como de la Rioja, velis nolis, pactando con ellos, como estipuló con los riojanos en el fuero de Nájera, teniendo cuidado de fundar á Logroño, con fuero castellano, para anular taimadamente el fuero navarro de Nájera, que en realidad era un pacto más bien que carta otorgada. Hé aquí por qué, al poblarse las villas de Vizcaya en el siglo XIII, los reyes de Castilla les iban dando el fuero castellano de Logroño.

Al hablar de los códigos forales, á la pág. 175, nuestro digno correspondiente comienza diciendo: «Está fuera de toda duda que antes de la irrupción sarracena, el pueblo eúskaro no se gobernaba por leyes escritas.» Ya se ve; no regía allí el Fuero Juzgo, como en el resto de la Península, y aun en la Galia narbonense. Y ¿qué era el pueblo eúskaro, dado que allí hubiera pueblo?

D. Lope Díaz de Haro da á Bermeo el fuero de Logroño hacia el año 1239; recíbelo Balmaseda en 1234; Plencia y Bilbao no aparecen hasta fines del siglo XIII (1299 y 1300) en que son poblados y reciben el fuero de Logroño. Todavía más tarde, y cuando ya apenas se daban fueros particulares en Castilla, reciben el de Logroño Portugalete, Lequeitio, Ondarroa (1322 á 1327), y aún más tarde reciben carta puebla y fuero Marquina, Elorrio, Guerricaiz, y el mismo pueblo de Guernica, que no aparece poblado hasta 1366. Anterior á esta fecha era el fuero primitivo de Vizcaya, que se dice otorgado en 1342, confirmado por D. Juan I, siendo infante de Castilla. ¿A qué hablar de pueblo, cuando apenas había pueblos, reducidos estos á pobres aldeas, caseríos dispersos y anteiglesias; y á pobrísimos agricultores, dada la aspereza del terreno, que con gran honradez y laboriosidad cultivaban y cultivan?

El Jaun Goicoa, es el gran recuerdo religioso primitivo. El Señor de lo alto, es el Dios innominado de los aborígenes y de los celtíberos. No es Júpiter, ni Jesucristo, ni Alláh, pues ese nombre eúskaro es más antiguo que todos ellos. Por el contrario, el Jaun Zuria es moderno, es el mito del Señor de la tierra, cuando apenas se sabe quién es el Señor. La lúbrica leyenda de los torpes amores de su madrastra, no parece remontarse á más allá del siglo XIII, época de muchas mentiras de ese género. A bien que de aquel tiempo es la otra no menos grosera y muy análoga mentira, de la acusación de la condesa de Castilla por sus propios hijos, que la insultan como adúltera ante D. Sancho el Mayor, á lo cual sigue el desafío, en que el hijastro defiende á la madrastra contra la infame calumnia de sus medio hermanos. Ambos infames y poco limpios cuentecillos, parecen productos de la misma fábrica, que sería la de algún poeta de los que escribirían romances para los ciegos de entonces: Horacio nos dió el tipo del «scriptor cyclicus olim,» y el P. Isla el «del poeta de los pícaros.» Eso, prescindiendo de que el relato de la batalla de Arrigorriaga es apócrifo, inadmisible y quizá de fabricación posterior, con reminiscencias de lo de Roncesvalles.

Lo del juramento só el árbol de Guernica, en 888, no hallará el Sr. Artíñano muchos críticos que lo crean. Que el roble estuviera allí, es muy posible, pero el pueblo data del siglo XIV. Es más, pues en la ojeriza que llegó á tomarle al célebre árbol don Rafael de Navascués, y eso que era navarro, negó que el árbol fuese de Guernica, pues se halla en territorio de Luno, adonde, según dice, vierten aguas los tejados de las casas consistoriales de la Diputación. Pero el asunto es harto menudo y los vizcainos lo han contestado; mas eso prueba la pasión con que se han llevado esas controversias históricas. Por mi parte, si rebato esas consejas, como he rebatido otras de Aragón y Navarra, lo hago sin saña, sin interés, sin parcialidad, como quien tiene que demoler una parte de su casa solariega, que halla amenazando ruina.

Pero ¿podía el Sr. Artíñano escribir de otro modo que como lo ha hecho, siendo vascongado? ¿ha llegado ya el tiempo de escribir de veras la historia de ese cuadrilátero del Pirineo al Ebro, del Cinca al Nervión?

Con respecto á la parte de Aragón, el trabajo ya está hecho. Yo, a pesar de ser aragonés, he dado por apócrifos y fabulosos los soñados fueros de Sobrarbe, y el origen del llamado Judex medius, cantados y coreados en congresos jurídicos, historias del derecho patrio, y hasta en las tablas de los teatros, probando que son ficciones, las cuales solo datan del atrasado y oscuro siglo XV, y averiguando quiénes fueron sus autores y fautores.

Con respecto á Navarra, el trabajo de depuración está ya hecho en gran parte, aunque todavía resta no poco por hacer, y quizá D. Rafael Navascués no se lo dijera á sus paisanos con la crudeza con que lo dijo á los vizcainos en su vindicación.

Mas, por lo que hace á Vizcaya, dudo mucho que estén los ánimos todavía en sazón para echar abajo tradiciones, que han pasado y pasan por verdades inconcusas. Las pasiones políticas agitan mucho, meten ruido y levantan polvaredas, enturbian, ensordecen y ciegan. Estamos aún en la época de las diatribas de unos, y las apologías de los otros. La crítica adelanta, y en su día llegarán la calma y la imparcialidad.

Entonces, dejando á un lado las leyendas de los trovadores del siglo XIII, y los romances de los siglos XIV y XV, y recogiendo las noticias de ciertos pactos antiguos, cosidos con el célebre pacto social, ideado por Rousseau para la gente de la bellota, se apreciarán noticias etnográficas, paleontológicas y prehistóricas, hoy menos conocidas de lo que fuera justo; y aun documentos históricos que se van descubriendo, relacionándolos con la historia general de España y países convecinos, y esta con la historia universal, pues sin tal estudio suele admirarse en las historias aisladas, como una cosa fenomenal, lo que era común por entonces en otros muchos países.

En la parte foral y política del libro del Sr. Artíñano, debo ser muy parco por las razones indicadas. Fíjase principalmente en las costumbres y en la administración. Esta es la piedra de toque de las leyes, ora se las considere como causas ó como efectos. En países religiosos, honrados, morigerados y laboriosos, todas las leyes son buenas, pues la honradez hace buenas á las que no lo son. ¿Quién no recuerda en esta Academia, que nuestro digno colega D. Fermín Caballero, en su primer testamento, pretendía traer una colonia de vascongados á sus posesiones de la Alcarria?

No soy partidario de esa uniformidad niveladora, centralizadora y absorbente, que desde principios del siglo pasado, y sobre todo, desde principios de este, vienen proclamando los idólatras de las cosas de Francia, y los que, gritando libertad, han aniquilado nuestras antiguas libertades y franquicias, creando y dando pábulo á las teorías socialistas, de cuyo origen son responsables ante Dios, y lo serán ante la historia. Los vizcainos tienen razón en quejarse de que, siendo su administración provincial y local excelente, económica y barata, justificada y previsora, se les quiera imponer la general de España, que yo no debo calificar aquí, aunque tiene fama de mala desde remotos tiempos.

La pretensión de dar á España los fueros de Vizcaya, como han pretendido algunos utopistas candorosos, es un absurdo. Para eso seria preciso que todos los países de España tuvieran las costumbres patriarcales de Vizcaya, su honradez y laboriosidad; de lo contrario, aquellos fueros serían hoy dia peores en países de poca moralidad, que las actuales leyes. ¿Quid sine moribus leges proficiunt vanæ? Aun los elogios tributados á la moralidad y laboriosidad vizcainas, hay que escatimarlos algo á los grandes centros de población y de la marina. Las luchas entre Bilbao y el Señorío, y sus antagonismos, son antiguos y proverbiales. El volterianismo hizo estragos en Bilbao en el siglo pasado, y la afluencia de extranjeros, las guerras civiles y la industria minera han rebajado mucho la moralidad en algunos puntos de aquellas Guerras, sobre todo en el litoral.

Pero estas observaciones, que aquí apenas caben como hechos históricos, frisan ya en el terreno de la política, y siquiera los confines de una y otra ciencia no estén bien deslindados, ni sea fácil acotarlos, el entrar en las otras cuestiones, que se agitan en el terreno de la economía de la política y el derecho público, sería inoportuno y ajeno á las pacíficas tareas de nuestra institución: aunque el Sr. Artíñano les destine lo principal del libro, no debo seguirle en ellas.

Queda, pues, consignada mi opinión á favor del libro de nuestro digno correspondiente el Sr. D. Arístides de Artíñano, á quien debe gratitud la Academia por su obsequio; y el informe que se me encargó viene á ser solamente un justo honor que la Academia juzgó debía dispensarse al esmerado trabajo de su autor, que así acredita cuán justamente figura entre los correspondientes de ella.


Madrid 31 de Enero de 1887.


V. DE LA FUENTE.