El Tempe Argentino: 15

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


Capítulo XIII[editar]

El carpincho, el quiyá, el apereá, el ciervo


De los abundantes recursos con que nos brindan las islas del Paraná, para el sustento del hombre, prefieren los isleños dos cuadrúpedos seme-anfibios, de carne sabrosa y sana: el carpincho o capibara, y el quiyá, impropiamente llamado nutria; ambos pertenecen al orden de los roedores. No es pues el carpincho un chancho como muchos se han creído: lo único en que se le asemeja es en la abundancia de su tocino y en el sabor de su carne, en lo grueso de su cuerpo y en lo cerdoso de su pelo que es pardo y tiene debajo otro más corto y fino. Nunca llega a ser tan grande como el cerdo, pues el mayor carpincho no tiene más de cinco palmos de largo: su cabeza es muy corta, parecida a la del conejo, con el hocico mucho más romo, las orejas muy pequeñas, redondas y sin pelo; la boca chica con dos dientes incisivos en cada mandíbula; largos y corvos; carece de colmillos y de cola; las piernas son cortas, y más las de adelante que tienen cuatro dedos provistos de uñas anchas y obtusas; las de atrás sólo tiene tres dedos. Difieren del puerco, tanto por su forma como por su índole y costumbre. El carpincho es el animal más corpulento entre los roedores.

Anda mucho en el agua, donde nada y zabulle, sacando con frecuencia la cabeza para respirar, no camina comunmente sino de noche, sin alejarse de la orilla de agua, porque, corriendo mal, a causa de su excesiva crasitud y de sus cortas piernas, no halla su salvación sino precipitándose en el río cuando se ve perseguido. Dos criados en mi casa, no comen sino vegetales, y no se sirven de sus pies para asegurar la comida.

Estos dos carpinchos, con otros más, fueron extraídos del vientre de una carpincha cazada en mi isla. Una de mis hijas los ha criado con leche de vaca, y le han cobrado tal afecto, que la siguen y acuden a su voz. Son de índole mansa y tranquila; ni aun en el estado salvaje acometen nunca a los hombres ni a los perros; no hacen amistad ni riñen con los demás animales. No dudo que la raza pueda fácilmente reducirse a la domesticidad; lo que sería una adquisición útil, por lo apetitoso de su carne y su mucho lardo; por su fecundidad, pues se asegura que dan hasta ocho hijos en cada parto; y por la baratura de su alimento, como que son animales herbívoros. Los que tenemos en casa se han aquerenciado tanto, que a pesar de vivir en entera libertad y en el campo, todos los días, después de satisfacer su necesidad de comer y bañarse, vuelven a reposar y tomar el sol en el patio, y cuando se les deja afuera de noche, bregan por entrar arañando las puertas. Gustan de que los alaguen; se dan con todo el mundo, y no se irritan aunque los maltratan. Los carpinchos pueden clasificarse entre los paquidermos, por lo grueso y fuerte de su cuero; curtido, es de mucha duración, y se le emplea en calzado y otros usos; pero los isleños poco se aprovechan de la piel, porque generalmente destinan el carpincho para su mesa, preparándolo de aquel modo peculiar a nuestro país, que da a las carnes una ternera, un olor y un sabor tan especiales: el asado con cuero.

El quiyá pertenece como el castor a la familia de las ratas nadadoras; es casi del tamaño de aquel mamífero célebre por su admirable habilidad en la construcción de represas, casas y almacenes; participa de sus formas, pero no de su industria. Sus pies de atrás son palmeados, es decir; que los dedos están unidos por una membrana, como en los patos y otras aves acuáticas; tiene dos dientes incisivos en cada mandíbula, semejante a los del carpincho; la cabeza ancha; las orejas pequeñas y redondeadas; el hocico obtuso; los pies constan de cinco dedos con los pulgares de los anteriores muy cortos; la cola es tiesa, cónica, larga, escamosa y casi sin pelo.

Este cuadrúpedo se distigue de todos los demás mamíferos por un carácter muy singular de su organización, y es, que la hembra tiene las tetas en las espaldas. Esta particular disposición de las mamas, parece indicar que la madre lleva constantemente sus hijos a cuestas. Pare cinco o seis de cada gestación, y esta se repite varias veces en el año. La piel del quiyá es semejante a la del castor, aunque no tan bella, y la sustituye perfectamente en la fabricación de los sombreros; de ahí su alto precio. Consta de dos especies de pelo; el uno más corto, muy espeso, fino, felposo, impenetrable al agua y que cubre inmediatamente el pellejo; el otro más largo, fuerte y lustroso, pero mucho menos espeso, cubre el primer vestido y le sirve como sobretodo, defendiéndolo del lodo y del polvo. El pelo corto es el único que se emplea en las manufacturas; su color es aplomado. Parece que el quiyá está sujeto a la muda como otros cuadrúpedos; por lo cual deben tener más peso y valor las pieles que se sacan en el invierno.

Con el pelo de la bizcacha (otro roedor de tamaño del quiyá, muy propagado en nuestros campos) hacian muy bellas estofas los Peruanos en tiempo de los emperadores Incas, según el abate Molina; y en Chile ha sido empleado en las fábricas de sombreros.

Los carapachayos y todos los del país, atribuyen virtudes medicinales a la grasa de nutria o quiyá, de la cual se sirven como tópico en varias enfermedades. Es herbívoro, y si también come peces, como se cree, puede al menos vivir sin ellos, como está demostrado con las que se domestican. Sus hábitos son apacibles y se dociliza muy pronto; las familias de los isleños con frecuencia crían quiyáes; más no con el objeto de que se multipliquen, sino por entretenimiento y para regalarlos o venderlos. En mi quinta existe uno que se trajo recién nacido y fué criado por uno de mis hijos, a quien conoce y ama tanto, que poco se separa de su lado, y duerme a sus pies, no obstante el gran trabajo que le cuesta al pobre animalito treparse por una escalera al cuarto del niño que está en alto. Es tan familiar como un perro, y sumamente manso; siendo chico jugueteaba y retozaba con los dos carpinchos que se criaban con él; sólo se alimenta de vegetales, y le gustan mucho las papas y el pan; no come carne ni pescado, ni cosa alguna guisada; tanto para comer como para acicalarse, se sienta derecho y hace uso de sus manos como un mono; es muy pedigüeño con todas las personas indistintamente, encabritándose y tirándoles de la ropa para que le den algo, se baña y zabulle muchas veces al día en los charcos de la quinta, pero no por largo tiempo; y no se le ha notado inclinación a escarbar la tierra ni encovarse.

Parece, pues, que no sería defícil convertir al quiyá en animal enteramente doméstico como el conejo; y en este caso habría hecho la industria una adquisición preciosa, no tanto por el uso de sus carnes, cuanto porque, sometido al esquileo o la depilación, daría anualmente un pingüe beneficio, que ahora no se obtiene sino con la muerte del animal; y porque alimentándose con las yerbas del campo, ocasionaría muy pocos gastos.

También se ha multiplicado mucho en el delta el apereá, pequeño roedor, conocido con los nombres de cuis y conejillo de Indias. Tiene el cuerpo grueso, de color pardoratonesco, con el vientre blanquecino, las orejas muy chicas, y carece de cola. Los apereaes se domestican con facilidad y son naturalmente apacibles y mansos; pero no toman cariño a nadie. En estado de domesticidad se han obtenido blancos, amarillos, más o menos leonados o anaranjados, matizados de estos colores y de negro, en extremo diferentes de su tipo. Se multiplican con una rapidez asombrosa; la preñez solo dura tres semanas; paren cada dos meses, hasta once hijos cada vez. Se alimentan de toda especie de yerbas, y son muy aficionados a la corteza tierna, de manera que hacen mucho daño en los plantíos de árboles. Puede decirse que el apereá es una verdadera plaga de las islas; pero es muy fácil ahuyentarlos y exterminarlos por medio de los perros. Son buenos para la mesa, su carne es tierna y gustosa, y se comen con la piel, pelándose fácilmente como quien despluma un ave.

También gusta de estas herbosas márgenes el ciervo, ese rumiante inocente y tranquilo, a par de bello y airoso, con su cabeza adornada más bien que armada de astas ramificadas como los árboles, y que como éstos reverdecen todos los años, destinado al parecer para hermosear y dar vida a la soleda de las selvas.

A pesar de la persecución tenaz que sufre de los hombres este tímido y apacible animal, no deja de visitar la morada de su letal enemigo durante las horas seguras de la noche, como si quisiese dejarnos estampados en sus huellas el reproche de rehusarle habitar bajo de nuestro amparo, los asilos pacíficos de estos jardines de la naturaleza. ¿Por qué hacerles esta guerra de exterminio? ¿Por qué no favorecer la multiplicación de la especie por el interés mismo de la industria humana?

La carne del cervato y de la cierva es manjar excelente; pero la de los machos tiene un gusto desagradable. Nadie ignora que de sus pieles adobadas se hace un cuero flexible y duradero, los cuernos además de servir para mangos de toda clase de instrumentos cortantes, dan por medio de procedimientos químicos espíritus y álcalis de uso muy frecuente en la medicina. La famosa cola fuerte de la China es fabricada con los nervios de todo el cuerpo del animal.

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