El capitán de Patricios

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El capitán de Patricios
de Juan María Gutiérrez



Ven, que quiero llevarte
A las llanas y fértiles orillas
Del Paraná famoso;
Allí donde se explaya voluptuoso
En la alfombra sutil de las gramillas;
Donde yo fui feliz, donde he dejado
En mil cortezas vírgenes grabado
El dulce nombre de mi amor primero,
Y la pisada leve
De mi tostado potro parejero,
Sobre la arena que el pampero mueve.
(G.)

"Mientras vivió desconociola el mundo,
Yo que la conocí quedé a llorarla".
(Petrarca)

A la primera luz de un día del verano de 1811, atravesaba, saludado por el centinela del piquete, el abierto espacio de terreno que hoy se llama Plaza del 25 del Mayo, un jinete joven condecorado con las insignias de capitán de Patricios. Montaba un caballo obscuro criollo de los Montes Grandes, circunstancia que nos ahorra el pintarle tal cual era, grande, descarnado, largo de cuello, delgado de manos, generoso y ligerísimo en la carrera.

Era el jinete un gallardo porteño, algo moreno de rostro, y de tan expresiva fisonomía, que aun cuando cerraba los labios, hablaba con elocuencia irresistible a los corazones por medio de dos ojos renegridos como la noche. Caminaba al tranco de su montura; y en el instante que bajaba la barranca por las inmediaciones de dos colosales ombúes, más hacia el Norte del antiguo muelle de piedra, por su actitud melancólica y por el descuido con que dejaba descansar las bridas sobre las crines de su Oscuro, con nadie habría podido comparársele con mayor exactitud que con el Hipólito de Racine, cuando condenado a la muerte por el Destino salía gobernando sus corceles por las puertas de la ciudad de Tresena.

Levantábase el sol sobre las aguas del Plata cortejado por densas nubes azules, cargadas de la humedad de la noche, como tributo a la ardiente voracidad del soberano del espacio. Algunas cabelleras, a manera de incrustaciones de ébano sobre la superficie del nácar, sobrenadaban voluptuosas al capricho de las olas y descubrían la afición al baño matutino y al aire libre, de las hermosas jóvenes, cuyos leves vestidos blanqueaban sobre el verde del bajo.

Pues bien, ni el espectáculo siempre nuevo del nacimiento del sol, ni el hallazgo de aquellas ninfas que eran de realidad y sonrosadas carnes, no fantásticas como la de los antiguos poetas, fueron bastante poderosos para hacer que el capitán volviese la vista a su derecha para mirar, arriba, el astro de nuestro escudo de armas, abajo, una porción casi desnuda del mejor tesoro que entre sus opulencias naturales cuenta Buenos Aires. ¡Tan grande era la preocupación de su ánimo!

Veamos, consultando los antecedentes, cuál pudiera ser la causa de aquella absorción mental dentro de sí mismo, de aquella indiferencia por los objetos exteriores más atractivos, que padecía en aquel momento el simpático jinete del caballo obscuro.

A la edad de veinticinco años largos, que era lo que contaba aquel joven, había experimentado ya, dos de las nobles emociones que pueden avasallar el alma humana. Discípulo de Fernández en el colegio de San Carlos y asiduo concurrente a la celda del Platón del claustro porteño, fray Cayetano Rodríguez, había tenido la fortuna de saborear en los idiomas más hermosos las creaciones de Virgilio y las de los líricos y dramáticos castellanos de los buenos tiempos del reinado de los Felipes. Habíanle entrado en el corazón entre torrentes de armonía, los conceptos más elevados, la pintura de los afectos más puros, las aspiraciones más generosas, los sueños más poéticos, los más hermosos consejos de abnegación y de desdén por las ruidosas pequeñeces del mundo, en fin, el mar entero de grandes e ideales cosas que abrazan y divinizan las musas; había contemplado lo bello.

Por otra parte, sorprendido por las invasiones inglesas en edad ya de manejar las armas, había sido de los primeros en alistarse bajo la bandera de Saavedra en el regimiento de Patricios, al lado de muchos de sus condiscípulos y amigos. De los primeros en las fatigas, de los primeros en el peligro, se señaló en toda ocasión por su disciplina y bravura; pero especialmente en las calles de Buenos Aires, saliendo a recibir, arrojado y destemido, la marcha de frente que trajeron hasta Santo Domingo las tropas aguerridas de Whitelocke.

Su corazón había latido a los nombres de patria y de honor; el silbido de las balas había acrisolado su carácter varonil, y con estas cualidades se presentaba entre los campeones de los nuevos tiempos abiertos por la revolución de Mayo.

Aquella mente y aquel corazón tan colmados, se ahogaban sin embargo, en un inmenso vacío. La gloria, los libros, la perspectiva de los grandes sucesos que se acercaban para ennoblecer nuestra historia, las emociones de los peligros en la lucha que comenzaba, nada de esto era bastante para dar firmeza a la vaga inquietud que atormentaba al alma del capitán, devorada por una melancolía profunda. Un ambicioso deseo le llevaba hacia horizontes sin término, a que nunca tocaba y que le huían como esos lagos fantásticos que las combinaciones de la luz fingen en nuestras llanuras, allí donde la aridez del terreno es más grande. Suspiraba por abrazar una impalpable nube que se deshacía en sus ojos como una neblina, tan pronto como su imaginación la dotaba de una forma y de un nombre propio.

Andaba su alma constantemente en busca de un pedazo de ella misma, desprendido sin duda, contra su voluntad, en algún ensueño de una noche luminosa de estío; y su existencia aparentemente embellecida con todos los halagos de la juventud, del talento y de buena fama, no era en la realidad sino un martirio causado por visibles verdugos. Sonaba la campana de la torre de la Recoleta, llamando a coro a los moradores de sus silenciosos claustros, cuando, inclinando hacia adelante su airoso cuerpo el capitán, hizo crujir los bastos de su apero y tomar el gran galope a su caballo por cima la verdura silvestre y húmeda de la margen del río. El brioso animal devolvía ardiente por sus anchas narices las auras perfumadas, y moviendo las coscojas del freno, entonaba, a su modo, el himno de orgullo que el caballo de todo valiente dedica a su señor en agradecimiento a la parte que le concede en la victoria. Antes era llevado por su instinto que por la dirección de la rienda; pero como en aquella misma hora había recorrido repetidas veces el mismo camino, conocía los senderos más llanos y salvaba con hábiles rodeos los pantanos y arroyos formados por la marea. Sin embargo en esta ocasión faltóle a pocas leguas el instinto y tuvo que detenerse de pronto ante un cercado tupido, formado de ramosos árboles de membrillo y espinosos rosales cargados de las flores que no tienen igual en fragancia.

El distraído jinete volvió en sí delante de aquel obstáculo repentino a su desesperada carrera, y examinando con una mirada el sitio y sus alrededores, descubrió la puerta de una habitación desde la cual le saludaba un anciano de rostro apacible y de cuerpo vigoroso, haciéndole señas que le invitaban a aceptar la hospitalidad de aquel vasto techo sombreado por un ombú secular y por un bosque en que se mezclaban los naranjos, los sauces llorones, las palmeras y las variadas especies de los afamados duraznos de las islas.

El capitán contestó cortésmente a las demostraciones del anciano, y bajando del caballo que condujo de la rienda hasta el umbral, estrechó la mano del dueño de casa, y ambos se sentaron en seguida en el extenso tronco del ombú, capaz y agradable canapé para un coro entero de bien nutridos canónigos.

Un negrillo muchacho se presentó casi al mismo tiempo trayendo la dulce y fragante preparación de yerba paraguaya, contenida en un poro renegrido, rodeado de una ancha salvilla de plata, como era de usanza entre la gente rica de aquellos tiempos. La comunidad del uso de la bombilla estableció su acostumbrada familiaridad entre aquellas dos personas que se veían por primera vez; y anudaron una sabrosa y cordial conversación sobre la fertilidad de aquellos terrenos, y sobre las noticias más recientes que corrían en la ciudad.

-Feliz Vd., decíale el anciano, que ha de llegar a ver el desenlace de la lucha en que nos hemos comprometido con la España; y más feliz todavía si participa de los peligros que ya desafían nuestros valientes paisanos del interior. ¡¡El cielo les proteja!! En este mismo lugar en que estamos he dado mi último adiós a Chiclana cuando pasaba al frente de algunas compañías de Patricios, ahora pocos meses. ¡Qué hombre tan ardiente y tan lleno de fe! "El pueblo argentino -me dijo al levantarse y tomando ya su caballo de la brida-, mostrará que todo es grande y nunca visto en el nuevo mundo, que sus hijos más que hombres son héroes, y que saben apreciar la libertad en su justo valor, pues han de conquistarla a costa de torrentes de sangre: la mía hierve por derramarse en aras de la patria". Mi contestación fue darle un abrazo contra el corazón; y al sentir latir el suyo comprendí que aquel patriota tiene un alma tan grande como prócer es su estatura.

-Le conozco, señor, dijo a su vez el capitán: he militado a sus órdenes; es un valiente lleno de serenidad y austero como un espartano. Le he oído arengar a sus soldados, y pocos como él poseen el don de comunicar el entusiasmo. Ama a su país más que a sí mismo, y deseo vivamente que me destinen mis superiores al ejército para acercarme de nuevo e imitar a ese hombre recto y rígido como su espada y su pluma.

-Por fortuna, continuó el anciano, él no es el único entre los patriotas que posea esas virtudes. La revolución ha estallado en su madurez, digan lo que quieran los timoratos y nuestros eternos tutores. Tendrá a su servicio tribunos elocuentes, publicistas acertados, y tantos hombres de guerra como varones cuenta la población del Virreinato...

Estas últimas palabras salieron de la boca del anciano al mismo tiempo que por la décima vez entraba en ella la bombilla de un nuevo mate servido por el negrillo, quien dijo a su amo, enseñando su dentadura blanca por entre una sonrisa llena de satisfacción: "ahí viene la niña".

El capitán distraído como de siempre, tenía fijos los ojos en el agua de un estanque en el cual nadaban algunas aves caseras, entre cuyas plumas vio reflejarse de pronto la imagen vaga de una mujer; especie de aparición en sus sueños mentales, que le forzó a ponerse súbitamente en pie como movido por un resorte. Con el sombrero en la mano e inclinado respetuosamente quedó cual una estatua delante de la recién llegada, mientras que ésta, contestando ligeramente con la cabeza al saludo del capitán, acariciaba al dueño de casa dándole con tiernas y sencillas fórmulas los buenos días.

El joven distraído, pudo decir que en poco espacio de tiempo había visto nacer dos veces la aurora en aquel día; la del cielo con indiferencia, y ésta de la tierra, con toda la atención que una alma impresionada comunica a los sentidos que la sirven. María, a quien el anciano presentó a su huésped como a su hija única y como el ángel de su consuelo, era, sin exageración una de esas criaturas en quienes la naturaleza se complace en derramar todas las perfecciones, así como ha querido dotar al colibrí con todos los colores del iris.

Aquel hemistiquio de Virgilio que pudiera traducirse así:

con solo caminar muestra que es diosa,


cuadrábale a las mil maravillas, y Dios sabe, si el aventajado discípulo de D. Pedro Fernández no lo repitió entre dientes tan luego como se levantó del asiento del ombú fascinado por el reflejo del estanque.

Alta de estatura, armoniosa y digna en los movimientos, sobre un busto superior en bellas proporciones a cuanto idearon los escultores griegos, admirábase una fisonomía compuesta de facciones perfectas revestidas con un cutis no igualado por la firme suavidad de las frutas ni por el rosa anacarado de las flores. Si el alma se manifiesta en los ojos, la discreción en la boca, y los rasgos principales del carácter de una persona en la forma de su nariz, puede decirse de María que sus afectos debían ser puros y blandos como el pedazo de cielo azul, que dividido en dos, formaba sus pupilas sombreadas por largas hebras de seda negra: que sus labios no eran capaces de pronunciar sino palabras veraces, sentidas y consoladoras, así como el fruto de la granada no puede destilar sino el zumo grato al paladar que mitiga el ardor de la sangre y nos recuerda la Arabia de los aromas, de la imaginación y del ingenio; que su nariz fina, transparente, bien proporcionada y flexible, al dilatarse y al contraerse, según los movimientos del pecho, era la expresión de una voluntad generosa, y de una constancia digna de la criatura destinada a hacer feliz al esposo y buenos ciudadanos a los hijos.

Como marco de este retrato hecho con cariño por la naturaleza, que es la maestra de los grandes pintores, circulaban en torno del óvalo geométrico del rostro de María los caudalosos rizos de su cabello negro y ondeado.

El mejor adorno de una mujer hermosa es su propia hermosura, desnuda de todo afeite y atavío. María seguía esta máxima de buena toilette; pero por amor a las flores y por refinado aseo, llevaba entre el ébano de su cabellera varios jazmines recién abiertos, y un vestido blanco, ceñido con una cinta de igual color al de los vivos del uniforme del capitán.

Esta coincidencia habría hecho de María la Señora de sus pensamientos, en un torneo de caballeros antiguos; pero el candor y los hechizos de esta criatura habían avasallado de veras y para siempre el pecho del valiente patricio, abriéndoselo repentinamente a esperanzas y alegrías íntimas que jamás había experimentado. Por lo común, las primeras impresiones de la pasión amorosa son amargas, y proyectan, como el sol al comenzar su carrera, largas y densas sombras. Pero en el caso presente falló la regla general, y la fisonomía melancólica del capitán se volvió alegre, agolpáronsele las palabras a la lengua, y con esa espontaneidad que tanto realza al talento natural y a la elegancia no aprendida, trabó conversación con la maga que había tenido el poder de transformarlo con solo el abrir y cerrar de sus ojos azules.

-Señorita, la dijo, aquí no puedo considerarme como un extraño, ni lejos de mi puesto. Los colores del vestido de Vd. son los de mi bandera, y por consiguiente mi honor y mi deber están en este momento bajo su sombra. Me pongo a los pies de Vd. como el más rendido de sus subalternos.

-Mil gracias, señor capitán, le contestó sonriendo con agrado la castellana de aquel castillo sin almenas: han hecho bien los patriotas en tomar esos colores por símbolo de sus aspiraciones. Comienzan la redención de un sepulcro, y en defecto del signo de los antiguos cruzados, nada es más santo que la imagen del cielo.

-Ahí tiene Vd., capitán, a María, tal cual es, bachillera y patriota bajo la dirección de mi hermano el clérigo, que se ha propuesto convertirla en el Eusebio de Montengon, con faldas, dijo el anciano con un tono equívoco, entre severo y benévolo. Yo soy un estanciero lego, continuó, y también me estoy ilustrando a la vejez, por la fuerza, como aceptaría las viruelas. ¿Creerá Vd. capitán que en esta casa no se puede dormir la siesta? Media hora después de comer ya tiene Vd. al tío y a la sobrina, revolviendo libros y leyendo en alta voz los Mártires de Chateaubriand y las poesías de un tal Meléndez, que según ellos son más dulces que los caramelos del Café de Marcos. Mi hija no toma la aguja para nada: si Vd. le examinara los dedos, hallaría en ellos señales de la pluma pero no del hilo de la costura. Amigo, no hay duda que los tiempos han cambiado, y que los tales ingleses, nos han dejado no sé qué, que anda en el aire y penetra con él por doquiera.

Al escuchar estas palabras tan características en su padre, soltó María una risa armoniosa como la flauta de un órgano, y sacando de entre los pliegues de su delantal su mano derecha que parecía un ramito de flores del aire, acarició las mejillas del anciano, dándole al mismo tiempo un beso sonoro en la frente. Movió en seguida los dedos en el aire, y dirigiéndose al capitán, le dijo:

-Señor, mi padre es hijo de andaluz y todo lo exagera con su extremada viveza. Aquí está el cuerpo del delito, y me parece que no hay en él nada que se parezca a tinta.

El capitán enajenado y absorto con tanta discreción y gracia, se adelantó, tomó la mano de María, sin darla lugar a que impidiese esta acción, y estampó en ella sus labios con veneración suprema. El seno de María se levantó visiblemente como una onda del mar, sonrojósele el rostro hasta la raíz del cabello y miró al joven diciéndole con los ojos: "es Vd. un atrevido... a quien es menester perdonar porque no está en su juicio".

El capitán era demasiado discreto y cortés para no poner término a aquella visita al aire libre, cuyo recuerdo sería en él indeleble y ocupación de todos los momentos de su existencia en adelante. Tomó su sombrero, y alargando la diestra al noble anciano, a quien amaba ya como a un padre, le pidió permiso para retirarse y para tener otra vez la ocasión de visitarle a horas más oportunas.

-Capitán, le contestó el padre de María, el lunes próximo estará aquí mi hermano a quien ha de tener Vd. gusto en tratar, hágame Vd. el obsequio de venir ese día a tomar la sopa con nosotros, y celebraremos con una copa de vino añejo mendocino la amistad que desde luego le ofrezco a Vd. con llaneza. Hasta el lunes, pues.

El joven patricio recibió las riendas de su caballo, de manos del negrillo cebador de mates, y montando con gracia y soltura sobre su Oscuro, hizo un profundo saludo a María, derramando sobre ella tal corriente del imán de sus ojos negros, que quedó como magnetizada sobre el tronco del ombú, en cuyas ramas se posaron al punto dos tórtolas silvestres que comenzaron a arrullar sus amores. María prestó a aquel canto lúgubre y apasionado mayor atención que la que hasta entonces le había concedido, aun cuando las mismas palomitas se acariciaban en el umbral de su ventana; y permaneció pensativa por muchos minutos.

El padre al volver, después de asegurada la tranquera por sus propias manos, la dijo:

-Hija mía, ¿qué te ha parecido nuestro huésped?

-Tiene todo el porte de un valiente y de un caballero; pero es preciso dar tiempo al tiempo antes de decidir sobre si merece o no nuestra amistad. Mi tío dice que a los hombres y a los libros no hay que juzgarlos por el forro: hojearemos el lunes las páginas del capitán, a quien sin duda, la naturaleza ha encuadernado con esmero. María trataba de disimular a su padre, con estas formas ligeras de lenguaje, la profunda impresión y los sentimientos nuevos producidos en ella por la persona y la conversación del gallardo mancebo.

El Oscuro no regresó al pueblo tan dueño de su voluntad como había ido hasta San Isidro. Las impacientes espuelas del capitán se dejaron sentir más abajo de la carona, y el largo cuello del criollo de los Montes Grandes fue más de una vez herido con la lonja de un rebenque manejado por mano poderosa. El jinete quería marchar tan veloz como rápidos eran en su cabeza los pensamientos que la asaltaban. Había clavado con la imaginación la imagen de María en el azul radioso de la parte sur del horizonte hacia donde marchaba, y nombrándola un millón de veces en alta voz, la alababa, la adoraba con las expresiones más ardientes y los conceptos más poéticos. Todo su ser era como un mar de alegría sobre el cual sobrenadaba su corazón aligerado de su pasada pesadumbre. El porvenir se le presentaba hermoseado con esos divinos colores que no deshace ningún prisma, que ninguna sombra empaña, y tiñen plácidamente el alma de los que aman a un mismo tiempo a la patria y a una mujer.

-¡María! ¡¡María!! Angel, lucero de mi nueva alba, ¿quién eres? ¿Dime, quién te guardaba escondida entre susurro de árboles y canto de aves para sanar mis penas? ¿Quién te hizo tan hermosa, pedazo de cielo, garza de lago tranquilo sombreado por sauces que lloran de placer? Sí, tú eres mía. ¡Ay de quien se atreviera a disputarme tu dominio! Cruz de mi espada, ¡protégela!... Y tú, mi fiel amigo, mi pobre Oscuro bañado de espuma por el cansancio, ¿así te pago mi dicha? Tú conoces el nido de mis amores -el lunes me llevarás de nuevo a él.

Tales eran las letanías de amor que decía el devoto de la virgen de San Isidro, mientras galopaba por la verde alfombra que media entre el agua y las barrancas del magnífico río.

Apenas el capitán sacudió el polvo de sus botas y de su vestido, y evacuó los quehaceres del cuartel, dirigióse al convento de San Francisco, y llamando a su portería se hizo conducir por un hermano lego, a la celda del padre Rodríguez. El enamorado novel ansiaba por derramar su corazón y consultar su estado. Necesitaba que le escuchara un amigo, y ninguno mejor al efecto que aquel que nacido con el alma de poeta, prestaba diariamente oído a los secretos de la conciencia en las rejas del confesonario. La celda del santo varón despidió al abrirse un perfume suave, emanado de las frutas maduras colocadas sobre la cornisa de un ancho estante de libros. Todos los muebles de sólida madera sin pulir, brillaban de limpieza, y en las desnudas paredes veíase por único adorno, un cuadro del Salvador, no en la cruz salpicado de sangre, sino envuelto en su túnica de Nazareno con la mano diestra levantada, bendiciendo y aleccionando a las turbas.

El dueño de aquella mansión de paz, levantó su hermosa cabeza, no encanecida aún, de sobre el libro que leía, y reconociendo al que llegaba a su puerta, se adelantó hacia él, le abrazó con ternura diciéndole:

-Hijo mío, ¿qué te trae por aquí a estas horas?

-Aquí llego, mi maestro querido, para referir a Vd. un milagro que se ha obrado en mí.

-¡Un milagro! La Providencia puede hacerlos cuando le place; pero la física experimental, mi capitancito, va disminuyéndolos en número, con lo cual cobra mayor dignidad la creencia cristiana; Nil admirari... Te escucho.

El capitán, colocado en un ancho sillón de baqueta ennegrecida por los años y el uso, después de besar la mano del sacerdote, contóle detenidamente, el estado de vaga tristeza en que se hallaba desde muchos meses atrás y la causa del inesperado consuelo que experimentaba desde pocas horas antes.

-Hijo mío, dijo el franciscano después de haber escuchado con atención la relación del joven, te encuentras en una edad peligrosa y los extravíos de la sensibilidad pueden ser en ti tanto más funestos cuanto que estás dotado de un corazón blando y de una mente feliz y cultivada. Estás en la edad de las violentas pasiones, y éstas son flores con espinas que no crecen en los terrenos cansados; buscan, al contrario, los vírgenes y fecundos para ahondar en ellos sus raíces empapadas en jugos venenosos y saludables a la vez. Ellas entran en el alma de rondón y la conmueven y enturbian y la llevan, como una arista el pampero, por todos los campos de la ambición, por todas las sombras bajo las cuales se sueña lo imposible, por entre las nubes de falsos cielos, hasta que, si no lo sujeta la razón con la ayuda de la doctrina de Jesús, nos hunden en el abismo del remordimiento, que es la imagen terrestre del infierno de la otra vida. La sabiduría única que no infunde risa, es la que consiste en dar dirección a esas fuerzas que solicitan con tanta violencia nuestra alma, así que se siente señora de sí misma. Sofocarlas del todo es un error y una contravención de las leyes morales a que estamos sujetos los hombres. Por eso no te diré que las apagues como luces, sino que las temples como a llamas que pueden devorarte. Toma la rienda de tu ambición, por ejemplo, y encamínala a descollar por tus virtudes entre tus compatriotas, por tu amor al deber, por tu abnegación al frente de los enemigos que nos disputan nuestra independencia legítima. Guarda el odio para ejercitarlo contra los perversos sin arrepentimiento, contra los hipócritas, y los avaros estériles de corazón que sólo viven para su egoísmo.

Pero tú, por fortuna, te encuentras ya libre de las garras de esas enemigas de tu felicidad y de tu honra, puesto que han cedido todas a la más poderosa y noble de entre ellas, a la pasión del amor, despertado en tu alma por una mujer que crees digna de ti y capaz de velar por tu nombre. El amor es el sol de los seres creados: para todos es igual y a todos vivifica. Amor omnibus idem.

El corazón sin amor es el corazón de un cadáver. El sacerdote lo transforma en caridad y lo derrama entre los pecadores como el vino y el óleo de la Samaritana. El hombre del mundo, como tú, destina de él la parte más activa para conquistar el afecto de una mujer y para abrigar a su calor los hijuelos frutos de un santo y legítimo matrimonio.

Si María fuese como me la has pintado, digna es sin duda de tu amor. Amala, ámala mucho, a ella sola, "entre todas las mujeres", en todas las circunstancias, especialmente cuando padezca, y aun cuando (quod Deas avertat) una enfermedad inesperada viniese a desmejorar sus hechizos.

Tus facultades sensibles vagaban antes inciertas y como a obscuras en vista de un objeto en que fijarse, y por esa razón traías inquieto y desabrido el espíritu. Ahora ya has encontrado el blanco de tu cariño y desde que diste con él has recobrado la calma de que por fortuna vuelves de nuevo a disfrutar. He aquí, hijo mío, con cuánta facilidad se explican los misterios y "milagros" de nuestra pobre naturaleza. Estás enamorado, esto es todo. Sé virtuoso, para que el amor no te enseñe nunca el lado negro de sus alas. Haz de María una esposa tan pronto como te sea posible; yo les echaré la bendición y seré de los primeros en acariciar a tus hijos que serán mis nietecitos, en espíritu. Que tus amores sean tan puros como la aurora en que han nacido.

Después de escuchar este razonamiento tan lleno de caridad y de filosofía, el capitán estrechó al excelente fraile contra su corazón, bañándole el venerable rostro con dulces lágrimas, y salió de aquel lugar de consuelo, más ennoblecido, más valiente y más enamorado.

A pesar del insomnio de aquella noche, cuando a la mañana siguiente se presentó el cautivo de la chacarera al frente de sus soldados, comenzaron unos a otros a preguntarse: ¿qué tendrá nuestro capitán que parece mejor mozo, más arrogante y más cariñoso que otras veces? ¡Brava pregunta! observó un sargento que pasaba por oráculo en la compañía, -le habrán prometido el grado de mayor, y está dentro de sí celebrando sus pascuas y vislumbrando sus charreteras.

Lo cierto es que el capitán se apartó de sus subordinados, dejándoles más afectos a su persona y más dispuestos a obedecerle. Es que los destellos de la satisfacción interior, son los hilos con que se teje la red de las simpatías, y el capitán estaba satisfecho y se consideraba afortunado. Felicidad es consonante de bondad, y sólo los buenos por excelencia, han merecido en las leyendas de los santos el título de cazadores de almas.

Pero, sin embargo de la expansión que había tomado el ánimo del enamorado de María, era éste de carácter tan selecto, que sentía como rubor en hacer a los extraños testigos de una felicidad que no podía disimular, y parecíale sacrilegio y una acción de mal caballero, malgastar su alma en la atmósfera de la sociedad teniéndola llena de los perfumes de su idolatrada. Encerrado en su casa durante el día, sólo salía a respirar el aire más libre, en las noches dirigiéndose de preferencia a los poyos de la alameda en donde pasaban para él las horas sin sentirlas, contemplando el cielo retratado en el cristal del río, y recorriendo con el pensamiento el camino que conducía a San Isidro. Entregado a sus dulces imaginaciones no se encontraba capaz de abandonar aquellos lugares hasta que el reloj del Cabildo sonaba la última campanada de las doce, y las velas de los faroles comenzaban a bostezar en sus mecheros de lata. El resto de las horas hasta la madrugada también le pertenecían a María. Cuando la luz natural amortiguaba la de la lámpara del enamorado, sus rayos alcanzaban a enjugar la tinta fresca de los precipitados renglones en verso de toda medida, con que el capitán había exhalado su amor, su felicidad y sus esperanzas. Así se pasaron las noches y los días que mediaron entre la primera y la segunda visita del capitán a la chacra encantada de la Costa. Apenas amaneció el día lunes, cuando ya estuvo en pie el Asistente ocupado en acepillar el uniforme, en bruñir los estribos, y aperar con esmero el caballo oscuro del joven patricio, mientras que éste, apoyado en la reja de un balcón, dirigía, con una que otra palabra, aquellas operaciones que se hacían bajo los corredores del segundo patio de un solar heredado de padres en hijos desde el repartimiento de Garay.

En fin, en hora conveniente abrióse de par en par el portón travieso de la casa, y nuestro gallardo capitán, vestido con mayor esmero que de costumbre, tomó la dirección que ya conocemos. Pasó bajo el arco de la Recoba, el centinela del baluarte de la Fortaleza le saludó echando el arma al hombro, y siguió por la margen del río, tratando, en cuanto le era posible, mantener su caballo sobre el verde para evitar el polvo y para no caldear los vasos del obscuro favorito. El cielo estaba nublado y la mañana fresca y húmeda. Varias mujeres de color, agobiadas bajo el peso de sus bateas de ceibo, rebosando de ropa usada, descendían por las abras de las barrancas, y los patos de laguna se levantaban en bandadas para dejar libre a la espuma de jabón, el lugar que en la noche habían usurpado a los "pozos de las lavanderas". El paisaje, velado por una neblina tenue, daba cierta gracia misteriosa a la forma de los árboles, a las alturas, a los animales, y las aguas se negaban a reflejar, por feas, a las nubes parduzcas que ensuciaban envidiosas la faz del cielo. Pero, ¿qué le importaban al capitán estos pormenores de la naturaleza dignos de la atención de un artista? El paisaje, según lo ha dicho alguien que lo entendía, no está fuera sino dentro de nosotros, y en el interior del jinete del Oscuro no había ni cabía otra cosa que la imagen de la hermosa costera.

Pensando constantemente en ella, llegó aquél a la chacra como a las once de la mañana, anunciándose antes que con su propia voz, con el relincho sonoro de su caballo, a cuyas narices había llegado el olor de la flor de alfalfa de los potreros vecinos.

Aquella habitación de recreo, estaba situada sobre la barranca, dominando los bañados y en el centro de un terreno plantado de árboles y de bosquecillos de flores hasta la misma orilla del ancho corredor sostenido por maderas de labradas del Paraguay. Este corredor, excelente reparo contra la intemperie, rodeado de bancos de material, circundaba todas las habitaciones techadas con tejas rojizas. Las puertas daban a él y también las ventanas, en cuyas rejas se enmarañaban los mimbres de variadas y floridas enredaderas. Las flores del aire blancas, en cantidad infinita, formando figuras regulares y festones, ocupaban los espacios dejados en las paredes por las puertas y las ventanas y perfumaban el aire con esa fragancia tan exquisita como pasajera que todavía no sabe imitar el arte del destilador ni del perfumista.

A la puerta de la sala que correspondía al mojinete, recibieron al capitán, el padre y la hija que ya le conocían, y un venerable y urbano sacerdote como de 50 años de edad a quien fue inmediatamente presentado.

Esta vez no se habría atrevido el apasionado de María, como en la primera visita a tomarle la mano y besársela: una reserva sigilosa se había apoderado de él en presencia de aquella criatura a quien tanto amaba y se sentía torpe en la lengua y como abandonado de su ingenio, fértil de costumbre en asuntos de conversación y en rasgos de buena sociedad. Sin embargo, las pocas palabras y saludos que se dirigieron recíprocamente ambos jóvenes, mostraban a las claras cuál era el estado de aquellos corazones, y a pesar del embarazo que sentían para comunicarse ante testigos, se advertía bien que si el patricio había pasado sus días pensando en su amada, la patriota no lo había echado en olvido ni por un segundo de tiempo. Aquellas dos almas se entendían como que ya habían dialogado largamente, por medio de ciertas conocidas corrientes eléctricas, que son desde la era de los Patriarcas el telégrafo de los que se quieren bien.

-Capitán, Vd. está en su casa, y en su casa de campo; por consiguiente excuse Vd. los cumplimientos, dijo el padre de María tomando el sombrero y el rebenque del recién llegado y colgándolos a una percha destinada para ese objeto. Aquí ciframos la etiqueta en proporcionar libertad por entero a las personas que nos honran con su visita. Cuando Vd. se canse de nuestra charla, ahí está una vihuela sobre ese clave, y si no es Vd. aficionado a la música, como no lo soy yo, tendré mucho gusto en mostrar a Vd. mis injertos de frutales de Europa, y los árboles exóticos que he hecho venir de Jujuy y de Tucumán: son admirables. Tampoco le interrumpiremos a Vd. si quiere entregarse a la lectura; a bien que no faltan libros; -y señaló con la mano la puerta abierta de una habitación en cuyo centro se veía una gran mesa de escribir cargada de volúmenes de todo tamaño.

-Mil gracias, señor. Estoy seguro de que ha de parecerme corto el día para gozar de la conversación de Vds.: el aburrimiento no puede presentarse aquí donde hay tanta luz, tanta verdura y tan exquisita hospitalidad. Creo que el ideal de la vida consiste en cultivar un campo propio, sin abandonar el cultivo de la inteligencia. La nobleza del porvenir ha de tomar por escudo de armas un arado y un libro entrelazados con un gajo de palma.

-Amigo mío, está Vd. traduciendo mis sentimientos (exclamó con viveza el clérigo de la casa) y haciendo al mismo tiempo el más cabal elogio de los buenos resultados de nuestra educación clásica. ¿No es verdad que nada predispone tanto a amar los campos y sus faenas, y la "medianía dorada" del filósofo, como las obras de Virgilio y de Horacio? Y mire Vd., María piensa como nosotros: su lectura favorita es fray Luis de León, que como Vd. sabe ha imitado con tanto acierto las bucólicas del primero de aquellos poetas.

-Señor capitán, señor doctor en Cánones, dijo, tomando su ancho sombrero de paja el dueño principal de la chacra, ya se han entrado Vds. en un campo que yo no labro: con permiso de Vds. me ausento por corto tiempo, porque el capataz espera mis órdenes para despachar al pueblo unas carretas con leña: hasta de aquí a un rato.

Entre tanto, María, tenía pendientes los oídos de las palabras del capitán, mientras examinaba con aparente distracción unos cuadernos de música que acababa de recibir de España. Por su parte, el huésped feliz no apartaba un momento la vista del cuadro encantador que le presentaba aquella joven, vestida como la primera vez que la vio, de blanco y celeste, reclinada sobre el clave, tarareando en voz baja la música que recorría y dejando que sus rizos negros jugasen resaltando sobre las blancas páginas de los cuadernos.

Así que ella advirtió una interrupción en el diálogo que sostenían los dos aficionados a las letras latinas, volvióse hacia ellos, y enseñando las perlas de su boca, tímida, pero con despejo, les preguntó con afable sonrisa, si desearían matar el tiempo escuchándole un romance moderno que había estudiado la noche antes. El tío le manifestó su aprobación con la complacencia de su semblante, y el joven enamorado con un ademán de rendimiento en el cual vio claramente María que el capitán no tenía otra voluntad que la de ella.

La cantora no quiso aceptar la silla que éste le ofreció y se mantuvo de pie en el ángulo de la mesa del clave, sobre la cual colocó verticalmente la guitarra, adornada con embutidos de nácar y de ébano, de cuya materia eran también las clavijas en que se apoyaban los dedos más blancos y mejor torneados de este mundo. A los primeros arpegios de la vihuela, un pintado jilguero que trinaba en una jaula de alambre, calló repentinamente, y el capitán sintió húmedos los ojos de entusiasmo y conmovido el corazón hasta en las fibras más ocultas.

María levantó sin afectación sus ojos azules, y en actitud como de escuchar una lección del cielo, cantó el prometido romance con voz deliciosa, con sentimiento e inteligencia. A pesar de sus esfuerzos para no dejar traslucir sus emociones, dio las últimas notas no con la garganta, sino con el corazón, haciéndolas temblar a par de las cuerdas, como trinos de ruiseñor en la medianoche. Sus ojos vagos y recogidos entre sus largas pestañas, trataban en vano de disimular las chispas de diamante con que las sensaciones del alma los humedecían, y el color de sus mejillas se había ido poco a poco apagando como el de una rosa que se marchita al calor.

Temblaba el capitán en su asiento, y aparentando enjugar con su pañuelo de cambray la transpiración del rostro, lo empleaba en realidad en recoger las lágrimas que sin poderlo remediar derramaba copiosamente.

El discreto sacerdote, hombre bondadoso y sensible, estaba también conmovido ante aquel espectáculo interesante, porque sin duda, ninguno lo es tanto como el que presentan dos almas generosas y puras que se encuentran por la primera vez, después de haberse buscado largo tiempo con ansia en sus aspiraciones a la felicidad. Conociendo el embarazo y la turbación de los dos jóvenes, tomó un tono ligero y jovial y exclamó: ¡bravo! ¡bravo! has estado inspirada María. Pero ¿no es verdad, capitán, que nada tiene de propio el argumento de la letra de ese romance, cuya música no deja qué desear? Ese caballero cruzado que va a la guerra de Palestina, llora demasiado la separación de la mujer que ama, siendo así que la gloria y la religión, que son dos hermosuras eternas, le piden el auxilio de su espada. Podía Vd. encargarse de corregir esos versos, apropiándolos a las circunstancias: Vd. es militar y poeta y se desempeñará a nuestra satisfacción. Vamos a dar una vuelta por el jardín para que nos sentemos a la mesa con el ánimo alegre y con buen apetito.

María, que también deseaba mirar el cielo y las flores, saltó como una mariposa desde el umbral de la sala hasta la arena lisa de una calle formada de rosas de todo el año y de mosquetas blancas, a la sombra de un parral que techaba aquella calle en toda su extensión de cien varas. La madreselva, de fuerte y voluptuosa fragancia, enredaba vigorosa sus ramos sensuales a los pilares que sostenían el emparrado, convirtiéndolos en árboles vivaces. Varias de estas calles, como diagonales de un vasto cuadrado lleno de arboleda frutal, iban a juntarse en la circunferencia de un círculo, formando alternativamente de palmas de las islas, y de naranjos y limos poblados de hojas en todas las estaciones. Los penachos de los palmeros, a manera de brazos de gigante, se extendían hasta unirse por encima de las copas redondas de los naranjos, mezclando con agrado de la vista los variados matices que resultan de la combinación del verde subido y del amarillo pálido. Del suelo de este círculo levantaban sus vástagos y sus cálidos perfumes las plantas de resedá, de heliotropo, de toronjil y de tomillo, formando una atmósfera cargada de las esencias del Paraíso. Varios bancos de madera apoyados contra los troncos ofrecían descanso a los que paseaban el jardín [sic].

Cuando el capitán tomó asiento en uno de ellos, estaba materialmente embriagado con las exhalaciones fragantes, y loco de amor. María durante la caminata, había desplegado delante de él todas las actitudes de una gacela suelta en los prados, y al tomar las flores en sus dedos agudos como el marfil de los picos de las aves, habría merecido que se la comparase con el colibrí libando el almíbar de los azahares. La agitación al aire libre y la satisfacción interior daban realce a su hermosura, y ella lo conocía. La luz del campo comunicaba reflejos de ópalo al azul de sus ojos y tornasoles de oro a sus cabellos lustrosos. Había echado de sí completamente la anterior turbación y la timidez, y conversaba alegre y cantaba y reía, mientras sentada entre su tío y el capitán que le sostenían el buen humor, tejía una corona de flores (alrededor de una ramita de laurel) con las cortadas por ella en el paseo, de las cuales trajo colmada la falda y recogida de manera que formaban sus brazos como las dos asas de un canastillo.

-Observe Vd., capitán, el gusto artístico con que María casa los colores, dijo el sacerdote, con cierta complacencia de maestro.

-Rato ha que admiro ese talento; pero esta señorita hace algo más que matizar con gracia los colores: veo que no descuida ni las formas ni el olor, de manera que sus ramos han de ser tan armoniosos para la vista como simpáticos para el olfato.

-Capitán, contestó la tejedora de flores, pensaba no hacer partícipe a nadie de mi cosecha, pues destino esta corona para rodear con ella la jaula de mi jilguero; pero voy a hacerle a Vd. un ramito en agradecimiento por la lección que acabo de recibir de Vd.

-Las flores saben hablar, señorita, y las que Vd. me ofrece me recordarán que he pasado hoy el día más feliz de mi vida -replicó el favorecido, tomando con profundo agradecimiento el ramillete que le presentaba María.

-Será un recuerdo tan efímero como el regalo.

-Será tan duradero como mi existencia, replicó el capitán bajando la voz para que sólo llegara a los oídos de María. Esta se sonrojó un tanto, no contestó una palabra, y se dio priesa a cubrir con unos grandes pimpollos de rosa criolla la parte todavía desnuda del gajito circular de laurel. He concluido la tarea, dijo algunos minutos después. En seguida pasando la guirnalda por la cabeza y el brazo izquierdo, y cruzándola sobre el pecho, añadió: señores marcha de frente, que debe esperarnos mi padre para que nos sentemos a la mesa.

-Marchemos, mi señora sobrina la Amazona, le contestó el doctor, colocándose al lado del huésped y marchando jovial a la manera de los soldados: capitán, vamos a una batalla sin peligros.

-Yo, señor, contestó el enamorado, que como tal lo tomaba todo por lo serio, yo arrostraría a las más grandes a las órdenes de nuestra heroína. Comprendo en este momento cómo fue que una gran parte de mis jóvenes compañeros de armas de 1807 pudieron ver entre el humo de la pólvora a la virgen del cielo que les protegía: divinizaban a la mortal que cada uno llevaba en el alma apasionada como un talismán y un consuelo.

-Señor capitán, observó el tío de María; -como a poeta le perdono a Vd. la interpretación del milagro, pero como católico que soy no puedo consentir en él. Me inclino más al "romance de Rivarola", que a la prosa de Vd. sobre el particular.

María había prestado una gran atención a las palabras llenas de novedad del capitán, y había sentido latir su corazón y movérsele con violencia como en dirección hacia aquel joven de quien por momentos se iba apasionando más y más. El tío, advertido de estas impresiones había tratado de desvanecer aquella que pudiera hacer trepidar a la sobrina en sus creencias, sin dejar por eso de convenir en el fondo con la sagaz y poética conjetura expresada por el inteligente huésped.

En estas pláticas, y siempre María al frente, con su gracia y su guirnalda convertida en estandarte de amor, llegaron a las habitaciones en el momento en que el dueño de casa, después de despachar las carretas cuyo chirrío se oía ya distante por el camino de arriba, andaba buscándolos para introducirlos al comedor.

-Mis amigos, les preguntó, señalándoles la puerta de éste ¿qué tal ha estado el paseo? Pero vamos a la mesa y en ella me dirá el capitán con franqueza, qué le parecen mis jardines granadinos. Tomando el huésped el asiento que le estaba destinado y desdoblando la servilleta, paseó sin curiosidad la vista por el centro de la mesa, y contestó a la pregunta del padre de María colocado frente a él: -El elogio de los jardines de Vd. lo están haciendo ahí, con toda la elocuencia de sus matices y perfumes, las flores que llenan esos grandes vasos. Y tan hermosas son, que no temen la rivalidad de esos frutos agrupados al pie de ellas como proyectiles de guerra. En cuanto a la distribución del terreno, me parece sencillo, así como único en su especie, aquel magnífico cenador central formado con las dos especies de árboles que más se diferencian por la forma. Con razón llama Vd. "granadinos" a sus huertos, porque esta idea de entrelazar el árbol del desierto al de los azahares, ha debido venir hasta Vd. entre la sangre andaluza de su familia paterna. Puede ser también sugerida por el más milagroso de los instintos. Vd. tenía la conciencia de que merecía ser feliz, que debía ser padre y que había de darle el cielo una hija digna de vivir en el Edén, y Vd. adelantándose a los tiempos, tuvo la feliz inspiración de construir esta habitación y de plantar esos jardines como para la señorita María.

-Eso es, señor capitán, una jaula de mimbres pintados bien sahumada, como para una cotorrita, dijo ésta interrumpiendo con presteza al agudo discípulo de D. Pedro Fernández: pues sepa Vd., añadió, que más de una vez me encamino al bajo y me acerco bien a los juncos, hasta humedecer los pies en el agua, para tomar a mis anchas el olor silvestre de los camalotes, hastiada de aspirar el de los claveles y madreselvas. Y con mayor frecuencia asida de la mano de mí tío, me ando por ahí de rancho en rancho, con mi pan en el bolsillo, comiendo churrascos revueltos en la ceniza del fogón de los segadores de las Lomas. ¡Si viera Vd. qué buenas son esas gentes y cuánto me aman! Por supuesto que siempre es para mí el mejor asiento, es decir, la cabeza de vaca más entera... y la bombilla de lata menos abollada. Así, Vd. ve, capitán, que esta avecilla se contentaría con cualquier jaula con tal de gozar en ella aire bien libre, y que la dieran el alpiste con gracia y cariño.

El tío, mientras duraba este rasgo espontáneo del carácter encantador de la sobrina, se sacudía de risa y derramaba en los manteles, sin poderlo evitar, el vino que servía en las copas para asentar el primer plato. Al pasar la botella por sobre el cubierto de María, dijo, haciendo el ademán fingido de llenarle el vaso: Vino puella fuget.

-Eso es, tío amado, écheme Vd. latines y economice su néctar de Mendoza, que no ha de ser tan puro ni sabroso como éste de color de crisólitos que nos regala el Paraná con el viento Norte. Y diciendo esto, levantaba María a la altura de sus pupilas celestes, el cristal lleno de agua.

Los postres, que consistían en compotas de membrillo y ciruelas, hechas bajo la dirección de María, fueron muy elogiados por el huésped, cuyo paladar era voto, como de persona bien criada.

-No se imagine, Vd., capitán, dijo el padre de aquella, que mi hija cuide sólo de nosotros. Tiene también una familia particular para la cual destina un plato que no ofrece a nadie.

-No creo que Vds. tengan envidia del manjar de mis protegidos que consiste en miel silvestre de las islas. Y diciendo así alzó de un extremo de la mesa, una ancha copa de cristal pintado, con asas y pie de plata, y salió al corredor seguida de los ancianos y del capitán, curioso por saber para quién destinaba aquella Hebé costera la ambrosía que llevaba en la mano derecha, mientras con los dedos de la otra hacía un ligero castañeteo como llamando a los espíritus del aire. Adelantó algunos pasos bajo el emparrado, e imitando suavemente los píos del reclamo de las aves pequeñas, movió la copa sobre su cabeza en todas direcciones, como trazando un círculo mágico acompañado de signos de conjuro.

El capitán, fuera de sí, y sin poder contener los pies sobre las baldosas del corredor, como si fuesen las del suelo de un horno encendido, dirigíase hacia la hechicera, cuando ésta le detuvo, observándole que en aquella operación no podía intervenir ningún profano.

Al mismo tiempo comenzó a poblarse el aire que circundaba la cabeza de María, con una nube de picaflores de todo tamaño, zumbando, temblando y luciendo los tornasoles metálicos de sus inquietas alitas. Ni las mariposas del trópico en torno de una rosa musgosa, ni la lluvia de fragmentos de flores sobre una paloma blanca recién bajada del nido a beber el agua de la aurora, tienen punto de comparación con aquella maravilla real superior a las invenciones de los artistas. Las avecitas rumorosas revoloteaban entre los rizos de su protectora y le acariciaban la frente con el vientecillo que levantaban al volar, y bajaban después a posarse en el borde de la copa, en cuyo líquido sumergían la lengua aguda y prolongada como el pistilo de las flores de que se alimentan.

Esta escena duró como un cuarto de hora, durante cuyo espacio de tiempo, el semblante de María, serio, reflexivo y aun nublado con un ligero velo de tristeza, contrastó con la brillante alegría de los seres que la rodeaban. Un no sé qué de santa presintiendo el martirio, se esparcía sobre su fisonomía, y la rueda de los colibríes remedaba sobre su cabeza la aureola de beatitud que conquistan las mujeres célebres por la constancia en su fe. Por último, la cazadora de aves con liga de miel, arrojó al aire la que quedaba en la copa; y como si hubieran saltado las gotas del líquido transformadas en rubíes, en esmeraldas, en topacios, en granates, en conchillas de nácar y en pepitas de oro, se dispersaron bulliciosos y deslumbrantes aquellos preciosos pajarillos, creados en el mismo instante en que la naturaleza sembró en los bosques argentinos la semilla misteriosa de la flor del aire.

Cuando María regresó hacia el corredor, traía el sol de la tarde a su espalda y proyectaba una sombra fuerte y prolongada sobre la arena que caminaba con paso lento y solemne, como si se sintiera fatigada de cuerpo y de alma. Aquella sombra tocó primero los pies del capitán, colocado en el centro del corredor, y poco a poco fue cubriéndolo hasta la cabeza. El joven enamorado, exquisitamente impresionable, se conmovió como una sensitiva y todos sus poros se abrieron como para recibir de nuevo la vida; pero experimentó al mismo tiempo una sensación ingrata cuya causa se explicó más tarde a solas, con profundo dolor.

Todos sus sueños, desde el primer momento en que conoció a María, consistían en contemplarse feliz en lo futuro, unido para siempre a ella con vínculos sagrados. En sus desvelos escogía el título de "esposa" para juntarlo con el nombre de su preferida en las infinitas veces que la invocaba. Aquel contacto casual de la sombra de ella, con el cuerpo de él, habíale parecido inopinadamente, un presentimiento de desgracia, representándole como una ilusión, como el abrazo de una sombra, la posesión de su idolatrada María.

Si estas ideas, vagas y sin sentido todavía para quien las formaba, causaban la melancolía del joven en aquel sitio verdaderamente encantado ¿por qué razón la gentil y espiritual niña, rodeada del amor de los hombres y hasta del de las aves, y de todos los bienes del mundo, estaba también mustia y entristecida?

-Vaya, María, díjola el tío, advirtiendo esta situación de ánimo en su sobrina: pensativa has quedado; ¿qué te han dicho tus pajaritos?

-Muchas cosas, tío.

-¡Muchas cosas! Pero, veamos cuáles son, que no todos, como tú, entendemos el idioma de los moradores del aire.

-¡Qué curioso es Vd.! Si me pusiera a traducir mi conversación con los colibríes, disgustaría a mi señor padre, y te confirmaría en la idea de que soy una visionaria.

-No, hija mía, habla, habla. Quisiera que el capitán pasase un buen rato oyéndote soñar despierta, como acostumbras. Yo también tengo curiosidad de saber lo que te han dicho esta tarde esos bribonzuelos que se embriagan con miel; le replicó su padre con el tono más afectuoso.

-No, no, mi padre; otra vez, otra vez será. El señor capitán tiene que retirarse porque ya es tarde y el caballo le espera en el palenque.

-Señorita, Vd. me despide con mucho ingenio, le contestó el huésped; pero tiene Vd. razón de estar cansada de mi silencio contemplativo. La felicidad y la admiración, cuando son verdaderas, son mudas.

-Es verdad; tampoco hacen ruido los vasos llenos -y los corazones colmados de sensaciones, no hablan. Yo me retiro; adiós señor capitán, sea Vd. feliz.

-Ve Vd., capitán, así es mi María, incomprensible; le dijo el padre, luego que la hija llegó a la puerta del fondo de la sala a cuyo umbral se encontraban; yo la comparo a su clave cuyas teclas dan sonidos alegres como castañuelas y tristes como dobles de honras. Pero, eso sí, contenta o entristecida siempre es buena y amorosa conmigo, con su tío, con todo el mundo. No tome Vd. a desaire su ausencia anticipada: antes de llegar Vd. me decía: es preciso que tratemos bien al capitán para que nos visite con frecuencia. Y como sus deseos son leyes para mí, capitán, espero que no dejará Vd. crecer los yuyos en el camino que nos separa, al menos mientras dure la buena estación.

El capitán lo prometió así y se despidió de sus nuevos amigos con las demostraciones más sinceras de estimación.

Encerróse María en su aposento, abriendo de par en par las ventanas para que el aire libre y el ruido de los árboles se asociaran a las sensaciones que la embargaban. El peso del alma abatía sus miembros, y apenas tuvo aliento para desceñirse el cinturón, soltar sus trenzas y reclinarse en los almohadones de un sofá. Allí permaneció más de una hora, inmóvil como una estatua, con los ojos fijos en el confín del horizonte en donde se juntaban las nubes del cielo y las olas un tanto inquietas del río. La firme concentración de su mirada y los movimientos frecuentes del leve cambray que la cubría el seno, decían claramente que meditaba y sentía, y que en su cabeza y en su corazón se daban cita para resolver el problema de su felicidad, todas las fuerzas morales de aquella criatura inteligente y afectuosa. En semejante situación, juntábase en María cuanto la mujer puede presentar de encantador y cuantos atractivos dieron en el mármol los antiguos artistas a las diosas en quienes creían: el divino Rafael se habría echado a sus pies suplicándole que se prestase a ser modelo de una Venus cristiana. Pero el arte humano condenado a vivir de la rastrera imitación, estará eternamente privado de contemplar y de copiar cuadros que sólo se presentan entre misterios a los ojos de Dios, como se presentaba el de María a la media luz de la tarde.

María se sentía transformada, y a veces se palpaba a sí misma creyéndose otra, sorprendida de sentir y de imaginar cosas que jamás, ni en sueños había concebido. Por el instinto y la lectura adivinaba la existencia de lo que se llama "amor"; pero los libros que le permitían frecuentar, hablaban de este sentimiento en lenguaje trivial, risueño, análogo a aquella gastada imagen del niño ceguezuelo que hiere los corazones con flechas doradas y aprisiona con grillos de rosas.

Mientras tanto, ella se sentía iniciada repentinamente en un gran misterio. Las ideas risueñas e infantiles huíanle como sus colibríes dispersos, para dar entrada en el alma que antes ocupaban sin rivales, a los pensamientos graves, a la contemplación del porvenir, a la idea de otro mundo doméstico en que no figuraban solos su padre y su tío. Parecíale que éstos no eran ya suficientes para llenar todas sus aspiraciones, para sostenerla en el camino de la vida, para hacerla dichosa, en fin, porque la noción de la felicidad se le presentaba bajo diferentes condiciones que antes. Hasta allí había sido dueña de su imaginación, la que, sana y sin nublados, paseaba a su arbitrio y sin rémora por los objetos de su elección; y su inteligencia, como una cera, se amoldaba y contraía sin obstáculo a las materias más variadas. Ahora, una sombra con forma determinada y con nombre propio, venía sin ser llamada a colocarse no sólo delante de sus ojos, sino delante de todas sus ideas, distrayéndolas y dándoles siempre una misma dirección. El susurro de las hojas y el canto de las aves, eran para ella la voz de aquella sombra; las nubes del poniente tomaban para ella la forma de la misma sombra, y hasta la de su cuerpo la sorprendía creyéndola la imagen real de aquella visión de todos sus instantes. ¡Cuántas veces no se ruborizaba al notar que tendía los brazos maquinalmente para estrechar su ilusión, y cuando sintiéndose desfallecida de ánimo buscaba en esa misma ilusión un apoyo, y pretendía reclinarse en ella!

El más poderoso de los sentimientos, enseñoreado de María, desarrollaba en ella las facultades poéticas que constituían casi exclusivamente su naturaleza. Dentro de ella resonaban las estrofas de un poema que ninguna pluma ha acertado a escribir; y para que nada faltase a su perfección, la melancolía guiaba el ritmo y daba sus penumbras a ese poema concebido en aquellas entrañas de Musa. La producción de su alma se fue de este mundo con ella, porque hay concepciones que por demasiado bellas no pueden representarse con palabras. Pero algo podrá traslucirse de la obra por las acciones de la poetisa.

Cuando interrumpió su meditación, encendió dos bujías de cera perfumada, y las dos llamas rosadas iluminaron un cuadro al óleo que representaba la Asunción de la Virgen, llevada entre nubes en alas de una multitud de ángeles. María oró delante de aquella imagen, heredada de su madre, y en seguida, acercándose a una cómoda de jacarandá tallada a cincel e incrustada en nácar, sacó de una de sus numerosas gavetas varios útiles de costura y se puso con precipitación a plegar en forma de círculo la franja de seda celeste que había llevado de cinturón durante las dos visitas del capitán. Aquella prenda de su vestido se transformó entre sus dedos en una elegante cucarda, que era por aquellos tiempos el distintivo de los amigos de la revolución. Cada pliegue, cada puntada de aquel talismán patrio, representaba un pensamiento, una aspiración, un suspiro de María, cuyo corazón había tomado tanta parte en la labor de su aguja que quedó como si hubiera subido la falda de una montaña, y se arrojó sobre el sofá en donde de nuevo se sumergió en sus reflexiones. Estando así, acertó a entrar por una de las ventanas una de esas ráfagas locas que soplan en la alta noche, y se produjo en el silencioso aposento un sonido vago y armonioso. María tembló como una sensitiva. Parecióle oír una voz que la saludaba, suplicándola hiciese sonar la suya; porque el viento había producido aquel ruido, sacudiendo la caja de una guitarra que pendía de la pared a la cabecera del sofá. Púsose en pie y echando ansiosa la vista por la obscuridad de los jardines, descolgó el instrumento, apagó las luces que aún ardían frente a la imagen de su devoción, y exhaló su duda, su amor y su melancolía, cantando una canción cuyos versos y música nadie le había enseñado. He aquí esa especie de globulillo de aire, que se escapó de entre sus dedos, teñido con los tenues e indeterminados colores de la melancolía:

Sombra de mi vida
Nube de mi sol:
Era una esperanza
Corrí de ella en pos,
Y al ir a gozarla
Nada se volvió;
Cual sombra en el día
Cual nube en el sol.


Sombra de mi vida
Nube de mi sol,
Figura velada
De triste crespón;
Malhechora maga,
¿Por qué obscureció,
Tu sombra mi día,
Tu nube mi sol?


Sombra de mi día
Nube de mi sol;
Imagen que pasas
Diciéndome adiós;
¿Por qué despiadada
Tu aliento sembró,
De sombras mi día
De nubes mi sol?


Sombra de mi día
Nube de mi sol;
Tormento de una alma
Nacida al dolor;
Eres mi esperanza
Que se deshojó;
La sombra en mi día
La nube en mi sol.


Sombra de mi vida,
Nube de mi sol,
Funesta te agrandas
A esta hora en que Dios
Envuelve en la nada
La luz que pasó,
En sombras el día
Y en nubes el sol.


La voz de María, suave y querellosa como la de las auras en el ramaje, incitó la de las avecillas cercanas, que confundiendo la luz ya pálida de los luceros con la del alba, adelantáronse a saludarla con todo el entusiasmo de sus gargantas. Para ellas era como siempre aquella aurora, la mensajera del día que con dedos de rosas hace brotar el contento de en medio de las tinieblas; mientras que para la torcaz herida que acababa de arrullar en su guitarra, era un espíritu siniestro que huía envuelto en la mortaja de la noche, dejando tras sí las tristezas de la mañana. ¡Qué contraste entre estas dos armonías; entre los gorjeos en la arboleda y el canto del aposento; entre la constante alegría de la naturaleza y el frecuente desabrimiento del alma humana! ¡Dura compensación del don de la inteligencia! El ave, es verdad, experimenta también sus dolores, puesto que los juegos de un niño o los placeres de un cazador pueden dejarla sin hijos y sin compañero. Pero en la primavera inmediata volverán a bullir en el nido los polluelos, y la dicha presente borrará completamente de la memoria del instinto el dolor de aquellas pérdidas. ¿Mas quién podrá borrar de los recuerdos de una mujer el naufragio que sufrió en su corazón, una de sus esperanzas, uno de sus sueños? La oración lavará sus remordimientos; pero las estigmas que le abrió el amor no se cicatrizarán en ella con los bálsamos del cielo.

No se mostraba aún el sol, cuando salió María de su aposento y comenzó a pasearse por los jardines, cuyas flores recién engalanadas con el rocío, se mecían sobre las ramas al soplo de los aires frescos. Pero la víctima del insomnio de una noche entera no tenía sentidos para gozar de los colores ni de la fragancia de las plantas, por en medio de las cuales pasaba distraída, indiferente, desfallecida, suspirando, casi llorosa, con el cabello suelto, y con los ojos rodeados de un tinte azul como si las lágrimas hubiesen desteñido sus pupilas. A veces caminaba de prisa; a veces, deteniéndose, levantaba la cabeza hacia arriba, y movía los labios como si orase o pronunciase algún nombre que la infundiera amor y veneración a la vez. Iba a sentarse en uno de aquellos bancos sombreados por palmas en donde en presencia del capitán había tejido la guirnalda para su jilguero, cuando sintió el galope de un caballo que se acercaba. María, sin poderse contener corrió hacia la tranquera, y apenas había andado la mitad de una de las calles del jardín, cuando enfrentó con el capitán que caminaba con paso acelerado, visiblemente inquieto, y como quien duda de si comete o no una acción reprensible.

Según las reglas de la táctica hipócrita de los salones, María debió volver la espalda a aquel atrevido que en horas desusadas violentaba las puertas que la hospitalidad más generosa le había dado a conocer. Pero ella, virtuosa y candorosa de veras, se dejó llevar de sus impulsos primos, y se dirigió hacia el hombre a quien ella había depurado de toda flaqueza en el crisol ardiente de su corazón, en donde constantemente mantenía su imagen. A fuerza de elevarse, abrazada con esa imagen, a las regiones donde su alma vivía, el capitán habíase convertido, en la mente de María, en un ser perfecto, en un caballero "destemido y sin tacha", en una idealización del talento, del valor de la virtud, en un hermano que la sociedad le traía ya que la naturaleza se lo había negado, en una porción de ella misma. Tan hondos fueron los pensamientos que le consagró desde que lo vio por primera vez, que confundiendo la intensidad con la duración, se imaginó que eran años, años de intimidad, las pocas horas trascurridas desde la entrevista al borde del estanque bajo la sombra del ombú.

-¡¡¡María!!!

-¡Capitán!

Casi a un mismo tiempo, y como dos notas unísonas, se oyeron estas dos exclamaciones que exhalaron aquellas dos almas como para confundirse en una sola. Las manos también se confundieron, y las del capitán fueron inundadas en las lágrimas y en los sollozos de María, que no podía contener su apasionada emoción.

-Perdón, mi antiguo amigo de ayer, díjole María. Piense Vd. de mí lo que quiera: la naturaleza me ha hecho mujer, pero no me ha enseñado a disimular. ¡¡Yo le amo a Vd.!!

Y como si cometiera una debilidad, y al advertirlo se sublevase en ella el noble orgullo de su pura inocencia, clavando severos los ojos en el patricio, añadió:

-Y tanto peor para Vd., capitán, si no me comprende, si juzgándome por las reglas vulgares del mundo, me toma Vd. por una conquista fácil, por una inexperta niña, fascinada por el garbo de su persona o el lustre de sus galones de oro. Peor para Vd., lo repito;... pero mil veces peor para mí, porque morirían todas mis ilusiones, se enlutaría mi alma y me vería obligada a despreciar a quien tanto estimo. Si fuesen burladas estas lágrimas que caen de mis ojos, no las volvería a enjugar ningún hombre sobre la tierra: correrían, sí, de arrepentimiento o de desesperación sobre las manos martirizadas de mi Cristo de marfil, que colocaría para siempre y sin rival, sobre mi escapulario de monja Clara. O Vd. o Dios.

-¡María, ángel mío! exclamó el capitán fuera de sí y estampando respetuosos y ardientes besos en la delicada diestra de aquella criatura verdaderamente angelical. Si Vd. me ama yo la adoro a Vd. pero no como Vd. lo merece. Yo no soy digno de ser dueño de tanta belleza y de tanta generosidad. Yo venía a pedir temblando, una mirada de compasión, una leve muestra de interés, una palabra de consuelo y de esperanza, y Vd., María, pone en mis manos su corazón deshecho en llanto. Comprenda Vd. mi felicidad: ni un instante se ha apartado de mí la imagen deliciosa de Vd. desde que la conocí. He vivido sólo para Vd., fuera de mí, como un autómata cuyos resortes dependían de la voluntad de María: sin ella yo no quiero ni la felicidad ni la existencia. Pero Vd. ha hecho de mí una criatura perfecta, lo adivino, un ser con alma semejante a la suya. A ese ser es al que Vd. ama, al que no ha temido confesar su amor y consagrárselo sin miramientos. ¡Pobre de mí, que no puedo ofrecer a Vd. sino las dotes de un estudiante y de un soldado, las virtudes del colegio y del cuartel; el agradecimiento de un hombre común, la lealtad jurada sobre un acero sin brillo aún, y una pasión sin más mérito que ser la primera que una mujer me inspira! Pero María, ¿al lado de Vd. quién no llegará a ser bueno, a acercarse a ese ideal ante cuya idea me anonado? Sí, yo seré digno de Vd. y seremos felices.

-¿Felices?... repitió María, interrogando, en un tono desgarrador de duda y de deseo. ¿Será posible, capitán, añadió con solemnidad, que se realice en este mundo y dure en él, la felicidad tal cual yo la comprendo? ¿Será verdad que con las manos asidas, como ahora las tenemos, podríamos pasar la vida amándonos?... ¡¡Imposible!!

A estas palabras trocáronse enteramente los papeles de este drama. María, gravemente serena, con el rostro inspirado de una Sibila leyendo en el porvenir, profundamente triste como presintiendo próximas desventuras para su corazón, dominaba y avasallaba el alma del capitán que se sentía niño y débil ante aquella joven sublimada por la pureza del amor recién nacido en sus entrañas. El valiente patricio, apoyado al tronco de un árbol, escondía el rostro entre ambas manos y sollozaba y derramaba lágrimas hasta el suelo, sin atreverse a mirar a aquella criatura fascinadora a quien tanto amaba y cuya paz él había turbado para siempre. El corazón se le desgarraba, porque se veía forzado a poner a prueba el de María, comunicándole una noticia que antes de llegar a la chacra se imaginaba que fuese recibida con indiferencia. Dando al fin con gran esfuerzo, una tregua a su llanto, pudo hablar y decir a María:

-Usted es la señora de mi destino, y desde ahora comienza Vd. a ejercitar su imperio. Decida Vd. Anoche he recibido orden de partir dentro de cuarenta y ocho horas para el ejército al frente de mi compañía. Compadézcame Vd. y resuelva: mi contestación la darán los labios de Vd.

Aunque semejante nueva hizo en María el efecto de un golpe eléctrico, estando, como estaba, preparada para recibir cualquier desgracia, no alteró visiblemente la serenidad que su ánimo fuerte había adquirido; y comprendiendo las tentaciones que debían agitarse en la conciencia del capitán, trató de fortalecerlo en sus deberes en obsequio al amor mismo que le profesaba.

-Capitán, le dijo, esa orden despedaza en dos nuestros corazones convertidos en uno solo, es tal vez mi muerte; pero es preciso obedecerla. Si tuviera Vd. la cobardía de desoír la voz de la patria y de las obligaciones, no sería Vd. para mí un objeto de cariño sino de aversión. Nuestro amor debe tener por fundamento la estima y ésta se alimenta con actos virtuosos. Parta Vd. capitán: deme Vd. frecuentes noticias de sus triunfos y ascensos, mientras yo pido al cielo que le guarde a Vd. de todo peligro.

-María, Vd. me arroja de sus brazos...

-No, capitán, mis brazos estarán fieles esperando a Vd., un siglo si fuese necesario...

-¿Y a quién recibiría Vd. en ellos? ¿Al viejo aguerrido mutilado, al rudo militar ennegrecido por la intemperie y la pólvora?...

-Recibiría en ellos, más apasionada que nunca, al valiente, al patriota, digno entonces de ser... mi esposo.

-María, esposa mía, adiós...

-El cielo y mi amor le protejan a Vd.

Lloraron amargamente después de este diálogo, hasta que María apartando de sí al capitán, le dijo: los valientes de su compañía esperan a su jefe -y desapareció a pasos rápidos entre las flores, puestas ambas manos en los oídos para no escuchar el galope en retirada del caballo obscuro.

Caminaba así María hacia sus aposentos, cuando saliéndole al encuentro su buen tío, con el breviario bajo del brazo, le manifestó extrañeza por hallarla tan de mañana en los jardines y con un aire visiblemente inquieto. Desde su ventana, que daba al camino, había notado la retirada a galope de un jinete que no podía ser otro que el capitán, y deseaba aclarar un misterio que se complicaba para él desde el momento en que tropezaba con su sobrina en horas en que por lo común estaba aún recogida. Por supuesto que por la cabeza del sacerdote no pasó la más remota idea desfavorable a María, cuyos sentimientos delicados le eran conocidos más que a nadie. Pero desde luego sospechó que aquellos jóvenes, a pesar de lo reciente de sus relaciones podían amarse ya, y su curiosidad bien intencionada se limitaba a saber si habían tenido o no una entrevista y qué era lo que en ella se habrían prometido recíprocamente. Averiguación que no creía difícil, porque si él tenía libertad para interrogar a su discípula, ésta por su parte confiaba demasiado en el juicio y en el cariño de su maestro para esconderle los secretos de un corazón que era en gran parte obra de aquel filósofo tolerante y cristiano.

-¿Sabes, hija mía, la dijo el tío, que acabo de ver pasar a gran galope un caballo obscuro guiado por un jinete parecidísimo a nuestro nuevo amigo, el capitán de Patricios? He supuesto que vendría a visitarnos y que se ha retraído de llamar a la tranquera por ser la hora demasiado temprana: más tarde le tendremos en casa. ¿No lo crees tú así?

-No, tío mío. El capitán no volverá a visitarnos en mucho tiempo... y quizá nunca más.

Pues no fue esa la intención que nos manifestó al despedirse la última vez.

-El hombre propone y Dios dispone, amado tío. El capitán marcha para el ejército dentro de pocas horas.

-¿Y cómo lo sabes?

-El mismo me lo ha dicho hace un momento.

Al pronunciar María estas palabras tomóle las manos al tío y se las besó bañándolas con lágrimas.

-¡María!, la dijo éste, lleno de inquietud, ¡hija mía! serénate, cuéntame lo que te pasa. Dios y el cariño que te profeso me dictarán palabras que han de consolarle. Habla, mi pobre María, habla.

María enlazó su brazo derecho al cuello de su segundo padre y caminando a par de éste con paso desalentado, le refirió menudamente cuanto acababa de pasar entre ella y el capitán, pidiéndole perdón por haberle ocultado hasta entonces los sentimientos que el joven militar había despertado en ella desde aquel lunes en que había comido en la chacra.

El buen sacerdote habituado a escuchar con paciencia la relación de las aflicciones de sus semejantes, oyó a la sobrina con interés tiernísimo, y después de bien impuesto del estado de alma de aquella noble criatura, apoyando las manos sobre su libro de oraciones, como para inspirarse en la caridad de la doctrina de Jesús, derramó pausadamente sobre la doliente de amor, la unción de las siguientes palabras:

-Hija mía, yo no tengo cargo alguno que hacerte. Te ha llegado el momento de cumplir con el destino de toda mujer, y amas a un hombre. ¿Te habrás engañado en la elección? No lo creo así. La pasión del amor es espontánea, y al parecer irreflexiva; pero el instinto de los corazones adiestrados en el conocimiento de lo que moralmente es bello y bueno, casi siempre es acertado, porque la buena educación, como lo es la que tú has recibido, tiene por objeto el moderar y dirigir los movimientos primos de las pasiones.

Antes de conocer al capitán han pasado delante de ti muchos jóvenes bien parecidos, elegantes y ricos, para con los cuales sólo has sido amable y urbana. Has paseado con ellos por estos mismos jardines, y les has despedido sin que llevaran de ti más que unas cuantas flores. El uno te parecía orgulloso; el otro sin talento, aquél demasiado prendado de su persona, éste con instintos comunes, y todos indignos de tu elección. Entre tantos en quienes escoger, ¿por qué has elegido al capitán? He ahí el secreto de tu corazón, secreto que tal vez lo sea para ti misma y que yo creo haber penetrado.

El capitán es rico en talento y en instrucción y camina a la gloria por la carrera del honor. El talento y la gloria, noble María, he ahí las dos aureolas que rodean al hombre que ha conquistado tu cariño y con los cuales te has deslumbrado. Y si todo es vanidad en este mundo, hija mía; si es vanidad la belleza, si el oro es vanidad, si el orgullo del nacimiento es humo vano, el saber y la fama son también vanidad; pero tienen al menos el mérito de que para alcanzarlos sea preciso hacer esfuerzos de virtud, de constancia y tener bastante fuerza de alma para despreciar los demás bienes del mundo que valen infinitamente menos. Yo te absuelvo, hija mía, por este modo de pensar, si es que he acertado a interpretar tus inclinaciones; pero sabe que mi conciencia no queda tranquila. ¡Ah! La gloria y el talento, cuanto más elevados llevan la frente ante los ojos del mundo, tanto más punzantes son las espinas que la envidia, la ingratitud, la vulgaridad les siembra en el camino. Ligándote a uno de esos seres privilegiados más grandes que sus semejantes y que resplandecen por la palabra o por el heroísmo ¿no participarás de esas mismas espinas? ¿No serías más feliz al lado de un hombre obscuro en quien las rivalidades y los celos públicos no cebaran jamás el diente y no te expusieran a seguirle en el ostracismo o a llorarle ensangrentado en un campo de batalla? ¡Yo soy, tal vez, quien te ha alejado de la dicha silenciosa y casera, dándote a beber demasiado en la copa de la poesía y presentándote espectáculos de la historia que han extraviado tu corazón del sendero de la verdadera dicha! María, esta consideración perturba mi conciencia... Si alguna vez eres desgraciada, perdóname, hija mía, la parte que haya tenido en tu infortunio... Y tú también ¡Dios mío! perdóname.

-¡Ah! Mi amado tío, jamás le llevaré a Vd. a mal que haya desarrollado mis propensiones naturales. Antes que a Vd. tuve por maestro al corazón, el cual siempre se sublevó dentro de mí en presencia de las cosas vulgares y de los hombres materializados. En cuanto a mi felicidad, no se ocupe Vd. de ella: soy feliz desde algunos días a esta parte, porque el vacío de mis aspiraciones está colmado. No hay mayor martirio que sentir el silencio del desierto dentro del alma vagabunda; que ansiar por el hallazgo en la tierra de la realidad del ser soñado. La melancolía me agostaba como una parásita asida a mi existencia, y la tristeza vana iba cambiando mi naturaleza, haciéndome desconfiada, poco expansiva, huraña. ¿Así es el hombre? me decía a mí misma, cuando observaba a los que buscaban mi conocimiento y mi trato. ¿Tan ridículo y liviano es el apoyo que la sociedad proporciona a la mujer con el título de marido? Ese que pasa la vida acariciando a un talego ¿será un esposo? El que exclusivamente se ocupa de sus caballos y sus perros, podrá ser el compañero de una mujer sensible? ¿Quién podrá tener estima por el autómata que vive entre el espejo y su sastre como entre dos graves consejeros? Todos eran ricos; pero ninguno del caudal que a mí me seduce. ¿Qué haría yo dentro de una calesa dorada al lado de un hombre estéril de corazón y de inteligencia? Pasaría humillada por entre la multitud envidiosa de mi fausto, por parecerme que iba haciendo el papel de un animal raro puesto en exhibición por el lacayo de un charlatán. ¿Con qué máscara cubriría mi vergüenza al escuchar las palabras sin sentido ni cultura de un necio? ¿Qué espinas no me mortificarían al tomar en mis manos dinero que fuese fruto de la avaricia o de la indelicadeza? ¿Soy yo actriz para aspirar al aplauso de la multitud? ¿Soy reina, acaso, para desear súbditos y aduladores? Yo quiero ser feliz, tío mío, para mí y no para el público. Quiero que mi corazón sea de uno solo; que me respeten los audaces como a cosa sagrada por pertenecer a un hombre digno. Quiero que al apoyar mi brazo en el de mi esposo, me enorgullezca sintiendo que me apoyo en la fuerza de la virtud y del talento.

Usted calla, tío mío, porque me encuentra que tengo razón y porque mis palabras son un mal reflejo de las ideas que Vd. me ha infundido. Mi gratitud será eterna hacia el maestro que me ha librado del tormento de caer llena de vida en poder de un cadáver. La mujer bien educada, está expuesta a la suerte de las cristianas hermosas que caen en poder de los berberiscos y pasan de las aguas del Mediterráneo al fondo de un harem, en donde, idioma, costumbres, religión, placeres, les son desconocidos y antipáticos. ¿Cómo es que tiene Vd. remordimiento de haber ayudado a su sobrina a escaparse de los piratas moriscos? Vaya que casi me vuelve Vd. mi buen humor. Se va Vd. poniendo olvidadizo con los años. Muy bien que ha metido Vd. los dedos en los ojos de mi tijera, cuando murmurábamos a solas de los antiguos concurrentes a la Chacra. Todavía recuerdo alguna de las chistosas ocurrencias de Vd. ¿Se acuerda Vd. de aquel gazmoño a quien llamaba Vd. Herodoto porque confundía la heroica patria de Poniatuski con la santa abogada de las muelas? D. Catón de la Mancha, es un apodo creado por Vd. para designar a aquel sibarita cincuentón, víctima de todos los apetitos, gran devoto de la humanidad y enemigo bilioso de sus favorecedores, que con los labios tiznados con las caricias de la crápula hablaba de abnegación como Graco, de virtud como un Arístides, de fortaleza de alma como un Scévola o un Sócrates, ¡y no era más que un fanfarrón!

-¿Y estás bien segura, sobrina del alma, de que el capitán no participa de las debilidades de algunos de esos tipos?

-No comprendo esa pregunta, tío amado, después de los elogios que Vd. le ha prodigado delante de mí y de mi padre. Hombre es y tendrá sus defectos: yo no he notado en él sino perfecciones, y una gran superioridad sobre cuantos jóvenes se han acercado a mí con intención de agradarme. No es el más hermoso entre ellos, por cierto; pero la belleza de su rostro no es la común: no es del exterior, sino interna. El alma mueve e ilumina su fisonomía; y los órganos de sus sentidos no parecen de una criatura de este mundo. Sus ojos no ven sino que hablan, y su voz piensa y siente al mismo tiempo que convence por la seducción de su armonía. Vd. es testigo de sus maneras: no se puede dar mayores muestras de urbanidad y de blandura que las que él me ha dado, y no obstante, he temblado delante de él, porque su inteligencia y su fuerza moral me han subyugado toda entera...

-Tú no podías sino amar así, María; con exaltación. Pero, créeme: en este mundo la felicidad es compleja. Es preciso que el alma y el cuerpo satisfechos, la una en su conciencia, el otro en su bienestar, se armonicen para constituir esa felicidad, objeto de todos nuestros desvelos y afanes. El capitán es, sin duda, digno de ti; pero es militar, la patria lo llama a la lid, "a la lid tremenda", como dice nuestro Luca, y la patria tiene un altar demasiado ancho para que se contente con pocas víctimas...

-Mi tío ¡por Dios! No continúe Vd.; no evoque Vd. el espectro de la muerte entre él y yo. ¡Horrible divorcio!... Y sin embargo, posible. Pero ya se lo he jurado: "él o Dios". Mi resolución está tomada, y espero tranquila el porvenir, porque ninguno de sus fallos me tomará desprevenida. ¡¡¡Hágase, señor, tu voluntad!!!

María pronunció estas últimas palabras de la oración por excelencia, levantando las manos y los ojos al cielo, arrojando dos lágrimas que rodaron enteras por sus mejillas y se perdieron en su seno. Apercibiéndose de la impresión producida en su tío, trató de dar otro giro a la conversación e hizo la siguiente pregunta cuya contestación le interesaba:

-¿Y será larga esa guerra emprendida en el Alto Perú?

-Hija mía, propones un problema para cuya resolución no soy yo el más aparente. Nuestra inexperiencia es grande en materias militares. El entusiasmo suple a la ciencia y el valor a la disciplina. Los licenciados se hacen generales y los oficinistas cabecillas; los artesanos infantes y los gauchos granaderos montados. Así comienza nuestra revolución armada. Pero la causa es buena. Es preciso sublevar el Perú y hacer allí amable y deseada la libertad como lo es a las orillas del Plata, para que el poder español se ahogue por sí mismo en la capital de aquel vasto virreinato, en Lima que es el Madrid del Pacífico. La masa de aquellas poblaciones es una mezcla de antigua barbarie y de preocupaciones inoculadas con la conquista. Ahora treinta años se sublevaron en odio a la raza blanca; pero no por las altas razones que motivan nuestra revolución. Ellos comprenden la libertad como las alpacas y las llamas, para vivir holgados y holgazanes al aire libre de sus cerros. Pero esa no es la libertad de Mayo, que nos exige trabajo, abnegación, virtudes. Puede ser muy bien que esos hombres resistan al bien que pretendemos hacerles. En ese caso, hija mía: la guerra puede ser duradera y peligrosa...

-Pero, bien, la razón me dice que cuando un militar ha cumplido con su deber durante algunos meses, tiene derecho a pedir un poco de descanso en sus hogares.

-Por cierto que sí.

-Pues entonces, yo tengo motivo para esperar tranquila la pronta vuelta del capitán. Los valientes burlan los peligros y la suerte les es propicia. Tío mío, deme Vd. un abrazo y la enhorabuena anticipada...

Y pronunciando estas palabras, se alzó María del asiento y obligó a su tío a seguirla hacia la casa, tomándole del brazo sobre el cual se apoyó, arrebatándole al mismo tiempo el breviario, cuyas viñetas y rúbricas coloradas examinó distraída mientras atravesaron los jardines.

Así que la sobrina y el tío se separaron, buscó éste a su hermano para comunicarle lo que pasaba en casa y concertar con él la conducta que debían guardar para con María y para con el capitán en campaña. El chacarero amaba demasiado a su hija para contradecirla en una inclinación tan vehemente, y tenía bastante buen sentido para desconocer que los obstáculos habían de darle resultados contrarios en caso que quisiese ponerlos en el camino de la voluntad decidida de una criatura incapaz de disimular sus resoluciones. Dispuesto a respetar la elección de María, no quiso, sin embargo ocultarla cuáles eran sus deseos y miras con respecto a las condiciones del hombre que él le hubiera escogido para esposo. "Habría querido, la decía repetidas veces, verte ligada a un rico propietario, ajeno a los negocios públicos, que pasase la vida entre fieles capataces que le rindiesen cuentas exactas; a un hombre como yo, de quien jamás tu madre tuvo la más leve queja. Ese hombre, fiel, casero, monótono, si tú quieres, y siempre el mismo durante los trescientos sesenta y cinco días de cada año, te haría más feliz de lo que te imaginas". Sostenía estas opiniones con toda tranquilidad, apoyándolas en consideraciones juiciosas; pero María le desbarataba todos sus raciocinios con el brillo de su imaginación y con los rasgos bondadosamente irónicos que la eran naturales. Agotada esta materia de discusión quedó establecido entre los miembros de aquella familia que la señorita había triunfado, que el capitán sería su esposo, que María tendría libertad completa para comunicarse con él, y que el padre y el tío leerían asiduamente la gaceta para tenerla al corriente de la suerte del ejército patrio.

Así que María completó su conquista e hizo imperar su voluntad, se concentró dentro de sí misma y llamó a silencio a todas las alegrías pasadas. Alejó la jaula del jilguero, abandonó los picaflores y echó un velo obscuro sobre sus instrumentos de música. Y, como si temiera que los perfumes la distrajeran de la idea fija que acariciaba en su alma, abandonó el cuidado de los jardines y guardó debajo de los muebles los vasos de porcelana en que colocaba las flores de su predilección. Veíasele, días enteros, clavada la atención sobre un libro cuyas páginas volvía sin leerlas, o bien cuando el tiempo era hermoso, recorrer los alrededores asistiendo a los enfermos pobres y repartiéndoles pan y limosnas. Una vez prolongó su paseo hasta la ciudad y bajó al locutorio de las monjas Claras, donde era Priora una anciana respetable y piadosa, tía abuela suya parte de madre. La deliciosa chacra de San Isidro, tan concurrida poco antes y tan hospitalaria, yacía hundida en la tristeza y el silencio. La vida de sus habitantes, que hasta allí se deslizaba al calor de los goces de un hogar sin nubes, parecía sorprendida repentinamente por el hielo de un invierno inesperado. Las hojas de las plantas no susurraban ya en sus tallos: caídas al suelo se quebraban con ruido funesto bajo los pies distraídos de María, de su padre, del sacerdote, las pocas veces que buscaban las abandonadas sombras de la arboleda. Las largas pláticas, los diálogos chistosos, las réplicas agudas de la discípula, las sanas y discretas advertencias del maestro; el estudio cuotidiano y la lectura de los poetas, todo había desaparecido para dar lugar al desabrimiento de una sola y permanente idea. Comían en silencio, se miraban con timidez, se huían unos a otros como si temiesen hallarse expuestos a reproches recíprocos por la causa del sinsabor de que todos participaban. El tío persistía en dudar de su talento de educacionista (¡modestia poco común en los que se dan este título!) abrigando los escrúpulos que ya conocemos por haber contribuido a desenvolver en la sobrina los instintos romanescos de su carácter. María por su lado, agravaba su pena al considerar que su situación acibaraba dos existencias que la naturaleza y el amor colocaban bajo la protección de su juventud y de sus gracias.

Sin embargo, nunca los vínculos que unían a aquellos tres seres, fueron tan estrechos como desde el momento en que sus espíritus cayeron en la aflicción. Si materialmente vivían menos en contacto que antes, si más de tarde en tarde se dirigían la palabra; no por eso se habían entibiado aquellos corazones acostumbrados a latir de acuerdo, y se amaban con tanta más fuerza cuanto que necesitaban más unos de otros para soportar y resistir las amarguras que de pronto los habían inundado. El sacerdote, más ingenioso que su hermano para distraer a María, propúsola hacer un estudio especial de la geografía americana, comenzando por la del Perú; y puede asegurarse en conciencia, que jamás geógrafo alguno desde Ptolomeo hasta Maltebrun, halló quien aprovechase tanto de sus descripciones como aprovechó María de las que le hizo su tío, de las montañas, de los valles, de los caminos al pie de los torrentes, que distinguen al suelo variado del país de los Incas. En el espacio de un mes se puso en estado de rivalizar con el barón Haenke y con el cosmógrafo Bueno, pues sabía de memoria el nombre de todos los pueblos, aldeas y cortijos que median entre Tarija y Potosí y entre este cerro afamado y la ciudad de los Reyes.

Inclinada sobre el mapa, pasaban para ella las horas como instantes, porque al través de los signos de convención que representan corrientes fluviales, mesetas, pampas y desfiladeros, descubría con imaginación a las huestes patrias en marcha, trepando las cumbres, serpenteando por los valles, reflejando la luz del trópico en sus valientes bayonetas. Figurábase que aquella familia de bravos padecía hambre y sed, y que ella tomaba en el brazo un canastillo abastecido de licores, de pan y de frutas, y en alas de su simpatía llegaba hasta ellos, reproducía el milagro de Elías y consolaba a los afligidos por el amor a la patria.

Era que allí con ellos estaba el capitán de quien un momento no se separaba la memoria; seguíalo paso a paso, en el campamento, en la jornada, en la guerrilla, en el combate que ella fraguaba en sus sueños apoyada en la pared de que pendía la carta del Perú. A veces sonreía y se erguía llena de complacencia, porque parecíale ver sobre la falda de una eminencia al prometido esposo, cabalgando sobre su obscuro, levantando en alto la espada y señalando con ella al enemigo al grito de: "¡A ellos, victoria!" Otras veces contraía las facciones como si sintiera dolor en las entrañas más nobles, porque antojábasele que el capitán, en una puna combatida por los huracanes, yacía sepultado bajo una capa de neblina fría como el hielo.

Está por demás el decir que el ausente por quien se desvelaba María la daba frecuentes noticias de su salud y de su situación por cuanto correo se despachaba del ejército para Buenos Aires. Pero hacía ya algún tiempo que no sabían nada de él en la chacra de San Isidro, cuando una tarde en que sus habitantes se hallaban disfrutando de los últimos rayos de un sol de otoño, se acercó a ellos un sirviente trayendo para el Doctor un pliego cerrado con una oblea grande cuadrada y colorada, y marcada con letras gordas impresas del mismo color, contraseña oficial de las estafetas de antaño. Tomóle el clérigo con precipitación e interés, diciendo: "reconozco en la letra del sobre la de mi condiscípulo el cura rector de Humahuaca, noticioso incansable que se pirra por comunicar malas nuevas. Quizá en esta ocasión haga tregua a su pésima costumbre". Ordenó en seguida que se encendiera la luz en su escritorio, y dando las buenas noches se despidió disimulando del mejor modo la inquietud que le inspiraba aquella correspondencia inesperada. María, no menos turbada que el tío y no menos disimulada que él, besó la mano de su padre, y se encerró en su aposento, resuelta a no perdonar súplica ni astucia hasta imponerse de las noticias del de Humahuaca que no podían menos de interesarla por venir de punto tan inmediato al teatro de la guerra.

El sacerdote, después de imponerse de la carta de su condiscípulo, apagó la luz y subió a un altillo en donde acostumbraba rezar en la noche, y hacer sus últimas lecturas piadosas. María le observaba desde la ventana de su aposento a obscuras, y llena de zozobra, de dudas y de curiosidad, ocultando con la fina bayeta de un rebozo blanco, ribeteado con cinta azul, la luz de una bujía, entró en el escritorio a registrar los papeles manuscritos que llenaban la mesa de estudio. A poco andar tropezó con la carta recién recibida y se puso a leerla con la ansiedad con que el reo se impone de la sentencia que acaban de firmar sus jueces. A los pocos renglones lanzó María un ¡ay! desgarrador y terrible, dejó caer el papel y apagó con suspiros la llama de la vela que alumbraba un trance para ella más doloroso que el de la muerte. Su amante idolatrado, el capitán de Patricios, su esposo futuro, sorprendido por una emboscada enemiga, había sucumbido a los golpes de un grupo de cobardes a la mitad de los cuales, él solo, hizo morder el polvo antes de caer bañado en la sangre que derramaba por numerosas heridas.

En el pobre corazón hecho pedazos de María estalló una tormenta, y al resplandor de uno de sus lúgubres relámpagos de despecho, concibió la idea de abandonar inmediatamente la chacra y aprovechar el rato de la noche para trasladarse a Buenos Aires y encerrarse para siempre en el monasterio, en brazos del esposo celeste de las vírgenes, ya que el que ella había elegido en la tierra no existía sino para la gloria y los recuerdos.

Así que el silencio y la obscuridad reinaron en todas las habitaciones, salió María de la suya y llamando a su perro favorito (valiente mastín de los cimarrones de la pampa) enderezó sus pasos precavidos hacia la tranquera, y tomó en medio de las más densas tinieblas el camino del alto, sin darse casi cuenta de sus acciones ni de los peligros a que se exponía en el tránsito.

A la madrugada siguiente, delante del altar en donde se celebró la primera misa en la iglesia de las Catalinas, se veía el bulto esbelto de una mujer joven, cubierto de la cabeza a los pies con un mantón obscuro, a cuyo lado jadeaba vigilante un perro blanco azorado de encontrarse en aquel sitio nuevo para él.

Concluido el sacrificio, levantóse la del manto y habló con una de las monjas por la ventanilla de la reja que da al presbiterio, y de allí se encaminó al locutorio, cuya puerta interior se abrió, y se cerró luego con ruido tras ella, como si rechinasen los goznes enmohecidos de un sepulcro.

María cumplía el juramento expresado tantas veces por ella con estas palabras: O DIOS O ÉL.



Publicada en la "Revista del Río de la Plata", Año 1874