El don de la palabra :4

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El don de la palabra - Ramón Campos


Capítulo IV. Resolución de algunas cuestiones en orden a las lenguas


Por lo expuesto en los capítulos anteriores está bien claro que las lenguas tienen varios periodos en su formación, y que para hacerse bien cargo de su teórica, es menester considerarlas no en un periodo solo, sino en todos sus periodos; y la razón común de tal y tal cosa es más natural, no señalando periodo, es una razón muy vaga.

Quien infiriese lo mismo de la conducta del hombre por las propiedades de la vejez o de la infancia, éste tal echaba una cuenta muy errada. Cada edad tiene sus propiedades particulares; y lo que dice con la una, no cuadra con la otra.

Pues ningún escritor discurre en orden a las lenguas.

Los unos se lamentan de la pérdida de las declinaciones primordiales; los otros fatigan con sus reglas quiméricas en orden a la propiedad o impropiedad de las colocaciones, y todos a la par gritan contra las lenguas modernas, hasta formar proyectos para resucitar aquéllas que mató la naturaleza porque se les cumplió su término: semejantes en cierto modo a los vivientes, tanto animales como vegetales, cuyos despojos volviendo a entrar en su primer origen, contribuyen al mandamiento de este mundo y a su mejora progresiva.

El principio establecido de la naturaleza de la abstracción, quita del medio todos los clamores y cuestiones gramaticales.

1. Si se comparan las lenguas muertas con las vivas, tan claro como es que aquéllas se aventajan por la energía, lo es también que estas se aventajan por lo reflexivas. Las lenguas muertas partiendo menos el pensamiento, remedan más la naturaleza y se acercan a la pintura: las lenguas modernas, partiendo del pensamiento, desmenuzan las ideas y se acercan a la escritura. Las lenguas muertas son lenguas para poetas y para errores: las lenguas modernas son lenguas para filósofos. De nacer pues en un periodo de las lenguas a nacer en otro, va mucha diferencia para el entendimiento humano. Ni es fácil señalar límite al desmenuzamiento de las lenguas.

Cierto es que las lenguas modernas sujetan el pensamiento más que las antiguas. Pero esta misma sujeción es un método para el pensamiento, bien así como el carro de los niños para que no se caigan. Las frecuentes pausas y llamadas a que las lenguas modernas sujetan el pensamiento, son otros tantos como focos que lo atraen, y lo hacen volver en sí, como el que va por un camino, y temeroso de perderlo, vuelve de cuando en cuando la cabeza atrás: pudiéndose decir que las lenguas modernas, al mismo tiempo que desmenuzan más el pensamiento, lo concentran a intervalos más cortos que las lenguas antiguas, ganando el pensamiento por lo desmenuzado y por lo recogido de su atención.

La falta de este método se conoce bien en todos los escritos de la antigüedad. Por no hablar de la inconstancia de las construcciones ni de la dificultad de encontrar a veces el verbo, apenas tenían ninguna regla sino el oído. Las lenguas modernas siguen en esto la regla de la filosofía. No permiten las trasposiciones por el mero hecho de no oscurecer o de sonar bien. Estas expresiones claras los buenos de Aníbal soldados, los ciento que dio pasos son ridículas en castellano por trabucar el orden que la lengua castellana señala al pensamiento. ¿Qué serían pues aquellas trasposiciones violentísimas de Horacio?

Lo mismo puede repararse en la composición de las palabras. Disuena tanto mutilar dos palabras para casarlas y ahorrarse una sílaba, como en una fila de soldados cortarles un hombro para que arrimasen más los cuerpos y espesar la fila. Aquel zurcido de palabras griegas no liga con el carácter desmenuzador de las lenguas modernas. ¡Cuánto más vale decir interpreta-sueños, que no soñinterprete u oneiricriticón!

Las lenguas antiguas se aventajan a las mestizas, en que guardando la etiología, es más fácil y claro el plan de su formación. Pero también las lenguas mestizas tienen más número de raíces; y si son menos abundantes en la escritura, son más abundantes en su basa, propendiendo hacia el extremo de dar un nombre diferente a cada cosa.

En lo que no puede negarse se aventajan las lenguas primitivas, es en la homogeneidad o similaridad de los sonidos, pues las lenguas mestizas se llenan de sonidos heterogéneos, como por ejemplo, las sílabas trans, ic, ec, oc, ub, etc., que introdujo el latín en el castellano. Sin embargo no es tanto el inconveniente, porque en fuerza del oído, primeramente el vulgo y luego la gente culta asimila los sonidos heterogéneos.

2. Aunque por lo mucho que se ha escrito en este siglo pasado, se conviene generalmente en el influjo de las lenguas para el modo de pensar y de opinar, nadie ha especificado todavía la naturaleza de este influjo. Por lo que hace a la manera de pensar, bien se ve en lo que va expuesto que el pensamiento toma naturalmente la forma del lenguaje como la superficie baja de los fluidos toma loa ángulos y sinuosidades del terreno por donde corren. El influjo de las lenguas en las opiniones procede de dos principios: el uno es, que la separación de las ideas no la hace el pensamiento sino las palabras; y el otro es que las palabras se casan tanto con las cosas en el pensamiento, como lo están en la naturaleza las cualidades con sus objetos. De aquí sucede que a aquellos cuyo idioma separa cosas que no están separadas en el idioma ajeno, les chocan las expresiones de éste en aquel particular. Vaya un ejemplo: los carreteros en Inglaterra llevan sobre el vestido una camisa de lienzo basto; es propiamente una camisa, pero en inglés tiene nombre totalmente distinto. Pues si un español, ignorando la diferencia, le da el propio nombre de camisa, los ingleses se ríen tanto de oírlo llamar así, como el español la primera vez que la ve puesta encima del vestido. El no chocarles pues a los ingleses el estilo de ponerse sobre todo la tal camisa, depende de tener un nombre diferente que la hace no parecer camisa. También el parir de la mujer y el de cada animal doméstico tiene en inglés distinto nombre, explicando el suceso del parir, no por la afección o lance de la madre, sino por relación a los hijos. Pues si un español aplica a cualquiera animal doméstico el nombre del parto de la mujer, hace reír a los ingleses. Pudieran traerse otros muchos ejemplos. Pero estos dos son suficientes para comprender, que no siendo iguales los idiomas, cada cual presenta las cosas bajo un aspecto particular; y si éste se varía, disuena tanto al individuo como el trocarle la ropa, y los estilos del país.
3. En orden a la construcción o colocación de las palabras no puede conjeturarse como fue en lo primordial. El Padre Luis le Comte refiere de la lengua china que el orden de las palabras es de tanta importancia en ella, que con sólo dislocar una, un cumplido suele trocarse en un insulto; y que al que entra en una tertulia, le cuesta mucho tiempo hacerse cargo del asunto que se trata. Esto da una idea del mucho valor que puede tener la colocación de las palabras en el principio de las lenguas, periodo, en que la escasez de las palabras hará echar mano de todo para explicarse.

Lo único que puede conjeturarse es que siendo naturalmente anterior al lenguaje de palabra el lenguaje de accionado, la forma primordial que tomará aquel, será la propia de éste. Pero qué colocaciones pida el lenguaje de accionado, es inútil señalarlo, porque variando de un periodo a otro el sistema de la colocación de las palabras, no influye en la colocación de las lenguas adultas su colocación en la época o periodo primordial.

En castellano tan bien dicho está tenga vmd. buenos días, como buenos días tenga vmd., o tenga buenos días vmd. La comodidad de la sinalefa hace preferible no separar el tenga vmd.; y el que los días vayan antes o después es indiferente. En las respuestas castellanas suele trocarse el orden de la pregunta, porque no parezca se remeda o escarnece al que la hace. Los artículos o referenciales el, la un, los, etc., se ponen delante de los nombres por fuerza, porque detrás hicieran o cacofonía o confusión con las palabras castellanas terminadas en al, el, la los, las, un, uno, una, etc. En vascuence el artículo un se pone detrás, tal vez porque no se incorpora bien delante. En la lengua inglesa los adjetivos se anteponen por fuerza al sustantivo con que casan, porque haciéndolo al revés, a cada paso quedaría en duda si el sustantivo era sustantivo o verbo. Las preposiciones o dependenciales en inglés se ponen frecuentemente al remate de la expresión, y en vez de hallarse impropiedad en eso, suena muy bien. Cada lengua coloca las palabras como más le conviene a su mecanismo o al periodo de atraso o de adelanto en que se halla; y el señalar como lo pretenden los gramáticos una misma regla para todas, es error tan clásico como confundir la vara castellana con la yarda inglesa o con la ana francesa. Por consiguiente, lo que se llama sintaxis no es parte de la gramática universal. Cada lengua tiene la suya.

4. La elocuencia y la urbanidad son lo único que pide en la colocación de las palabras un orden determinado a disposición del talento de cada cual. Así el que va a dar una noticia buena, v. gr. los españoles ganamos tal batalla; si es discreto, la dará de modo que muestre la bondad desde el principio diciendo: ganamos tal batalla los españoles, o ganaron los españoles tal batalla.

La elocuencia suele pedir que la palabra que cierra una expresión, se ponga al remate de ella para hacer más repentina y de consiguiente más fuerte la herida en el pensamiento. La principal parte de la elocuencia de Salustio y de Tácito se reduce a la feliz aplicación de esta regla. Para enervar pues o rebozar una cosa pide la elocuencia lo contrario, que es colocar las palabras de modo que en los puntos importantes se divida, y le caiga muy desmenuzada la herida al pensamiento, para cuyo efecto son notoriamente más ventajosas las lenguas modernas que las antiguas.

Fuera de estos casos, la naturaleza no da más regla para las colocaciones que la claridad y el orden con que cada uno piensa. Claridad quiere decir que no haya equivocación, y por tanto el arreglo que es claro en un idioma, puede ser equívoco en otro. El pensar lo hace cada cual en su idioma propio; y por esto el pensamiento no tiene en sus expresiones un orden general, sino particular y relativo a aquel idioma en que uno piensa. Pensar sin idioma es imaginar, en cuyo caso el pensamiento no lleva ninguna regla: el llevarla depende de las palabras, de suerte que éstas al mismo tiempo que son un móvil, son el freno del pensamiento. En suma, es en vano inquirir si debe estar antes el nombre, el verbo, al adjetivo o el adverbio. En cualquiera parte que se ponga cada uno de estos elementos, ya lo distingue su terminación. En griego y en latín los adjetivos suelen estar separados de los sustantivos con que casan; y por denotar en su terminación el casamiento, se defiende que no es impropiedad el separarlos.

5. Los mejores escritores ingleses, a pesar del clamor de sus gramáticos, suelen usar los adjetivos como adverbios de cualidad, y tienen mucha razón en ello, porque hay modificaciones o cualificaciones comunes a verbos y a nombres. En estas expresiones respondió discreto, habló sagaz o fácil, viene grande, justo o frecuente, raya alto, etc., todos estos adjetivos modifican el verbo y de ninguna manera el nombre, no siendo el pensamiento decir que la persona era discreta, sagaz, fácil, grande, justa, frecuente o alta, sino que lo fue en la acción denotada por el verbo. En las expresiones raya alto, alta está la uva, están las uvas altas, alto está el racimo, están altos los racimos, lo alto modifica los verbos rayar y estar, pero no los nombres. Claro es pues, que los adverbios de cualidad y los nombres adjetivos son sustancialmente una misma cosa; y el modificarles la terminación a los adverbios de cualidad parece un exceso de analogía.
6. Pensándolo poco, parece muy fácil la primera institución de las palabras; y que los fundadores de las lenguas, como si tuviesen idea de su espontánea operación, ponen a cada cosa el nombre que se les antoja, como se hace en los bautizos.

Debe suponerse que los fundadores de lenguas ignoran profundamente lo que hacen, qué cosa es lengua, qué cosa es palabra, sílaba y articulación.

Las palabras primeras no pueden menos de ser gritos de remedo. Estos cunden poco. En llegando a cosas no remedables con la voz, entra el buscar conexiones naturales o eventuales para poner una nomenclatura propia, es decir, que desde la vez primera la entiendan los que tienen antecedentes.

Cuanto más a fondo se registran los idiomas, menos palabras primordiales se les encuentra. Prueba de la escasez primordial de verbos es la muchedumbre de acepciones de los verbos que más traza tienen de primordiales. Por ejemplo dar, ir, echar, que en castellano tienen apariencias de ser los verbos fundadores. Dar con una cosa, dar al traste, dar de cabeza, dar de palos, dar de baja, dar gana, dar la suerte, dar una ojeada, dar la hora, dar el santo, dar gritos, dar corazonada, dar por ahí, dar en el hito, dar con él, dar las señas, dar caro, dar marro, dar tantos, dar años, dar de barato, dar por muerto, dar de mano, dar caídas, dar de duro, dar en tierra, dar de costillas, dar en ello, dar chasco, dar esquinazo, dar higa, darle a uno el mal, dar perro, darse a la trampa, dar a suponer, darse o encontrarse, darse o rendirse, darse o existir, dar pie, dar tela, dar margen, son unas cuarenta acepciones distintas del verbo dar, que casi indican que la terminación ar de los verbos castellanos tenía originalmente el significado indefinido del verbo dar. El verbo ir también tiene una significación muy extensa, además de la equivalente a andar. Otro tanto le sucede al verbo echar. Echar líneas, cuentas, chistes, tragos, días, lenguas, suertes, juegos, relaciones, carcajadas, fallos, indirectas, roncas, grandezas, palabras, raíces, color, de ver, de menos, de más, echaría de hombre, echarse a oficio, a peder, al juego, a perros, al cuerpo, a la espalda, encima, a tierra, joyas o coches, etc., etc., son expresiones muy distintas del verbo echar. Los primeros verbos tienen por fuerza un sentido muy indefinido. Dar, ir, haber y echar, hay rastros de que la lengua castellana en sus principios los confundía fácilmente, sin embargo, de no ser confusas sus acepciones por la añadidura con que se les modifica.

Casi todos los verbos en todos los idiomas son o compuestos o derivativos.

Es más fácil explicarse con nombres solos que con verbos solos. Todo confirma que en lo original son incomparablemente más escasos los verbos que los nombres. Las declinaciones pues, son naturalmente más numerosas y complicadas que las conjugaciones, y por tanto más fáciles de perderse, como efectivamente se verifica por la experiencia.