El laurel (Andrade)

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EN EL ÁLBUM DE MI MADRE

Siempre ¡patria! repites, madre mía,
¡cuánto quema la arena del Brasil!
Siempre lloras, y en cruel melancolía
caen las hojas de un mágico pensil.

Siempre os miro del sol en el ocaso
contemplando su pálido fulgor;
siempre os miro siguiendo paso a paso
del crepúsculo incierto el resplandor.

Dime, dime: ¿en la patria idolatrada
se conoce la palma y el laurel?
Dime, madre querida, desgraciada:
¿tiene flores tan mágico vergel?

¿Hay un templo magnífico de gloria
do se premia sublime inspiración?
¿Y en las páginas bellas de su historia
no figura mi ardiente corazón?

Dime pronto: ¿los versos del poeta,
sus ensueños, espléndidos de paz,
no merecen del vulgo que lo reta
ni un aplauso entre el céfiro fugaz?

Mas tú a nada respondes, madre mía,
cuando te habla tu niño trovador;
siempre, siempre tu frente está sombría:
¿que no hay sueños de gloria y esplendor?

¿Que no sientes cual siento la esperanza
con sus alas de púrpura y zafir,
señalarme flotando en lontananza
ya cercano, risueño porvenir?

Es un ángel que vuela vagoroso
desprendido del trono del Señor;
¡oh! me dice su acento misterioso
que seré de mi patria trovador.

¡Es tan bello soñar, es tan hermoso
deslizarse en un mundo de oropel,
que no miro su abismo tenebroso
si me duermo a la sombra de un laurel!

Yo quisiera ser grande: hay en mi alma
tanto sueño de gloria y ambición,
que ya miro en mis manos una palma
con que premia ese mundo mi canción.

Hay un Dios, madre mía, que se asienta
sereno de los mundos al vaivén,
lo circunda el incendio y la tormenta
y a su voz de titán cayó Salem.

Su manto es el azul firmamento,
dorado por los rayos de mil soles,
do sube mi atrevido pensamiento
perdido en sus variados arreboles.

Son perlas de su rica cabellera
los astros al rodar en el espacio,
y el eco de su voz en su carrera
suspende sus cimientos de topacio.

Y es débil pedestal para su planta
la tierra con sus llanos y montañas;
¡gusano que del polvo se levanta
llevando destrucción en sus entrañas!

Yo, dormido a la sombra de un abismo,
sumiso me doblego a su poder,
y el mundo, con su frío escepticismo,
se burla de mi negro padecer.

Dejad que en el silencio de la noche,
cuando el césped se agite murmurando
y abra la flor su perfumado broche,
vayan las horas del dolor pasando.

Dejad que pase el roedor martirio
que agita el alma en convulsión violenta,
como en el seno de aromado lirio
polvo y humo que arroja la tormenta.

* * *

Mirad, mirad, la brisa, de las dormidas flores
los cálices agita con trémulo rumor;
la luna se levanta velada entre vapores,
bañando la floresta su pálido fulgor.

¡Qué noche tan hermosa! la luz de mil estrellas,
el céfiro riente, las olas de la mar,
suspiros armoniosos, imágenes tan bellas
dejadme un solo instante, dejadme contemplar.

Pasaron esas horas de penas y martirio
que baten nuestros sueños y agostan la ilusión;
pasaron, y en el seno del aromado lirio
los mágicos perfumes no seca el aquilón.

Del plátano agitado las hojas temblorosas
suspiran, madre mía, cual lira de marfil.
y el aura que desplega sus alas bulliciosas
murmura estremeciendo las flores del pensil.

¡Qué noche tan hermosa! no llores, madre mía ;
dirige tus miradas al célico dosel,
tai vez será fantasma de ardiente fantasía,
mas miro columpiarse las ramas de un laurel.

Corramos, que se dobla con lánguido desmayo
y agita la esperanza sus alas de zafir,
la luna lo ilumina con su argentino rayo,
y al verlo no hay recuerdos, se calma mi sufrir.

¡Cuan verde, madre mía! Si quieres a su sombra
del mundo en el desierto podemos descansar,
de trébol y de flores en la mullida alfombra
venid por nuestra patria, que lloras, a rogar.

Venid, y conversemos del Andes y sus grietas,
del cóndor atrevido que busca el vendaval,
del Plata majestuoso que cantan los poetas
con dulce melodía, con eco celestial.

Mi hermano está en la cuna, dejadle que sonría
con ángeles que agitan sus alas en tropel ;
nosotros, alejando la cruel melancolía,
soñemos a la sombra de mágico laurel.

Diciembre de 1856.