Ir al contenido

El gato con botas (Baró tr.)

De Wikisource, la biblioteca libre.
Nota: Se respeta la ortografía original de la época
MAESE ZAPIRON ó EL GATO CON BOTAS
MAESE ZAPIRON ó EL GATO CON BOTAS

Dejó un molinero por todo patrimonio á sus tres hijos, el molino, el asno y el gato. El reparto fué cosa breve, sin necesidad de la intervencion del notario ni del procurador, quienes se hubieran comido muy pronto la pobre herencia. Al hijo mayor correspondióle el molino, al segundo el asno y al menor el gato.

Este no podia consolarse de haberle tocado tan pobre lote y se decía:

—Mis hermanos podrán ganarse la vida honradamente formando sociedad; pero cuando me haya comido el gato y hecho un manguito de su piel, no me quedará otro recurso que morirme de hambre.

Maese Zapiron, que oia estas palabras, pero sin que al parecer fijara en ellas la atencion, le dijo:

—No os pongais triste, señor amo. Dadme un saco y un par de botas para penetrar en la maleza y os convencereis de que el lote que os ha correspondido no es tan malo como creeis.

Aunque el dueño del gato no hizo gran caso de lo que le dijo, como le habia visto hacer tantas travesuras para cazar ratas y ratones, en particular cuando se colgaba de los piés ó se metía en la harina haciendo el muerto, tuvo alguna esperanza de salir de su miseria.

Cuando el gato tuvo lo que habia pedido, calzóse resueltamente las botas, y poniéndose el saco á la espalda cogió los cordones con sus dos patas y se fué á un conejar donde habia muchos conejos. Metió salvado y cerrajas en el saco, y tendiéndose como si estuviera muerto, esperó á que algun gazapo, poco entendido en mañas, se coláse en el saco para comer lo que dentro habia puesto.

Apenas estuvo en el suelo cuando un aturdido gazapillo metióse en el saco, y maese Zapiron tiró en el acto los cordones, cogió el gazapo y lo mató sin misericordia.

Muy orgulloso de su presa fuése al palacio del rey y pidió hablarle. Le hicieron subir á la cámara real, y en cuanto entró hizo una gran reverencia y dijo al rey:

—Señor: el marqués de la Chirimía, (este fué el título que dió á su amo) me ha encargado os ofreciera este conejo.

—Dí al marqués, contestó el rey, que le doy las gracias y recibo con gusto su regalo.

Otro dia maese Zapiron fué á un campo de trigo, donde se ocultó teniendo el saco abierto como de costumbre, y cuando se hubieron metido en él dos perdices, corrió los cordones y cazó las dos. Fuése en seguida á regalarlas al rey, como habia hecho con el conejo; el rey las recibió muy contento y mandó que le dieran una propina.

Durante algunos meses el gato continuó llevando al rey conejos y perdices como regalo de su amo. Supo un dia que el monarca debía ir á pasear con su hija, la más bella de las princesas, á orillas del rio, y dijo al pobre hijo del molinero:

—Si quereis seguir mi consejo ganais una fortuna, y para lograrlo no teneis más que hacer sino bañaros en el punto del rio que os indicaré, y luego dejadme obrar.

El marqués de la Chirimía hizo lo que su gato le aconsejaba, sin adivinar lo que se proponía. Miéntras se estaba bañando pasó el rey y el gato comenzó á gritar tan recio como pudo:

—¡Socorro! ¡socorro! ¡El marqués de la Chirimía se ahoga!

A sus gritos el rey asomó la cabeza á la portezuela, reconoció el gato que le habia traido conejos y perdices tantas veces, y ordenó á su escolta que fuese volando en socorro del marqués de la Chirimía.

Mientras sacaban del rio al pobre marqués, el gato se acercó á la carroza y dijo al rey que durante el tiempo que su amo habia estado bañándose habian venido ladrones y se habian llevado sus vestidos á pesar de haber dado voces con toda la fuerza de que era capaz. El pillin habia ocultado los vestidos debajo de una gruesa piedra.

El rey ordenó en el acto á oficiales de su guardaropa que fuesen á buscar uno de los más hermosos vestidos para el señor marqués de la Chirimía, con quien el monarca se mostró muy amable; y como los ricos vestidos que acababan de traerle pusiesen más de relieve su buen aspecto, pues era guapo y bien formado, la hija del rey le dijo que era muy buen mozo; y bastaron dos ó tres miradas del marqués, muy respetuosas y algo tiernas, para que la princesa se enamorara locamente de él.

El rey quiso que subiera al coche y hablara con él. Muy alegre el gato de ver que sus planes comenzaban á tener buen éxito, se adelantó; y habiendo encontrado dos campesinos que guadañaban un prado, les dijo:

—Buenas gentes que estais guadañando, si no decís al rey que este prado pertenece al señor marqués de la Chirimía, sereis destrozados hasta hacer jigote de vuestras carnes.

El rey no dejó de preguntar á los guadañeros de quién era el prado en el que trabajaban, y como la amenaza de maese Zapiron les habia espantado, ambos contestaron á un tiempo:

—Pertenece al señor marqués de la Chirimía.

—Teneis una magnífica propiedad, le dijo el rey.

Cuentos de hadas (1883) (page 85 crop)
Cuentos de hadas (1883) (page 85 crop)

—Es un prado, respondió el marqués, que no deja de producirme muy buena renta cada año.

—El Gato, que continuaba teniendo la delantera, encontró varios segadores y les dijo:

—Buenas gentes que estais segando, si no decís que todos estos trigos pertenecen al Sr. marqués de la Chirimía, sereis destrozados hasta hacer jigote de vuestras carnes.

Pasó el rey poco despues y quiso saber quién era el dueño de todos los trigos que veía.

—Pertenecen al Sr. marqués de la Chirimía, contestaron los segadores; y el rey expresó de nuevo su contento al marqués. El Gato, que no habia dejado de ir delante de la carroza, dirigía las mismas palabras á cuantos encontraba y el rey estaba maravillado de los muchos bienes del Sr. marqués de la Chirimía.

Maese Zapiron llegó por último á un hermoso castillo cuyo dueño era un Ogro, el más rico que se haya visto, pues todas las tierras por donde el rey habia pasado deperdian del castillo. El Gato, que habia procurado informarse de quien era el Ogro y lo que sabia hacer, pidió hablarle, diciendo que no habia querido pasar tan cerca del castillo sin haber tenido el honor de ofrecerle sus respetos.

El Ogro le recibió con toda la finura de que es capaz un ogro y le invitó á descansar.

—Me han asegurado, dijo el Gato, que teneis el don de transformaros en toda suerte de animales, como por ejemplo, en leon, en elefante...

—Es verdad, contestó el Ogro bruscamente, y para mostrároslo me vereis convertido en leon.

Tan grande fué el espanto del Gato al hallarse delante de un leon, que de un salto se fué al alero del tejado, no sin pena y peligro, á causa de sus botas, que de nada le servian para andar por encima de las tejas.

Cuando el Ogro hubo recobrado su primitiva forma, el Gato bajó del tejado y confesó que habia tenido miedo.

—Tambien me han asegurado, añadió maese Zapiron, pero no puedo creerlo, que podeis tomar la forma de los más pequeños animales, como, por ejemplo, convertiros en rata y en ratoncillo. Os confieso que tal cosa la tengo por del todo imposible.

—¡Imposible! exclamó el Ogro. Ahora vereis.

Apénas hubo pronunciado estas palabras cuando se transformó en un ratoncillo que comenzó á correr por el suelo. En cuanto el Gato lo hubo visto, lo cogió y se lo comió.

Miéntras tanto el rey, que al pasar fijóse en el soberbio castillo, quiso entrar en él. Oyó el Gato el ruido de la carroza que atravesaba el puente levadizo, salió al encuentro del monarca y le dijo:

—Sea bienvenida V. M. al castillo del señor marqués de la Chirimía.

—¿Tambien os pertenece este castillo, señor marqués? preguntó el rey. Es imposible hallar cosa más agradable que este patio y los edificios que le rodean. Veamos el interior.

El marqués dió la mano á la jóven princesa, y siguiendo al rey, que subió el primero, entraron en una gran sala en donde hallaron una magnífica comida que el Ogro habia mandado disponer para sus amigos, que debian verle aquel mismo dia, pero que no se habian atrevido á entrar al saber que el rey estaba allí. El monarca, muy satisfecho de las buenas cualidades del señor marqués, lo mismo que la princesa que estaba locamente enamorada de él, al ver los grandes bienes que poseía le dijo, despues de haber bebido cinco ó seis veces:

—De vos depende, señor marqués, que seais mi yerno.

El marqués hizo una gran reverencia y aceptó el honor que le dispensaba el rey, y aquel mismo dia casó con la princesa. El Gato llegó á ser un señor muy principal y sólo cazó ya ratones por diversion.

MORALEJA.
Vale mucho una herencia,
  pero más vale
el ingenio, el trabajo
  y el ¡dále! ¡dále!
  de la constancia,
cualidades que abaten
  grandes montañas.
No te asuste ni venza
  el ser muy pobre,
que el talento abrir puede
  ancho horizonte,
  y la riqueza
del hombre laborioso
  es recompensa.