El ganso

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Pocos son los pájaros que no tengan alguna pretensión musical, y no se crean cantores, cuando muchos de ellos no son más que gritones insoportables.

Se le ocurrió al águila, rey progresista y generoso, abrir, entre los de sus súbditos que quisieran disputar el premio, un concurso de música, y eligió él mismo al jurado, compuesto de pájaros de reconocida competencia y de perfecta imparcialidad.

Tomaron parte en el certamen aves de toda laya y tamaño, domésticos y silvestres, y después de haberse cansado los oídos, durante varios días, escuchando cantos... y gritos, los jurados adjudicaron el premio al pájaro que les pareció realmente haberlo merecido... No fue el ganso, lo que nadie extrañará.

Pero éste no quiso acatar el fallo del jurado, y se fue diciendo por todas partes que los jurados eran unos imbéciles o unos tramposos, y que sólo él, y nadie más, había merecido el premio.

Los jurados quedaban así malparados.

-¡Miren! tramposos e imbéciles; y quizá ambas cosas a la vez -decían algunas buenas lenguas; hasta que un amigo de ellos aconsejó al ganso dar una prueba pública de su talento.

No vaciló el muy vanidoso, y después de haber juntado a mucha gente y explicado el caso, cantó... La disparada fue general, y el asunto quedó juzgado.