El general «No importa»

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 Es la perseverancia la virtud del héroe, y la resignación en el infortunio la del mártir.

 Constancia en el combate para no rendirse, y sublime paciencia en la desgracia para no ir por el camino de la desesperación á la locura ó á la vileza, son grandezas del alma que brotan del sacrificio, fuente inexhausta de las bellezas morales. Y el sacrificio supone el imperio de la voluntad sobre las solicitaciones de la concupiscencia y la idea luminosa del deber sojuzgando al entendimiento, y las dos cosas juntas una energía irresistible que hace de la vida un dilema entre el honor ó la muerte.

 La Iglesia con la Cruz y la Monarquía con la Corona grabaron en el alma de España ese altivo concepto de la vida á que sirvió de firme apoyo la fortaleza nativa de la raza.

 Por eso lo que en la historia de las otras naciones es hermosa excepción, es el rasgo común de la nuestra, que no tiene más que dos páginas: Heroísmo y martirio.

 Ni la victoria colma nuestros anhelos, ni la desgracia rinde con la postración del desastre nuestras fuerzas. Hay una vis curativa en el organismo nacional que le hace salir ileso de los brazos mismos de la muerte. La fe, que por la creencia firme es la base de los caracteres varoniles, infundió en las generaciones creyentes este soplo inmortal que aun se descubre en las decré­pitas, cuando la fiebre revolucionaria pasa y las falsas opiniones superpuestas artificialmente dejan, en los momentos de crisis, al descubierto el carácter español con sus rasgos indelebles y castizos. En medio de la opulenta riqueza de variedades regionales, el carácter común, sello persistente formado en lucha secular por la historia, brilla como la interna lazada espiritual que mantiene la solidaridad de los miembros de la Patria y les da aquella soberana unidad que se manifiesta en los actos solemnes de su vida.

 Guadaletes y Covadongas, Alarcos y las Navas, Lepantos y Trafalgares, resplandores del Tabor y tinieblas del Calvario, heroísmos sin término y martirios sin medida, constituyen la trama de una historia que parece guirnalda maravillosa, formada por el tiempo pura ornar las sienes de esta matrona augusta que se llama España, y que, aun postrada en míseras pajas, puede mostrar á los pueblos engreídos que un día fueron feudo suyo, en las cicatrices de su rostro, las señales que conserva de la cimitarra de los bárbaros y del sable de los pretorianos, pero no la marca afrentosa de los esclavos que, paladín armado del derecho, ha salvado en una Cruzada, siete veces secular, la civilización universal del simoun de los desiertos africanos, y en las contiendas de este siglo, luchando cuerpo a cuerpo con la revolución, ha demostrado que será, en la nueva edad que ya comienza, la Covadonga de Europa.

 Las naciones que marchan con rapidez por el plano inclinado de la desventura para dar en la catástrofe restauran sus fuerzas lentamente, y sólo después de larga convalecencia y continuada quietud recobran la salud perdida. España, con sus inquebrantables energías, parece eximirse de esa ley que pesa sobre los destinos de los demás pueblos. Del abismo de la desgracia se alza súbitamente hasta alcanzar las cumbres del más excelso poderío.

 La misma generación mísera y abatida en Enrique IV, triunfa y resplandece como el primer pueblo de la tierra con Isabel la Católica; Carlos II y Valenzuela son el prólogo de Felipe V y Alberoni; Carlos IV y Godoy preceden á la guerra de la Independencia; los pronunciamientos pretorianos que precipitan la pérdida de América, á las guerras heroicas, en que la antigua España azota el rostro de la revolución con las mismas cadenas que había puesto á traición en sus brazos vigorosos. Diríase que nuestro pueblo hace de la desgracia el escabel de la fortuna, y de la derrota el pedestal de la victoria.

 Por eso al conmemorar a nuestros Mártires y á nuestros héroes sería la mayor de las injusticias no celebrar la memoria del más grande de los héroes y los mártires, del que resume y condensa en sí toda nuestra historia y compendia en su nombre, que significa la firmeza del triunfo y el desprecio de la muerte, lodos los rasgos de nuestro carácter, el sublime general No Importa, emblema de nuestra raza.

 El joven Príncipe que después se llamó Carlos V, oponiendo á Napoleón, en el castillo de Marrac, el non possumus del honor en medio de la debilidad y vileza de Carlos IV y Fernando VII, se yergue al lado de los que cayeron en el Parque y entre los escombros de Zaragoza, como una de las figuras más hermosas, que el odio político ha tratado de cubrir con el velo del silencio, en ese cuadro portentoso que iluminan las descargas del 2 de Mayo, las bombas de Gerona y las estrellas arrancadas al cielo de la victoria en Arapiles y Bailén.

 Este noble caudillo, Godofredo de la moderna Cruzada dirigida por los nietos de San Luis contra los nuevos musulmanes, y sus sucesores el Conde de Montemolín y Carlos VII, forman en este siglo de caracteres rebajados y voluntades enfermas la escolta de honor del general No Importa.

 Desde el héroe de Arquijas hasta los Mártires de Abanto, en las ondas de ese río de sangre generosa que socava los muros del agrietado alcázar revolucionario, se oye como un murmullo solemne que parece la voz de la Patria, el perpetuo No Importa español que nos recuerda el deber de no rendirnos nunca al infortunio y alzar altivos la frente en las horas de las grandes tristezas nacionales, recordando las magnificencias del pasado, para salir de las desgracias del presente, fijos siempre los ojos en aquella Bandera que ondeará con su lema glorioso, cifra de nuestros amores y de nuestras esperanzas, sobre los trofeos de la victoria el día en que, aplacada la justicia de Dios con la penitencia, podamos recoger el galardón de tantos sacrificios como aun en este siglo ha ofrecido el gran héroe y el gran mártir, el general No Importa, oponiendo su pecho a la metralla para que no llegara hasta el altar.

  Juan V. de Mella


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