El cerco de Camora

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Poesías religiosas, caballerescas, amatorias y orientales
El cerco de Camora (Romance histórico)
 de Juan Arolas




I 
 Contra todo ardid guerrero  
 Zamora está bien sentada:  
 De un cabo la corre Duero,  
 Del otro Peña Tajada.  
   
 La ciñen a la redonda  
 Unas torres muy espesas,  
 Muro fuerte y cava fonda  
 Con sus barbacanas gruesas.  
  
 Y al verla con tal muralla  
 No hay cristiano ni agareno  
 Que la quiera dar batalla  
 Ni embestirla en su terreno.  
   
 De su padre en rico don  
 Doña Urraca la tuviera  
 En aquella partición  
 Que de sus reinos hiciera;  
   
 Mas don Sancho de Castilla,  
 Que anhela mayor estado,  
 Siempre tuvo por mancilla  
 Ver su imperio desmembrado;  

 Ver saltar del cetro de oro  
 Joyas que de estima son:  
 Galicia, Zamora, Toro,  
 Con Asturias y León,  
   
 Y que, siendo el heredero  
 De sitios fuertes y llanos,  
 Pierda de su haber y fuero  
 Por la pro de sus hermanos.  
   
 Traspasar la jura quiso  
 Que hiciera no de buen grado:  
 Puesto en armas de improviso  
 Sus huestes llamó a su lado  
  
 Y lidió con tal fortuna  
 Que en hierros puso a García  
 En el castillo de Luna  
 Y a don Alfonso en Mongía.  
   
 Era Sancho tan garzón  
 Que las barbas le apuntaban;  
 Pero en bravo corazón  
 Pocos hombres le igualaban.  
   
 Al Duero va sin demora,  
 De Safagún fuerzas saca,  
 Pues suspira por Zamora  
 Que conserva doña Urraca   
  
 Y pasa ya las orillas  
 Del murmurador raudal  
 Que besa flores sencillas  
 Con los labios de cristal.  
   
 Al instante cabalgara  
 Con el Cid campeador  
 Y Diego Ordóñez de Lara  
 De Zamora en derredor.  
   
 Luce galas muy ufanas  
 El de Vibar, buen jinete,  
 Con espuelas italianas  
 Doradas y de rodete 

 Y a los rayos encendidos  
 Del sol brillan los metales  
 De los arneses febridos  
 De sus piernas y brazales.  
   
 Penacho de blanca pluma  
 Sobre el yelmo se desmaya  
 Como la nevada espuma  
 Sobre la tendida playa  
   
 Y revelan las labores  
 Del follaje en su gorguera  
 Las manos y los amores  
 De la hermosa que venera.  

 Su trotón es alazán,  
 Nariz ancha, vela enhiesta,  
 Con ímpetus de volcán  
 Cuando a reventar se apresta.  
   
 El Rey, sobre su armadura  
 Rica veste desplegando,  
 Cabalga con apostura  
 Siempre a la ciudad mirando.  
   
 Su cuadrúpedo violento,  
 Que frenos de plata muerde,  
 Lleva fino paramento  
 De damasco azul y verde. 

 Con cortapisa preciosa  
 De unas martas cebellinas:  
 Es negro, cerviz hermosa;  
 Por crin tiene sedas finas.  
   
 Cubierto de limpio acero  
 El de Lara lozanea  
 Dando riendas a un overo  
 Que el viento beber desea.  
   
 Los tres miran larga pieza,  
 Como de común intento,  
 La ciudad, su fortaleza,  
 Las murallas y su asiento.   
  
 Sus puertas están cerradas  
 A enemigos tan cercanos  
 Y sus torres coronadas  
 De valientes zamoranos  
   
 Que fieles a sus pendones  
 Forman las segundas vallas  
 Con pechos y corazones  
 Encima de las murallas.  
   
 Al volver para sus tiendas  
 Tuvieron tal razonar,  
 Deteniendo ambos las riendas,  
 Don Sancho y el de Vibar:  
  
 «-Vedes, Cid, cómo es muy fuerte  
 Contra toda hostil hazaña;  
 Si la hubiese por mi suerte  
 Sería señor de España.  
   
 »Conmigo deudos habedes,  
 Pues mi padre os dio crianza  
 Y os acrezco las mercedes  
 Cuanto mi poder alcanza.  
   
 »Vos di más que un gran condado  
 Por vuestro merecimiento  
 Y el mayor sois a mi lado  
 De mi casa e valimiento.   
  
 »Vos quiero rogar agora  
 Cabalguéis de buena gana,  
 Que vayades a Zamora  
 A doña Urraca mi hermana;  
   
 »Digades que he de servilla  
 Con mi hacienda y mi poder;  
 Pero que me dé la villa  
 O por cambio o por haber;  
   
 »Que he de darla en este trueco,  
 Como cumple a mi largueza,  
 A Medina de Rioseco  
 Con Tiedra que es fortaleza; 

 »E si no quiere otorgarla  
 Tengo huestes aguerridas  
 Y por fuerza he de tomarla  
 Con ingeños e bastidas.»  
   
 -«Señor, con ese mandado  
 Que vaya otro mensajero  
 Ca de Urraca fui criado  
 Y a mi honor no es cumplidero.»  
   
 -«Si no la recabáis vos,  
 Que no conocéis segundo,  
 No la espero, vive Dios,  
 De ningún home del mundo.   
  
 »Catad que de honor no es ley  
 Ni caballerosa fama  
 Con desaguisado al rey  
 Complacer a alguna dama.»  
   
 -«¡Harto ingrato fui a su amor  
 Con desaire y con desdén!  
 ¡Fuérale tal vez mejor  
 Amar a quien ama bien!  
   
 »Que ella me calzó la espuela  
 Y adornando mi persona,  
 Diome el casco y la rodela  
 Y ciñóme mi tizona.  
   
 »Si las lides me llamaban  
 Las lágrimas le salían  
 Y del corazón manaban,  
 Que la faz le escandecían. 

 »Puesta la rodilla en tierra  
 Pedía gimiendo a Dios  
 Que si yo finaba en guerra  
 Que finásemos los dos.  
   
 »Y facía su oración  
 Con suspiros y con lloros  
 Guardando mi corazón  
 De las lanzas de los moros.   
   
 »No esperaba tanta pena  
 Ni mereció por castigo  
 Que los brazos de Jimena  
 Le robasen a Rodrigo.»  
  
 -«Non curedes vos del duelo  
 Que hagan melindrosas dueñas;  
 Curad de allanar el suelo  
 Que no acata mis enseñas.  
   
 »Curad que vuesa loriga,  
 Que nunca pudo bollar  
 Flecha ni lanza enemiga  
 En combate singular,  
   
 »De su temple tan seguro  
 No venga a desmerecer  
 De Zamora bajo el muro  
 Por lágrimas de mujer.» 

 -«Vos sabréis que no falsea  
 Los temples de mi armadura  
 Ni el bote de la pelea  
 Ni el ruego de la hermosura.  
   
 »Me es ingrata tal misión,  
 Pero tanto me afincáis  
 Que, infiel a mi corazón,  
 Cumpliré lo que mandáis.»   
   
 Calló el Cid que reprimía  
 Con suspiros el afán,  
 Pues al rostro le salía  
 Todo el interior volcán.  
   
 Veloz como el pensamiento  
 Para Zamora partió  
 Y cuando al altivo asiento 
 De sus murallas llegó  
   
 De su corcel los ardores  
 Enfrenó y la furia inquieta  
 Rogando a los defensores  
 No tirasen de saeta;  
   
 Que venía de embajada,  
 No de guerra ni de engaño,  
 Y entonces se le dio entrada  
 Sin que recibiera daño.  
 

  
II 
 Por la muerte tan sentida 
 De su padre don Fernando  
 De negro monjil vestida,  
 Negro estrado está ocupando  
   
 Doña Urraca, cuyos ojos  
 Son dos piras de dolor  
 A los fúnebres despojos  
 De su Rey y su señor.   
   
 A su lado con respeto  
 Arias Gonzalo se ve,  
 Caballero muy discreto,  
 Sin par en virtud y fe,  
   
 Previsor y derechero,  
 De sano consejo y brío, 
 Que a nadie quebranta fuero  
 Ni traspasa señorío.  
   
 Al estrado se adelanta  
 El de Vibar con mesura  
 Y apenas lo ve la Infanta  
 Cuando a limpiar se apresura  
   
 Con un finísimo holán  
 Las lágrimas indiscretas  
 Que por sus mejillas van  
 A decir cosas secretas.  
   
 Dala el Cid salutación  
 Y a don Arias juntamente  
 Y expone su comisión  
 Añadiendo reverente: 

 -«Porque yo a mi Rey venero,  
 Vine con mensaje tal;  
 Las cartas y el mandadero  
 Libres son de sufrir mal.»   
   
 Atenta escuchó la Infanta  
 Y la voz casi añudada  
 Desató de su garganta  
 Respondiendo a la embajada:  
   
 -«Mezquina de mí... ¿qué haré  
 Si al rigor de tantos males  
 En mi sangre no hallo fe  
 Ni piedad en los mortales?  
   
 »¡Rey don Sancho! ¿Qué decoro  
 Te has podido prometer  
 De dejar en paz al moro 
 Por dar guerra a una mujer?  
   
 »¡Rey don Sancho! ¿Qué laureles  
 Busca tu furor insano?  
 ¿Que escarnezcan los infieles  
 Los dolores del cristiano?  
   
 »¿Que en Toledo Alimaymón  
 Tenga zambras y festines  
 Porque nuestra destrucción  
 Le conserva los confines?  
   
 »Parar mientes te cumplía  
 Que en negra ambición no hay prez,  
 Que usurpar es tiranía,  
 Que Dios ha de ser tu juez.   
   
 »Padeciendo mil destierros 
 Alfonso entre infieles mora  
 Y a García pones hierro  
 Y me pides a Zamora.  
   
 »¡Cuitada de mí! ¿qué haré?  
 ¿Quién me salva, quién me abona,  
 Si Rodrigo, a quien amé,  
 Me desprecia y abandona?  
   
 »No esperaba yo tal pago  
 De la vuestra cortesía  
 Cuando sin dolor aciago  
 Gocé vuestra compañía.  
   
 »Yo vuestro dormir guardaba,  
 Vuestro amor fue mi contento,  
 La vida que respiraba 
 Recibí de vuestro aliento;  
   
 »Vuestro tálamo quería,  
 Feliz me juzgué entre todas  
 Y era un cielo de alegría  
 La esperanza de mis bodas.  
   
 »Mas caí del grato Edén  
 De tanto favor y gloria  
 En infierno del desdén  
 Con mi engaño en la memoria.»   
   
 -«Señora, respondió el Cid,  
 Como bueno sirvo al Rey  
 En las paces y en la lid,  
 Que ésta siempre fue mi ley.  
   
 »La respuesta me dictad 
 Cual os aplazca mejor  
 Y a otros tiempos reservad  
 Querellas de vuestro amor.»  
   
 Don Arias alzóse entonces  
 Al ver de la Infanta el duelo  
 Que ablandaba duros bronces  
 Y contestó en su consuelo:  
   
 -«La triste experiencia enseña  
 Sin misterio y sin arcano  
 Que aquel que nos cerca en peña  
 no nos quiere dar lo llano.  
   
 »Le diréis al que os mandó  
 Que hay valientes en Zamora  
 Que responden con un no 
 Defendiendo a su señora,  
   
 »Y que anhelan la ocasión  
 De dar de su fe probanza  
 Con sangre del corazón  
 Uno a uno lanza a lanza;   
   
 »Que si piensa intimidallos  
 Con un cerco grave y lento  
 Tienen mulos y caballos  
 Que les sirvan de alimento  
   
 »Y antes que entregar los muros  
 Con mengua de sus deberes  
 Contra sus entrañas duros  
 Comerán a sus mujeres; 

 »Que doña Urraca desdeña  
 Todo cambio con su hermano,  
 Que aquel que la cerca en peña  
 Mal querrá darla lo llano.»  
   
 Mal pagado y satisfecho  
 Despidióse el Campeador  
 Partiendo a contar el fecho  
 A don Sancho su señor.  
   
 Sañudo el Rey le escuchaba  
 Cuando el caso refería;  
 De corazón le pesaba  
 Tan triste mensajería  
   
 Y exclamó: «Mal me pagasteis, 
 Que vos amáis a mi hermana  
 Pues con ella vos criasteis  
 Y a lo que queréis se allana.   
   
 »Vos la aconsejasteis mal;  
 Debo castigaros, Cid;  
 Yo no puedo facer al;  
 De mi reino vos salid.»  
   
 El Campo dejó Rodrigo  
 Respirando enojos fieros  
 Y al partir llevó consigo  
 Mi doscientos caballeros  
   
 Que tenía por vasallos  
 Y eran siempre los mejores 
 Por sus lanzas y caballos,  
 Ardidos y lidiadores.  
   
 Al campo nunca volviera  
 Si don Sancho, arrepentido  
 Por el daño que temiera  
 De aquel león ofendido,  
   
 Su amistad y compañía  
 con sus cartas no pidiese  
 Haciendo la pleitesía  
 Que más al Cid le pluguiese.  
 

  
III 
 En la hueste sitiadora  
 Pregónase que aguisados  
 Para dar contra Zamora 
 Estén todos los soldados.   
   
 Lo combaten reciamente  
 Por tres noches y tres días;  
 No hay ardid que no se invente,  
 Se renuevan las porfías.  
   
 Las cavas ya quedan llanas,  
 De cadáveres cubiertas,  
 Desploman las barbacanas,  
 Tiemblan las ferradas puertas  
   
 Y doblando crudamente  
 Sus intrépidos ardores  
 Se fieren a manteniente  
 Sitiados y sitiadores.  
   
 Tintas de sangre a fondón 
 Corren las aguas del Duero,  
 Que no hay golpe sin lesión  
 Ni amago sin golpe fiero.  
   
 Viendo el Rey la lid osada  
 Y pérdida lastimera  
 De su gente maltratada,  
 Mandó se quitase afuera.  
   
 A Zamora en derredor  
 puso cerco, pues creía  
 Que si no cedió al valor  
 Por hambre la ganaría.   
 
  
IV 
 De la ciudad sale huyendo  
 Un hombre traidor y malo 
 Y le vienen persiguiendo  
 Los hijos de don Gonzalo;  
   
 Que su padre denostó  
 Mancillando su lealtad  
 Que al sol que la iluminó  
 Disputa su claridad.  
   
 Vellido Dolfos se llama  
 Y al Rey se acoge por fin,  
 Sus manos besa y exclama  
 Como falsario y malsín:  
   
 -»Señor, yo dije al concejo  
 Que os diese la fortaleza:  
 Don Arias, astuto viejo,  
 Se me opuso con fiereza 

 »Y sus hijos me mataran,  
 Que tras mí vinieron dos,  
 Si en la fuga me alcanzaran  
 Antes de acogerme a vos.  
   
 »Recibid si anheláis prez  
 Al que protección implora,  
 Que yo os mostraré tal vez  
 Cómo hayades a Zamora.»   
   
 El Rey se le mostró grato  
 colmándole de bondades  
 Y fabló con él gran rato  
 De todas sus poridades.  
   
 Solos los dos cabalgaron  
 Al lucir la nueva aurora 
 Y sus cavas registraron  
 Y dieron vuelta a Zamora.  
   
 Con disfraz de buen amigo  
 El mayor de los villanos  
 Mostró a don Sancho el postigo  
 Que llaman de los Cambranos.  
   
 Dijo que al llegar la noche,  
 Con algunos caballeros  
 Muy fieles y sin reproche  
 Armados con sus aceros  
   
 Por aquel postigo estrecho  
 Que abierto siempre dejaban  
 Entraría satisfecho,  
 Pues los que de guardia estaban 

 De hambre y laceria morían  
 Y al choque sin hacer frente  
 Las puertas les cederían  
 Para recibir la gente.   
   
 Por la ribera del Duero  
 Don Sancho se asolazaba,  
 Bajó del corcel ligero  
 Y un venablo que llevaba  
   
 A Dolfos lo quiso dar,  
 Pues se apartó por facer  
 Lo que no puede excusar  
 Ningún hombre ni mujer. 

 Y Vellido, que lo vio  
 Sin defensa en guisa tal,  
 El venablo le arrojó  
 Con furia tan infernal  
   
 Que las espaldas llagando  
 Con honda y cruel herida  
 Pasó el tronco y fue buscando  
 Por los pechos la salida.  
   
 El traidor riendas volvió  
 Con las atrevidas manos  
 Y al postigo cabalgó  
 Que llaman de los Cambranos.  
  
 Viéndolo escapar el Cid  
 Sospechó su alevosía:  
 Temió algún infausto ardid  
 Contra el Rey a quien servía   
   
 Y su caballo pidió,  
 Pidió lanza y se la dan;  
 Mas la espuela no calzó  
 Con la prisa y el afán.  
   
 Alongósele el traidor  
 Aguijando su corcel  
 Y exclamó el Campeador  
 Con ansia y dolor crüel:  
   
 «Este día es el primero  
 Que dejé de estar en vela;  
 ¡Maldito es el caballero 
 Que cabalga sin espuela!»  
 
  
V 
 ¡Río Duero! Tú murmuras,  
 Tus aguas van acrecidas,  
 Tus flores bellas y puras  
 Están mustias y caídas.  
   
 Ya mezclaste en tu raudal  
 Sangre que vertió el valor  
 Y hoy recibe tu cristal  
 Las lágrimas del dolor.  
   
 Hoy lloran los castellanos  
 De su Rey la infausta suerte  
 Culpando a los zamoranos 
 De tan alevosa muerte.   
   
 Tus aguas turbias se ven:  
 Das murmullo lastimero,  
 Que tal vez lloras también,  
 Río Duero, río Duero.  
   
 De Zamora al pie del muro  
 Don Diego Ordóñez de Lara  
 Después que pidió seguro  
 Adargándose la cara  
   
 Dijo a Gonzalo y sus hijos  
 Que en las almenas estaban  
 Y que con los ojos fijos  
 Muy atentos le observaban:  
  
 -«Los de Castilla han perdido  
 A su Rey y su señor:  
 Matóle Dolfos Vellido,  
 Matóle como traidor  
   
 »Y en la villa le acogisteis  
 Y a Dios pongo por testigo  
 Que traidores también fuisteis  
 Y por ende vos lo digo;  
   
 »Que de traición sabéis  
 Y traición consentís  
 Y al traidor que conocéis  
 En los muertos encubrís.   
   
 »Por tan gran maldad y tuerto  
 Yo riepto a los de Zamora  
 Tanto al vivo como al muerto  
 Y al que ha de nacer agora. 

 »Riepto a cuantos ahí fueren  
 De toda edad y destino,  
 Riepto el agua que bebieren,  
 Riéptoles el pan y el vino.  
   
 »Y si alguno se opusiere  
 Negando mi razonar  
 Cómo y cuando le pluguiere  
 Se lo tengo de lidiar.»  
   
 Don Arias le respondió:  
 -«No hubiera de ser nacido  
 Si cual tú dices soy yo;  
 Mas no rieptas de entendido,  
   
 »Pues no han culpa los pequeños  
 De lo que los grandes hacen 
 Ni los muertos en sus sueños  
 Ni aquellos que agora nacen.  
   
 »Que mientes yo te lo digo  
 Y miente quien te apoyare  
 Y yo lidiaré contigo  
 O te daré quien lidiare.»   
   
 Esto dijo el buen anciano  
 Y a la lid se preparaba,  
 Que aunque su cabello cano  
 Su cabeza plateaba,  
   
 De molesta senectud  
 Non curó las graves penas  
 Y el fuego de juventud 
 Se encendió en heladas venas.