El ideal anarquista en España

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El ideal anarquista en España
de Ramiro de Maeztu

Nota: «El ideal anarquista en España» (28 de noviembre de 1901) El Imparcial XXXV (12.442): p. 3.


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El ideal anarquista en España
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 Asomémosnos á los escaparates de nuestras librerías. No se echa de menos ninguna de las obras capitales del anarquismo: «La conquista del pan», «Palabras de un rebelde» y «Memorias de un revolucionario», por Pedro Kropotkin; «Evolución y revolución», por Elíseo Reclus; «El dolor universal», por Sebastián Faure ; «El dinero y el trabajo», por León Tolstoi; «Dios y el Estado», por Miguel Bakunin. Las que no aparecen: «La sociedad moribunda», por Juan Grave» ; «Psicología del anarquista», por A. Hamon»; «Historia de la Commune», por Luisa Michel; «Filosofía de la anarquía», por Carlos Malato ; se mostrarán muy en breve, si cumplen sus ofertas las casas editoriales que traducen y publican estos libros. Entre las obras de los anarquistas extranjeros se ostentan las de los españoles Teobaldo Nieva, Juan Montseny, Ramón Sempau, Fermín Salvoechea, Anselmo Lorenzo, Pedro Esteve.
 Al mismo tiempo que se publican estos libros de libertarios militantes, se traducen las obras literarias tocadas de principios anarquistas. Dos grandes literaturas modernas, una por salvajismo, otra por agotamiento, la rusa y la francesa se hallan en aquel caso. Ya por las ideas que descubren, ya por el temperamento de los autores, los libros de Tolstoi, de Turgueneff, de Dostoyuski, de Zola, de Maupassant, de Anatolio France, de Octavio Mirbeau, etc., etc., que en copiosas ediciones se propagan por nuestro pueblo, sugieren conclusiones anarquistas. Ocurre otro tanto con los autores que se hallan en vísperas de ser traducidos: Gorki, Paul Adam, Laurent Tailhade.
 Anarquistas resultan también, más ó menos conscientemente, las obras, artículos ó libros de buen golpe de artistas españoles. Caracterizan á nuestra juventud intelectual dos estados anímicos en apariencia opuestos: el criticismo agresivo, resultante de la sensualidad mal satisfecha y la resignación pesimista, hija de un misticismo que ha perdido las creencias. Pero estos dos estados más que opuestos son complementarios, como la exaltación y la depresión en los enfermos de neurastenia, y sus obras convergen en inspirar al público lector una idéntica desesperanza en la eficacia de la voluntad, un idéntico escepticismo en el cumplimiento de los deberes sociales y un idéntico anhelo de cambios bruscos y de revoluciones inauditas. De ahí que cuantas revistas ó periódicos ha pretendido crear nuestra juventud, hayan ofrecido por denominador común crítica negativa [...].
Detrás de la falange libresca, aparece el ejército de los folletos, en cuya confección son maestros el francés Estiévant y el italiano Malatesta. Luego viene el enjambre de periódicos. Sólo en Madrid se han estado publicando tres semanarios anarquistas. En toda España pasa de la docena el número de periódicos libertarios. Alcanzan algunos de ellos una tirada de 12.000 números; vende el que menos 4.000 ejemplares. Tanto como los periódicos se propagan los libros. De «La conquista del pan», por Kropotkin, se han hecho en poco tiempo tres distintas traducciones, y el número de ejemplares colocados no bajará considerablemente de 20.000. Para dar idea de lo que esto significa basta citar el hecho de que hace muchos años ningún libro editado en España ha alcanzado tal éxito, con las únicas excepciones de «Electra», por Galdós, y de «¿Quo Vadis?» por Sienkiewiz. Algunas de esas obras anarquistas, como «La conquista del pan» y «El dolor universal» se han publicado además en el folletín de periódicos no libertarios.
 Estos libros, folletos y periódicos no se leen de la manera que los otros, ni corren igual suerte. El libro burgués (aceptemos la palabreja) una vez leído pasa á la biblioteca, en donde suele dormir tranquilo hasta que los hijos lo descubren, si se vuelven curiosos al crecer. Pero el lector de las obras anarquistas, obrero por punto general, no tiene biblioteca, ni compra los libros para sí solo. El firmante de este artículo ha presenciado la lectura de «La Conquista del Pan» en una casa obrera. En un cuarto que alumbraba quedamente una vela, se reunían todas ias noches del invierno hasta catorce obreros. Leía uno de ellos trabajosamente, escuchaban los otros; cuando el lector hacía punto, solo el chisporroteo de la vela interrumpía el silencio. También ha presenciado la lectura de la Biblia en una familia puritana... La sensación ha sido idéntica en uno y otro caso.
 Lo propio debe, decirse de la prensa. Se lee infinitamente mayor número de periódicos «burgueses», pero en éstos la actualidad lo ocupa todo y como á la de hoy sucede la de mañana y nunca faltan actualidades en Estado de tan accidentada vida como el nuestro, el interés que despiertan es puramente momentáneo. No sucede lo mismo con los periódicos anarquistas. Lo que hay de actualidad en elios, referente casi siempre á constitución de sociedades obreras ó á conflictos entre el capital y el trabajo no ocupa sino la tercera ó cuarta parte del número, y como lo restante se dedica á las cuestiones doctrinales, el ejemplar se guarda... y la influencia de estas publicaciones sobrevive á su muerte... Sé de muchas gentes que conservan la colección íntegra de sus números. ¿ De cuántos semanarios se podría decir otro tanto?
 No son del todo inteligibles á nuestros obreros los escritos anarquistas, porque frecuentemente se debaten en ellos cuestiones sociológicas para cuyo conocimiento entero no se halla preparada la inmensa mayoría de los lectores. Pero lo que haya en tales escritos de enmarañada ciencia social desaparece frente al vigor de estilo, el calor propagandista y las dotes literarias con que se hace resaltar el eterno contraste entre las cabañas y los palacios, los pobres y los ricos, los explotados y los explotadores, los proletarios que perecen de trabajo excesivo y los ociosos que se mueren de tedio, después de agotar el repertorio de los placeres.
 Formulado esta contraste, tal como se nos presenta en el primer término mental, los escritores anarquistas dicen á los obreros: «¿Veis esos almacenes, esos palacios, esas tiendas lujosas? Todo ello es obra vuestra, os pertenece, os pertenecerá de hecho el día de la revolución social.»
 Al mismo tiempo les excitan á que no ahorren, negando que el ahorro pueda ser base de riqueza, con cuya excitación se halaga la imprevisión nacional; á que no intenten cimentar sus ideas en la economía política, ni en la antropología, ni en la historia, porque estas ciencias las han inventado los burgueses para engañar á los trabajadores, con cuyo consejo se da gusto á nuestra pereza intelectual; á que no mejoren la calidad de su trabajo, porque esta mejora solo aprovechará al patrono, con lo que se estimula nuestra rutina; á que no acudan á los comicios ni se preocupen de la cosa pública, instigación que encaja á maravilla en el espíritu insociable de la raza ; á que no esperen nada de las reformas parciales y sí todo de la gran revolución, en lo que encuentra su válvula expansiva nuestra tendencia á confiar en el azar ó en el milagro... y si se añade que hasta nuestra necesidad de redentores y caudillos se encuentra en cierto modo satisfecha con el santoral y el martirologio anarquistas... ¿cómo extrañarnos de que se propaguen ideales tan ajustados á los defectos del alma nacional?
 Era temible en Barcelona el anarquismo. Hoy se extiende su propaganda á toda la Cataluña fabril. De las ciudades andaluzas ha pasado á los campos. Solo en Extremadura quince mil trabajadores pertenecen á sociedades de resistencia contaminadas de anarquismo. Anarquistas son en Galicia la mayoría de las asociaciones obreras, anarquistas, más que otra cosa, los mineros de Almadén, de Linares, de La Unión y Cartagena, la casi totalidad de los obreros valencianos y de los aragoneses, buena parte de los asturianos, los de Gijón y las minas, más que los de Oviedo... Exceptuemos las Provincias Vascongadas, donde domina entre los obreros el ideal socialista, y Madrid, en que á pesar de la activa propaganda libertaria, mantienen sus prestigios entre las clases trabajadoras Iglesias, Vera, Quejido, Morato y sus amigos; en el resto de España la mayor parte de los obreros que se ponen á pensar sobre su condición, lo hacen bajo el influjo de los hombres y las ideas anarquistas. 400.000 obreros, en números redondos, se hallan agrupados en asociaciones de resistencia que no tienen oficialmente más objeto que el de trabajar por la mejora de los salarios, pero en cuya constitución han intervenido de modo principal caracterizados anarquistas.
 No quiere esto decir que haya en España 400.000 anarquistas, pero sí que el círculo de la propaganda libertaria abarca 400.000 obreros españoles. Hora es de que nuestras clases directivas—y en ellas comprendemos principalmente á las llamadas neutras—pongan los medios de restituir á la sociedad y á la patria el corazón y la cabeza de esos hombres, antes de que sea tarde para unos y para otros.

      Ramiro de Maeztu