El duelo se despide en la iglesia: 04

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El duelo se despide en la iglesia Ramón de Mesonero Romanos


El duelo se despide en la iglesia. -Mucho, es verdad, han variado las costumbres de Madrid en este punto. Al abandono y desdén con que por lo general se procedía a la inhumación de los cadáveres, ha sucedido un aparato y ostentación que, si no prueba mayor grado de cariño y ternura hacia aquellos que desaparecen de entre nosotros, dicen al menos la vanidad mundana y el orgullo de la generación que les sobrevive. Aquello, en los términos que se describe y satiriza en el artículo de El Duelo, era ciertamente vituperable y repugnante; esto, en los que quieren hoy la moda y el lujo de las clases acomodadas, viene a ser ya el extremo contrario de exageración y de ruina.

Cabalmente en los momentos en que se ocupaba el autor de censurar aquella antigua costumbre, se inauguraba la nueva con una ocasión tristemente célebre, la de la desgraciada muerte del malogrado escritor don Mariano José de Larra (Fígaro). -Sus amigos y apasionados (en cuyo número se contaban todos los hombres políticos, los literatos y artistas), sin tomar en cuenta más que su gran mérito literario, y no de modo alguno la exaltación criminal que le había conducido al sepulcro, improvisaron en la tarde del 17 de febrero de aquel año una fúnebre comitiva para conducirlo desde su casa, calle de Santa Clara, núm. 3, al cementerio de la puerta de Fuencarral; y colocándole en un carro triunfal, adornado de palmas y laureles al rededor de sus obras sobre el féretro, siguieron a pie con religioso silencio y compostura los restos mortales de aquel que en un acto de insensato delirio acababa de apagar la antorcha de una brillante existencia. Reunidos luego en torno de su sepulcro, improvisaron discursos apasionados y bellas composiciones poéticas, despidiéndose del amigo, del escritor y del poeta; y allí mismo, sobre la tumba de aquel raro ingenio, proyectó su primera luz el astro brillante de Zorrilla, el primero de nuestros poetas líricos, apareciendo por primera vez a nuestros ojos a la temprana edad de veinte y un años.

Después de aquel primer solemne y público acompañamiento fúnebre, se verificaron otros con sujetos más o menos notables, entre los cuales recordaremos el del inspirado poeta don José de Espronceda; el del gran orador don Agustín de Argüelles; el del presidente del Congreso, marqués de Gerona; el del héroe de Zaragoza, el general Palafox; e introduciéndose esta costumbre desde los altos magnates y celebridades políticas o literarias en todas las clases acomodadas de la sociedad, hoy es el día en que por tributo indispensable pagado más que a la buena memoria de los que mueren, a la vanidad de los vivos, hay que añadir al coste de un magnífico funeral con grandes músicas, iluminaciones y tumulto, el que ocasiona la solemne traslación del cadáver en un elegante carro fúnebre, precedido de los pobres de San Bernardino, con hachas encendidas y seguido del clero y los convidados, o por lo menos un centenar de coches vacíos, más o menos blasonados, con los lacayos de grande librea, guante blanco y sendas hachas apagadas en las manos. -Llegados al cementerio (que también hemos dicho haberse decorado ya con más lujo) es de cajón el que uno o más personajes de la comitiva tomen la palabra, y prorrumpan en un discurso fúnebre, un epitafio hiperbólico, y hasta una alocución política más o menos intencionada. Hecho lo cual, los concurrentes se vuelven a sus carruajes, y se dirigen a la Bolsa, al Congreso, a sus visitas, o al Prado; los lacayos revenden al cerero las hachas y van a guardar sus libreas de lujo hasta que vuelva a lucir otro buen día «¡en que acompañar a algún señor al cementerio!».