El espíritu del conde

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El espíritu del conde de Emilia Pardo Bazán


¿Os acordáis de algo que os conté aquí mismo hace tiempo, no mucho? Pero todo va hoy tan de prisa, que presumo lo habréis olvidado.

Se trataba del conde filántropo, del que tuvo misericordia de las turbas, del que con exaltación profesó el culto de los humildes, del que, en su vocación entusiasta, tomó el arado en sus manos aristocráticas y, descalzos los pies, rompió las entrañas de la tierra para que produjese el dorado trigo que sustenta al hombre.

En aquella ocasión os narré algún episodio de la existencia del que amó a su naturaleza y a los humanos -no a todos por igual-, siendo la razón de su preferencia la mayor miseria e ignominia de los preferidos. Y os conté cómo San Francisco y el conde dialogaron una tarde otoñal, sentados en un muro, mientras dejaban rebosar la marejada del humano sufrimiento, que ambos habían convertido en materia religiosa, dulce y alegre en el fraile, en el conde sombría y pesimista.

Y he aquí que el conde, en un viaje por llanuras acolchadas de nieve, mientras un cierzo áspero y polar desgarraba los escarchados arabescos del ramaje sin hojas: yendo, como un «mujik», en la plataforma del tren, enfundado en su hopalanda de pellejas de carnero mal curtidas, endurecidas por el hielo, sintió en su pecho, repentinamente, como una punzada. A poco, la punzada era agudo dolor. Y al penetrar en el convento donde quería refugiarse, la calentura le abrasaba, mientras sus dientes entrechocaban por efecto de ese frío que no se parece a ningún otro: el frío de la invasora pulmonía.

Y en pos de algunos días de padecer, vino la Libertadora. El conde, en los instantes en que no sentía su cabeza embargada por el delirio, la esperaba de un momento a otro. Y no con miedo, ni con repugnancia, sino con una especie de gozo, con la serenidad del que la ha contemplado muchas veces sin torcer el semblante. La Libertadora traía en sus manos, momificadas en la sepulcral quietud, una rama fresquísima de laurel, en la cual el rocío de la mañana había depositado una red de perlas, que reflejaba en cambiantes la luz lunar de la última noche... Y el conde, sin poderlo remediar, sonreía a la idea de que la rama era inmarcesible. Eternamente, hasta la hora en que el planeta, cumplida su ruta por los espacios, estalle o disocie su materia en el seno de las fuerzas cósmicas, aquella rama de laurel recordaría la memoria y refrescaría la gratitud de los que un día recogieron en sus corazones la benéfica doctrina del conde, que se entregó al pueblo, en cuerpo y alma...

Y con esperanza tal, el conde, moribundo, palpitó de orgullo inconsciente, profundísimo, al ver a la Seca que avanzaba, hiriendo el piso de la celda con choque aflautado de huesos, y columpiando la rama por encima de una faz donde corrían los últimos sudores. Detrás de la Libertadora, el conde vio una figura larga, ojival, un hombre pálido, cuyos ojos irradiaban fulgor misterioso. Le reconoció en seguida.

-¿Eres tú, penitente de Asís? -balbució con esfuerzo-. No creas que te había olvidado desde aquella tarde...

-Sí, yo soy, el amador de la pobreza -contestó Francisco-. Jehová: «Ahora, Señor, puedes llevarte a tu siervo, que ha vivido lo bastante para ver al Mesías...». El espíritu del conde palpitaba de emoción bien legítima. Aquella transformación mágica, realizada tan presto, ¡hasta que punto la había preparado él en largos años de propaganda con la pluma, con aquella pluma de gran artista, rebosante de eficacia y sentimiento, de realismo y de contemplación elevada del fondo de la vida, ya pintando a los «sitaretzi», que guiados por su fe pasan a pie enjuto sobre el mar, ya transfigurando a la vulgar pecadora y redimiendo al que la perdió, por medio del dolor y de la abnegación, en caminos de luz y de sublime renunciamiento! Su doctrina sin duda había abierto, como la del de Asís, un surco en la dura tierra esteparia. Los tiempos se habían cumplido, y la fraternidad y la piedad regían la conducta de aquellas masas que tantos siglos aplastó la injusticia...

Y la férvida ilusión impulsaba al espíritu del conde. Volaba en dirección a la granja patrimonial, a la cual tantos recuerdos le atraían. Anhelaba volver a ver sus praderías, donde pastaban en libertad peludas yeguas y potrillos retozones; sus sembrados, en que antaño hincó el arado para dar ejemplo de cómo se trabajaba el pan; sus árboles, donde los pájaros anidaban; su escuela, en que se daba enseñanza renovadora, según él creía firmemente; su morada pacífica, familiar, de donde estuvo proscrito el lujo, donde la frugalidad y la modestia prestaron nuevo sabor a la taza de té y a la popular «kalatcha»... A pesar de su desdén de pensador por los objetos puramente materiales, sentía, en aquel punto, el espíritu del conde cómo se pegan a nosotros las cosas entre las cuales vivimos, y cómo forman parte de nuestra sustancia moral, y cómo su existencia es la nuestra misma...

Cerca ya de la granja, vaciló el espíritu del conde. No le parecía reconocer el lugar, ni los árboles, los amados árboles. No veía los muros, las tapias, las barandas de su escalera. Una nube negra lo envolvía todo. De la nube salían chispas y a veces llamaradas. La granja del conde ardía por los cuatro costados.

-Hermano León, no pienses ahora en los hombres, sino en Cristo. Mira que te llaman, que te hacen señas desde la sombra.

-Yo también he amado a Cristo -declaró el conde-. Pero he amado, sobre todo a los oprimidos. Ellos me recordarán siempre.

-Déjate de eso, hermano León. Todos somos pecadores. En Cristo amamos a los que sufren. En Cristo, que murió por ellos. Ni tú, ni yo lo hicimos. Pecadores, pecadores somos. Reza, hermano León, que la sombra acecha...

El conde creía sentir en tal instante la cabeza despejada, el espíritu claro y luminoso.

Y de pronto, como quien resbala y se sume en un lago, cayó en sopor absoluto; su corazón, loco pájaro, bailó en la cavidad que lo encerraba, y su pulso saltó, cual los cabritillos que trepan por una ladera difícil. Y el médico, que sabiendo cuánto aborrecía el conde a los de su profesión, no se atrevía a entrar sino cuando se amodorraba el enfermo, se precipitó llamando a los monjes que velaban.

-¡Está expirando!, pronunció.

Y en efecto, el espíritu del conde derivaba hacia la otra orilla.

Algunos años transcurrieron. Un día, el espíritu en pena pudo evadirse de la cárcel que lo sujetaba (fuese por arte de brujería o por divina permisión) y cruzó los espacios.

Se dirigió a su patria, a sus estepas nativas, y cruzándolas a manera de espíritu, sin gravitar sobre el suelo, bogando entre la niebla, se encaminó a la casa donde tantos años había residido ejerciendo un apostolado de redención, por el cual, según creía, los humillados, los hombrecillos de la gleba, iban a ser llamados a la libertad y a la plena conciencia de cristianos. Hasta las regiones extrahumanas, en que el espíritu del conde había morado desde que salió del mundo, llegó la voz de que la libertad y el derecho imperaban por fin en la tierra histórica de la opresión. Y el conde sintió, al saberlo, una alegría honda y grave, semejante a la que debió de experimentar Simeón cuando tomó en brazos al Niño y dijo a Jehová: «Ahora, Señor, puedes llevarte a tu siervo, que ha vivido lo bastante para ver al Mesías...». El espíritu del conde palpitaba de emoción bien legítima. Aquella transformación mágica, realizaba tan presto, ¡hasta qué punto la había preparado él en largos años de propaganda con la pluma, con aquella pluma de gran artista, rebosante de eficacia y sentimiento, de realismo y de contemplación elevada del fondo de la vida, ya pintando a los «sitaretzi», que guiados por su fe pasan a pie enjuto sobre el mar, ya transfigurando a la vulgar pecadora y redimiendo al que la perdió, por medio del dolor y de la abnegación, en caminos de luz y de sublime renunciamiento! Su doctrina sin duda había abierto, como la del de Asís, un surco en la dura tierra esteparia. Los tiempos se habían cumplido, y la fraternidad y la piedad regían la conducta de aquellas masas que tantos siglos aplastó la injusticia...

Y la férvida ilusión impulsaba al espíritu del conde. Volaba en dirección a la granja patrimonial, a la cual tantos recuerdos le atraían. Anhelaba volver a ver sus praderías, donde pastaban en libertad peludas yeguas y potrillos retozones; sus sembrados, en que antaño hincó el arado para dar ejemplo de cómo se trabajaba el pan; sus árboles, donde los pájaros anidaban; su escuela, en que se daba enseñanza renovadora, según él creía firmemente: su morada pacífica, familiar, de donde estuvo proscrito el lujo, donde la frugalidad y la modestia prestaron nuevo sabor a la taza de té y a la popular «kalatcha»... A pesar de su desdén de pensador por los objetos puramente materiales, sentía en aquel punto, el espíritu del conde cómo se pegan a nosotros las cosas entre las cuales vivimos, y cómo forman parte de nuestra sustancia moral, y cómo su existencia es la nuestra misma...

Cerca ya de la granja, vaciló el espíritu del conde. No le parecía reconocer el lugar, ni los árboles, los amados árboles. No veía los muros, las tapias, las barandas de su escalera. Una nube negra lo envolvía todo. De la nube salían chispas y a veces llamaradas. La granja del conde ardía por los cuatro costados.

Alrededor del foco del incendio bailaban turbas de hombres y mujeres, aullando de júbilo, celebrando el destrozo. El espíritu se paró, estremecido, y pasado el primer momento de sorpresa horrible, amargamente decretó que todo aquello era natural... Desde su altura, sí, lo encontraba explicable, lógico, y con gesto grandioso empezaba ya a murmurar las palabras del perdón, las que proyectan al exterior nuestra indulgencia con el error y la maldad continuos de nuestros semejantes. Y antes de que exclamase, sin voz: «Os perdono, hermanos, porque no sabéis lo que hacéis», del centro de la hoguera vio alzarse la figura del Penitente, que acercándose, pronunció:

-Perdona, sí... Perdonemos para ser perdonados, hermano León, ¡que también erraste! No perdones desde arriba. No perdones con orgullo...

Y entonces el espíritu del conde hubiese llorado, si tuviese ojos, porque creía hacer algo sublime, muy meritorio, al otorgar el perdón... y no le quedaba ya ni ese consuelo.