El cínico: 03

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Capítulo III
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El cínico- Primera parte Felipe Trigo


Se había quedado yerta, de pie, en una petrificada actitud como para ir también a escapar, y contemplando alrededor suyo este gabinete de frívola elegancia.

Gerardo, sin haberse movido de su sitio, dejó que ella libremente recogiese la íntegra impresión de su abandono, en los espejos, en las flores, en las luces de insolente claridad..., en la rufianesca burla que eran asimismo, de frac y corbata blanca, junto a la indefensa contra quien todo concitábase a la trampa y al escarnio, él y el camarero. Mas sí, sí... «¡esto la vida!»; y él lo aceptó; y él invitó... luego de calculado el tiempo arteramente:

-Siéntese, Mavi.

La vio pasar desde la rígida quietud a una nerviosa indecisión de confusiones.

-¡Ah!... Es... que...

-¡Sirve! -le indicó Gerardo al otro diplomático de bandeja y de patillas, que aguardaba imperturbable.

Fue servido un plato, luego otro.

-¿Quiere más la señora?

Mavi le miró como estúpida, sin contestar.

Entonces, Gerardo, medio levantándose, la obligó con una bien dolida cortesía:

-Si usted no sigue... no seguiré.

-¡Oh... no...! -reaccionó inmediatamente Mavi acercándose a la mesa-. Es... que... -Mas notó que el camarero trasponía la puerta, cerrándola tras sí; y cual si este menudo hecho fuese anormal e imprevisto, gimió en un colmo de protesta involuntaria: -¡Dónde va?

-¿Le causo miedo, señora?

-¡Ah, miedo! -volvió a recibir en su pobre voluntad de dominio la inmensa desolada-. No... ¿por qué?... Pero es... ¡Qué ocurrencia!... ¡Ha podido llevarme!... ¡Si tarda!

-Tengo abajo mi coche.

Ella, que acababa de sentarse, le fijó los ojos con recelo y se calmó ante su calma cortesísima.

La situación envolvía a Gerardo. No se trataba, por lo pronto, de aquella fácil aventura que él, para su tedio, imaginó nimiamente bestial y levemente divertida. Con su delicadeza, esta mujer aparecíasele bien distinta de la vendedora de deleite a quien da lo mismo, salvo un poco de chafada vanidad, uno u otro comprador. Dispuesto pues, a indagar... a descubrirla, en el cuerpo de belleza codiciable, el alma, si es que la tenía, se refugió en un propósito de sutilísimas audacias sí, pero también de sutilísimas cautelas.

-Decía -empezó a arriesgar- que sin esas prisas, Arsenio hubiera podido utilizar mi coche para ir más pronto... o para llevarla a usted... puesto que tal terror le da quedarse.

-¿Terror?... No... Extrañeza...

Hubo un silencio. Mavi, sonriente, porque parecíase ya ridícula a sí propia, empezó a comer.

Gerardo llenó de vino las copas.

-En Suecia, en Noruega -volvió él a deslizar- son más animosas las mujeres. ¡Verdad es que las respetan los hombres! Una joven va al teatro a media noche sola con su novio, a través de los montes y la nieve, en un trineo.

-He oído hablar de Noruega..., de Irlanda...

-Pero en Irlanda, en Noruega, en todos esos países del Norte, en la misma América sajona..., ¡ay del hombre que deshonra a una mujer!... Tiene que huir de la comarca, lo mismo que un bandido. En Nueva York me lo advirtieron; conócese una multa original, llamada de los españoles: una libra por cualquier molestia, por cualquier piropo a una mujer en la calle. Todos la pagan, nuestros compatriotas. Es lo primero al llegar.

-Así debiera ser en todas partes.

-Allí silbarían el Tenorio... por salvaje. O quizás mejor a doña Inés... por mentecata... Allí no tiene nunca una mujer que vengar su honor a tiros. Lo cual no significa, en el fondo, más honestidad y que las gentes sean ángeles..., sino más urbanidad..., más mutua libertad, más dignidad, para la mujer, reconocida...; menos, en fin, de este pavor inesesco, de gacela cazada, casi invitador al abuso..., que ahora, por ejemplo, la hace a usted estar temblando toda... ¿Por qué, Mavi? Yo soy... un amigo!

Y la noble tranquilidad, me dio falsa y medio cierta de la última palabra, acalló la alarma iniciada en Mavi, que tuvo que conceder:

¡Oh, sí!

Un amigo de Arsenio.

Desde luego -reafirmó ella, aun más entregada a la generosa invocación.

Pero lento (rápido, no obstante, en su intención osada, y sin dejar de calcular el difícil equilibrio), añadió Gerardo:

-No está usted aquí cenando en un reservado de restorán con un amigo de su esposo, en trance de traiciones. ¡Beba vino, por Dios! Me da fatiga. ¡Apenas come!... Yo acostumbro a beber mucho.

Volviendo a llenarle la copa, se la ofreció por su mano. Ella la tomó y bebió ligeramente.

-Gracias.

Coma, Mavi... ¡Ah, su nombre! ¿Es inglés? Es la contracción de Maravillas.

¡La bella abreviación de un bello nombre!... Pues bien, Mavi, coma usted con calma... mientras esperamos. Tal vez Arsenio va a tardar,

-¿Por qué?

-¡Oh, un embajador! ¡Un ministro! Para descifrar un telegrama, pueden emplear mucho tiempo..., toda la noche. Sí, lo apostaría; ¡esta soledad de usted conmigo, durará toda la noche!

La frase tuvo la virtud de impacientarla. Mavi había pasado repentina a la sorpresa y a la prevención vigilante. Y protestó:

-¡No! ¡Vendrá pronto!

Era su afán, que lo quería. Era su vuelta a los recelos, que la había causado tan enormes esta conducta de Arsenio, presentándola por vez única a un amigo, para dejarla con él.

-¡Bah, y aunque no viniera, Mavi!... Suponga que... no puede: hay deberes muy altos...

-Pero... ¿es que sabe usted... que no vendrá?

-¡Cómo, señora! Preveo, únicamente... ¡Conozco la diplomacia!

Mavi quedó recta en un silencio esquivo, hostil.

Gerardo continuó:

-Algo anómala, sí (dado que no estamos en América), nuestra situación, lo convengo. Aquí solos, aguardando; teniendo usted, al fin, que aceptar mi coche a estas horas... Sin embargo, una lady tal vez se alegraría... son... contingencias intranscendentes, para una mujer casada, sea cualquiera el desenlace... ¡Piense -trató en vano de terminar conjurando la fulguración de la faz de ella-, que es de su marido la culpa! ¡Él lo ha querido!

-¡Bah! -clamó enérgica ella, arrojando a su lado el tenedor-. ¿Qué quiere decirme con eso?

Y ahora sí, fingió Gerardo sorprenderse:

-¡Por Dios, Mavi! ¿Qué le pasa? ¡Oh, perdóneme! ¡Este hábito maldito de pensar alto!... Cálmese, le ruego. Sólo ideas que sugeríame el incidente. No debí expresarlas, sin duda; la alarmo. Aquí, en España, hay un convencionalismo insoportable acerca de muchas cosas..., una verdadera esclavitud del pensamiento, ridícula, hipócrita...; porque, ya ve usted, ¡tengo la evidencia de que ambos pensábamos lo mismo!

Marcó una pausa, vibrando él todo entero de no supiese qué vagos pesares de torpeza, de no supiese que respetos infinitos; y algo de esta emoción enorme, que debió radiar en su semblante, tranquilizó a Mavi poco a poco. Sin embargo, no comía ella; y él forzábase en comer, viéndola nerviosa jugar con el cuchillo.

No fue dueño más de su intención. La honda emoción de ternura para Mavi y de indignaciones para él propio, le arrastraba. Y como no trató de resistirla, dijo sincero:

-No puedo remediarlo. Hasta lo inconveniente soy ingenuo, en ocasiones. ¿Por qué, Mavi, negarle a usted que en mi charlar ya iba poniendo matices de ambición..., mi ambición por la belleza de su cuerpo, de su cara?... Sí, sí... ¡No se espante! ¡Queda confesado, con pesar y quedo por lo mismo «arrepentido»!... Cuando la he visto un instante junto a mí..., tan solos... ¡Oh, perdón! ¡Su vida de flor es bella!... ¡Lo creo bien disculpable!

-¡Disculpable! -gimió Mavi, abrumada por una osadía tan singular, tan llena de dolor y sumisión al mismo tiempo.

-Ignoraba quién fuese usted hace una hora, como lo seguía ignorando hace un minuto. Mas siendo quien sea, y aquí, y en toda ocasión, bien puede disculpar cualquier sandio atrevimiento..., su belleza!

Mavi perdonó con severa dignidad:

-Disculparlo, a lo sumo...; no autorizarlo.

-¡Disculpa pido! -insistió él rendidamente.

Y ella le concedió, generosa:

-Olvide, pues, su imprudencia!

-Pero... olvídela también la amiga noble. He sido necio, torpísimo... Repito... ¡qué no la conocía! La creí una linda, honrada o no, como cualquiera de las mil honradas o no honradas lindas, que desprecio por igual..., y ya sabe mi alma de la nobleza de diosa de usted... por su alma... ¡No reconozco otra estirpe!

-Gracias.

-¡Su alma -lanzó en plena admiración Gerardo- es bella como su cuerpo, Mavi!

-¡Oh! -le oyó otra vez rechazar a la infeliz desorientada.

Pero el franco, seguro ya de sí, no cedió..., no tuvo por qué retroceder:

-¿Le... molesta mi admiración de los ojos?. Flores, sí... ¡Perdón, de nuevo! Acababa usted de darme gracias, no obstante, por las mismas flores a su alma.

Tras una súbita torcedura de la boca, Mavi reprochó:

-¡Acababa usted de afirmar que por mi alma le merecía respeto!

-¡Y es verdad! ¡Pero más... más que respeto! -exclamó Gerardo con una mal reprimida llama de su vida, toda en los ojos: -¡Espanto! ¡Veneración!... Estoy viendo su alma, desde que estoy aquí, de un modo raro, inesperado, como no he visto jamás tan clara y tan pronto un alma en mujer alguna. ¡Al descubrirla TODA BELLA, mi terror y mi respeto inmensos anuncian quizá en mi corazón el alba del amor primero de mi vida!

Le había escuchado con enojo, Mavi, y sólo supo rechazar, levantándose violenta:

-¡Señor mío!

Se apartó despreciativa, y el camarero entró. Al verle, guardó su excitación en disimulos. Fue alejándose y quedó de espaldas a la mesa.

-¿No come más la señora?

-No.

-¿No quiere más? -intercedió también Gerardo.

Le dejó ella sin respuesta, y él no insistió. Adivinaba, viéndola allá pasear convulsa, su lógico temor a que por Manuel supiese Arsenio el incidente.

-Llévate eso -le dijo al camarero-. ¡Vete!

Y cuando estuvieron nuevamente solos, Gerardo, que no se había movido de su sitio, pudo notar que la infeliz mujer, sentada en el sofá, lloraba ocultando el rostro entre los brazos. Esto le anegó de bochornos y piedades. Comprendía la situación: no podría ella partir, sin que el marido, al volver, encontrase así censurada su conducta...; sin exponer a los dos, ¡creería la pobre!, a una explicación difícil o a un lance tal vez...; y veíase forzada a continuar en este encierro al lado del que ofendía su dignidad...

Sintió qué casi lágrimas también se le agolpaban a los ojos, y se levantó y se acercó, violentísimo.

-¡Mavi! -dijo- ¡salga de aquí!

La orden fue tan imprevista e imperiosa, que Mavi alzó la cabeza -sin comprenderle.

-¡Sí, a su casa!... -insistió él con un implacable rigor para él mismo. -Adonde yo no esté... ¡adonde no la vea! ¡Lejos de mí!... Porque hay sólo dos clases de mujeres a las que no sé respetar... las que nada valen... Y las que valen mucho... ¡como usted!

-¡Oh! -gimió ella levantándose.

-Pero las mujeres como usted son pocas... Y no es extraño, al no contar ni con la posibilidad de su presencia, que le sorprendan a uno miserable, contagiado de canalla, indigno... ¡Desprécieme! ¡Desprécienos! Debe partir en seguida... ¡Arsenio no vendrá!

La noticia, cruda, terminante, acusadora para Arsenio..., confirmadora, con su brevedad de tres palabras, de las sospechas vagas y terribles que ya venían clavándosele a Mavi como un recelo de infamia inaudita, inverosímil, anublaron en su alma toda la tardía nobleza de Gerardo bajo la negra nube de ignominia que importaba más a su amor y a su interés..., a su vida y a sus hijos... Guturó un aullido sordo de dolor, y llevóse las manos al corazón y a la garganta. No pudo hablar. Por un rato, fue la suya una inmóvil agonía en una faz quieta de loca, con la boca abierta y los globos de los ojos coronados por dos escleróticos arcos blancos de terror... Luego, al fin, le habló, como un espectro, al espectro de vergüenza que era también delante de ella el hombre extraño.

-Le ruego a usted -pedía, y su voz si n voz era de soplo, en el resignado espanto de quien pide que la acaben de matar- que me diga aún... aún más claro... que él... que él, no volverá... que yo... he sido traída aquí... esta noche, para esto...

Gerardo sufrió una eléctrica conmoción y sólo supo flagelarse nuevamente con la yerta ferocidad de sus injurias:

-¡Contagiado de canalla, sí! ¡¡Desprécieme!! ¡¡Desprécieme!!

Pero en seguida, viendo cómo vacilaba la pobre vida rota, a punto de caer...; viendo que Mavi se torcía y tenía que apoyarse en el brazo del diván para soportar el peso abrumador de su infortunio, un sentimiento de caridad ahogó a Gerardo y le arrastró al ansia de su propio sacrificio: no por el desalmado amigo imbécil, que una y mil traiciones merecía, sino por la madre, por la amorosa ingenua e infeliz que no debiera al menos conocer tan pronto y rudamente su desgracia.

-Señora -dijo-, no es eso. Yo el canalla. Arsenio nada ha puesto por su parte para esta situación. El tornará mañana a verla a usted, a sus hijos, como siempre... ¡la farsa es mía! o mejor, la necedad de haber querido aprovechar su casual ausencia...

-¿Casual? -aferróse a la palabra el afán de ella por saber a su Arsenio inocente.

Estaba esto demasiado por encima de la farsa que había querido el azar estropearle, para que Arsenio, aferrado a ella, se obstinase en esquivarlo. Primero resistió la contemplación de la infeliz humillada amante que no pedía más que en nombre de dos criaturas infelices; y al fin, la levantó por un brazo y la condujo a un extremo del sofá, sentándose él en la butaca, muy cerca:

-Óyeme, Mavi. Haces mal pensando que no pienso en nuestros hijos... pensando que no sufro... Cúlpame, pero escúchame con tranquilidad. Esto, debía llegar alguna vez... ¡No, digo -dulcificó al notar la extrañeza de ella, que procuraba serenarse-, que desde hace algún tiempo, contra mis propósitos, contra mi voluntad..., era fatal, necesario, irremediable! Atiende -excitó aún, por sostenerla siquiera en una seca atención, donde había vuelto a evaporarse la esperanza-. Me has oído..., te he hablado muchas veces de la estrechez en que vivo..., de apuros pecuniarios... y hasta de tu trabajo como auxilio indispensable. Tú le has dado a mi deseo torcidas interpretaciones...; y es, Mavi, que ignorabas, que no querías comprender lo que me cuesta sostenerme. Negocios infortunados; las rentas cada día más bajas de mis pocas fincas, éstas en manos de acreedores y yo al borde del abismo. Hoy, gracias a un sueldo, voy tirando; pero es un destino político; y su falta, así, de la noche a la mañana, como llegan estas cosas, sería mi ruina... sencillamente. ¡He ahí la razón de mi boda! ¡Mi novia es... rica!

-¡Ah!

-¡Significaría, cualquier otra solución, la miseria mía unida a tu miseria!

-¡Significaría -corrigió ella-, mi trabajo unido a tu trabajo! ¿No has querido tú que me meta a institutriz?

Pero Arsenio desdeñó:

-¡Mi trabajo! ¡No podemos discutir!... ¡Pretenderás que en la misma casa fuese yo el lacayo o el cochero!... ¿Ves? ¡No, no, Mavi; no podemos discutir!

-No, no podemos, Arsenio; evidente. Limítome, pues, a escuchar: estábamos en que tú estás totalmente arruinado, de improviso; en que no te consentirá tu rango, cuando pierdas tu destino, la «vileza del trabajo», y en que a fin de sostenerte dignamente... te casas por el dinero.

-Y no dudes que es verdad.

-¡Si no lo dudo!...

Tragó él la aquiescencia de su bajeza confesada -confesada por torpe, pues sólo había querido hacer constar que no había en su conducta amorosa ingratitud, y se conformó diciendo con agresiva indiferencia:

-Quedábamos, Mavi, también, en que, aun siendo lamentable, tú tienes que trabajar... en que tú puedes trabajar... si quieres proseguir tu vida con decoro.

-Ya... no con tanto como si no te hubiese conocido. Pero, sigue.

-¿Qué sabe nadie en Madrid? ¡Una viuda... con dos niños! y como por suerte eres discreta, lista, capaz de desenvolver cualquier pequeño negocio; y como no sería justo que os entregase yo a la lucha de la vida sin recursos..., sin algo para que instalases una tienda de sombreros..., de bordados... (suponiendo que no pudiese lograrte un estanco en buen sitio... ¡hay tanta recomendación y tantas igual)..., ¿te haces cargo?...; pues digo que con tal objeto, y a pesar de que en mi situación me es muy difícil desprenderme de ninguna cantidad..., te entregaré mil duros.

Mavi, pálida, pálida como estaba, sin comentar nada ni con la más ligera inmutación de su semblante, dejó caer sobre la mano la cabeza, en una fría desolación que Arsenio tomó por desencanto ante la oferta exigua. Entonces, él, se sinceró:

-No es mucho, Mavi, ciertamente..., para lo que desearía, tratándose de vosotros, si bien no es una suma despreciable. Tal vez con un esfuerzo, buscándolos, lograría llegar a los mil quinientos duros... Ten en cuenta que mi posición...

Ella se levantó con absoluta frialdad.

-Gracias, Arsenio -dijo-. Una tienda, un estanco, mucho que tú nos dieses, y yo podría ser «una viuda con dos niños»...; pero los niños... serían dos hijos sin nombre, que es peor que... sin padre. Guarda tu dinero.

Y sin mirarle, giró y salió lenta y vacilante como un fantasma del destino.

-¡Mavi! -la llamó él, sintiendo también el frío solemne de lo que comprendió que era una eterna despedida.

Pero Mavi no volvió; y Arsenio, perplejo un punto, marcó por fin un gesto de desdén heroico..., tomó su sombrero y su bastón, y se encaminó a la escalera.


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