El hurón y el zorro en sociedad

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Fábulas argentinas
El hurón y el zorro en sociedad
 de Godofredo Daireaux


El zorro hizo, una vez, sociedad con el hurón. Éste entraba en las conejeras; el zorro se quedaba afuera, espiando, y con diente ligero, cazaba a los conejos asustados que asomaban a la puerta.

Al hurón le daba parte de la presa, lo menos posible y de los peores pedazos: el cogote, la cabeza, las patas.

Pero el hurón quedaba muy conforme así; y el zorro no tenía boca para ponderar a su socio, su compañero y su amigo. Cierto que le mezquinaba un tanto la carne, pero los elogios llovían: era fuerte, valiente, sin pereza, dócil, fiel, honrado, franco, sin orgullo... un tesoro.

Un día, asimismo, ¿quién sabe por qué sería? tuvieron un disgusto y el hurón pidió la cuenta. El zorro se la arregló: y después de contar, no se sabe bien qué, con las uñas, le hizo ver al hurón que él era quien quedaba debiendo, y lo despidió, perdonándole la deuda, pero tratándolo de desagradecido.

El hurón se fue y empezó a trabajar por su cuenta; le fue bien, no más: engordó, mientras que el zorro, que ya casi no podía cazar, enflaquecía a ojos vistas.

Un día el zorrino le preguntaba al zorro por qué no trabajaban ya juntos con el hurón: «¿Qué quieres, amigo? Contestó don Juan, ¡si no sirve para nada!».

¡Es un flojo, un cobarde, un haragán, un vanidoso, un desobediente, un sin palabra... un cachafaz!».

Las cualidades ajenas fácilmente se vuelven odiosas para el que ha dejado de aprovecharlas.