El falso Inca: 13

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
​El falso Inca​ de Roberto Payró


XIII - EL COMBATE


El campamento estaba sumido en las tinieblas y el silencio, y Juan de Tobar seguía montando la guardia, cuando a eso de la una de la madrugada pareciole oír el rumor de unas ramas que se quebraban en el bosque, a pocos pasos de distancia. Escuchó, trató de sondar las tinieblas con ojos dilatados por el pánico, y convencido de que alguien andaba entre los árboles, hizo fuego con su arcabuz hacia donde se escuchaba el ruido. Tres disparos le contestaron, silbando las balas cerca de su cabeza; Tobar arrojó el arma, y convencido de su muerte segura, echó a correr hacia el lado opuesto del campamento.

La alarma estaba dada, y todos los españoles pusiéronse en pie, ocupando sus puestos de combate.

Villacorta salió corriendo de su tienda, apercibido a la lucha, embrazando la adarga y empuñando la espada, y cubierta la cabeza con una montera escarlata para que lo reconocieran los suyos, mientras en los alrededores se escuchaba el creciente tropel de los indios que sitiaban el fuerte en número considerable, que no era posible calcular en medio de las sombras.

Después de los tiros, en la campaña y entre el bosque sonaron trompetas, caracoles, atabales, tambores y pingollos, aumentando el temor y la expectativa de los sitiados con la evidencia de que enfrente se hallaba un formidable ejército. Luego, todo calló, y el silencio reinante parecía una terrible amenaza...

Villacorta puso en cobro las armas y el real estandarte, dando a los de a caballo la orden de tener sus monturas prevenidas, dictando las últimas instrucciones y haciendo proceder al reparto de municiones en abundancia.

Los indios, entretanto, aunque bien informados a su juicio de la situación del fuerte y sus defensores, no se atrevían a atacar en medio de las tinieblas. Bohórquez estaba a su cabeza, lo mismo que Luis Enríquez, y ambos habían recibido de un espía la comunicación de que Villacorta no tenía pólvora para sus soldados. Por esto resolvieron sitiar el fuerte, abandonando el primer plan de Enríquez, quien había dicho a Bohórquez:

-Limitémonos por ahora a los combates parciales, y en terreno descubierto, donde las flechas pueden luchar con menos desventaja contra las armas de fuego, y donde el número lleva más probabilidades de vencer. Necesitamos arcabuces, pues no tenemos más de cuatro o cinco, y de ese modo podremos tomarlos de los españoles muertos.

Este plan, ejecutado con precisión y perseverancia, hubiera centuplicado el poder de los indios. Pero Bohórquez estaba lejos de ser un general que abarcara una situación compleja, e impulsado por las circunstancias aparentemente favorables y por la especie de demencia que se había apoderado de él, lanzose sin reflexión a los hechos decisivos... Confiaba sobre todo en la falta de municiones en que creía a Mercado y Villacorta, y de la que dio conocimiento a su gente en la arenga con que animó al ataque.

Los indios, dando absoluto crédito a la palabra de su jefe, llegaron aquella noche casi a tocar con el pecho las pircas de San Bernardo...

Así, a boca de jarro, comenzó el combate al amanecer. El padre Torreblanca, refugiado en la capilla, rezaba en voz alta oraciones latinas, entre los estampidos de los arcabuces. Una nube de flechas, partiendo del campo de los indios, caía dentro del recinto del fuerte, y hasta sobre la misma capilla; tan cerca estaban los tiradores, en cuyas filas hacía estragos el plomo español, sobre todo el de los arcabuceros aguerridos que, desde las alturas y tras de sus adargas, disparaban de mampuesto, sin errar blanco.

Los soldados bisoños hacían fuego por aspilleras, resguardados tras de las pircas y aunque inexpertos, no fueron menos eficaces, pues -como dice un historiador- «echaban en los arcabuces más carga de la necesaria, y sufriéndola los cañones por ser muy reforzados, daban alcance más allá de los indios, y las balas llegaban donde estaba oculto y dando órdenes Bohórquez, quien se vio obligado a retirarse mucho para asegurar su persona».

Los indios no cejaban, lanzábanse a pelear por mangas, pero los españoles los mantenían a raya, después de haberlos hecho retroceder fuera del alcance de los arcabuces, y donde las flechas eran completamente ineficaces. Villacorta, viendo que los proyectiles no causaban daño a los defensores del parapeto, aumentó su número para hacer mayor el estrago en las filas enemigas, en las que cundía el desaliento, cuando una grave peripecia fue a infundirles nuevos bríos...

Estaba distribuyéndose pólvora de una botija y junto a la capilla en que se hallaba el padre Torreblanca, cuando una chispa del taco de un arcabuz incendió la pólvora que, explotando con terrible estampido, comunicó el fuego al techo de paja, e hizo que el jesuita se pusiera en salvo precipitadamente.

Al oír el estruendo, Bohórquez gritó a los suyos:

-¡Se les ha quemado la única pólvora que tenían! ¡Son nuestros! ¡Al asalto!

Los calchaquíes se lanzaron como fieras sobre las pircas, pero una terrible descarga sembró la muerte entre ellos, obligándolos a retroceder... Villacorta en persona, junto con sus ayudantes, distribuía municiones con toda diligencia... Los españoles hacían un fuego furioso. Los indios, pasada la primera confusión, volvieron a la carga como leones...

Uno de ellos trepó a la pirca, desafiando las balas y dando ejemplo y paso a los suyos. Ya estaba en lo alto, ya iba a penetrar en el recinto inexpugnable... Y entró en él, pero rodando con una bala en pleno corazón. Un mestizo que militaba con los españoles se precipitó sobre el cadáver y momentos después, cantando victoria y entre un coro de vítores de los suyos, exhibía a los indios, clavada en la punta de una pica, la sangrienta cabeza del héroe.

No tardaron en alzarse otras cabezas destilando sangre, como terribles trofeos e implacable amenaza. Ya sabían los indios que los españoles no daban cuartel, y el desaliento volvió a cundir con mayor intensidad entre ellos, tanto más cuanto que todo su heroico esfuerzo parecía resultar inútil: «tanta flecha -dice un historiador-habían arrojado, que en el campamento se hizo fuego con ellas para cebar mate», y sin embargo el número de los españoles y sus mortíferas descargas no parecían disminuir...

Pero lo que determinó el espanto de los indios fue el inopinado regreso de Sancho Gómez y los suyos, que se creían muertos o prisioneros. El soldado -poniendo en planta una estratagema que pudo costarle la vida, pero que dio a sus armas la victoria-, después de examinar la situación por medio de exploradores, deslizose hasta el camino de Salta, y por él se precipitó con los suyos hacia el fuerte, a rienda suelta.

Los indios que vieron aquel pelotón de jinetes envueltos en un torbellino de polvo, no dudaron que se trataba de un grueso refuerzo español enviado de Salta, y consideraron segura su pérdida.

Bohórquez, presa de espanto, pues ya se veía pendiente de una horca, se dio a precipitada fuga sin ordenar siquiera la retirada.

A pesar de los esfuerzos, las órdenes, las súplicas de Luis Enríquez, que había combatido como un héroe, los calchaquíes recogieron apresuradamente sus muertos y heridos, dejando sólo ocho cadáveres en el sitio más batido por las balas, y se dispersaron ocultándose en el bosque y en las asperezas del terreno, tres horas después de comenzada la batalla. Los españoles no se atrevieron a seguirlos, e hicieron bien, pues en campo raso hubiera cambiado mucho el aspecto de las cosas. Sancho Gómez y sus diez jinetes entraron triunfantes en el fuerte, entre los vítores entusiastas de sus compañeros. El padre Torreblanca invitó al gobernador y a los soldados a rendir gracias al Altísimo y a la Virgen del Valle, pues era evidente que sólo un milagro había podido darles la victoria... Y como milagro, rodeado de maravillosas circunstancias, comenzó a narrarse ésta, poco después...

Los españoles tenían diez heridos de flecha, y uno o dos muertos, según dijeron más tarde. Uno de los heridos era el secretario del gobernador, don Juan de Ibarra Velazco, y otro el soldado de a caballo Mateo de Frías, que más tarde llegó a capitán, lo mismo que Sancho Gómez.

Los fieles de la Virgen del Valle dicen que, cuando Bohórquez se hallaba en los campos de Pucará, al frente de los feroces calchaquíes que mandaba, los indios vieron la imagen de Nuestra Señora que, puesta delante de los pocos españoles, los defendía de los infieles ataques. La intervención de la Virgen, según la misma leyenda, hizo poner en fuga a los indios sublevados, que llegaban al número de 20.000. Agrega que el chasque enviado por los españoles a Tucumán, en demanda de refuerzos, fue atacado por los calchaquíes, que no pudieron hacerle daño ni impedirle el paso, porque la Virgen acudió personal y visiblemente a protegerlo, abriéndole paso.

Dice también que en aquella oportunidad un gallardo y hermoso joven, con preciosas vestiduras blancas, coleto, broquel y plumas en el sombrero, montado en brioso caballo blanco y empuñando una espada fulmínea, atropellaba con increíble agilidad y fuerza las hordas de infieles, sembrando en ellas la muerte y el espanto: era indiscutiblemente el Arcángel Gabriel, mandado por la santa Virgen del Valle. Así atacados, los indios de Bohórquez no tardaron en darse a la más vergonzosa fuga, siendo perseguidos por el puñado de españoles, cuya pérdida hubiese sido segura sin aquella intervención sobrenatural... Lástima que la mitología tenga tan poca inventiva y que se reproduzcan tanto y tan exactamente estos poemas religiosos, desde los primeros años de la historia...

Luis Enríquez, entretanto -ligeramente herido-, se había precipitado tras de Bohórquez, a quien alcanzó a una legua del lugar del combate, a tiempo que un grupo de calchaquíes, indignados y sedientos de venganza contra él, se preparaban a asesinarlo.

Enríquez tuvo que interponerse y hasta echarse a la cara el arcabuz, para salvarle la vida. Pero la señal estaba dada, el prestigio del Inca amenazado y vacilante, su existencia misma en peligro... Así lo insinuó el mestizo al charlatán, arrastrado por la elocuencia y la facundia a hechos para los que no estaba preparado.

-¡Hay que perseverar o morir! -díjole Enríquez sin embargo.

Cuando se reunieron con Carmen, que los aguardaba en un caserío de aquellas inmediaciones, la mestiza, instruida de la derrota y de la vergonzosa fuga de Bohórquez por algunos indios dispersos que se le habían adelantado, arrojose en brazos de su amante.

-¡Pedro, Pedro! -exclamó-. ¡Vámonos de aquí! ¡No quiero grandezas que puedan costarte la vida!

Bohórquez se estremeció, pues así pensaba él también... Enríquez miró a la india y al andaluz con soberano desprecio.

-¡Ah! ¡Si yo fuera el falso Inca! -pensó-. Pero este uritu... (papagayo).


Capítulo XIII