El anillo de amatista: XVI

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El anillo de amatista Anatole France



XVI

El padre Guitrel, candidato al obispado, fue introducido en el despacho del nuncio, monseñor Cima, el cual impresionaba, desde luego, por las acentuadas líneas de su rostro pálido, que el tiempo fatigó sin envejecerlo. A los cuarenta años parecía un adolescente enfermizo. Cuando bajaba los ojos, era un cadáver. Hizo seña al sacerdote, indicándole un asiento, y, para oírle, tomó en el sillón su actitud acostumbrada: el codo derecho en la mano izquierda y la mejilla sobre la palma de la mano derecha. En aquella actitud tenía una gracia casi fúnebre, y recordaba ciertas figuras de bajorrelieves antiguos. Su fisonomía sosegada velábase con un tinte melancólico, y al sonreír ofrecía una cómica expresión. Su hermosa y sombría mirada produjo siempre una impresión penosa, y en Ñapóles era corriente decir que daba mal de ojo. En Francia se le suponía muy hábil político. El padre Guitrel consideró oportuno hacer sólo una rápida alusión al objeto de su visita.

"Que la Iglesia, en su infinita sabiduría, dispusiera de él. Todos sus sentimientos hacia ella confundíanse y se aunaban en su absoluta obediencia."

—Monseñor —añadió—, soy un humilde sacerdote, es decir, un soldado. Aspiro a la gloria de obedecer.

Monseñor Cima, después de inclinar lentamente la cabeza en señal de asentimiento, preguntó al padre Guitrel si había conocido al difunto obispo de Tourcoing, ei señor Duclou.

—Lo conocí en Orleáns, monseñor, cuando era párroco.

—En Orleáns. Es una ciudad agradable; allí tengo parientes: unos primos lejanos. El señor Duclou era muy viejo. ¿De qué enfermedad murió?

—Del mal de piedra, monseñor.

—Es el fin de muchos ancianos, aunque la ciencia de curar procura, desde hace algún tiempo, grandes alivios a tan terrible dolencia.

—Es cierto, monseñor.

—Yo conocí al señor Duclou en Roma. Jugaba conmigo al whist. ¿No ha estado usted en Roma, señor Guitrel?

—Monseñor, es un consuelo que me ha sido negado hasta el presente. Sin embargo, con el pensamiento he vivido mucho en la Ciudad Santa; mi alma fue al Vaticano, ya que no pudo ir mi cuerpo.

—¡Sí.... sí!... El Papa lo verá con simpatía; quiere mucho a Francia. La estación preferible para ir a Roma es la primavera. Durante el verano, la malaria reina en el campo y hasta en algunos barrios de la ciudad.

—No me inspira temor la malaria.

—Sin duda, sin duda... Con ciertas precauciones pueden evitarse las fiebres. No salir de noche sin abrigo, sobre todo los extranjeros, y no pasear en coche abierto después de la puesta del sol.

—Dicen, monseñor, que el espectáculo del Coliseo a la luz de la luna es realmente sublime.

—El aire es maligno en el Coliseo. Deben evitarse también los jardines de la villa Borghese, que son húmedos.

—¿De veras, monseñor?

—¡Sí, sí!... Yo mismo, que he nacido en Roma, de padres romanos, soporto mal el clima de Roma. Prefiero la estancia en Bruselas. He pasado un año en Bruselas; dudo que haya otra población tan agradable, y allí tengo parientes... ¿Es una gran ciudad Tourcoing?

—Una ciudad de cuarenta mil habitantes aproximadamente, monseñor; un pueblo industrial.

—Ya sé, ya sé. El señor Duclou me dijo en Roma que sólo reconocía entre sus feligreses un defecto imperdonable: beber cerveza. Recuerdo sus palabras: "Si bebiesen vinillo de Orleáns, serían los mejores cristianos del mundo; pero el lúpulo es causa de su desdicha."

—Monseñor Duclou sazonaba sus bromas con mucho ingenio.

—No le gustaba la cerveza, y se sorprendió mucho cuando le dije que la afición a aquella bebida se va extendiendo en Italia. Hay cervecerías alemanas que tienen abundante parroquia en Florencia, en Roma, en Ñapóles, en todas las ciudades. ¿Le gusta a usted la cerveza, señor Guitrel?

—No me desagrada, monseñor.

El nuncio dio su anillo a besar al sacerdote, quien se despidió respetuosamente.

El nuncio llamó:

—Que entre el padre Lantaigne.

Luego que el rector del Seminario besó el anillo del nuncio, fue invitado a sentarse y a que hablara.

Dijo:

—Monseñor, hice al Papa y a la necesidad el sacrificio de amistades que me ligaban a la familia de mis reyes; he ahogado en mi corazón esperanzas gratísimas; me consideraba deudor de aquel sacrificio al jefe de los fieles para contribuir a la unidad de la Iglesia. Si Su Santidad me eleva a la silla episcopal de Tourcoing, gobernaré para la Iglesia y para la Francia católica. Un obispo es un gobierno; le aseguro mi lealtad.

Monseñor Cima, después de inclinar lentamente la cabeza en señal de asentimiento, preguntó al padre Lantaigne si había conocido al difunto obispo de Tourcoing, el señor Duclou.

—Lo conocí muy poco —respondió el padre Lantaigne—, y mucho antes de su elevación al episcopado. Recuerdo haberle cedido algunos sermones que yo tenía en abundancia.

—No era ya joven cuando le perdimos. ¿Recuerda de qué enfermedad murió?

—Lo ignoro.

—Yo conocí al señor Duclou en Rema: jugaba conmigo al whist. ¿No ha estado usted en Roma, señor Lantaigne?

—Nunca monseñor.

—Hay que ir. El Papa lo verá con simpatía; quiere mucho a Francia. Pero tenga usted en cuenta que el clima de Roma es rudo para los extranjeros. Durante el verano, la malaria reina en el campo y hasta en algunos barrios de la ciudad. La estación preferible para la estancia en Roma es la primavera. Nacido en Roma, y de padres romanos, vivo más a gusto en París, o en Bruselas, que en Roma. Bruselas es de lo mas agradable; allí tengo parientes. Dígame: ¿es una ciudad importante Tourcoing?

—Monseñor, es uno de los más antiguos obispados de la Galia septentrional. Aquella sede ha sido ilustrada por una larga teoría de santos obispos, desde el bienaventurado Loup hasta monseñor de la Trumelliére, predecesor inmediato de monseñor Duclou.

—¿Cómo piensan los feligreses de Tourcoing?

La fe allí es viva, monseñor, y la doctrina tiene más del espíritu de la Bélgica católica que del espíritu francés.

—Ya sé, ya sé. El señor Duclou, el llorado obispo de Tourcoing, me dijo una vez, en Roma, que sólo reconocía entre sus feligreses un defecto imperdonable: beber cerveza. Recuerdo sus palabras: "Si bebiesen vinillo de Orleáns, serían los mejores cristianos del mundo. Desgraciadamente, el lúpulo les comunica su amargura y su tristeza."

—Monseñor me permitirá decirle que el obispo difunto era pobre de espíritu y débil de carácter. No supo aprovechar la energía de las fuertes poblaciones del Norte. No era mala persona, pero no abominaba lo suficiente el mal. Es necesario que la universidad católica de Tourcoing resplandezca entre toda la cristiandad. Si Su Santidad me cree digno de ocupar la silla de San Loup, es posible que logre apoderarme en diez años de todos los corazones por la santa violencia de las obras, robarle al enemigo todas las almas, restablecer en todo mi territorio la unidad de creencias. En sus más íntimas convicciones, Francia es cristiana; los católicos de nuestro país sólo necesitan jefes enérgicos: la debilidad nos anonada.

Monseñor Cima levantóse, tendió al padre Lantaigne su anillo de oro, y dijo:

—Hay que ir a Roma, padre Lantaigne, hay que ir a Roma.



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