El gato blanco

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Un gato blanco se sentía orgulloso por su magnífico pelaje. Todos lo admiraban y sus amos lo cuidaban con todo esmero, manteniéndolo en la abundancia.


Pero le sucedió lo que a muchos; los amos, en una mudanza, lo dejaron olvidado, y tuvo que andar vagando y buscarse la vida. Quiso hacer lo mismo que los demás gatos pobres y cazar ratones, lauchas y pájaros para mantenerse; pero no podía nunca agarrar nada, a pesar de no ser de los más torpes, sin explicarse el porqué de su poca suerte.


Un gato gris, hábil y afortunado al punto de no envidiar a sus semejantes, descubrió el secreto de su mala fortuna y le aconsejó para poder encontrar de comer en cualquier parte, rebajar un poco el brillo de su traje; que fuera revolcándose en el polvo, porque por su pelaje blanco, los ratones, las lauchas y los pájaros de lejos lo veían venir y se escondían o se mandaban mudar, y que por esto era que no cazaba nada. -No sienta bien -agregó-, un traje demasiado vistoso al que tiene que vivir de su trabajo.