El banquillo

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El banquillo
de Olegario Víctor Andrade


(imitación de Victor Hugo)

EL HOMBRE

Bajo mi pie la tierra es de granito,
los arroyos de sólido cristal,
y la hervorosa sangre se congela
a los besos del ábrego glacial.
Árbol, gigante de cabeza cana,
que en la espesura gimes de dolor,
de cuyas hojas caen límpidas gotas,
llanto de tu aterido corazón:
voy a lanzar sobre tu frente el rayo,
el rayo de mi cólera mortal,
y a desgajar tus ramas amarillas
para encender la lumbre de mi hogar.

EL ARBOL

Tronco nacido de la tierra fría,
doy al mundo mi savia y mi calor,
es la hermosa misión que me dio el cielo ;
¡hiere, buen leñador!

EL HOMBRE

Árbol de fresca y perfumada sombra,
confidente del aura matinal.
a donde viene a preludiar sus trovas,
poeta de las selvas, el zorzal:
¿quieres servir en rústicas labores?
¿Quieres la esteva de mi arado ser
para abrir ancho surco en la llanura
donde germina la dorada mies?

EL ARBOL

¡Oh, sí! En la frente de la tierra inculta
mi reja la honda huella grabará,
como del genio en la cerviz altiva
arrugas deja el pensamiento audaz.
Y con el riego del sudor del hombre,
en vez de sangre de fraterna lid,
surja la dulce paz, de ojos de cielo,
la espiga de oro y la robusta vid.
Yo sufriré los golpes de tu brazo,
sin exhalar un grito de dolor:
santo heroísmo es el trabajo honrado.
¡Hiere, buen labrador!

EL HOMBRE

Árbol frondoso, a cuyo pie despliega
el arroyo su alfombra de cristal,
¿quieres ser el arcón de mi cabaña,
la sólida columna de mi hogar?

EL ARBOL

Yo que dí asilo al fugitivo ciervo,
al tigre hambriento, al áspid matador;
¿por qué no lo he de dar al hombre errante
y ser mudo testigo de su amor?
Hiere, buen carpintero, el tronco añoso
que no pudo tronchar el huracán;
venga el anciano, la mujer y el niño:
yo sostendré la choza paternal.

EL HOMBRE

Quiero cruzar el piélago profundo,
nuevo horizonte a mis afanes dar,
otra brisa, otro cielo y otro mundo
me esperan en la vasta inmensidad,
Te arrastraré hasta la húmeda ribera
que acarician las olas en tropel;
diré adiós al hogar y a la familia,
y el mástil tú serás de mi bajel.

EL ARBOL

Un ave que durmió sobre mis ramas,
fatigada de tanto caminar,
me dijo que venía de otros climas,
donde la primavera es inmortal!
Y un ave pasajera vino un día
en mi más alta rama a descansar;
le hablé con el lenguaje de las hojas,
y me contó su viaje por el mar.
De la esposa del sol me dijo que era
el ondulante ceñidor azul,
en que las olas son las blancas perlas,
y las espumas el liviano tul.
¡Cuántas veces miré el águila errante
navegando entre mares de arrebol!
¡Hiere, buen calafate, que ambiciono
otro mundo, otro cielo y otro sol!

EL HOMBRE

Derribaré tu corpulento tronco,
y el poste del patíbulo será,
donde implacable la justicia humana
se alce sobre sangriento pedestal.

EL ARBOL

¡El poste del patíbulo! ... ¡Silencio! ...
¡Aparta, aparta el hacha, hombre feroz!
Se estremecen mis hojas a tu acento,
yo no nací para insultar a Dios!
De mis ramas colgó su nido el ave ;
fruto maduro al hombre regalé;
le di sombra en las horas del estío,
cuando apagaba el manantial su sed.
¿Por qué queréis colgar frutos de muerte,
despojos de la víctima infeliz?
¡Que antes consuma mi ramaje el rayo,
o el huracán me arranque de raíz!
Al árbol misterioso de la selva,
con quien el viento habla en baja voz,
¿queréis confiar secretos de venganzas
terribles cual la cólera de Dios?
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