El banquete (Jenofonte)

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​El Banquete​ de Jenofonte
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Capítulo 1: Introducción[editar]

A mi parecer, no solo deben recordarse las acciones esforzadas de los hombres hermosos y nobles[1] sino también las lúdicas. Quiero contar uno de esos momentos lúdicos en el que estuve presente. En aquellos días, en los que tenían lugar las carreras de caballos de las Grandes Panateneas, Calias, que a la sazón estaba enamorado del joven[2] Autólico, lo había llevado a ver el espectáculo porque había resultado vencedor en el pancracio; cuando acabaron las carreras, se marchó con el joven y su padre a su casa en el Pireo, y les acompañaba Nicerato. Entonces vio juntos a Sócrates, Critóbulo, Hermógenes, Antístenes y Cármides, por lo que ordenó a uno de sus sirvientes que guiase a Autólico hasta casa y se acercó a hablar con Sócrates:

-¡Qué bueno que os haya encontrado! Deseo agasajar en mi casa a Autólico y su padre. Creo que todos mis preparativos brillarán mucho más si la presencia de unos hombres con unos espíritus tan purificados como los vuestros agracia mi salón[3] más que la de unos generales, jefes de caballería o burócratas.

-Siempre nos has despreciado y mirado por encima del hombro -respondió Sócrates-, porque bien que les has pagado mucho dinero a Protágoras, Gorgias, Pródico y muchos otros para que te enseñen sabiduría, mientras que a nosotros nos ves como unos simples iniciados en la filosofía.

-Sí -dijo-, hasta este momento os he ocultado que era capaz de mantener una larga e instruida conversación, pero ahora, si venís conmigo, os demostraré que soy realmente capaz de tratar temas serios.

Entonces los acompañantes de Sócrates, como era de esperar, le dieron las gracias pero rechazaron su invitación al banquete; sin embargo, como estaba claro que aquel se lo iba a tomar muy mal si no aceptaban, acabaron por ceder. Después de hacer algo de deporte y perfumarse[4] unos y de lavarse otros, se presentaron en su casa. Autólico estaba sentado junto a su padre; los demás, como es de esperar, se echaron[5]. Cualquier persona que observase la escena rápidamente pensaría que la belleza tiene algo propio de la realeza, especialmente si además, como en el caso de Autólico, la acompañas de pudor y moderación. Pues al principio, como cuando una luz brilla en la noche y atrae todos los ojos hacia sí, así también entonces la belleza de Autólico arrastraba todas las miradas hacia sí mismo. No hubo ninguno de los que miraba que no sintiera algo en su espíritu debido a su belleza. Algunos se quedaron muy callados, otros incluso cambiaron en cierta forma su comportamiento. Ciertamente, todos piensan que las personas tocadas por algún dios son dignas de ser contempladas, pero mientras que a algunos los dioses las llevan a mostrarse muy asalvajadas, a proferir terribles gritos y a ser muy violentos, los que inspira el mesurado Amor tienen una mirada amable, se expresan con una voz más dulce y tienen un porte muy noble. Así, todo lo que hacía Calias entonces lo provocaba el Amor y era un espectáculo digno de ver para los iniciados en los manejos de este dios.

Todos cenaban en silencio, como si se lo hubiera ordenado algún poderoso, cuando Filipo el cómico llamó a la puerta y le dijo al portero quién era y por qué deseaba que lo dejasen entrar: afirmó que ya venía con la comida preparada (para comer la de otros) y que su esclavo venía agobiado por la gran carga que traía (ninguna) y sin comer. Cuando Calias escuchó esto, dijo: «Bueno, señores, sería una vergüenza negarle, al menos, cobijo: ¡que entre!» Al mismo tiempo, miraba a Autólico, claramente tratando de averiguar si le había hecho gracia. Aquel, que estaba en el umbral de entrada al banquete, dijo:

-Todos sabéis que soy un cómico, así que me he presentado sin avisar, pensando que es más gracioso que avisar.

-Túmbate enseguida -respondió Calias-. Como ves, los invitados están bien repletos de seriedad, pero algo más carentes gracia.


Mientras los demás cenaban, Filipo empezó a contar gracias, para lograr aquello por lo que había sido invitado a cenar, pero como no consiguió arrancar ninguna risa, se quedó visiblemente molesto; luego quiso volver a intentarlo pero, como nadie se rio de nuevo, dejó de comer y se quedó tumbado cubriéndose con su manto.

-¿Qué te pasa -dijo Calias-, Filipo? ¿Te duele algo?

-¡Sí, Calias -respondió lamentándose-, por Zeus, y mucho! Como ha muerto la risa entre los hombres, se esfuma mi negocio. Antes me llamaban a los banquetes para que animara a los comensales provocándoles la risa; ahora, ¿por qué me debería llamar alguien? Para mí, es tan fácil dedicarme a asuntos serios como ser inmortal y, desde luego, nadie me invitará a sus cenas para que yo lo invite después, porque todos saben que en mi hogar no acostumbro a celebrar banquetes.


Y mientras decía esto se sonaba la nariz y, por el ruido que hacía, se notaba claramente que lloraba. Todos entonces le intentaban consolar con la promesa de que a la siguiente se reirían y le animaron a seguir comiendo, mientras que Critóbulo se partía de risa con su lamento. Filipo, cuando vio que alguien se reía, se destapó y, animándo a su espíritu a recobrarse porque habría nuevos banquetes[6], de nuevo volvió a comer.


Capítulo 2: Arranque de la conversación: ¿qué se puede enseñar y aprender?[editar]

Después de retirar las mesas, realizar una libación y entonar un peán[7], se presentó en el banquete un siracusano acompañado de una hábil flautista, una acróbata, de las que pueden realizar fantásticas contorsiones, y un joven en la flor de la vida, muy hábil con la cítara y en la danza: el siracusano ofrecía sus espectáculos para ganar dinero. Cuando la flautista empezó a tocar la flauta y el joven la cítara, estuvieron de acuerdo en que ambos eran muy capaces de alegrarles la velada. Entonces dijo Sócrates:

-Por Zeus, Calias, está siendo un banquete perfecto: no solo nos has ofrecido una cena irreprochable sino que además nos traes una música y espectáculo más que agradables.

-¿Y si alguien-dijo aquel- nos trajera un perfume, para que además nos acompañe un buen olor?

-Mejor que no-respondió Sócrates-: igual que hay una ropa que le sienta bien a una mujer y otra que se ve hermosa en un hombre, también son diversos los perfumes que convienen a los hombres y las mujeres. Pues yo diría que, por otro hombre, ningún hombre se perfumaría; por su parte, las mujeres, especialmente las jóvenes, como sucede con las esposas de Nicerato y Critóbulo, ¿qué otro perfume necesitan? ¡Si ya huelen bien! Por otro lado, el olor a aceite que hay en los gimnasios[8] es más agradable que el perfume en una mujer y, cuando falta, se echa muchísimo en falta. Es más, el perfume, da igual que se lo aplique un esclavo o un hombre libre, huele igual en todos los casos; en cambio, los olores provocados por el esfuerzo de hombre libre requieren de mucho tiempo dedicado a acciones provechosas antes de que empiecen a ser agradables y libres.

-Eso estaría muy bien para los jóvenes -intervino Licón-, ¿no? Pero para los que ya no nos ejercitamos en la palestra, ¿a qué deberíamos a oler?

-Por Zeus -respondió Sócrates-, ¡a grandeza[9]!

-¿Y dónde podríamos conseguir ese perfume?

-¡Seguro que no en una tienda!

-¿Y dónde?

-Lo dijo Teognis: «De los nobles aprenderás nobleza; si te juntas con los malvados, destruirás incluso el entendimiento que tienes.»

-¿Estás escuchando, hijo?-dijo Licón.

-¡Sí que lo oye, por Zeus-dijo Sócrates-, y lo aprovecha! Cuando quiso ser el vencedor del pancracio, tras practicar contigo […[10]] de nuevo, el que le pareciera el más capaz para conseguir eso, con él estará.

Aquí se levantó una multitud de voces. Uno preguntó: «¿Dónde encontrará un maestro de eso?»; otro, que eso no es posible enseñarlo; aquel que, si se pueden aprender otras cosas, esa también.

-Como esto es discutible-intervino Sócrates-, vamos a dejarlo para más adelante. Ahora concluyamos el tema que estábamos tratando. Estoy viendo a la acróbata de pie, y alguien que le acerca unos aros.


A continuación, la otra chica empezó a tocar la flauta para acompañar su número, y el chico se puso a su lado y le fue entregando los aros a la acróbata, hasta llegar a doce. Ella estaba bailando mientras los cogía y los arrojaba al aire, vibrantes, calculando el momento exacto para arrojarlos a la altura necesaria para recuperarlos sin perder el ritmo.

-Tal y como esta joven nos demuestra- dijo Sócrates-, es evidente que la naturaleza femenina, en estas y en muchas otras cosas, no resulta ser inferior en nada a la masculina, a excepción de la inteligencia y la fuerza. Así pues, si alguno de vosotros tiene mujer, que no dude en enseñarle lo que desea que ella conozca para aprovecharlo.

-Si así lo crees, Sócrates-replicó Antístenes-, ¿por qué no educas tú a Jantipa en vez de soportar a la peor mujer de todas las que existen y, diría yo, de todas las que existieron y existirán?

-Porque veo que los que desean ser jinetes no adquieren caballos tranquilos sino briosos: ellos saben que, si pueden domar a un caballo así, luego podrán montar fácilmente en cualquier otro caballo. Por eso yo, que deseo tener trato y conversar con todo el mundo, me casé con ella, ya que sabía que si era capaz de aguantarla, podría luego fácilmente estar con cualquier otra persona.

Al resto de asistentes, desde luego, les pareció que estas palabras no eran descabelladas. Entonces trajeron un aro rodeado de rectas espadas y la acróbata lo atravesaba con volteretas en uno y otro sentido. Todos temían que sufriera algún daño, pero ella lo realizaba sin miedo y con seguridad. Entonces Sócrates llamó a Antístenes y dijo:

-Sin duda, creo que ninguno de los que estamos viendo esto negaremos que la valentía puede enseñarse, porque esta, que es una mujer, se lanza entre las espadas con tal resolución.

-Entonces-respondió Antístenes-, ¿podría este siracusano presentarse ante la Asamblea, enseñar las hazañas de su acróbata y decirles que, si los atenienses le pagasen, él podría hacer que todos los atenienses se atrevieran a arrojarse contra las lanzas con igual valor?

-Sí-interrumpió Filipo-, ¡por Zeus! Me encantaría ver a Pisandro el político aprendiendo a hacer voleteretas entre espadas, puesto que ahora no quiere servir en el ejército porque no puede ni mirar las lanzas.


Luego se acercó el joven y Sócrates dijo:

-Mirad qué hermoso es ese joven y, sin embargo, parece más hermoso cuando está bailando que cuando está en reposo.

-Parece que alabas a su maestro de danza-dijo Cármides.

-¡Vaya que sí, por Zeus! Además, no he podido evitar observar que no había ninguna parte del cuerpo que estuviera inactiva, sino que todas, junto con el cuello, las piernas y las manos se movían: si alguien quiere tener su cuerpo en buena forma, ¡debe bailar así! Me gustaría que me enseñaras, siracusano, estos pasos.

-¿Y para qué los usarás?-preguntó el siracusano.

-¡Para bailar, por Zeus!

Todos se rieron, pero Sócrates estaba muy serio:

-¡Reíos! ¿Qué pasa si deseo ejercitarme para estar en forma? ¿O si así disfruto más de la comida y el descanso? ¿O si es por el disfrute de tales actividades, no como los corredores de fondo, que solo desarrollan sus piernas y se quedan esmirriados de hombros, ni como los boxeadores, que solo desarrollan sus hombros y las piernas se les quedan esmirriadas, sino para desarrollar todo el cuerpo con armonía con esos esfuerzos? ¿Os reís porque no necesitaré buscar un compañero de ejercicios ni tendré que desnudar mi viejo cuerpo ante la multitud sino que me protegerán las paredes de una casa lo bastante grande (como ahora para el ejercicio de este joven lo fue esta casa) y en invierno me ejercitaré a cubierto y en verano a la sombra?¿Os reís porque quiero hacer que mi barriga, más grande de lo conveniente, sea más comedida? ¿No sabéis que el propio Cármides me pilló el otro día bailando?

-¡Vaya que sí! Al principio me dejó sorprendido y temí que te hubieras vuelto loco pero, como te oí decir lo mismo que les acabas de decir a estos, al volverme a casa no me puse bailar (porque nunca he aprendido) sino a practicar los golpes de boxeo, que sí sé.

-Sí, por Zeus-dijo Filipo-, y como tienes, a mi parecer, las piernas y los brazos proporcionados, si te presentaras delante de los vigilantes del mercado te considerarían una hogaza perfecta, igualada por arriba y por abajo.

-Sócrates-dijo Calias-, llámame cuando quieras aprender a bailar, para ser tu pareja y aprender contigo.

-¡Venga! Tócame algo con la flauta-pidió Filipo-, que yo también bailaré.

Entonces se levantó y se movió imitando los pasos de ambos jóvenes; al principio, puesto que habían alabado cómo el joven parecía más hermoso con sus pasos, todo lo que hizo en respuesta fueron movimientos corporales que eran más absurdos de lo natural; como la joven se había echado hacia atrás hasta hacer un círculo, él lo intentó hacer hacia delante y, al final, como habían alabado que el joven movía todo el cuerpo en sus pasos, le pidió a la flautista que subiera el ritmo y agitaba al mismo tiempo todo, las piernas, las manos y la cabeza. Cuando acabo, se tumbó y dijo:

-Es evidente, señores, que mis pasos también eran bellos y una buena forma de ejercitarse: yo, desde luego, me he quedado seco. Esclavo, lléname una copa bien grande.

-¡Sí-dijo Calias-, y también las nuestras, que nos hemos quedado secos de tanto reírnos de ti!

-Beber, señores-intervino de nuevo Sócrates-, me parece perfecto. “El vino riega las almas”[11]: las penas adormece, como la mandrágora a los hombres, y despierta el cariño, como el aceite ayuda al fuego. Sin duda, creo que a los cuerpos de los hombres les pasa lo mismo que las plantas que crecen de la tierra: cuando un dios les da de beber mucha agua, no pueden crecer recto ni dejar pasar las brisas; cuando reciben la bebida necesaria, crecen muy tiesas y florecen para dar frutos. Así también cuando nosotros bebemos demasiado, enseguida nuestros cuerpos y pensamientos patinan y no podremos respirar ni mucho menos conversar. Que los esclavos nos lloviznen (por usar las palabras de Gorgias) un poco de vino en estas pequeñas copas: así el vino no nos obligará a emborracharnos sino que nos convencerá para alcanzar un punto más juguetón.

Todos aprobaron estas palabras; Filipo añadió que los coperos deberían imitar a los buenos aurigas y servirles corriendo rápido en círculos. Así hicieron los coperos.


Capítulo 3: Las virtudes de cada convidado[editar]

Después de esto, el joven afinó su lira al tono de la flauta y tocó y cantó, por lo que todos los alabaron. Cármides dijo:

-Me parece, señores, que al igual que Sócrates lo dijo del vino, también la unión de la elegancia y de las notas de la música de estos jóvenes adormecen las penas y despiertan el deseo.

-Desde luego, señores-intervino de nuevo Sócrates-, está claro que estos jóvenes son capaces de agradarnos. Nosotros sé que pensamos que somos mucho mejores que ellos: así pues, ¿no sería una vergüenza que no intentáramos, ahora que estamos reunidos, ayudarnos en algo o alegrarnos el ánimo?

-Guíanos, entonces-dijeron todos-: dinos de qué temas hablar para conseguirlo.

-Me gustaría retomar las palabras de Calias: nos dijo que, si cenábamos con él, nos mostraría su sabiduría.

-Claro que os la mostraré, si cada uno también comenta en público qué cree que es la virtud.

-Nadie se opone a decir qué considera más valioso.

-Os digo, pues, qué considero mi mayor virtud: creo que soy capaz de hacer que las personas sean mejores.

-¿Les enseñas-preguntó Antístenes- algún oficio o la grandeza?

-Grandeza, si es que la honradez forma parte de ella.

-¡Por Zeus que lo es-replicó Antístenes-, la más indiscutible! Porque la valentía y la sabiduría a veces parecen perjudiciales para los amigos y la ciudad, pero la honradez nunca se confunde con la injusticia.

-Cuando cada uno de vosotros haya dicho qué es lo que puede ofrecer como mayor ayuda, entonces yo no me negaré a contaros qué técnicas uso para conseguirlo. Nicerato, dinos tú ahora de qué conocimientos te enorgulleces.

-Mi padre se preocupaba por hacer de mí un buen hombre y me obligó a aprenderme todas las obras de Homero. Incluso ahora sería capaz de recitar de memoria toda la Iliada y la Odisea.

-¿No te has dado cuenta-preguntó Antístenes- de que todos los rapsodas se saben esas mismas obras?

-¿Cómo podría no haberme dado cuenta, si cada día escucho un poco sus recitaciones?

-¿Y sabes de algún grupo de gente más tonta que los rapsodas?

-No, ¡por Zeus!, me parece que no.

-Está claro entonces-intervino Sócrates- que no conocen las enseñanzas de esas obras. Tú les pagas mucho dinero a Estesimbroto, Anaximandro y muchos otros, de modo que no se te habrá escapado ninguna de esas notables enseñanzas. Y tú, Critóbulo, ¿qué consideras tu mejor virtud?

-Mi belleza.

-¿Y entonces piensas convencernos de que con tu belleza eres capaz de hacernos mejores?

-Si no lo hago, entonces está claro que pareceré una persona vulgar.

-Y tú, Antístenes, ¿cuál es la tuya?

-La riqueza.

Hermógenes le preguntó entonces si tenía mucho dinero, pero aquel le respondió que ni un céntimo.

-¿Y tienes muchas tierras?

-Quizá serían suficientes para que Autólico se eche un puñado por encima[12].

-También tendremos que escuchar tus argumentos-dijo Sócrates-. Y tú, Cármides, ¿cuál es la tuya?

-Considero que mi pobreza.

-¡Por Zeus, una cosa bien agradable! Para nada provoca envidias, para nada provoca disputas; está a salvo sin que nadie la vigile y se vuelve más fuerte sin cuidarla.

-Y tú, Sócrates-preguntó Calias-, ¿cuál es la tuya?

Tras adoptar una expresión de total seriedad en su rostro, respondió:

-Ser un proxeneta. Mientras vosotros os reís-continuó ante las carcajadas generales-, yo sé que podría conseguir grandes riquezas con mi arte, si quisiera sacarle partido.

-Tú está claro-le dijo Licón a Filipo- que piensas que es hacer reír.

-Y con más justicia-respondió- que Calipides, el actor, que se pavonea porque es capaz de hacer llorar al público.

-¿No nos dirás tú también, Licón-preguntó Antístenes-, de qué te enorgulleces?

-Lo sabéis todos: de mi hijo.

-Y él-dijo alguien- está claro que está orgulloso de su victoria.

-¡No, por Zeus!-respondió Autólico, enrojeciendo.

Todos, alegres por oírlo hablar, lo miraron, y uno le preguntó:

-Entonces, Autólico, ¿de qué?

-De mi padre-y, tras decirlo, se apoyó en él.

-¿Sabes, Licón-dijo Calias cuando lo vio-, que eres el hombre más rico del mundo?

-¡Por Zeus! No lo sabía.

-¿No te das cuenta de que no cambiarías a tu hijo ni por todas las riquezas del rey de Persia?

-Me has pillado: soy, por lo que parece, el hombre más rico del mundo.

-Y tú, Hermógenes-preguntó Nicerato-, ¿de qué presumes?

-De la virtud y poder de mis amigos y, sobre todo, de que incluso así se preocupan por mí.

Todos se giraron para mirarlo y muchos le preguntaron a la vez si les podía aclarar quiénes eran; él dijo que no se negaría.


Capítulo 4: Análisis de cada virtud[editar]

-Ahora solo nos queda-continuó Sócrates- que cada uno de nosotros intente demostrar cómo de valiosa es su propuesta.

-Me gustaría que me escuchaseis a mi primero-dijo Calias-. Yo, mientras os escucho debatir qué es la honradez, hago que las personas sean más honradas.

-¿Cómo, mi querido amigo?-preguntó Sócrates.

-Dándoles dinero, ¡por Zeus!

-Las personas, Calias-replicó Antístenes alzándose de su lecho con actitud inquisitiva- ¿te parece que tienen la honradez en sus almas o en su cartera?

-En sus almas.

-Entonces, ¿tú las vuelves más honradas dándoles dinero para sus carteras?

-Sin duda.

-¿Cómo?

-Porque cuando saben que tendrán para comprar lo necesario no se quieren arriesgar a actuar mal.

-¿Y te devuelven lo que les das?

-No, por Zeus, ¡de ninguna manera!

-¿Qué te dan a cambio en agradecimiento?

-¡Nada, por Zeus! Aunque algunos me odian más que antes de recibir mi dinero.

-Me deja asombrado-dijo Antístenes mientras lo miraba como si ya lo hubiera pillado- que seas capaz de hacer que se comporten con mayor honradez con los demás pero no contigo mismo.

-¿Qué tiene de asombroso? ¿No conoces a muchos carpinteros y albañiles que construyen muchas casas para otras personas pero no las suyas y que, además, viven de alquiler? Deja ya de refutarme, listo.

-¡Por Zeus que debe dejarlo!-intervino Sócrates-. También los adivinos son capaces de predecir el futuro a los demás, pero su propio destino.

Esta intervención concluyó el debate; a continuación, Nicerato dijo:


-Me gustaría que escuchaseis mi argumento sobre por qué estar conmigo os volverá mejores. De sobra sabéis que Homero, el más sabio de los hombres, escribió sobre casi cualquier hecho humano. Cualquiera de vosotros que desee llegar a ser un buen administrador del hogar, un político o un estratego, o imitar a Aquiles, Áyax, Néstor u Odiseo, que lo consulte conmigo, pues yo sé de todo esto.

-¿Y sabes también reinar?-preguntó Antístenes. Porque, como sabes, Homero ensalzó al propio Agamenón como “un rey virtuoso y poderoso lancero”.

-Claro, por Zeus, y también sé que un auriga debe girar lo más pegado al mojón, “túmbate contra el bien armado carro / un poco hacia la izquierda, y azuza al caballo / derecho con voces y suelta las riendas de las manos[13].” Además, también sé otra cosa cuya efectividad podéis comprobar ahora mismo. Homero dijo que una cebolla es un manjar para la bebida. Si alguien trae un cebolla, enseguida podréis recibir este beneficio, pues beberéis más a gusto.

-Señores-respondió Cármides-, Nicerato quiere volver a casa oliendo a cebolla, para que su mujer no piense que alguien podría haber querido intimar con él.

-Sin duda-dijo Sócrates-, pero corremos el riesgo de que eso nos depare otra idea ridícula. En efecto, la cebolla parece un manjar, porque hace más agradables no solo las comidas sino también las bebidas; pero si la comemos también ahora, después de la cena, cuidado que alguien no diga que hemos venido a casa de Calias solo para darnos a la buena vida.

-¡Mejor que no piensen eso, Sócrates! Un hombre que va a la batalla hace bien en prepararse comiendo una cebolla, igual que algunos dan ajos a sus gallos de pelea. Nosotros quizá estemos planeando más acostarnos con alguien que combatirlo.

Y así concluyó esta conversación.

-¿Por qué no hablo yo ahora-dijo Critóbulo- y os explico por qué creo que en la belleza está la mayor virtud?

-Habla-dijeron los demás.

-Si no soy hermoso como pienso, lo justo sería que vosotros recibierais un castigo por engañarme, ya que sin que nadie os obligue siempre estáis jurando que soy hermoso. Y yo confío en vosotros, porque os considero unos hombres hermosos y nobles. Por otro lado, si yo realmente soy hermoso y vosotros sentís hacia mí lo mismo que yo hacia el que me parece hermoso, juro por todos los dioses que no escogería ni el trono del rey de Persia a cambio de ser hermoso. Pues cuando yo veo a Clinias más hermoso que cualquier otra cosa del mundo, antes preferiría quedarme ciego de todo lo demás que solamente de Clinias. Aborrezco la noche y el sueño porque no puedo verlo y muestro mi mayor agradecimiento al día y al sol porque me muestran a Clinias.

Además, nosotros, los hermosos, debemos enorgullecernos de que, mientras que los fuertes deben esforzarse para conseguir la virtud, los valientes correr riesgos y los sabios dialogar, el hermoso lo puede conseguir todo con tranquilidad. Yo, desde luego, sé que las riquezas son una dulce posesión, pero más dulce me resultaría dárselas a Clinias que recibirlas de otro, y más dulce me resultaría ser esclavo que hombre libre, si Clinias quisiera ser mi amo. De este modo, si tú, Calias, te enorgulleces de poder hacer a las personas más honradas, yo creo que soy más honrado que tú, porque soy capaz de llevarlas a realizar toda clase de virtud, puesto que, a causa de un cierto hálito divino que insuflamos los hermosos en nuestros amantes, los volvemos más liberales con el dinero, más amantes del esfuerzo y la belleza en el peligro e, incluso, más modestos y también poderosos: se avergüenzan especialmente de aquello que les falta. Están locos los que no eligen hermosos a los generales: yo con Clinias cruzaría las llamas, y sé que vosotros conmigo. Así que no es descabellado, Sócrates, que mi belleza ayude a los hombres. Y, con todo, no debe despreciarse porque desaparezca rápido: igual que un joven es hermoso, también lo es un hombre, ya sea más joven, de mediana edad o anciano. De hecho, se eligen a ancianos hermosos para llevar los brotes de olivo a Atenea, como si la belleza acompañara a todas las edades. Si es dulce conseguir lo que uno desea de personas que lo entregan con gusto, bien sé que yo sería capaz, incluso en silencio, de conseguir un beso tanto de este joven como de esta joven antes que tú, Sócrates, por más cosas sabias que les digas.

-¿Cómo?-preguntó Sócrates-. ¿Ahora presumes como si fueras más hermoso que yo?

-¡Sí, por Zeus! Si no, sería el más feo de todos los silenos del teatro[14]. (Sócrates resulta que se parecía a estos seres.)

-Venga, acuérdate de que juzguen nuestra belleza cuando haya acabado esta conversación. Y que no nos juzgue Alejandro, el hijo de Príamo, sino estas mismas personas que pensabas que te querrían dar un beso.

-¿No se lo pedirías a Clinias, Sócrates?

-¡Deja de pensar en Clinias!

-¿Pensaré menos en él si no lo nombro?¿No sabes que tengo tan clara su imagen en mi mente que, si yo fuera un escultor o un pintor, el resultado no sería peor que si lo estuviera mirando sentado a mi lado?

-Entonces-respondió Sócrates-, si tienes una imagen tan perfecta de él, ¿por qué me das la murga y me haces acompañarte a donde puedes verlo?

-Porque verlo me puede elevar el ánimo, Sócrates, mientras que su imagen no me produce placer, solo me provoca añoranza.

-Pues yo, Sócrates-intervino Hermógenes-, yo no veo propio de ti que te despreocupes así de Critóbulo, tan afectado por el amor.

-¿Piensas que se comporta así desde que se junta conmigo?

-¿Desde cuándo, si no?

-¿No ves que alrededor de las orejas le brotan el primer bozo, mientras que a Clinias ya le sube hacia atrás? Ya desde que iba con él a la misma escuela arde muy fuerte su pasión y su padre, cuando se dio cuenta de lo que le pasaba, me lo entregó para ver si podía ayudarle. ¡Y ahora está mucho mejor! Al principio, se quedaba de piedra mirándolo, como los que ven a una de las gorgonas, y no se podía apartar de él y ¡ahora ya lo he visto hasta guiñarle el ojo! Por los dioses, señores, me parece (y que quede entre nosotros) que incluso le dio un beso a Clinias: no hay un combustible más temible para el fuego del amor, porque es insaciable y provoca unas dulces esperanzas. Por eso, afirmo que, para el que desea prudencia, es necesario evitar besar a los jovenzuelos.

-¿Pero por qué-preguntó Cármides-, Sócrates, nos metes a nosotros, tus amigos, el miedo a los bellos? ¡Si yo te vi, justo a ti, por Apolo, cuando ibas junto con Critóbulo en pos de un libro en la escuela, con vuestras cabezas y brazos muy juntos!

-¡Ay! Ya me parecía que me dolía el brazo como si me hubiera mordido una fiera (¡más de cinco días que me dolió!) y el corazón como si me hubieran clavado un aguijón… Pero ahora, Critóbulo, con todos estos por testigos, te solicito en público que no me toques antes de que tengas una barba igual de poblada que tu cabeza.

Y así unían ellos las bromas con los temas serios, pero entonces intervino Calias:


-Te toca, Cármides, explicar por qué valoras tanto la pobreza.

-Todos estamos de acuerdo, ¿no es cierto?, en que es mejor ser valiente que miedoso, libre antes que esclavo, ser el objeto de cuidados antes que darlos y tener la confianza de la patria antes que la desconfianza. Pues bien, cuando yo era rico en esta ciudad, al principio temía que alguien irrumpiera en mi hogar, se llevara mis riquezas y me hiciera algún daño; luego, hacía caso a los delatores, sabiendo que yo podía sufrir un mal mucho peor que el que les podría infringir y, es más, siempre la ciudad me exigía algún gasto[15] pero no me permitía salir de viaje. En cambio, ahora que me han privado de mis propiedades fuera de nuestras fronteras, no recibo ninguna renta de mis propiedades aquí y han vendido todos los bienes de mi casa, duermo a pierna suelta, la ciudad ha vuelto a confiar en mí y ya no sufro amenazas sino que soy yo quien las lanza y, en mi libertad, puedo viajar y quedarme en cualquier ciudad. La gente ahora me cede su asiento y los ricos se apartan de mi camino[16]. Ahora yo parezco un tirano, mientras que antes era claramente un esclavo; antes yo pagaba mis impuestos al pueblo y ahora la ciudad es la que me mantiene con sus pagos. Cuando yo era rico, también me criticaban por juntarme con Sócrates, pero ahora que soy pobre, ya no le importa a nadie. Es más, cuando tenía muchas cosas, siempre estaba perdiéndolas, ya fuera a causa de los impuestos o del destino, pero ahora no puedo perder nada (¡no tengo nada!), sino que voy con la esperanza de hacerme con algo.

-Entonces-respondió Calias-, en tus plegarias suplicarás no volver a ser rico nunca y, si tienes un sueño propicio, harás sacrificios a los dioses protectores, ¿no?

-No, ¡por Zeus!, sino que asumo el riesgo de desear hacerme con algo.

-Venga, Antístenes-dijo Sócrates-, explícanos tú ahora por qué te enorgulleces de la riqueza cuando tienes tan poco.

-Porque sé, señores, que las personas no tienen la riqueza o pobreza en casa sino en sus almas. Veo a muchos individuos que, aun teniendo muchas riquezas, piensan que son tan pobres que, para tener más, sufren todo tipo de penas y peligros; también sé de hermanos que, tras recibir una misma herencia, uno tiene suficiente para afrontar cualquier gasto y al otro no le da para nada. He oído hablar de algunos tiranos que están tan hambrientos de riquezas que cometen actos más terribles que las personas más pobres: por su pobreza, estas personas se dedican al robo, al allanamiento y al tráfico de esclavos, pero aquellos tiranos destrozan familias enteras, asesinan a multitudes y a menudo esclavizan a ciudades enteras por el beneficio económico. A mí, al menos, me dan pena, porque están afectados por una terrible enfermedad: me parece que la enfermedad que sufren es como si alguien tuviera muchas posesiones pero, por más que comiera, nunca se saciase.

Así, yo tengo muchas cosas, porque apenas sería capaz de encontrarlas: puedo comer hasta que ya no tenga hambre, beber hasta que no tenga sed y vestirme para no tener frío cuando salgo fuera tanto como Calias, nuestro riquísimo amigo. Cuando estoy en casa, las paredes me parecen unos mantos bien calientes y los techos unas gruesas capas; tengo una manta que abriga tanto que levantarme por las mañanas de la cama me cuesta muchísimo. Cuando mi cuerpo requiere sexo, cualquier cosa me basta, de tal modo que las mujeres a las que me acerco están encantadas conmigo porque nadie más se les acerca. Todas estas cosas me parecen tan agradables que no podría rezar para pedir más placer sino menos: algunas me parecen más placenteras de lo que me convendría. Pero calculo que mi posesión más preciada de toda mi riqueza es que, incluso si alguien me robara lo que ahora tengo, no creo que ninguno de los oficios que me daría de comer me parecería indigno. Incluso cuando me apetece darme un capricho no compro lo más apreciado del mercado (pues es muy caro), sino que lo saco de los almacenes de mi alma. Me parece mucho más placentero cuando me dejo llevar tras esperar a sentir ese deseo que cuando disfruto de alguno de esos placeres, como ahora que estoy bebiendo por casualidad este vino de Tasos sin tener sed.

Ciertamente, es lógico que sean más honrados quienes estén más pendientes de la austeridad que de la acumulación de riquezas (quienes tienen suficiente con lo suyo difícilmente codiciarán lo de los demás). Y es justo reconocer que una riqueza así otorga libertad a los hombres: este Sócrates, de quien yo adquirí esta riqueza, no la contó ni pesó antes de entregármela, sino que me dio tanta como yo podía cargar. Yo ahora no envidio a nadie sino que a todos mis amigos les muestro mi libertad y comparto la riqueza de mi alma con todo el que la desea. Y, la mejor posesión de todas, veis siempre que disfruto de tiempo libre: puedo ver lo que merece verse, escuchar lo que merece escucharse y, lo que yo más valoro, pasar los días con Sócrates sin preocupaciones laborales. Tampoco él admira a los que cuentan más dinero, sino que pasa el tiempo en compañía de los que me le gustan.

Así habló él y Calias respondió:

-Por Hera, entre otras cosas, te admiro también por tu riqueza, porque ni la ciudad te da órdenes como si fueras su esclavo ni el resto te odian si no les prestas dinero.

-No le admires-habló Nicerato-, ¡por Zeus! Le voy a pedir que me preste su falta de necesidades: me ha educado Homero para contar “siete trípodes para estrenar, diez talentos de oro, veinte calderos relucientes, doce caballos[17]”, contantes y sonantes, sin dejar de desear mayores riquezas; igual por esto a algunos les parece que estimo demasiado las riquezas.

Todos se rieron con esta intervención, pues reconocían que había dicho las cosas tal y como eran. Entonces alguien dijo:


-Es ahora el momento, Hermógenes, de que nos digas cuáles son tus amigos y de que nos demuestres que son poderosos y se preocupan por ti, para que parezca justo tu orgullo en ellos.

-Está claro, ¿no?, que tanto los griegos como los bárbaros creen que los dioses conocen todo lo presente y lo futuro; en todo caso, todas las ciudades y gentes consultan a los dioses mediante la adivinación qué debe hacerse y qué no. También es evidente que creemos que son capaces de obrar bien y mal y, en todo caso, todos piden a los dioses que nos protejan de lo malo y nos entreguen lo bueno. Estos dioses, que todo lo saben y todo lo pueden, son mis amigos, hasta tal punto que, como se preocupan por mí, nunca me olvido de ellos, ni de día ni de noche, ni cuando voy a algún sitio ni cuando pienso iniciar algún proyecto. Debido a su capacidad de predicción, me indican también lo que va a suceder a través de los mensajes que me envían (profecías, sueños y pájaros) y lo que debe y no debe hacerse. Cada vez que les hago caso, nunca me arrepiento; cuando no he confiado en ellos, me han castigado.

-De todo lo que has dicho, nada es increíble-respondió Sócrates-, pero me gustaría preguntarte qué trato les das para mantenerlos como tus amigos.

-¡Por Zeus! Es muy barato: los alabo con mis palabras (que no me cuesta nada); de todo lo que me dan, les devuelvo siempre una parte; hablo bien de ellos todo lo que puedo y nunca miento aposta en las ocasiones que los pongo por testigos.

-Pues sí, ¡por Zeus!, si con una conducta así mantienes su amistad. También los dioses, como es de esperar, aprecian la grandeza.

Así de seria fue esa conversación. Entonces se giró para mirar a Filipo y le preguntó por qué valoraba como su mayor virtud la capacidad de hacer reír.

-¿Es que os parece poco que, dado que todos saben que soy un cómico, cada vez que les va bien, me llaman a sus casas con gusto y, cuando les va mal, me evitan hasta mirar, temiendo que les haga reírse en contra de su voluntad?

-Vaya-respondió Nicerato-, ¡por Zeus!, que tienes motivos para sentirte orgulloso, porque en mi caso es al revés: los amigos a los que les va bien me evitan a muchos metros de distancia; a los que les va mal, me recuerdan nuestros antepasados comunes y no me dejan en paz.

-Bien, y tú-preguntó Cármides-, siracusano, ¿de qué enorgulleces? ¿Está claro que del joven, no?

-No, ¡por Zeus!, para nada. De hecho, temo mucho por él: sé que algunos confabulan para destruirlo.

-¡Por Heracles!-respondió Sócrates cuando lo oyó-. ¿Qué injusticia tan grande piensan que este joven les ha infringido que planean matarlo?

-No creo que quieran matarlo, sino convencerlo para que se acueste con ellos.

-Y tú, como es lógico, piensas que eso lo destruiría.

-¡Sí, por Zeus, totalmente!

-¿Y tú no acuestas con él?

-Sí, por Zeus, todas las noches, enteras.

-¡Por Hera!-respondió Sócrates-. Vaya suerte la tuya, que tienes una piel de una naturaleza tan especial que es la única que no destruye a tus compañeros de cama. Así que, más que de otra cosa, ¿estarás orgulloso con razón de tu piel?

-No, por Zeus, tampoco de eso.

-¿Y de qué?

-De los tontos, ¡por Zeus! Los que vienen a ver mis espectáculos de marionetas son mi sustento.

-Ah-dijo Filipo-, ¿por eso te oí el otro día rezar a los dioses para que los dioses, allí donde estuvieras, dieran abundancia de cosechas y escasez de inteligencias?

-Bien-dijo Calias-, y ahora, Sócrates, ¿puedes decirnos por qué te enorgulleces de esa indigna arte que decías?

-Primero pongámonos todos de acuerdo en qué tareas realiza un proxeneta; no rechacéis responder a las preguntas que os haga, para que sepamos en qué estamos de acuerdo. ¿Os parece bien?

-Sí, claro-respondieron los demás (y esto es casi lo único que dijeron en las respuestas que dieron después).

-¿No os parece una acción propia de un buen proxeneta conseguir que aquel o aquella para quien trabaja resulte atractivo para sus conocidos?

-Sí, claro.

-¿Y no es una de las cosas que puede otorgar ese atractivo un agraciado arreglo del cabello y la apariencia?

-Sí, claro.

-¿Y no sabemos que una misma persona puede mirar con buenos o malos ojos a los demás?

-Sí, claro.

-¿Y que es posible hablar por la misma boca de forma modesta y arrogante?

-Sí, claro.

-¿Y que hay palabras que provocan el odio mientra que otras llevan a la amistad?

-Sí, claro.

-¿Y no sería, por tanto, el mejor proxeneta el que enseñara lo necesario para gustar?

-Sí, claro.

-¿Y sería mejor el que enseñara cómo gustar a una persona sola o a muchas?

Aquí hubo división de respuestas; algunos respondieron que “claramente, el que a muchas” y otros “Sí, claro”. Y, tras decir que estaban de acuerdo, prosiguió:

-Y si algún proxeneta fuera capaz de enseñar cómo gustar a toda la ciudad, ¿ese no sería el mejor de todos?

-Claramente, ¡por Zeus!-respondieron todos.

-Y si alguien pudiera conseguir eso de sus protegidos, sería justo que se enorgulleciera de su arte y recibiera una importante remuneración por ello, ¿no es cierto?

Cuando todos mostraron su acuerdo, dijo:

-Me parece que Antístenes es un de esos.

-¿Cómo?-respondió Antístenes-. Sócrates, ¿me has endosado ese oficio?

-Sí, ¡por Zeus! Porque veo que también puedes realizar, y muy bien, su disciplina auxiliar.

-¿Cuál?

-La de gancho[18].

-¿Y cómo sabes que puedo realizarla?-preguntó Antístenes, visiblemente molesto.

-Sé que has enganchado a nuestro Calias al sabio Pródico, cuando viste que Calias deseaba aprender filosofía y aquel necesitaba dinero. Sé que también lo enganchaste a Hipias de Elea, de quien ha aprendido técnicas memorísticas: por su culpa se ha vuelto tan enamoradizo, porque ya no puede olvidarse de algo hermoso que haya visto. Y, como sabes, hace poco me conectaste con el extranjero de Heraclea, porque me hablaste muy bien de él y me hiciste tener ganas de conocerlo. Te estoy totalmente agradecido: es una persona noble y hermosa. ¿Y no nos hablaste tan bien a Esquilo de Fleaso de mí y a mí de él que, enardecidos por tus palabras, nos lanzamos como dos perros a la carrera a buscarnos? Por tanto, viendo tus acciones, sé que puedes ser un buen gancho. Quien es capaz de reconocer cómo unas personas pueden ayudar a otras y puede hacerles desearse unos a otros, ese me parece que también podría crear amistad entre ciudades y organizar los necesarios matrimonios: merece que tanto ciudades como amigos como aliados lo consideren una muy valiosa adquisición. Pero tú, ¡por Zeus!, cuando escuchaste que te llamaba un buen gancho, te molestaste mucho.

Y así esta ronda de conversaciones finalizó.


Capítulo 5: Concurso de belleza[editar]

Entonces Calias tomó la palabra:

-Critóbulo, ¿no te vas a enfrentar a Sócrates en una competición de belleza?

-No lo hará, ¡por Zeus!-dijo Sócrates-, pues quizá ve que los jueces sienten gran aprecio por el proxeneta.

-Aun así-dijo Critóbulo-, no me voy a retirar: enséñame cómo eres más hermoso que yo, a ver si tienes alguna idea. Solo pido que alguien le acerque una lámpara[19].

-Antes de empezar con el juicio en sí, te cito para la vista previa. Responde.

-Pregunta.

-¿Crees que la hermosura está solo en las personas o también en otras cosas?

-Por Zeus, yo la veo en un caballo, en un buey y en muchas cosas inanimadas: sé, desde luego, que mi escudo, mi espada y mi lanza lo son.

-¿Y cómo puede ser que todas esas cosas, que no se parecen en nada entre sí, sean todas hermosas?

-Porque están bien hechas para la finalidad para la que las hemos adquirido o son buenas por naturaleza para lo que las necesitamos: por eso son hermosas.

-¿Y por qué necesitamos los ojos?

-Para ver, claro.

-Pues entonces ya estaría claro que mis ojos son más hermosos que los tuyos.

-¿Cómo?

-Porque los tuyos solo miran al recto, mientras que los míos, como están salidos, también ven a los lados.

-¿Entonces estás diciendo que un cangrejo es el animal con mejor vista?

-Totalmente, porque tiene unos ojos excelentemente dispuestos para dar fortaleza su cuerpo.

-Bien, ¿y cuál de nuestras narices es más hermosa, la tuya o la mía?

-Yo creo que la mía, si consideramos que los dioses han hecho las narices para oler. Tus orificios miran hacia el suelo, mientras que los míos están tan subidos que captan los olores por todas partes.

-¿Cómo es más hermosa una nariz chata que una recta?

-Porque no levanta una barricada sino que permite a los ojos contemplar directamente lo que deseen; en cambio, una nariz elevada se opone como un muro insolente a los ojos.

-Te doy la razón en la boca-dijo Critóbulo-: si se hicieron para comer a mordiscos, la tuya es mucho mejor que la mía. ¿Y no crees que un beso tuyo será más suave debido a lo gruesos que tienes los labios?

-Parecería que, según tus palabras, tengo una boca más fea que la de una asno. ¿Pero no contarías como prueba de que soy más hermoso que tú que las Náyades, unas divinidades, dan a luz a los Silenos, que se parecen más a mí que a ti?

-No tengo ninguna respuesta a eso, pero que se repartan ya los votos para que sepa lo más pronto posible qué castigo debo sufrir o qué multa pagar. Solo pido que se vote en secreto, pues temo que la riqueza que Antístenes y tú tenéis me supere[20].

La pareja de jóvenes recogieron los votos en secreto; Sócrates, por su parte, solicitó entonces que se pusiera la lámpara enfrente de Critóbulo, para que los jueces no sufrieran engaños, y que al vencedor los jueces lo recompensaran con besos y no con cintas. Cuando se volcaron los votos y todos resultaron ser para Critóbulo, dijo Sócrates:

-¡Bah! Tu dinero no parece igual que el de Calias, Critóbulo, porque el suyo vuelve a las personas más honradas, mientras que el tuyo, como suele pasar, es capaz de corromper jueces y jurados.


Capítulo 6: El momento incómodo[editar]

A continuación, algunos animaban a Critóbulo a tomar los besos de la victoria, otros a que convenciera al amo de los esclavos y algunos, mientras, se reían, pero Hermógenes estaba callado. Sócrates lo llamó por su nombre y le preguntó:

-Hermógenes, ¿podrías decirnos qué es malbeber?

-Si me preguntas por lo que es, no lo sé-respondió-; te podría decir lo que me parece que es.

-Pues lo que te parece.

-Creo que es malbeber amargar a los compañeros del banquete.

-¿Sabes que nos estás amargando con tu silencio?

-¿Mientras habláis?

-No, cuando callamos.

-¿No te das cuentas de que entre vuestras palabras no se podría meter ni un pelo y mucho menos una palabra?

-Calias-solicitó Sócrates-, ¿podrías ayudar a este hombre necesitado de respuesta?

-Voy: cuando la flauta sonaba, todos estábamos en silencio.

-¿Es que deseáis que hable con vosotros al ritmo de la flauta, como si fuera Nicóstrato el actor recitando sus versos al ritmo?

-Sí-respondió Sócrates-, ¡por los dioses!, Hermógenes, hazlo así. Creo que, igual que las canciones son mucho más agradables acompañadas de la flauta, también la música haría más dulces tus palabras, especialmente si, como la flautista, las acompañas de gestos[21].

-Y cuando Antístenes interroga a alguien en el banquete, ¿qué melodía debería sonar?-preguntó Calias.

-Creo que un siseo sería el sonido adecuado para un interrogatorio-dijo Antístenes.


Mientras se desarrollaba esta conversación, el siracusano observó que los asistenes no prestaban atención a su espectáculo sino que disfrutaban de la compañía mutua, así que de malas maneras le preguntó a Sócrates:

-¿Eres tú Sócrates, al que llaman el pensador[22]?

-¿No es mejor que ser llamado despensado[23]?

-Si no fuera porque te consideraran un pensador sobre los fenómenos celestiales...

-¿Sabes de algo más celestial que los dioses?-preguntó Sócrates.

-No, ¡por Zeus! Pero dicen que no prestas atención a esos fenómenos, sino a lo más insignificantes.

-¿Cómo no iba a prestar atención a los dioses? Desde arriban nos mandan la lluvia que nos ayuda, desde arriban nos proporcionan luz. Si lo que digo son tonterías, es culpa tuya, que me molestas.

-Pues vale, pero dime: ¿a qué distancia está la pulga de mí, en sus pasos? Dicen que te dedicas a hacer estas mediciones.

-¿No eras muy hábil, Filipo-interrumpió Antístenes-, en retratar a gente? ¿No dirías que este hombre parece alguien que desea incordiar?

-Sí, ¡por Zeus!-respondió aquel-, y a muchos otros.

-Con todo-dijo Sócrates-, no lo retrates, no sea que acabes pareciendo tú el que desea incordiar.

-Pero si lo retratara como alguien hermoso, como lo mejor de lo mejor, sería justo que me retratasen a mí como un adulador antes que como un incordiador.

-Ahora pareces precisamente un incordiador, cuando dices que cualquiera es mejor que él.

-¿Quieres que lo retrate como uno de los más malvados?

-No, tampoco

-Entonces, ¿que no lo retrate?

-Sí, no quiero que lo retrates.

-Pero si me quedo en silencio no sé cómo podré ofrecer un servicio digno de este banquete.

-Fácil: cállate lo que no debas decir.

Así concluyó el momento incómodo del banquete.


Capítulo 7: Lo adecuado para un banquete[editar]

Después de esto, algunos de los invitados animaban a Filipo a que hiciera sus retratos, mientras que otros se oponían. En medio de la algarabía, Sócrates tomó de nuevo la palabra:

-Como todos queremos hablar, ¿no podríamos cantar todos a la vez?

Y, acto seguido, empezó a cantar. Cuando acabaron, le llevaron una rueda de alfarero a la bailarina, sobre la que pensaba realizar unas acrobacias. Entonces dijo Sócrates:

- Siracusano, es posible que yo sea, en efecto, un pensador. Ahora mismo me estoy planteando cómo puede gustarnos tanto ver a tu chico y a esta chica mientras ellos realizan sus actos con tanta facilidad (y bien sé que eso es lo que deseas). Me parece que dar volteretas sobre unas espadas es una demostración peligrosa que no conviene a un banquete; de igual manera, que la chica escriba y recite mientras está sobre una rueda que da vueltas es algo asombroso, pero no logro entender qué placer nos da; tampoco es más agradable verlos contorsionando sus cuerpos hasta lograr la forma de un círculo que contemplar sus hermosos y jóvenes cuerpos en reposo.

En verdad, no es en absoluto extraño toparse con cosas maravillosas, si uno lo necesita: es posible maravillarse con lo más inmediato. Por ejemplo, ¿por qué una lámpara da luz a causa de la brillante llama que tiene mientras que un espejo de bronce, que es brillante, no da ninguna luz sino que refleja lo que en él aparece? ¿Cómo aviva el aceite de oliva, que es húmedo, una llama mientras que el agua, por ser húmeda, apaga un fuego? Pero estas maravillas no concuerdan con el ímpetu del vino; por otro lado, si bailasen al compás de la flauta representando las Gracias, las Horas y las Ninfas, creo que ellos podrían hacerlo con facilidad y nuestro banquete sería mucho más agraciado.

-Sí, ¡por Zeus!, bien dicho. Voy a ofreceros un espectáculo que os encantará.


Capítulo 8: El amor noble[editar]

El siracusano salió de la sala entre aplausos, mientras Sócrates iniciaba un nuevo tema de conversación.

-Señores, es evidente que, en presencia de un gran espíritu, de la misma edad que los eternos dioses pero con la figura más joven, cuya grandeza todo lo abarca pero que se asienta en el alma de las personas, no nos debemos olvidar de él, del Amor, especialmente cuando todos formamos parte de su cortejo. Yo no podría decir un momento en el que no haya estado enamorado de alguien; sé que nuestro Cármides ha dejado a muchos prendados y hay algunos de los que él se ha quedado prendado; Critóbulo, que por ahora todavía es objeto de deseo, ya empieza también a enamorarse de otros. También Nicerato, por lo que sé, está enamorado de su mujer y esta le corresponde y respecto a Hermógenes… ¿quién de nosotros no sabe que se siente subyugado por su pasión por la grandeza, sea lo que sea eso?¿No veis cómo de serias están sus cejas, de firmes sus ojos, de medidas sus palabras, de suave su voz y de alegre su carácter?¿Cómo disfruta de la amistad de los dioses más venerables pero no nos mira al resto de mortales por encima del hombro? Tú, Antístenes, ¡eres el único que no está enamorado de nadie!

-Por Zeus, también lo estoy, y mucho: ¡de ti!

Sócrates lo miró y le respondió en burla, como si estuviera coqueteando con él:

-No me des más trabajo ahora, ¿no ves que ya estoy ocupado?

-¡Qué transparentes son tus juegos, siempre seduciendo con tus encantos! Unas veces te pones a hablar de esa pequeña divinidad tuya y te niegas a hablar conmigo; otras, porque piensas en otras cosas.

-Por los dioses, Antístenes, ¡solo te pido que no me pegues! Cualquier otra afrenta la puedo tolerar y la toleraré con gusto. Pero mantengamos tu amor en secreto, ya que estás enamorado no de mi alma sino de mi belleza física. En cuanto a ti, Calias, toda la ciudad sabes que estás enamorado de Autólico, aunque yo creo que también lo saben muchos extranjeros: el motivo es que ambos sois hijos de renombrados padres y sois famosos. Siempre he admirado tu modo de ser, pero mucho más ahora, que te veo enamorado de alguien que no cae en el lujo excesivo ni se degrada con coqueteos, sino que a todos muestra su fuerza, pujanza, virilidad y prudencia: sentirse atraído por alguien así es una muestra del carácter del enamorado.

Así pues, no sé si hay una Afrodita o dos, la Celestial y la Popular, pues también el propio Zeus parece tener muchas advocaciones. Sé que hay altares, templos y procesiones separados para cada una; los de la Popular son mucho más informales, mientras que los de la Celestial son mucho más estrictos. Podrías imaginar que la Popular envía el amor por los cuerpos, mientras que la Celestial envía el amor por el alma, por la amistad y por las bellas acciones; a mi parecer, creo que es la segunda la que te ha hecho enamorarte. Esto es evidente por la grandeza de tu amado y porque has invitado a su padre a tus banquetes con él, pues un amante noble y hermoso no oculta nada al padre de su amado.

-¡Por Hera!-dijo Hermógenes-. Sócrates, muchas cosas tuyas me maravillan; ahora, por ejemplo, acabas de elogiar a Calias y, al mismo tiempo, le has instruido sobre cómo debe ser.

-Así es, por Zeus-respondió Sócrates-, y para que lo disfrute más, quiero aportar mi testimonio de cuán mejor es el amor del alma respecto al del cuerpo, porque todos sabemos que sin afecto una relación no vale la pena ni mencionarla. En efecto, el amor de quienes aprecian el carácter del otro se suele llamar “una dulce y deseada obligación”; en cambio, muchos de los que desean el cuerpo desprecian y odian las costumbres de sus amados. E incluso si amases ambos, la flor de la juventud rápido decae y, mientras desaparece, también es forzoso que se desvanezca ese afecto; por contra, el alma se vuelve con el paso del tiempo más prudente y digna de estima. Además, hay una especie de hartazago con el disfrute del cuerpo: como sucede al llenarnos de comida, es necesario que suframos algo similar con estos amoríos. En cambio, el afecto del alma es más difícil de saciar por su pureza y no es por esto, como se pensaría, más implacentero sino que claramente se cumple la plegaria en la que solicitamos a la diosa que agracie nuestras palabras y acciones[24]. En efecto, no es necesario explicar cómo un alma, cuando florecen su belleza, su libertad y su carácter modesto y noble, ama y admira a su amado, cómo enseguida se impone sobre las de su edad y, al mismo tiempo, no pierde su talante amistoso; lo que os demostraré es que es lógico que tal amante sea correspondido por sus queridos. Primero, porque ¿quién podría odiar al que sabe que es conocido como una persona de grandeza? Y, luego, ¿cuando supiera que ama las virtudes de ese joven más que el placer que de él puede obtener? ¿Y cuando tuviera la confianza de que ese afecto no va a menoscabarse al margen de sus actos o a pesar de perder su belleza por alguna enfermedad? Es más, para los que sientan mutuamente ese afecto, ¿cómo no va a ser dulce mirarse el uno al otro, conversar con cariño, confiar y recibir esa confianza?¿Pensar el uno en el otro mientras disfrutan en común de la buena fortuna y afrontan juntos las desgracias que puedan sobrevenir? ¿Pasar felices el tiempo cuando lo comparten con salud pero tener una unión mucho más trabada si uno cayera enfermo?¿Preocuparse por el otro todavía más cuando está ausente que cuando está presente? ¿No es placentero todo esto? Son tales acciones las que hacen que quienes aman esta relación y la disfrutan lleguen juntos hasta la vejez.

En cambio, al que está pendiente de su cuerpo, ¿por qué podría corresponder a su pasión un joven? ¿Porque se queda con lo que desea y le reparte a su querido lo que más desprecia? ¿O porque se cuida mucho de ocultar a los familiares del joven lo que desea conseguir de él? Y el que usa la persuasión antes que la fuerza, ese es, por eso, todavía más odioso: el que usa la fuerza, revela su maldad, pero el que usa la persuasión destruye el alma del persuadido. Y el que comercia con su belleza, ¿cómo va a sentir más estima por el comprador que un vendedor o tendero del mercado? No puede quererlo: si es joven, se tendrá que juntar con quien no lo es; si es hermoso, con quien no; si no está enamorado, con quien sí. Y un joven no disfruta de los placeres sexuales con un hombre como una mujer, sino que contempla, sobrio, al que está embebido de pasión: por tanto, no sería una sorpresa que acabara despreciando a su amante. Si alguien estudiara el asunto, encontraría que entre los que se aman por su modo de ser no se genera ninguna animadversión y, en cambio, de las uniones sin escrúpulos se producen una multitud de consecuencias, algunas incluso sacrílegas.

Ahora os revelaré cómo es más esclava una unión basada en el deseo por el cuerpo que por la mente. El que enseña a expresarse y a hacer lo correcto sería justo que recibiera un reconocimiento, igual que Aquiles honraba a Quirón y Fénix; en cambio, al que ansía el cuerpo se le podría considerar, y con razón, un pedigüeño, pues persigue al joven pidiendo una y otra vez ese beso o esa otra caricia que necesita. Si os parece que estoy siendo muy desvergonzado, no os asombréis: el vino me acicatea y el amor que siempre me acompaña me aguijonea a hablar sobre su opuesto. En efecto, me parece que el que atiende a la belleza física se asemeja al que tiene alquilada una granja: no se preocupa por hacer el terreno más valioso sino por extraer la mayor cantidad de frutos; en cambio, el que aspira al afecto del alma se parece al que ha adquirido un terreno para su familia, que intenta por todos los medios volver más valioso a su amado. Además, entre los jóvenes, el que sabe que tiene poder sobre su amante si conserva su belleza, es de esperar que se comporte en el resto de ámbitos de su vida despreocupadamente; en cambio, si sabe que no conservará esa relación si no muestra grandeza, esto le hará preocuparse más por la virtud. Para un amante, la mayor bondad que puede surgir de convertir a su joven en un noble amigo es que sienta la necesidad de practicar la virtud: pues no es posible que alguien que realice malas acciones enseñe a su compañero a hacer el bien, ni tampoco quien demuestra desvergüenza y desmesura puede volver a su amado alguien mesurado y pudoroso.

Deseo enseñarte, Calias, a través de relatos mitológicos que no solo los hombres sino también los dioses y héroes valoran más el afecto por el alma más que el disfrute del cuerpo. En efecto, Zeus amó a muchas mortales por su belleza, pero a pesar de su relación dejó que siguieran siendo mortales; en cambio, hizo inmortales a aquellos de cuya noble alma se enamoró, entre ellos, Heracles y los Dioscuros. También se habla de otros; yo afirmo que a Ganímedes Zeus lo elevó al Olimpo también por su alma, no por su cuerpo. Su propio nombre lo testimonia: Homero dice γάνυται δέ τ᾽ ἀκούων ((ganytai akuon) “se alegra escuchando”), porque dice que disfruta escuchando. También en otro lugar dice πυκινὰ φρεσὶ μήδεα εἰδώς ((pynika fresí médea eidós) “conocedor de astutos planes en sus mientes”), que significa que conoce sabios planes en sus mientes. Con este nombre, formado por esas dos palabras (ganytai + medea)[25], se ve que Ganímedes era honrado por los dioses no por su bello cuerpo sino por su bella mente.

Además, Nicerato, ¿verdad que Homero nos representa a Aquiles como alguien que debe vengar a Patroclo a cualquier costa no por ser su querido sino por ser su compañero? Se cantan las grandiosas y hermosísimas hazañas que Orestes y Pílades, Teseo y Pirítoo, y muchos otros semidioses realizaron juntos, no por ser compañeros de cama sino por su mutua admiración. Incluso hoy, todas las hermosas acciones que se realizan hoy en día… ¿no acabaría alguien por descubrir que las hacen quienes desean esforzarse y asumir riesgos en pos del reconocimiento antes que quienes escogen el placer por encima del buen renombre? Desde luego, Pausanias, el amante de Agatón el poeta, ha dicho, en su defensa de los que se revuelcan en el descontrol, que podría organizarse un ejército poderosísimo a partir de los amantes y sus queridos: afirma que, según cree, estas parejas sentirían un gran reparo por abandonarse (causa sorpresa que los que menos atención prestan a las críticas y no se respetan unos a otros sean los que vayan a sentir mayor reparo por hacer algo vergonzoso). Aduce como testimonio que los tebanos y los eleos conocen muy bien el tema y afirma que [en esas ciudades] combaten juntos en batalla los que se acuestan juntos; sin embargo, no reconoce que, de todo esto, nada es igual para nosotros, pues lo que para ellos es costumbre, para nosotros es reprobable. A mi parecer, colocar a sus queridos a su lado en la batalla me sugiere que desconfían de que realicen las acciones propias de nobles hombres si están lejos; por otro lado, los lacedemonios[26], que saben que, si alguien ansía el placer corporal no logrará ninguna grandeza, consiguen que sus amados sean tan nobles que incluso entre extranjeros, aunque no combatan en defensa de su ciudad o de su amante, igualmente sienten vergüenza de abandonar a sus compañeros, porque ellos, en efecto, no adoran como diosa a la Desvergüenza sino a la Vergüenza. Me parece que todos estaríamos de acuerdo en lo que digo si lo analizáramos así: de las dos clases de jóvenes amados, en cuál confiaríamos más para dejar a su cuidado las riquezas, los hijos o algún favor. Yo creo que incluso el que disfruta de su amado por su belleza preferiría confiarle todo esto al que es amado por su alma.

En tu caso, Calias, la verdad es que me parece que deberías estar agradecido a los dioses porque te hayan introducido[27] el amor a Autólico, pues es evidente que tiene afán de gloria quien soporta grandes penas y grandes dolores para ser proclamado campeón en el pancracio. Y si él pensase que no solo va a ganar honra para sí mismo y para su padre sino que también será capaz, gracias a su noble hombría, de hacer el bien a sus amigos y glorificar a su patria levantando trofeos sobre sus enemigos y que, por esto, será reconocido y famoso tanto entre griegos como entre bárbaros, ¿cómo no va a tratar bien, con grandes honras, al que crea que puede ayudarlo especialmente a lograr todo eso? Así las cosas, si quieres agradarle, debes examinar con qué conocimientos Temístocles fue capaz de liberar a Grecia; examinar con qué sabiduría Pericles logró ser el más importante consejero de su patria; considerar cómo Solón antaño, con su amor por el conocimiento, dispuso las mejores leyes para la ciudad; descubrir también con qué entrenamientos los lacedemonios han llegado a ser los líderes más importantes (y como próxeno[28] suyo que eres, siempre acoges en tu casa a sus principales líderes). Bien sabes que, si lo desearas, rápidamente la ciudad depositaría en ti su confianza, pues tienes las mejores características: eres de buen linaje (de hecho, eres sacerdote[29] del culto instituido por Erecteo a los dioses que combatieron contra los bárbaros a las órdenes de Yaco[30], actualmente pareces el más venerable de todos tus antepasados en las ceremonias del festival [de Eleusis] y tienes el cuerpo más digno de toda la ciudad, aunque bien capaz de soportar penurias. Si os parece que lo que digo es demasiado serio para un banquete, no os sorprendáis: siempre he pasado mi vida enamorado, junto con el resto de la ciudad, de las buenas personas que añaden a su naturaleza su estima por la virtud.

El resto de asistentes se puso a dialogar sobre lo que había comentado Sócrates, mientras que Autólico tenía su mirada fija en Calias. Y Calias, mientras lo miraba de reojo, dijo:

-¿Es que estás intentando ofrecerme cual proxeneta a la ciudad, Sócrates, para que entre en política y siempre le resulte querido?

-Sí, ¡por Zeus!, si llegan a ver que te preocupas no de la opinión pública sino realmente de la virtud. Una reputación falsa rápidamente se descubre en la práctica, mientras que la verdadera y noble hombría, salvo que intervenga algún dios, siempre otorga un renombre más brillante con sus acciones.


Capítulo 9: Final del banquete[editar]

Así entonces concluyó el diálogo. Autólico se levantó para dar un paseo (ya era su hora) y Licón, su padre, que lo iba a acompañar, se giró y dijo:

-¡Por Hera! Sócrates, me parece, sí, que eres un hombre hermoso y noble.


Tras estas palabras, se colocó una silla imponente en la sala y después entró el siracusano y dijo:

-Caballeros, va a entrar Ariadna a su alcoba, suya y de Dioniso; después llegará Dioniso, que vendrá un poco bebido después de un banquete con otros dioses y se acercará, y luego compartirán sus juegos juntos.

Primero llegó Ariadna, arreglada como una joven novia, y se sentó en la silla; antes de que apareciera Dioniso, la flauta tocaba un ritmo báquico. Entonces todos quedaron admirados por la habilidad del maestro de danza, pues Ariadna, nada más escuchar la tonadilla, actuaba de tal manera que cualquier espectador sabría que la escuchaba alegre; aunque no salió a recibirlo, aunque ni siquiera se levantó de la silla, estaba claro que a duras penas se contenía. Cuando Dioniso la vio, se le acercó bailando como si fuera la cosa más querida del mundo, se sentó en su regazo, la abrazó y le dio un beso. Ella parecía sentir pudor, pero igualmente le devolvió el abrazo con afecto. Los asistentes, mientras veían el espectáculo, aplaudían y gritaban “¡otra vez!” a partes iguales. Entonces Dioniso se levantó y la ayudó a levantarse, y a partir de ese momento lo que se veía eran sus pasos de baile besándose y abrazándose. Los asistentes veían a un hermoso Dioniso, a una bella Ariadna, que no se lo tomaban a broma sino que realmente se besaban con sus labios, y todos se sentían entusiasmados con el espectáculo, pues oían a Dioniso preguntarle a ella si le quería y a ella responderle con tales juramentos que no solo Dioniso sino también todos los presentes podrían haber jurado que los dos jóvenes se amaban mutuamente, pues no parecían unos actores que habían aprendido unos pasos sino unos amantes que lograban realizar lo que ya antes deseaban.

Al final, después de haber visto a los dos jóvenes abrazados, marchándose como si fueran a unirse, aquellos de los convidados que no estaban casados juraron que se casarían y los que ya estaban casados montaron en sus caballos para volver rápido con sus mujeres para disfrutar de esto. Por su parte, Sócrates y los que quedaban salieron a pasear con Licón y su hijo en compañía de Calias.


Así llegó el final de este banquete.

Notas[editar]

  1. El propósito de esta obra, como acaba de reconocer en esta primera línea, es presentar las acciones propias de los hombres “nobles y hermosos” (καλός καὶ ἀγαθός en griego). Esta combinación de cualidades caracterizan al hombre ideal en el contexto de la filosofía política griega de la época.
  2. En griego usa el término παῖς (pais), usado para referirse a joven adolescente que todavía no tiene barba y, en todo caso, todavía no es adulto. Calias está, por tanto, cortejando a un niño, tal y como era habitual en la pederastia de la Atenas de la época.
  3. En griego usa el término ἀνδρών (andrón), referido a la(s) estancia(s) de la casa reservadas al uso masculino, tanto para el trabajo como para el ocio.
  4. Después de realizar ejercicio físico, era habitual que los antiguos griegos (y después los romanos) se untasen con ungüentos perfumados y después eliminasen esa mezcla de polvo, sudor y ungüento con una herramienta abrasiva llamada xystra en griego y estrígil en latín. Dejo a la imaginación del lector qué posible resultado, olfativo y táctil, podía tener este proceso.
  5. Los hombres adultos se reclinaban en una especie de diván para banquetear, mientras que las mujeres y niños, las pocas veces que estaban invitados, se sentaban.
  6. Esta expresión tiene un cierto regusto homérico, al estilo de como hablaban los héroes épicos, un inesperado contraste con la situación que pretendería ser gracioso.
  7. Un peán era un canto coral dedicado a los dioses. Originariamente dedicados a Apolo y relacionados con la sanación, con el tiempo pasaron a ser una muestra de agradecimiento a cualquier dios por cualquier hecho o, incluso, como invocación antes de entablar batalla. Combinado con una libación, se puede comprobar que la parte festiva del simposio se abría con una invocación a los dioses.
  8. Recuérdese lo comentado previamente sobre el uso de ungüentos perfumados tras la actividad física.
  9. En nuestra traducción hemos vertido el término griego καλοκαγαθία (kalokagathía) y el adjetivo correspondiente contraído, καλοκαγαθός, (kalokagathós) como "grandeza", mientras que cuando el texto muestra los adjetivos καλὸς καὶ ἀγαθός por separado, los hemos traducido también por separado, como "noble y hermoso". Como ya comentamos previamente, la combinación de ambas virtudes el ideal del comportamiento cívico.
  10. Hay un laguna en este pasaje en el texto origina; con todo, se puede intuir el sentido del texto que falta.
  11. A pesar de que se introduce como una cita, no se sabe a qué obra pertenece.
  12. Los combatientes de pancracio se untaban sus cuerpos en aceite para hacer más complicadas las presas de sus rivales; para retirar el exceso de aceite, se echaban un puñado de arena o tierra por encima.
  13. Ilíada, 23, 335ss
  14. En el original se refiere explícitamente a los dramas satíricos, composiciones cuyo coro estaba formado por un grupo de sátiros y, generalmente, liderados por Sileno, el sátiro más viejo (y, por tanto, más feo) de todos. Se conoce poco de este género, dado que apenas se conservan restos.
  15. Las ciudades griegas apenas tenían un aparato burocrático que recaudase impuestos, así que financiaban la gran mayoría de sus gastos “animando” los más ricos de la comunidad a sufragar esos costes.
  16. Este pasaje tenga, probablemente, un sentido sarcástico, por el cual se critica la libertad y privilegios de los que disfrutan los hombres de clase baja en un gobierno democrático en comparación con los “desdichados” ricos que “malviven” bajo ese sistema. Es un discurso, por tanto, claramente oligárquico (pero adecuado al contexto jocoso y festivo de los banquetes), cuyo mejor exponente es la obrilla "La constitución de los Atenienses", de autor anónimo.
  17. Ilíada, 9, 122.
  18. Los diccionarios dan la misma traducción para los términos μαστροπεία (literalmente, el oficio del que se relaciona con las prostitutas, que hemos traducido como “proxeneta”) y προαγωγεία (literalmente, el oficio del que pone en contacto a las prostitutas con sus clientes, que traducimos como “gancho”). Por las reacciones de los comensales, el primero no está mal visto (aunque no sea un oficio decente), mientras que el segundo, a juzgar por la indignada reacción de Antístenes, no tiene muy buena consideración. Hay bastante literatura al respecto, citamos a modo de ejemplo este artículo de libre acceso por si algún lector desea conocer más sobre el tema y el llamativo uso de estos términos en un contexto filosófico (aunque no debemos olvidar que el primer lexema de la palabra filo-sofía, procedente del verbo φιλέω (phileo), ya tenía connotaciones sexuales).
  19. Es necesario recordar que las habitaciones en las que tendrían lugar estos banquetes estarían pobremente iluminadas con candiles: es por eso que Critóbulo solicita que le acerquen una luz a la cara de Sócrates, para que todos lo puedan ver bien (y después Sócrates pedirá lo mismo)
  20. Era un lugar común en la Atenas clásica quejarse de los sobornos que podían circular en los tribunales de la Antigua Atenas. Aquí Critóbulo, además, aprovecha para bromear con la pobreza de la que ha hecho gala Antístenes un poco antes. Sócrates repetirá este tópico poco después.
  21. En la concepción griega, las flautas eran instrumentos vinculados a Dioniso, al banquete, teatro y desenfreno (en oposición a los instrumentos de cuerda, que se consideraban instrumentos más intelectuales y sosegados). Habida cuenta de lo mucho que insisten a Hermógenes para que acompase a sus acciones al son de la flauta, creo que podemos interpretar que el mensaje de fondo es algo como así “suéltate y déjate llevar”.
  22. Es inevitable recordar aquí al “pensadero” de Aristófanes en su obra de Las Nubes, ya que ambas palabras comparten la misma raíz en griego (pensadero – φροντιστήριον (frontisterion); pensador – φροντιστής (frontistés)). Esa obra, supuestamente, se representó unos pocos años antes de este banquete y, de hecho, la referencia que hace al salto de la pulga parece extraída de esa obra.
  23. Palabra inventada para mantener el juego de palabras con la misma raíz en el original.
  24. Plegaria, por lo demás, desconocida, pero cuyo contenido podemos imaginar.
  25. Es un intento de explicar el nombre a través de una simple similitud fonética con dos palabras de dos citas de Homero (que, por otro lado, no están atestiguada en las obras que se conservan)
  26. Lacedemonia era el nombre de la región en la que se ubicaba Esparta; los lacedemonios, por tanto, son los habitantes de esta región, a los que hoy llamaríamos espartanos (aunque el término griego no necesariamente implica que sean habitantes o, siquiera, ciudadanos de Esparta).
  27. En la mentalidad griega de la época se creía que los sentimientos venían inducidos por agentes externos, generalmente divinos.
  28. El próxeno era el representante oficioso (pues no había un sistema de representación diplomática) de una ciudad en el extranjero: Calias era, por tanto, el representante de Esparta en Atenas e intervenía en defensa de los intereses de esta ciudad o de sus ciudadanos sitos en Atenas.
  29. La calificación de εὐπατρίδης (eupatrides, literalmente, “de buen padre”) que otorga Sócrates a Calias no es baladí: aunque ser de buen linaje en la Atenas democrática no comportaba ninguna prebenda política, ciertas familias seguían ocupando por tradición determinados cargos religiosos cuya influencia y prestigio, como en el caso de Calias, sacerdote del culto de Eleusis, no debemos pasar por alto.
  30. Yaco era una divinidad menor, de la cual apenas se conocen detalles del culto y sin aparente mitología a su alrededor. Probablemente haga referencia a una procesión fantasmagórica procedente de Eleusis mientras los persas mientras devastaban el Ática en el curso de la 2ª Guerra Médica y que presagió su futura e inminente victoria en Salamina (según el testimonio griego, claro está, que se puede leer en Heródoto, Historias, 8,65).