El chancho gordo

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Un cerdo a medio cebar no tenía más que gruñir un rato, al despertarse, para que al momento viniera un peón con dos baldes llenos de suero, una ración de afrecho y otra de maíz, sin contar algunos zapallos y restos de cocina. Con la panza siempre llena y nada que hacer sino dormir, el excelente animal se consideraba feliz y siquiera tenía el tino de no pedir más.

Era en invierno, con tiempo de sequía, grandes heladas, y los campos estaban en muy mal estado: a tal punto que los caballos, lo mismo que las vacas y las ovejas, estaban sumamente flacos y con miras de volverse osamentas.

Se quejaban, pues, de su mala suerte y no teniendo que comer, se lo pasaban maldiciendo del hombre, su amo, que no se acordaba de ellos y los dejaba abandonados, sin hacer nada en su favor; y no dejaban de mirar con envidia al cerdo a quien no se mezquinaba la comida, dándole de todo a él, como si fuera más que ellos.

El cerdo los oía y sin dejar de moler maíz y de chupar con avidez la leche espesada con afrecho, murmuraba con profundo desprecio... y algo de inquietud:

-¡Gente envidiosa, que nunca está contenta! ¡Socialistas!