El libro talonario: 05

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Escena V[editar]

MARÍA y LUIS.


 
LUIS. Perdón la debo pedir
 si en hora tan avanzada...

MARÍA. La disculpa es excusada.

LUIS. Sin embargo...

MARÍA El insistir
 dudar es de mi franqueza,
 y fuera injusta porfía.

LUIS. Compite en usted, María,
 la bondad con la belleza.
(Se sienta junto al velador.)
 
MARÍA. Carlos tampoco ha venido:
 de suerte que para mí
 no es aun tarde, pues aquí
 le aguardo siempre.

LUIS. Afligido
 por dar una mala nueva,
 debo advertirle, señora,
 que será muy a deshora,
 y de ello tengo la prueba,
 cuando al lecho conyugal
 regrese el esposo amante:
 le he dejado hace un instante
 con Loreto Sandoval.

MARÍA. ¡Basta, Luis!

LUIS. Usted olvida
 que pruebas he prometido.

MARÍA. Olvida usted, ¡y es olvido!,
 que me va en ello la vida.

LUIS. Cuando pienso que mi amor
 en usted no halla piedad,
 mi sola felicidad
 es gozarme en el dolor
 que usted sufre, y mi porfía
 llega a pensar que es un bien
 el que usted llore también.
 Perdóneme usted, María.

MARÍA. Si es así, no más porfíe:
(Tristemente.)
 si su dicha está en mi llanto,
 será usted dichoso, y tanto,
 que ya la dicha le hastíe.

LUIS. El dolor término alcanza,
 y hasta quisieron los cielos
 que concluyeran los celos
 donde empieza la venganza.

MARÍA. ¿Venganza digna?

LUIS. Atrevido
 fuera yo, y aun descortés,
 de otra manera.

MARÍA. ¿Cuál es?

LUIS. El desprecio y el olvido.

MARÍA. Si despreciar es posible
 al hombre que tanto amamos,
 si al despreciar olvidamos,
 pronta estoy. Pero ¿es creíble
 en Carlos esa traición?
 ¿Es prueba, Luis, suficiente
 que esté, como tanta gente,
 de Loreto en el salón?

LUIS. Mi franqueza lo declara:
 no es una prueba, María

MARÍA. ¿La pena entonces valía
 de que usted se molestara?

LUIS. Una visita galante,
 una noche en un salón,
 miradas que al corazón
 llegan del objeto amante,
 suspiros que el aire lleva,
 palabras que borra el viento,
 un beso y un juramento...,
 nada de esto es una prueba.
 Mas con letra del infiel,
(Acercándose a MARÍA, en voz baja, y con marcada intención.)
 frases que roban la calma
 y que llegan hasta el alma,
 escritas en un papel,
 merecen, a lo que infiero
 -no que yo me molestara,
 no hay molestia-, que turbara
 su reposo.

MARÍA. (Con vehemencia.)
 ¡Yo las quiero!

LUIS. ¿Las cartas de Carlos?

MARÍA. ¡Sí!

LUIS. Estas son.

(Mostrándolas. MARÍA pretende apoderarse de las cartas; LUIS las retira.)
 
            No.

MARÍA. ¡Por los cielos!
(Los mismos movimientos.)
 
LUIS. Dudo.

MARÍA. ¡Me abrasan los celos!

LUIS. También me abrasan a mí.
 ¡Pregonan ruines traiciones!
(Mostrando las cartas.)
 
MARÍA. ¡Pregonarán mi venganza!

LUIS. Ella es mi sola esperanza.

MARÍA. ¡Las cartas! (Suplicando.)

LUIS. Sin condiciones.
(Le entrega las cartas con galantería. Pausa.)

MARÍA. ¡Su letra!... ¡Valor!... ¡Y aun lloro!
(Limpiándose las lágrimas y esforzándose por leer, pero sin conseguirlo. A LUIS.)
 ¿Qué dice aquí?

LUIS.(Inclinándose hacía MARÍA y leyendo la carta que ésta tiene entre sus manos.)
                            «¡Te amo tanto!»

MARÍA. ¡No puedo con este llanto!
(Los mismos movimientos.)
 Y aquí, ¿qué dice?

LUIS. (leyendo.)
                     «¡Te adoro!»

MARÍA. ¿Y al principio?

LUIS (Leyendo.)
                       «¡Vida mía!»

MARÍA. ¿Y al fin?

LUIS. (Leyendo.)
                  «¡Para siempre tuyo!»

MARÍA. ¡Mi Carlos dice que es suyo!

LUIS. ¡Y para siempre, María!

MARÍA. El cáliz quiero apurar,
 y en vano intento leer...
(Entrega las cartas a LUIS y oculta el rostro en el pañuelo.)

LUIS. (Leyendo las cartas para sí.)
 ¡Qué pasión esa mujer
 ha conseguido inspirar!
(Pausa. Después, lee en alta voz.)
 
 «Adorada Loreto: Comienza a despuntar el día y no he podid

MARÍA. ¡Basta!... ¡Basta ya!... ¡Dios mío!
 ¡Carlos!... ¡Infamia! ¡Traición!
 ¿Qué siento en el corazón?
 ¡Antes fuego y ahora frío!
(Pausa.)

 No es vengarse el olvidar;
 no es el desprecio venganza;
 pero mi mente no alcanza
 venganzas a combinar,
 que devuelvan al traidor
 y devuelvan con usura
 por mi tortura, tortura;
 por su infamia, deshonor;
 de lágrimas un raudal
 por estas lágrimas mías,
 que amarguen sus alegrías
 con Loreto Sandoval.
 ¿Qué hacer?... ¡No sé!... ¡Me confundo!
 ¡Se oscurece mi razón!

LUIS. (Leyendo las cartas para sí.)
 
 ¡Qué fuego! ¡Cuánta pasión!

MARÍA. Se siente un odio profundo,
  si sufre ofensa mortal,
  el hombre, cual caballero,
  frente a frente con su acero
  hiere el pecho a su rival.
  Y la mujer entre tanto,
  por escarnio de la suerte,
  lleva en el alma la muerte
  y sólo en los ojos llanto.
  Medita venganzas fieras,
  busca el vengador acero,
  y encuentra en su costurero...
  ¡dedal, aguja y tijeras!
(Riendo sardónicamente.)
 
 ¿No es verdad?... ¡Debo reír!
 ¿Ve usted la risa en mi boca?
 ¡Es, Luis, que me vuelvo loca!
 ¡Es que me siento morir!
(Rompe a llorar.)
 
LUIS. (Aparte.)
 
 ¡Pobre mujer; voy pensando
 que hice mal en torturarla!
 Pero ¿cómo no adorarla
 si es tan hermosa llorando?
 ¡Ojos a los que el dolor
 da tan celestial rocío,
 cómo lloraréis, Dios mío,
 cuando lloréis por amor!

MARÍA. (Con arranque repentino.)
 
 ¡Luis!

LUIS. ¡María!

MARÍA. ¿Me ama usted?

LUIS. ¡Y lo pregunta la ingrata!

MARÍA. Pero ¿con amor?...

LUIS. ¡Que mata!
 ¡Que es delirio, y fiebre, y sed!

MARÍA. ¿Dispuesto?...

LUIS. (Con exaltación.)
 
                     ¡A todo! ¡En los senos
 ordene usted que ahora mismo
 me sepulte de un abismo!...

MARÍA. (Irónicamente.)
 
 Me basta con mucho menos.
(Señalándole la mesa.)
 Escriba usted.

LUIS. (Extrañándose.)
 
     Pero ¿qué?

MARÍA. Lo que dicte.
(Se levanta y pasea con agitación.)

LUIS. (Vacilando.)
                       ¡Es singular!

MARÍA. Eso, Luis, es vacilar.
(Con ironía.)
 ¿Y el abismo?

LUIS. Escribiré.
(Se sienta LUIS y escribe. MARÍA le dicta la siguiente carta, interrumpiéndose varias veces con risa sarcástica.)
 
MARÍA. «Adorada María: No más temores, no más llanto: tú lo qu
    La despedida y firmar.
(Pausa. LUIS escribe; después, se acerca a MARÍA y le muestra la carta, satisfecho.)

LUIS. ¿Qué le parece, María?

MARÍA. No está mal; pero algo fría.

LUIS. (Desconcertado.)
 
 Yo pensé...

MARÍA. (Fríamente.)
 
                  Puede pasar.

LUIS. Consumado el sacrificio.
 ¿Me pudiera usted decir...?

MARÍA. Ahora, no: voy a escribir.
(Contesta MARÍA distraídamente y se sienta a la mesa, después de meditar algunos momentos. LUIS la observa con atención.)
 
LUIS. (Aparte.)
 
 Perdió la infeliz el juicio.

  (MARÍA corta las hojas en blanco de las cartas de CARLOS,
 
 ¡Está cortando!... ¡Si digo
 que ha perdido la razón!

MARÍA. (Aparte.)
 
 Donde escribió su traición,
 escribiré su castigo.
 Así su infamia resalta.
(Alto, y dirigiéndose directamente a LUIS, con sonrisa irónica.)
 Corto las hojas en blanco
 de varias cartas.

LUIS. Soy franco:
 nada entiendo.

MARÍA. (Riendo.)
 
                       Ni hace falta.
(MARÍA prosigue cortando hojas en blanco, y LUIS mirando con curiosidad esta operación extraña. Al fin, MARÍA se detiene y vuélvese hacia LUIS.)
 
 ¿En su carta no me dice
 que me devuelve las mías,
 aunque son sus alegrías,
 porque al fin me tranquilice?

(LUIS asiente.)
 
 Pues bien: esas cartas, Luis,
 voy a escribir, y tan llenas
 de ternura, que a mis penas
 den soberano mentís.
(Animándose por grados.)
 
 Cesó mi agudo dolor,
 di mis celos al olvido,
 y que tenga he discurrido
 una historia nuestro amor.
 La pasión que nace ardiente,
 y la nube en el espacio,
 y el sol, globo de topacio
 en el encendido Oriente;
 con su claridad el día,
 la noche que llega oscura
 el llanto de la amargura
 y el llanto de la alegría;
 todo empieza para ser,
 todo su pasado tiene,
 es crepúsculo que viene
 antes del amanecer.
 Aparición peregrina
 de oro y grana, lenta sube
 por los aires, y hoy es nube;
 mas fué flotante neblina.
 Antes de que rompa el sol
 de la mañana los velos,
 baña el azul de los cielos
 con su tinta de arrebol.
 Lentamente el rojo broche
 se hunde en la llanura fría
 del mar, pues como en el día
 hay crepúsculo en la noche.
 Y es crepúsculo del llanto
 aquella vaga tristeza
 con que poco a poco empieza
 de la dicha el desencanto.
 Y la alegría bien sé
 que suele anunciarse aquí,
(Poniendo la mano en el corazón.)
 mas como yo la perdí
 ya su alborada olvidé.
 ¡Muestre usted, Luis, más ardor!
 ¡Abra el pecho a la alegría!,
 que llega, aunque triste y fría,
 el alba de nuestro amor.
 Le amaré al principio poco...,
 y más tarde ¡con delirio!
 Así creció mi martirio,
 por grados.

LUIS. ¡Me vuelvo loco!

MARÍA. La escala he de recorrer
 de su infamia sin recelo,
 y van a ser mi modelo
 sus cartas a esa mujer
(Comienza a escribir febrilmente sobre las hojas en blanco que cortó. LUIS, en pie, la contempla. De cuando en cuando levanta la cabeza MARÍA y dirige una sonrisa a LUIS.)
 
LUIS. (Aparte.)
 
 No consigo adivinar
 sus proyectos..., mas ¿qué importa
(Pausa.)
 Sobre las hojas que corta
 escribe sin descansar.

MARÍA. (Aparte.)
 Ya Carlos habrá olvidado
 este romántico estilo,
 hoy vive ya más tranquilo
 cerca del objeto amado.
 Lea usted.
(A LUIS, dándole la carta que acaba de escribir.)
 
LUIS. «Luis de mi vida...»
(Sigue leyendo en voz baja la carta. MARÍA escribe. Aparte.)
 
 ¿Por qué, pobre corazón,
 te conmueve esta pasión
 que pinta, siendo fingida?
 ¿No estás, necio, en el secreto?
 ¿Ignoras que están tomadas
 sus frases enamoradas
 de las cartas a Loreto?
 ¿Que no está pensando en ti,
 que en Carlos está pensando?
 ¿Y qué importa?... ¡No sé cuándo;
 pero, ¡ay María!, que así,
 de la confianza en la calma,
 pudiera llegar traidor,
 y poco a poco mi amor
 hasta el fondo de tu alma!
 Repíteme que me quieres,
 oye mi amante porfía,
 que yo bien sé, vida mía,
 que virtud en las mujeres
 es con nieves en la cumbre,
 alta y áspera montaña,
 pero se sube con maña,
 y de amor la roja lumbre
 derrite cual sol los hielos,
 que bajan luego bullentes
 a los lagos y a las fuentes
 para reflejar los cielos.

MARÍA. Basta, y pienso que son hartas.
(Distribuyendo los papeles.)
 Las diviso de ese modo:
(A LUIS, sonriendo.)
 la de usted antes que todo,
(Separándolas en dos grupos.)
 las de Carlos y mis cartas.
(Señalando sus cartas y hablando consigo misma.)
 De aquéstas las suyas son
 comprobante necesario,
 como libro talonario
 de su infamia y su traición.
 Y pues tan triste es la suerte
 del espíritu orgulloso,
 que de su dicha y reposo
 dispone materia inerte,
 de estos mezquinos objetos,
 sin vida y sin libertad,
 ha de hacer mi voluntad
 esclavos de mis secretos.
 Por los cortes que tracé,
 como billetes de Banco,
 cuando las hojas en blanco
 de sus cartas separé,
 siempre me es dado ajustar
 a las suyas estas mías;
 y en verdad que mis porfías
 premio lograron hallar,
 pues tal perfección alcanza
 el ajuste y tal limpieza,
 que jamás a una vileza
 más se ajustó mi venganza.

(Pone una de las hojas de las cartas de CARLOS y la correspondiente suya, de suerte que ajusten por la línea del corte, y ríe irónicamente al ver la exactitud de la unión, todo esto mientras pronuncia los anteriores versos, de manera que al decir los dos últimos vea el público cómo materialmente se efectúa dicho ajuste.)

LUIS. (Aparte.)
 
 ¡Es pueril satisfacción!
 ¡Es capricho singular!
(Alto.)
 ¿Me quiere usted explicar?...

MARÍA. Cuando llegue la ocasión.
(Meditando.)
 Algo falta... Preciso es
 que entre Carlos cuando venga.
 Haré que Juan le prevenga,
 y a Juan yo.
(Se detiene, como variando de pensamiento.)
                  Mejor, Inés.
 Vuelvo al punto; espere aquí.
(A LUIS, dirigiéndose a la segunda puerta de la izquierda.)

LUIS. ¿Aunque Carlos venga?

MARÍA. (Deteniéndose.)
 
                                        No.
LUIS. ¿Pues dónde me oculto yo
 cuando él llegue?

MARÍA. ¿Dónde?... Allí.
(Señalando la primera puerta de la derecha.)
 
LUIS. (Haciendo un movimiento para detener a MARÍA)
 Nada sé y nada pretendo
 de sus proyectos saber:
 dueña es usted de mi ser;
 mas a lo que yo comprendo
 usted arriesga, María,
 en lance bien peligroso,
 la existencia de su esposo.

MARÍA. (Con soberano desdén.)
 ¿Cuidó él tanto de la mía?
(Sale MARÍA por la segunda puerta a la derecha.)


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