El conde Dirlos

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El conde Dirlos
de Autor anónimo



        Estábase el conde Dirlos, 		
	sobrino de don Beltrane, 		
	asentado en las sus tierras, 		
	deleitándose en cazare, 		
	cuando le vinieron cartas 	 	
	de Carlos el imperante. 		
	De las cartas placer hubo, 		
	de las palabras pesare, 		
	que lo que las cartas dicen 		
	a el parece male. 	 
	-Rogar os quiero, sobrino, 		
	el buen francés naturale, 		
	lleguéis vuestros caballeros, 		
	los que comen vuestro pane; 		
	darles heis doblado sueldo 	 
	del que les soledes dare, 		
	dobles armas y caballos, 		
	que bien menester lo hane; 		
	darles heis el campo franco 		
	de todo lo que ganaren; 	 
	partiros heis a los reinos 		
	del rey moro Aliarde. 		
	Deseximiento me ha dado 		
	a mí y a los doce Pares; 		
	grande mengua me sería 	 
	si todos se hobiesen de andare. 		
	No veo caballero en Francia 		
	que mejor pueda emviare, 		
	sino a vos, el conde Dirlos, 		
	esforzado en peleare. 	 
	El conde que esto oyo, 		
	tomó tristeza y pesare, 		
	no por temor de los moros 		
	ni miedo de peleare, 		
	mas tiene mujer hermosa, 	
	mochacha de poca edade; 		
	tres años anduvo en armas 		
	para con ella casare, 		
	y el año no era complido, 		
	della lo mandan apartare. 	
	De que esto él pensaba, 		
	tomó dello gran pesare; 		
	triste estaba y pensativo, 		
	no cesa de sospirare. 		
	Despide los falconeros, 	
	monteros manda pagare, 		
	despide todos aquellos 		
	con quien solía deleitarse; 		
	no burla con la condesa 		
	como solía burlare; 	 
	mas muy triste y pensativo 		
	siempre le veían andare. 		
	La condesa, que esto vido, 		
	llorando empezó de hablare: 		
	-¡Triste estades vos, el conde!, 	 
	¡triste, lleno de pesare 		
	de esta tan triste partida 		
	para mí de tanto male! 		
	Partir vos queréis, el conde, 		
	a los reynos de Aliarde; 	 
	dejáisme en tierras ajenas 		
	sola y sin quien me acompañe. 		
	¿Cuántos años, el buen conde, 		
	hazéis cuenta de tardare? 		
	Y volverme he a las tierras, 	 
	a las tierras de mi padre, 		
	vestirme he de un paño negro, 		
	ese será mi llevare; 		
	maldiré mi hermosura, 		
	maldire mi mocedade, 	 
	maldire aquel triste día 		
	que con vos quise casare. 		
	Mas si vos queredes, conde, 		
	yo con vos querría andare; 		
	mas quiero perder la vida, 	 
	que sin vos della gozare. 		
	El conde desque esto oyera, 		
	empezola de mirare; 		
	con una voz amorosa 		
	presto tal respuesta hace: 	 
	-No lloredes vos, condesa, 		
	de mi partida no hayáis pesare; 		
	no quedáis en tierra ajena, 		
	sino en vuestra a vuestro mandare, 		
	que antes que yo me parta 	 
	todo vos lo quiero dare. 		
	Podéis vender qualquier villa 		
	y empeñar cualquier ciudade, 		
	como principal heredera, 		
	que nada os pueden quitare. 	 
	Quedaréis encomendada 		
	a mi tío don Beltrane 		
	y a mi primo Gayferos, 		
	señor de París la grande; 		
	quedaréis encomendada 	 
	a Oliveros y a Roldane, 		
	al Emperador, y a los doce 		
	que a una mesa comen pane. 		
	Porque los reinos son lejos 		
	del rey moro Aliarde; 	 
	que son cerca de la Casa Santa, 		
	allende del nuestro mare. 		
	Siete años, la condesa, 		
	todos siete me esperade, 		
	si a los ocho no viniere, 	
	a los nueue vos casade; 		
	seréis de veinte siete años, 		
	que es la mejor edade. 		
	El que con vos casare, señora, 		
	mis tierras tome en ajuare; 	 
	gozará mujer hermosa, 		
	rica y de gran linaje. 		
	Bien es verdad, la condesa, 		
	que comigo os querría llevare; 		
	mas yo voy para batallas 	 
	y no cierto para holgare. 		
	Caballero que va en armas, 		
	de mujer no debe curare, 		
	porque con el bien que os quiere 		
	la honrra habría de olvidare. 	 
	Mas aparejad, condesa, 		
	mandad vos aparejare, 		
	iréis comigo a las cortes, 		
	a París esa ciudade. 		
	Toquen, toquen mis trompetas, 	 
	manden luego cabalgare. 		
	Ya se partía el buen conde, 		
	la condesa otro que tale; 		
	la vuelta van de París 		
	apriesa no de vagare. 	 
	Cuando son a una jornada 		
	de París esa ciudade, 		
	el emperador que lo supo 		
	a recebir se los sale. 		
	Con él sale Oliveros, 	 
	con él sale don Roldane, 		
	con él Darderín de Ardeña 		
	y Urgel de la fuerza grande; 		
	con él salía Guarinos, 		
	almirante de la mare; 	 
	con él sale el esforzado 		
	Renaldos de Montalvane; 		
	con él van todos los doce 		
	que a una mesa comen pane, 		
	sino el infante Gaiferos 	 
	y el buen conde don Beltrane, 		
	que salieron tres jornadas 		
	más que todos adelante. 		
	No quiso el emperador 		
	que hubiesen de aposentare, 	 
	sino en sus reales palacios 		
	posada les mando dare. 		
	Luego empiezan su partida 		
	apriesa y no de vagare. 		
	Dale diez mil caballeros 	 
	de Francia más principales, 		
	y con otra mucha gente, 		
	gran ejército reale. 		
	El sueldo les paga junto 		
	por siete años y mase. 	 
	Ya tomadas buenas armas, 		
	caballos otro que tale, 		
	enderezan su partida, 		
	empiezan de cabalgare; 		
	cuando el buen conde Dirlos 	 
	ruega mucho al emperante 		
	que él y todos los doce 		
	se quisiesen ayuntare. 		
	Cuando todos fueron juntos 		
	en la gran sala reale, 	 
	entra el conde y la condesa, 		
	mano por mano se vane. 		
	Cuando son en medio dellos, 		
	el conde empezó de hablare: 		
	-A vos lo digo, mi tío, 	 
	el buen viejo don Beltrane, 		
	y a vos, infante Gayferos, 		
	y a mi buen primo carnale, 		
	y esto delante de todos 		
	lo quiero mucho rogare, 		
	y al muy alto Emperador, 		
	que sepa es mi voluntade, 		
	como villas y castillos 		
	y ciudades y lugares 		
	los dejo a la condesa, 	 	
	que nadie las puede quitare; 		
	mas como principal heredera 		
	en ellas pueda mandare, 		
	en vender cualquiera villa 		
	y empeñar cualquier ciudade; 	 	
	de aquello que ella hiciere 		
	todos se hayan de agradare. 		
	Si por tiempo yo no viniere, 		
	vosotros la queráis casare; 		
	el marido que ella tome 	
	mis tierras hay en ajuare. 		
	Y a vos la encomiendo, tío, 		
	en lugar de marido y padre; 		
	y a vos, mi primo Gayferos, 		
	por mi la querays honrare; 	 	
	y encomiéndola a Oliveros, 		
	y encomiéndola a Roldane, 		
	y encomiéndola a los doce, 		
	y a don Carlos el imperante. 		
	Y a todos les place mucho 	 	
	de aquello que el conde hace. 		
	Ya se parte el buen conde 		
	de París, esa ciudade; 		
	la condessa que ir lo vido 		
	jamás lo quiso dejare 	 	
	hasta orillas de la mar 		
	do se había de embarcare. 		
	Con ella va don Gayferos, 		
	con ella va don Beltrane, 		
	con ella va el esforzado 		
	Renaldos de Montalvane, 		
	sin otros muchos caballeros 		
	de Francia más principales. 		
	A tan triste despedida 		
	el uno del otro hacen, 		
	que si el conde iba triste, 		
	la condesa mucho mase. 		
	Palabras se estan diciendo 		
	que era dolor de escuchare; 		
	el conorte que se daban 		
	era continuo llorare. 		
	Con gran dolor manda el conde 		
	hacer vela y navegare. 		
	Como sin la condesa se vido 		
	navegando por la mare, 	 	
	movido de muy gran saña, 		
	movido de gran pesare, 		
	diciendo que por ningún tiempo 		
	de ella lo harán apartare, 		
	sacramento tiene hecho 		
	sobre un libro misale 		
	de jamás volver en Francia, 		
	ni en ella comer pane, 		
	ni que nunca emviará carta, 		
	porque dél no sepan parte. 		
	Siempre triste y pensativo, 		
	puesto en pensamiento grande, 		
	navegando en sus jornadas 		
	por la tempestuosa mare, 		
	llegado es a los reinos 		
	del rey moro Aliarde. 		
	Ese gran Soldán de Persia, 		
	con poderío muy grande 		
	ya les estaba aguardando 		
	a las orillas del mare. 		
	Cuando vino cerca tierra 		
	las naves mandó llegare; 		
	con vn esfuerzo esforzado 		
	los empieza de esforzare: 		
	-¡Oh esforzados caballeros! 		
	¡oh mi compaña leale! 		
	¡acuérdeseos que dejamos 		
	nuestra tierra naturale! 		
	De ellos dejamos mujeres, 		
	de ellos hijos, de ellos padres, 		
	solo para ganar honra, 		
	y no para ser cobardes. 		
	Pues, esforzaos, caballeros, 		
	esforzad en peleare; 		
	yo llevaré la delantera, 	
	y no me queráis dejare. 		
	La morisma era tanta, 		
	tierra no dejan tomare. 		
	El conde que era esforzado 		
	y discreto en peleare, 	 	
	manda toda artellería 		
	en las sus barcas posare. 		
	Con el ingenio que traía 		
	empiézales de tirare; 		
	los tiros eran tan fuertes, 	 	
	por fuerza hacen lugare. 		
	Veréys sacar los caballos, 		
	muy apriesa cabalgare; 		
	tan fuerte dan en los moros, 		
	que tierra les hacen dejare. 	 	
	En tres años que el buen conde 		
	entendió en peleare, 		
	ganados tiene los reinos 		
	del rey moro Aliarde. 		
	Con todos sus caballeros 		
	parte por iguales partes; 		
	tan grande parte da al chico, 		
	tanto le da como al grande; 		
	sólo él se retraía 		
	sin querer algo tomare. 		
	Armado de armas blancas 		
	y cuentas para rezare, 		
	¡tan triste vida hacía, 		
	que no se puede contare! 		
	El Soldán le hace tributo, 		
	y los reyes de allende el mare: 		
	de los tributos que le daban 		
	a todos hacía parte. 		
	Hace a todos mandamiento, 		
	y a los mejores jurare, 		
	ninguno sea osado 		
	hombre a Francia embiare, 		
	y al que cartas embiase 		
	luego le hará matare. 		
	Quince años el conde estuvo 		
	siempre de allende del mare, 		
	y no escribió a la condesa, 		
	ni a su tío don Beltrane, 		
	ni escribió a los doce, 		
	ni menos al emperante. 	 	
	Unos creían que era muerto, 		
	otros anegado en mare. 		
	Las barbas y los cabellos 		
	nunca los quiso afeitare, 		
	tiénelos hasta la cinta, 		
	hasta la cinta y aun mase; 		
	la cara mucho quemada 		
	del mucho sol y del aire, 		
	con el gesto demudado 		
	muy feroz y espantable. 		
	Los quince años cumplidos, 		
	deciséis querían entrare, 		
	acostárase en su cama 		
	con deseo de holgare. 		
	Pensando estaba, pensando 		
	la triste vida que hace, 		
	pensando en aquel tiempo 		
	que solía festejare, 		
	cuando justas y torneos 		
	por la condesa solía armare. 	
	Durmióse con pensamiento, 		
	y empezara de holgare, 		
	cuando hace un triste sueño 		
	para él de gran pesare. 		
	Vía estar la condesa 		
	en brazos de un infante. 		
	Salto diera de la cama 		
	con un pensamiento grande, 		
	gritando con altas voces, 		
	no cesando de hablare: 	 	
	-¡Toquen, toquen mis trompetas, 		
	mi gente manden llegare! 		
	Pensando que había moros 		
	todos llegados se hane. 		
	Desque todos son llegados, 	 	
	llorando empezó a hablare: 		
	-¡Oh esforzados caballeros! 		
	¡oh mi compaña leale! 		
	yo conozco aquel ejemplo 		
	que dicen, y es gran verdade, 	 	
	que todo hombre nacido 		
	que es de hueso y de carne, 		
	el mayor deseo que tenía 		
	es en sus tierras holgare. 		
	Ya cumplidos son quince años, 	 	
	y en deciséis quiere entrare, 		
	que somos en estos reynos 		
	y estamos en soledade. 		
	Quien tenía mujer hermosa, 		
	vieja la debe de hallare;	 	
	el que dejó hijos pequeños, 		
	hallarlos ha hombres grandes; 		
	ni el padre conocerá al hijo, 		
	ni el hijo menos al padre. 		
	Hora es ya, mis caballeros, 		
	de ir a Francia a holgare, 		
	pues llevamos harta honra 		
	y dineros mucho mase. 		
	Lleguen, lleguen naves luego, 		
	mándolas aparejare, 	 	
	capitanes ordenemos 		
	para las tierras guardare. 		
	Ya todo es aparejado, 		
	ya empiezan a navegare. 		
	Cuando todos son llegados 		
	a las orillas del mare, 		
	llorando el conde de sus ojos 		
	les empieza de hablare: 		
	-¡Oh esforzados caballeros! 		
	¡oh mi compaña leale! 	 	
	una cosa rogar vos quiero, 		
	no me la queráis negare; 		
	quien secreto me tuviere, 		
	yo le he de galardonare: 		
	que todos hagáis juramento 		
	sobre un libro misale, 		
	que en parte ninguna que sea 		
	no me hayáis de nombrare, 		
	porque con el gesto que traigo 		
	ningunos me conocerane; 		
	mas viéndome con tanta gente 		
	y ejército reale, 		
	si vos demandan quién soy 		
	no les digáis la verdade; 		
	decid que soy mensajero, 		
	que vengo de allende el mare, 		
	que voy con una embajada 		
	a don Carlos el emperante, 		
	porque es hecho un mal suyo, 		
	y quiero ver si es verdade. 		
	Con l'alegría que llevan 		
	de a Francia se tornare, 		
	todos hazen sacramento 		
	de tenerle puridade. 		
	Embárcanse muy alegres, 		
	empiezan de navegare; 		
	el tiempo tienen muy fresco 		
	que placer es de mirare. 		
	Allegados son en Francia, 		
	en sus tierras naturales. 		
	Cuando el conde se vio en tierra, 		
	empieza de caminare; 		
	no va vuelta de las cortes 		
	de Carlos el emperante, 		
	mas va vuelta de sus tierras, 	 
	las que solía mandare. 		
	Ya llegado que es a ellas, 		
	por ellas empieza de andare. 		
	Andando por su camino 		
	una villa fue a hallare; 		
	llegado se había cerca 		
	por con alguno hablare. 		
	Alzó los ojos en alto 		
	a la puerta del lugare, 		
	llorando de los sus ojos 	 	
	comenzara de hablare: 		
	-¡Oh esforzados caballeros, 		
	de mi duelo habed pesare, 		
	armas que mi padre puso 		
	mudadas las veo estare! 	 	
	O es casada la condesa, 		
	o mis tierras van a male. 		
	Allegóse a las puertas 		
	con gran enojo y pesare; 		
	miró por entre las puertas, 		
	gente de armas vido estare. 		
	Llamando está uno dellos, 		
	el más viejo en antiguedade; 		
	de la mano él lo toma 		
	y empiézale de hablare: 	 	
	-Por Dios te ruego, el portero, 		
	me digas una verdade: 		
	¿de quién son aquestas tierras?, 		
	¿quién las solía mandare? 		
	-Pláceme, dijo el portero, 	 	
	de deciros la verdade; 		
	ellas eran del conde Dirlos, 		
	señor de aqueste lugare, 		
	agora son de Celinos, 		
	de Celinos el infante. 	 	
	El conde desque esto oyera 		
	vuelto se le ha la sangre; 		
	con una voz demudada 		
	otra vez le fue a hablare: 		
	-Por Dios te ruego, hermano, 	 	
	no te quieras enojare, 		
	que esto que agora me dices 		
	tiempo habrá que te lo pagare. 		
	¿Dime si las heredo Celinos, 		
	o si las fue a mercare? 	
	¿o si en el juego de dados 		
	él las fuera a ganare, 		
	¿o si las tiene por fuerza, 		
	que no las quiere tornare? 		
	El portero que esto oyera, 	 	
	presto le fue a hablare: 		
	-No las heredó, señor, 		
	que no le vienen de linaje, 		
	que hermanos tiene el conde, 		
	aunque se querían male, 	 	
	y sobrinos tiene muchos 		
	que las podían heredare; 		
	ni menos las ha mercado, 		
	que no las basta a pagare, 		
	que Irlos es grande ciudade, 	 	
	y ha muchas villas y lugares. 		
	Cartas hizo contrahechas, 		
	de que al conde muerto le hane, 		
	por casar con la condesa, 		
	que era rica y de linaje, 	 	
	y aun ella no se casara 		
	cierto a su voluntade, 		
	sino por fuerza de Oliveros, 		
	y a porfía de Roldane, 		
	y a ruego de Carlo Magno, 	 	
	de Francia rey emperante, 		
	por casar bien a Celinos 		
	y ponerle en buen lugare. 		
	Mas el casamiento han hecho 		
	con una condición tale, 	 	
	que no allegase a la condesa, 		
	ni a ella haya de llegare, 		
	mas por él se desposara 		
	ese paladín Roldane. 		
	Ricas fiestas se hicieron 		
	en Irlos esa ciudade; 		
	gastos, galas y torneos 		
	muchos, de los doce Pares. 		
	El conde desque esto oyera, 		
	vuelto se le ha la sangre; 		
	por mucho que disimula 		
	no cesa de sospirare, 		
	diciéndole esto: -Hermano, 		
	no te enojes de contare: 		
	¿quién fue en aquestas bodas, 	 	
	y quién no quiso estare? 		
	-Señor, en ellos fue Oliveros 		
	y el emperador y Roldane; 		
	fue Belardos y Montesinos 		
	y el gran conde don Grimalde 	 	
	y otros muchos caballeros 		
	de los de los doce Pares. 		
	Pesole mucho a Gayferos, 		
	pesó mucho a don Beltrane, 		
	y más pesó a don Galbán 	 	
	y al fuerte Meriane. 		
	Ya que eran desposados, 		
	misa les querían dare, 		
	allego un falconero 		
	a Carlos el emperante, 	 	
	que venía de aquellas tierras 		
	de allá de allende el mare; 		
	y dijo que el conde era vivo, 		
	y que traía señale. 		
	Plugo mucho a la condesa, 	 	
	pesole mucho al infante, 		
	porque en las grandes fiestas 		
	hubo grande desbarate. 		
	Alla traen grandes pleitos 		
	en cortes del emperante, 		
	por lo cual es vuelta Francia 		
	y todos los doce Pares. 		
	Ella dice que un año de tiempo 		
	pidió antes de desposare, 		
	por emviar mensajeros 	 	
	muchos allende la mare; 		
	y que si el conde era ya muerto, 		
	el casamiento fuese adelante; 		
	si era vivo, bien se sabía 		
	que ella no podía casare. 	
	Por ella responde Gayferos, 		
	Gayferos y don Beltrane; 		
	por Celinos era Oliveros, 		
	Oliveros y Roldane. 		
	Creemos que es dada sentencia, 	
	o que se quería ahora dare, 		
	por que ayer hubimos cartas 		
	de Carlos el emperante, 		
	que quitemos estas armas, 		
	pongamos las naturales, 	 	
	y que guardemos las tierras 		
	por el conde don Beltrane; 		
	que ninguno de Celinos 		
	en ellas no pueda entrare. 		
	El conde desque esto oyera, 	
	movido de gran pesare, 		
	vuelve riendas al caballo, 		
	en el lugar no quiso entrare. 		
	Mas allá en un verde prado 		
	su gente mandó llegare; 	 	
	con una voz muy humilde 		
	les empieza de hablare: 		
	-¡Oh esforzados caballeros!, 		
	¡oh mi compaña leale! 		
	el consejo que os pidiere 	 	
	bueno me lo queráis dare: 		
	¿Si me consejáis que vaya 		
	a las cortes del emperante? 		
	¿o que mate a Celinos, 		
	a Celinos el infante? 		
	¿Volveremos en allende 		
	do podremos bien estare? 		
	Caballeros que esto oyeron 		
	presto tal respuesta hazen: 		
	-¡Calledes, conde, calledes!, 	 	
	¡conde, no digáis vos tale! 		
	No miréis a vuestra gana, 		
	mas mirad a don Beltrane 		
	y esos buenos caballeros 		
	que tanta honra vos hacen. 		
	Si vos matáis a Celinos, 		
	dirán que fuísteis cobarde; 		
	idos, idos a las cortes 		
	de Carlos el emperante. 		
	Conoceréis quien bien os quiere 	 	
	y quien os quería male. 		
	Por bueno que es Celinos, 		
	vos sois de tam buen linaje, 		
	y tenéis dos tantas tierras 		
	y dineros que gastare. 	 	
	Nosotros vos prometemos 		
	con sacramento leale, 		
	somos diez mil caballeros 		
	y franceses naturales, 		
	que por vos perder la vida 		
	y cuanto tenemos gastare, 		
	quitando al Emperador, 		
	contra cualquier otro grande. 		
	El conde desque esto oyera, 		
	respuesta ninguna hace; 	 	
	da de espuelas al caballo, 		
	va por el camino adelante; 		
	la vuelta va de París 		
	como aquel que bien la sabe. 		
	Cuando fue a una jornada 	 
	de las cortes del emperante, 		
	otra vez llega a los suyos 		
	y les empieza de hablare: 		
	-¡Esforzados caballeros!, 		
	una cosa os quiero rogare; 	 	
	siempre tomé vuestro consejo, 		
	el mío queráis tomare; 		
	porque si entro en París 		
	con ejército reale, 		
	saldra por mí el Emperador 	 	
	con todos los principales. 		
	Si no me conoce de vista, 		
	conocerme ha en el hablare, 		
	y así no sabré de cierto 		
	todo mi bien y mi male. 	 	
	El que no tiene dineros, 		
	yo le daré que gastare; 		
	los unos vuelvan a caza, 		
	los otros pasen delante, 		
	los otros en derredor 	 	
	pasad en villas y lugares; 		
	yo solo con cient caballeros 		
	entráreme en la ciudade 		
	de noche y escurecido, 		
	que nadie sepa mi parte. 	 	
	Vosotros en ocho días 		
	podéis poco a poco entrare; 		
	hallaréime en los palacios 		
	de mi tío don Beltrane; 		
	aparejandoos posada 		
	y dineros que gastare. 		
	Todos fueron muy contentos, 		
	pues al conde así le place. 		
	La noche era escurecida 		
	cerca diez horas o mase, 	
	cuando entró el conde Dirlos 		
	en París esa ciudade. 		
	Derecho va a los palacios 		
	de su tío don Beltrane; 		
	pero cuando atravesaban 	 
	por medio de la ciudade, 		
	vido asomar tantas hachas, 		
	gente de armas mucho mase; 		
	por do él pasar había, 		
	por allí van a pasare. 	 	
	El conde, cuando los vido, 		
	los suyos manda apartare; 		
	desque todos son pasados, 		
	el postrero fue a llamare: 		
	-Por Dios te ruego, escuder, 		
	me digas una verdade: 		
	¿Quién son esa gente de armas 		
	que agora van por ciudade? 		
	El escudero que esto oyera 		
	tal respuesta le fue a dare: 	 
	-Señor, la condesa Dirlos 		
	viene del palacio reale 		
	sobre un pleito que traía 		
	con Oliveros y Roldane. 		
	Los que la llevan en medio 	 
	son Roldán y don Beltrane; 		
	aquellos que van postreros, 		
	donde tantas lumbres vane, 		
	son el infante Gayferos 		
	y el fuerte Meriane. 	 	
	El conde de que esto oyera 		
	de la ciudad él se sale. 		
	Debajo de una espesura 		
	para cabe los adarves, 		
	diciendo está a los suyos: 		
	-No es hora de entrare, 		
	que de que sean apeados 		
	tornarán a cabalgare. 		
	Yo quiero entrar en hora 		
	que de mí no sepan parte. 	 	
	Allí están razonando 		
	de armas y de hechos grandes 		
	hasta que era media noche, 		
	los gallos querían cantare, 		
	velven rienda a los caballos, 	 	
	y entran en la ciudade. 		
	Vuelta van de los palacios 		
	del buen conde don Beltrane; 		
	antes de llegar a ellos 		
	de dos calles y aún mase, 	 	
	tantas cadenas hay puestas 		
	que ellos no pueden pasare. 		
	Lanzas les ponen a los pechos, 		
	no cesando de hablare: 		
	-¡Vuelta, vuelta, caballeros, 		
	que por aquí no hay pasaje!, 		
	que aquí están los palacios 		
	del buen conde don Beltrane, 		
	enemigo de Oliveros, 		
	enemigo de Roldane, 		
	enemigo de Belardos 		
	y de Celinos el infante. 		
	El conde, desque esto oyera, 		
	presto tal respuesta hace: 		
	-Ruégote, el caballero, 	 	
	que me quieras escuchare. 		
	Anda, ve, y dile luego 		
	a tu señor don Beltrane, 		
	que aquí esta un mensajero 		
	que viene de allende el mare. 		
	Cartas traigo del conde Dirlos, 		
	su buen sobrino carnale. 		
	El caballero con placer 		
	empieza de aguijare; 		
	presto las nuevas le daba 		
	al buen conde don Beltrane, 		
	el cual ya se acostaba 		
	en su cámara reale. 		
	Desque tal nueva oyera, 		
	tornose a vestir y calzare. 		
	Caballeros al derredor 		
	trescientos trae por guardarle; 		
	hachas muchas encendidas 		
	al patín hizo bajare; 		
	mandó que al mensajero 		
	solo le dejen entrare. 		
	Cando fue en el patín 		
	con la mucha claridade 		
	mirándole está, mirando, 		
	viéndole como salvaje. 	 
	Como el que está espantado 		
	a él no se osa llegare; 		
	bajito el conde le habla, 		
	dándole muchas señales. 		
	Conociole don Beltrán 	 	
	entonces en el hablare, 		
	y con los brazos abiertos 		
	corre para abrazarle; 		
	diciéndole está: -¡Sobrino! 		
	Sin cesar de sospirare; 		
	el Conde le está rogando 		
	que nadie de él sepa parte. 		
	Envían presto a las plazas, 		
	carnecerías otro que tale, 		
	para mercarles de cena, 		
	la cual mándales aparejare. 		
	Manda que a sus caballeros 		
	todos los dejen entrare; 		
	que les tomen los caballos 		
	y los hagan bien pensare. 		
	Abren muy grandes estudios, 		
	mándanlos aposentare. 		
	Allí entra el conde y los suyos, 		
	ningún otro dejan entrare, 		
	porque no conozcan al conde 		
	ni del supiesen parte. 		
	Ver heis todos del palacio 		
	unos con otros hablare, 		
	si es este el conde Dirlos, 		
	o quien otro puede estare, 	 	
	según el recibimiento 		
	le ha hecho don Beltrane. 		
	Oídolo ha la condesa 		
	a las vozes que dan grandes; 		
	mandó llamar sus doncellas 	
	y encomienza de hablare: 		
	-¿Qué es aquesto, mis doncellas, 		
	no me lo querráis negare, 		
	que esta noche tanta gente 		
	por el palacio siento andare? 	 	
	Decidme, ¿dó es el señor, 		
	el mi tío don Beltrane?, 		
	¿si quizá dentro en mis tierras 		
	Roldan ha hecho algún male? 		
	Las doncellas que lo oyeran 	 	
	atal respuesta le hacen: 		
	-Lo que vos sentís, señora, 		
	no son nuevas de pesare, 		
	es venido un caballero 		
	así propio como salvaje; 		
	muchos caballeros con él, 		
	¡gran acatamiento le hacen! 		
	¡muy rica cena le guisa 		
	el buen conde don Beltrane! 		
	Unos dicen que es mensajero 		
	que viene de allende el mare, 		
	otros que es el conde Dirlos, 		
	nuestro señor naturale. 		
	Alla se ha encerrado, 		
	que nadie no puede entrare; 		
	según ven el aparejo 		
	creen todos que es verdade. 		
	La condesa, que esto oyera, 		
	de la cama fue a saltare; 		
	apriesa demanda el vestido, 		
	apriesa demanda el calzare, 		
	muchas damas y donzellas 		
	empiezan de aguijare. 		
	A las puertas de los estudios 		
	grandes golpes manda dare, 		
	llamando a don Beltrane, 		
	que dentro la manda entrare; 		
	no quería el conde Dirlos 		
	que la dejasen entrare. 		
	Don Beltran salió a la puerta 	 	
	no cesando de hablare: 		
	-¿Qué es esto, señora prima? 		
	no tengáis priesa tan grande, 		
	que aún no sé bien las nuevas 		
	que el mensajero me trae, 	 	
	porque es de tierras ajenas 		
	y no le entiendo el lenguaje. 		
	Mas la condesa por esto 		
	no quiere sino entrare; 		
	que mensajero de su marido 	 	
	ella lo quiere honrrare. 		
	De la mano la entraba 		
	ese conde don Beltrane; 		
	desque ella es de dentro, 		
	al mensajero empieza a mirare; 	 	
	mas él mirarla no osaba, 		
	y no cesa de sospirare; 		
	y meneando la cabeza 		
	los cabellos ponía a la face. 		
	Desque la condesa viera 	 	
	todos callar y no hablare, 		
	con una voz muy humilde 		
	empieza de razonare: 		
	-¡Por Dios vos ruego, mi tío, 		
	por Dios vos quiero rogare, 	 	
	pues que este mensajero 		
	viene de tan luengas partes, 		
	que si no terná dineros, 		
	ni tuviere que gastare, 		
	decid si nada le falta, 	 	
	no cese de demandare! 		
	Pagarle hemos su gente, 		
	darle hemos que gastare; 		
	pues viene por mi señor, 		
	yo no le puedo faltare 		
	a él y a todos los suyos, 		
	aunque fuesen muchos mase. 		
	Estas palabras hablando 		
	no cesaba de llorare. 		
	Mancilla hubo su marido 	 	
	con amor que tiene grande; 		
	pensando de consolarla 		
	acordó de la abrazare, 		
	y con los brazos abiertos 		
	iba para la tomare. 		
	La condesa espantada 		
	púsose tras don Beltrane; 		
	el conde con grandes sospiros 		
	comenzole de hablare: 		
	-¡No huyades, la condesa, 	 	
	ni os queráis espantare, 		
	que yo soy el conde Dirlos, 		
	vuestro marido carnale! 		
	Estos son aquellos brazos 		
	en que solíades holgare. 		
	Con las manos se aparta 		
	los cabellos de la haze; 		
	conociolo la condesa 		
	entonces en el hablare; 		
	en sus brazos ella se echa, 		
	no cesando de llorare: 		
	-¿Qué es aquesto, mi señor? 		
	¿quién os hizo ser salvaje? 		
	¡No, no es este aquel gesto 		
	que vos teníades antes! 		
	Quiten os aquestas armas, 		
	otras luego os quieran dare; 		
	traigan de aquellos vestidos 		
	que solíades llevare. 		
	Ya les paraban las mesas, 		
	ya les daban a cenare, 		
	cuando empezó la condesa 		
	a decir esto y a hablare: 		
	-¡Cierto parece, señor, 		
	que lo hacemos muy male, 	 	
	que el conde está ya en sus tierras 		
	y en la su heredade, 		
	que no avisemos a aquellos 		
	que su honra quieren mirare! 		
	No lo digo aún por Gayferos, 	 	
	ni por su hermano Meriane, 		
	sino por el esforzado 		
	Renaldo de Montalvane. 		
	¡Bien sabedes, señor tío, 		
	cuánto se quiso mostrare. 	 	
	siendo siempre con nosotros 		
	contra el paladín Roldane! 		
	Llaman luego dos caballeros 		
	de aquellos más principales, 		
	el uno emvían a Gayferos, 	 	
	otro a Renaldos de Montalvane. 		
	Apriesa viene Gayferos, 		
	apriesa y no de vagare; 		
	desque vido la condesa 		
	en brazos de aquel salvaje, 	 
	a ellos él se allega, 		
	y empezoles de hablare. 		
	Desque el conde lo vido, 		
	levantose abrazarle: 		
	desque se han conocido, 	 	
	grande acatamiento se hacen. 		
	Ya puestas eran las mesas, 		
	ya le daban a cenare; 		
	la condesa lo servía 		
	y estaba siempre delante, 	 	
	en esto llegó Renaldos, 		
	Renaldos de Montalvane, 		
	y desque el conde lo vido, 		
	hubo un placer muy grande. 		
	Con una boz amorosa 		
	le empezara de hablare: 		
	-¡Oh esforzado conde Dirlos, 		
	de vuestra venida me place! 		
	Aunque agora vuestros pleitos 		
	mejor se podrán librare; 		
	más si yo fuera creído, 		
	fueran fechos antes de vos llegare; 		
	o me halláredes a vivo, 		
	o al paladín don Roldane. 		
	El conde desque esto oyera 		
	grandes mercedes le hace, 		
	diciendo: -Juramento ha hecho 		
	sobre un libro misale 		
	de jamás quitar las armas, 		
	ni con la condesa holgare, 		
	hasta que haya cumplido 		
	toda la su voluntade. 		
	El concierto que ellos tienen 		
	por mejor y naturale, 		
	era que en el otro día, 		
	se presente al emperante, 		
	el conde vaya a palacio 		
	por la mano le besare. 		
	Toda la noche pasaron 		
	descansando, en hablare; 		
	y cuando vino el otro día, 		
	a la hora de yantare, 		
	cabalgara el conde Dirlos, 		
	muy leales armas trae, 		
	y encima un collar de oro 		
	y una ropa rozagante, 		
	solo con cient caballeros, 		
	que no quiere llevar mase, 		
	a la izquierda va Gayferos, 		
	a la derecha don Beltrane. 		
	Y viénense a los palacios 		
	de Carlos el emperante; 		
	cuantos grandes allí hallan, 		
	acatamiento le hacen 		
	por honra de don Gayferos, 	 	
	que era suya la ciudade. 		
	Cuando son en la gran sala, 		
	hallan allí al emperante 		
	asentado a la su mesa, 		
	que le daban a yantare. 	 	
	Con él está Oliveros, 		
	con él está don Roldane, 		
	con el está Valdovinos 		
	y Celinos el infante, 		
	con él están muchos grandes 		
	de Francia la naturale. 		
	En entrando por la sala 		
	grande reverencia hacen, 		
	Y al Emperador saludan 		
	los tres juntos a la pare. 	 	
	Desque don Roldane los vido, 		
	presto se fue a levantare; 		
	apriesa demanda Celinos 		
	no cesando de hablare: 		
	-Cabalgad presto, Celinos, 		
	no estéis más en la ciudade, 		
	que quiero perder la vida, 		
	si bien miráis las señales, 		
	si aquel no es el conde Dirlos, 		
	que viene como salvaje; 		
	yo quedare por vos, primo, 		
	a lo que querrán demandare. 		
	Ya cabalgaba Celinos, 		
	y sale de la ciudade; 		
	con el va gran gente de armas 		
	por haberlo de guardare. 		
	El conde y don Gayferos 		
	lléganse al emperante, 		
	la mano besar le quiere 		
	y él no se la quiere dare; 		
	mas está maravillado, 		
	diciendo: -¿Quién podrá estare? 		
	El conde, que así lo vido, 		
	empezole de hablare: 		
	-No se maraville vuestra alteza, 	 	
	que no es de maravillare, 		
	que quien dijo que era muerto, 		
	mentira dijo y no verdade. 		
	Señor, yo soy el conde Dirlos, 		
	vuestro servidor leale; 		
	mas los malos caballeros 		
	siempre presumen el male. 		
	Conocídole han todos 		
	entonces en el hablare. 		
	Levantose el Emperador 	 	
	y empezó de abrazarle, 		
	y mandó salir a todos 		
	y las puertas bien cerrare. 		
	Solo queda Oliveros 		
	y el paladín Roldane, 	 	
	el conde Dirlos y Gayferos, 		
	y el buen viejo don Beltrane. 		
	Asentose el Emperador 		
	y a todos manda posare; 		
	entonces con voz humilde 	 	
	les empezó de hablare: 		
	-Esforzado conde Dirlos, 		
	de vuestra venida me place, 		
	aunque de vuestro enojo 		
	no es de tener pesare, 	 	
	porque no hay cargo ninguno, 		
	ni verguenza otro que tale, 		
	que si casó la condesa, 		
	no cierto a su voluntade, 		
	sino a porfía mía 		
	y a ruegos de don Roldane, 		
	y con tantas condiciones 		
	que sería largo de contare; 		
	por do siempre ha mostrado 		
	teneros amor muy grande. 		
	Si ha errado Celinos, 		
	hízolo con mocedade, 		
	en escrebir que érades muerto, 		
	pues que no era verdade. 		
	Mas por eso nunca quise 	 
	a ella dejar tocare, 		
	ni menos a los desposorios 		
	a el no dejé estare; 		
	mas por él fue presentado 		
	ese paladín Roldane. 		
	Mas la culpa, conde, es vuestra, 		
	y a vos os la devéis dare: 		
	para ser vos tan discreto, 		
	esforzado y de linaje, 		
	dejastes mujer hermosa, 		
	moza de poca edade; 		
	y de vista no la visitaste, 		
	de cartas la debíades visitare. 		
	Si supiera que a la partida 		
	llebábades tal pesare, 	 	
	no os enviara yo, el conde, 		
	que otros pudiera emviare; 		
	mas por ser buen caballero 		
	sólo a vos quise emviare. 		
	El conde de que esto oyera, 		
	atal respuesta le hace: 		
	-¡Calle, calle vuestra alteza!, 		
	¡buen señor, no diga tale!, 		
	que no cabe quejar de Celinos 		
	por ser de tan poca edade; 	 	
	que con tales caballeros 		
	yo no me costumbro honrare. 		
	Por él está aquí Oliveros, 		
	por él está don Roldane, 		
	que son buenos caballeros 	
	y los tengo yo por tales. 		
	¡Consentir ellos tal carta! 		
	¡consentir tan gran maldade! 		
	¡o me tenían en poco, 		
	o me tienen por cobarde, 		
	que sabiendo que era vivo 		
	no se lo osaría demandare! 		
	Por eso suplico a vuestra alteza 		
	campo me quiera otorgare; 		
	pues por él, pleito tomaban, 		
	pueden el campo aceptare, 		
	si quieren uno por uno, 		
	o amos juntos a la pare; 		
	no perjudicando a los míos, 		
	aunque hay hartos de linaje, 	 	
	que a esto y mucho más que esto 		
	recaudo bastan a dare. 		
	Por que conozcan que sin parientes, 		
	amigos no me han de faltare, 		
	tomaré al esforzado 	 	
	Renaldos de Montalvane. 		
	Don Roldán que esto oyera 		
	con gran enojo y pesare, 		
	no por lo que el conde dijo, 		
	que con razón lo veía estare, 		
	mas en nombrarle Reynaldos, 		
	vuelto se le ha la sangre, 		
	porque los que mal le quieren, 		
	cuando le quieren facer pesare, 		
	luego le dan por los ojos 	 	
	Renaldos de Montalvane. 		
	Movido de muy gran saña, 		
	luego habló así don Roldane: 		
	-Soy contento, el conde Dirlos, 		
	y tomad este mi guante, 	 	
	y agradeced que sois venido 		
	tan presto sin más tardare, 		
	que a pesar de quien pesara 		
	yo los hiciera casare, 		
	sacando a don Gayferos, 	 
	sobrino del emperante. 		
	-Calledes, dijo Gayferos, 		
	Roldán, no digáis tale; 		
	por ser soberbio y descortés 		
	mal vos quieren los doce Pares, 		
	que otros tan buenos como vos 		
	defienden la otra parte, 		
	y yo faltar no les puedo, 		
	ni dejar pasar lo tale. 		
	Aunque mi primo es Celinos, 		
	hijo de hermana de madre, 		
	bien sabéis que el conde Dirlos 		
	es hijo de hermano de padre; 		
	y por ser de padre hermano, 		
	no le tengo de faltare, 	 	
	ni porque no pase la vuestra, 		
	que a todos vantaja queréis llevare. 		
	Toma el guante el conde Dirlos 		
	y de la sala se sale, 		
	tras él guía Gayferos, 		
	y tras él va don Beltrane. 		
	Triste está el Emperador, 		
	haciendo llantos muy grandes, 		
	viendo a Francia revuelta 		
	y a todos los doce Pares. 		
	Desque Renaldos lo supo, 		
	hubo dello placer grande; 		
	decía al conde palabras, 		
	mostrándole voluntade: 		
	-Esforçado conde Dirlos, 	 	
	lo que habéis hecho me place, 		
	y muy mucho más del campo 		
	contra Oliveros y Roldane. 		
	Una cosa rogar quiero, 		
	no me la queráis negare; 	 	
	pues no es principal Oliveros, 		
	ni menos es don Roldane, 		
	sin perjudicar vuestra honra 		
	con cualquier podéis peleare; 		
	tomad vos a Oliveros 	 	
	y dejadme a don Roldane. 		
	-Pláceme, dijo el conde, 		
	Renaldos, pues a vos place. 		
	Desque supieron las nuevas 		
	los grandes y principales 	 	
	que es venido el conde Dirlos 		
	y que está ya en la ciudade, 		
	veréis parientes y amigos 		
	que grandes fiestas le hacen. 		
	Los que a Roldán mal quieren, 	 	
	al conde Dirlos hacen parte, 		
	por lo cual toda la Francia 		
	en armas veréis estare. 		
	Mas si los doce quisieran, 		
	bien los podían paciguare; 	 	
	mas ninguno por paz se pone, 		
	todos hacen parcialidade, 		
	sino el arzobispo Turpín, 		
	que es de Francia cardenale; 		
	sobrino del Emperador, 		
	en esfuezço principale, 		
	que sólo aquel se ponía 		
	si los podía apaciguare; 		
	mas ellos escuchar no quieren, 		
	tanto se han mala voluntade. 		
	Veréis ir dueñas, donzellas 		
	a unos y a otros rogare; 		
	ni por ruegos ni por cosas 		
	no los pueden apaciguare. 		
	muestra má saña que todos 		
	el esforzado Meriane, 		
	hermano del conde Dirlos 		
	y hermano de Durandarte, 		
	aunque por diferencias 		
	no se solían hablare, 	 	
	de que sabe lo que ha dicho 		
	en el palacio reale 		
	que si el conde más tardara 		
	el casamiento hiciera pasare 		
	a pesar de todos ellos 	 	
	y a pesar de don Beltrane. 		
	Por esto cartas envía 		
	con palabras de pesare, 		
	que aquello que él ha dicho 		
	no le basta hacer verdade, 	 	
	que aunque el conde no viniera 		
	había quien lo demandare. 		
	El Emperador que lo supo, 		
	muy grandes llantos hace; 		
	por perdida dan a Francia 		
	y a toda la cristiandade; 		
	dicen que alguna de las partes 		
	con moros se irá ayuntare. 		
	Triste iba y pensativo, 		
	no cesando el sospirare, 		
	mas los buenos consejeros 		
	aprovechan a la necesidade. 		
	Consejan al Emperador 		
	para remedio tomare, 		
	mande tocar las trompetas 		
	y a todos mande juntare, 		
	y al que luego no viniere, 		
	por traidor lo mande dare; 		
	que le quitará las tierras 		
	y mandará desterrare. 	 	
	Mas todos son muy leales, 		
	todos juntados se hane. 		
	El Emperador en medio dellos, 		
	llorando, empezó de hablare: 		
	-¡Esforzados caballeros! 		
	¡oh primos míos carnales! 		
	Entre vosotros no hay diferencia, 		
	vosotros las queréis buscare 		
	todos sois muy esforzados, 		
	todos primos, de linaje; 	 	
	acuérdeseos de morire 		
	y que a Dios hacéis pesare, 		
	no sólo en perder a vosotros, 		
	mas a toda la cristiandade. 		
	rogar os quiero una cosa,	 	
	y no os queráis enojare; 		
	que sin mis leyes de Francia, 		
	campo no se puede dare. 		
	De tal campo no soy contento, 		
	ni a mi cierto me place, 		
	porque yo no veo causa 		
	porque lo haya de dare, 		
	ni hay verguenza ni injuria 		
	que a ninguno se pueda dare, 		
	ni al conde han enojado 		
	Oliveros ni Roldane, 		
	ni el conde a ellos menos 		
	porque se hayan de matare, 		
	de ayudar a sus amigos 		
	ya es la usanza tale. 	 	
	Si Celinos ha errado 		
	con amor y mocedade, 		
	no ha tocado a la condesa, 		
	no ha hecho tanto male 		
	que dello merezca muerte, 	
	ni se la deben de dare. 		
	Ya sabemos que el conde Dirlos 		
	es esforzado y de linaje, 		
	y de los grandes señores 		
	que en Francia comen pane, 		
	que quien enojara a él 		
	él le basta a enojare, 		
	aunque fuese el mejor caballero 		
	que en el mundo se hallare. 		
	Mas porque sea escarmiento 	 	
	a otros hombres de linaje, 		
	que ninguno sea osado, 		
	ni pueda hacer otro tale, 		
	si estimara su honrr 		
	en esto no osara entrare, 	 	
	que mengüemos a Celinos 		
	por villano y no de linaje, 		
	que en el número de los doce 		
	no se haya de contare, 		
	ni cuando el conde fuere en cortes 	
	Celinos no pueda estare, 		
	ni do fuere la condesa 		
	el no pueda habitare. 		
	Y esta honra, el conde Dirlos, 		
	para siempre os la darane. 	 	
	Don Roldán cuando esto oyera, 		
	presto tal respuesta hace: 		
	-Mas quiero perder la vida, 		
	que tal haya de pasare. 		
	El conde Dirlos que lo oyera, 	 	
	presto se fue a levantare, 		
	y con una voz muy alta 		
	empezara de fablare: 		
	-Pues requiéroos, don Roldán, 		
	por mí y el de Montalvane, 	 	
	que de hoy en los tres días 		
	en campo hayáis de estare; 		
	si no, a vos y a Oliveros, 		
	dar os hemos por cobardes. 		
	-Pláceme, dijo Roldán, 	 	
	y aun si quisiéredes antes. 		
	Veréis llantos en palacio 		
	que al cielo quieren llegare, 		
	dueñas y grandes señoras, 		
	casadas y por casare, 	 	
	a pies de maridos e hijos 		
	las veréis arrodillare. 		
	Gayferos fue el primero 		
	que a mancilla de su madre, 		
	asimesmo don Beltrán 		
	de su hermana carnale, 		
	don Roldán de la su esposa, 		
	que tan tristes llantos hace. 		
	Tíranse entonces todos, 		
	y vanse a aposentare, 	 	
	los valedores hablando 		
	a voz alta y sin parare: 		
	-Mejor es, buenos caballeros, 		
	a todos apaciguare; 		
	pues no hay cargo ninguno, 	 	
	que todo se haya de dejare. 		
	Entonces dijo Roldán 		
	que es contento y que le place, 		
	con aquesta condición, 		
	y esto se quiere otorgare: 		
	que Celinos es mochacho 		
	de quince años y no mase, 		
	y no es para las armas 		
	ni aun para peleare, 		
	que hasta veinte y cinco años, 	 	
	y hasta en aquella edade, 		
	que en número de los doce 		
	no se haya de contare, 		
	ni en la mesa redonda 		
	menos pueda comer pane, 	 
	do fuere el conde y la condesa 		
	Celinos no pueda estare; 		
	cuando fuere de veinte años 		
	o puesto en mejor edade, 		
	si estimare la su honra, 		
	que lo pueda demandare, 		
	y que entonces por las armas 		
	todos defiendan su parte, 		
	porque no diga Celinos 		
	que era de menor edade. 	 	
	Todos fueron muy contentos, 		
	y a ambas partes les place. 		
	Entonces el Emperador 		
	a todos los hace abrazare; 		
	todos quedan muy contentos, 		
	todos quedan muy iguales. 		
	Otro día el Emperador 		
	muy real sala les hace; 		
	a damas y caballeros 		
	convídalos a yantare. 	 
	El conde se afeita las barbas, 		
	los cabellos otro que tale, 		
	la condesa en las fiestas 		
	sale muy rica y triunfante. 		
	Los mestresalas que servían 		
	de parte del emperante, 		
	el uno es don Roldán, 		
	y el otro el de Montalvane, 		
	por dar más avinenteza 		
	que hubiesen de hablare. 	
	Cuando hubieron yantado, 		
	antes de bailar ni danzare, 		
	se levantó el conde Dirlos 		
	delante todos los grandes, 		
	y al Emperador entregó 	 	
	de las villas y lugares 		
	las llaves y lo ganado 		
	del rey moro Aliarde; 		
	por lo cual el Emperador 		
	dello le da muy gran parte, 	 
	y él a sus caballeros 		
	grandes mercedes les hace. 		
	Los doce tenían en mucho 		
	la gran victoria que trae. 		
	De allí quedo con gran honrra 	 	
	y mayor prosperidade.