El médico rural: 06

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Capítulo VI
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El médico rural- Primera parte Felipe Trigo


A principios de noviembre seguía haciendo un calor como en agosto. Los aldeanos, ya bien acabados sus trabajos de las viñas y el acarreo de estiércol a las tierras, vagaban en una desesperación de ocio, para cuyo alivio últimamente no contaban con las fiestas de embriaguez tan de su agrado. Se habían bebido el vino. Sólo unos cuantos contumaces, que disponían de crédito o dinero, continuaban escanciándolo y jugando al mus en la taberna.

Unos íbanse por leña, con sus burros. Otros de caza, para cansarse de andar estérilmente, porque estaba cogido por grandes cotos el término rural, y en las viñas y barbechos juntábanse más hombres que liebres y perdices.

La mayor parte, al anochecer, acudían con el señor Porras al cerrillo del Cementerio, y contemplaban el cielo augustiadamente. Siempre azul. El aire inmóvil. El sol poníase en doradas agonías de su propia luz, sin una nube, áridas y tristes. Calma de ruina, de retraso de las siembras, de paralización de todas las tareas, de hambre y frío para el invierno, a seguir el tiempo así.

Esteban, viviendo una vida gris en este desolado limbo, compartíala con su Jacinta y sus enfermos.

Algunas tardes que al terminar la visita se fumaba con los aldeanos un cigarro en el cerrillo de San Blas, notábales sombríos, preocupadísimos, y menos irreverentes de lenguaje. Mostrábanse propicios a incluir en el presupuesto una partida para la compra de campanas, y ganosos de reanudar las amistades con el cura -según le saludaban de amable al verle cruzar con su jaula de perdiz y su escopeta; pero éste, que era un alto y cartonoso viejo de setenta años, tan llena de manchas su ropa como su cara de adustez, al darse cuenta de la gran tribulación en que la sequía iba poniendo a sus ariscos feligreses, tornábase cada vez más desdeñoso.

Pena daba mirar alrededor; el pueblo, el arrabal, el Cementerio, los cauces de los arroyos, que no mostraban en el fondo más que piedras... Aquello parecía un lento fin del mundo en la tórrida quietud y el polvo de los campos. Todo retostado por la paja y el calor del largo estío, la charca estaba seca, sin que al revolcarse en las resquebrajaduras de su fango pudiesen encontrar los cerdos ni vestigios de humedad. Las tierras, allá lejos cercadas por el contraste de los verdes encinares, tendíanse en una desolación de amarilla grama y de terrones, alternados con los secos sarmientos de las viñas.

-¡Agua, conchi, en menos de tres días! -gritaba uno de improviso.

-¿Por qué, Zurriago?

-¿Por qué?

-¿Por qué?

-¡Porque acaban de repuntearme los rumas de esta pata!

-¡Y a mí anoche en el ijar! ¡Reconchi!

-¡Y a mí los callos!

Pasaban los tres días, y seguía el viento tan en calma y el cielo con su misma serenidad desesperante.

-¡Agua, agua, coile, en esta semana mesma! ¡Y ahora sí que sí!

-¿Por qué, tío Cruz?

-Pues porque... ¿no oís? Ese es mi burro: siempre que rosna a estas horas, llueve.

Quedábanse escuchando el poderosísimo rebuzno que partía de unos corrales; quedábanse esperando en balde la prometida lluvia por lo demás de la semana, y así, desacreditados poco a poco los augurios, en la tertulia saltó una tarde el propósito de recurrir a la divina intercesión.

Fue el secretario quien deslizó, relamiéndose con su cara de conejo:

-Mecachi en Ronda... ¡si hiciésemos sacar a San Juan en rogativa!

Todos se miraron. La misma ansia, a la verdad, germinaba desde tiempo hacía en muchos corazones. Sin embargo, políticamente, el caso vendría a significar un triunfo para el cura y una feroz claudicación para estos conservadores descreídos.

No podía resolverlo sino el señor Vicente y oyéronle mofarse.

-¡Sí, que será lo mesmo que si a mí me arrascáis las pantorrillas!

Ante la risotada que estalló, quiso el secretario volver por sus famas y fueros de sacrílego. Burlóse de sí propio y de San Juan. El quería decir... «que pedirle el agua dándole detrás con una porra».

Dos semanas después, ya a 20 de noviembre, y con una calma y un horrible calor que más bien aumentaban, otro volvió a lanzar la idea del santo, por último recurso:

-Después de tó... que llueve, ¡bien!; que no llueve... ¿qué perdemos?

El señor Vicente consentía, alzándose de hombros:

-Bueno... por mí... ¡dir si queréis! ¡Arsa y decíselo al cura!,

Partieron cuatro, en comisión. Volvieron con un holgorio de risas y chacotas lastimeras, en que habría sido difícil distinguir qué correspondía a lo descortés de la respuesta o a la fe contrariada de ellos mismos.

-¡Coile! ¡bah!... ¡Mecachi en Reus!... ¡Don Roque dice que nos acordamos d'él porque hace farta, y que nos vayamos al ajo, y que ni que tampoco él ni que estuviá tonto pa sacá a San Juan sin una nube!

La indignación fue indescriptible. Durante un rato se habló alzarse al obispo en queja colectiva, por escrito, para echar de Palomas a un cura que de nada les servía.

Llevó a la otra tarde el secretario la queja redactada y un tintero de cuerno, para que empezasen a firmar. Pero a la otra nueva tarde, soplaba el viento y se puso el sol con grandes nubes; a la siguiente, éstas se aumentaron; y cuando olvidados de la queja la rompían, llegó a escape el monaguillo:

-Señó Vicente: de parte de don Roque, que si quién ostés pué salí San Juan mañana.

¡Hombre! ¡Lástima de gracia!... ¡A la vista de un tiempo que ya estaba chorreandito!

-Oye, Tomín -mandó el señor Vicente-: vaite y dí al cura de mi parte, que se meta a San Juan...

-¡Ejem! ¡Ejem!... -tosió fuerte el secretario, cortando, tratando de evitar que sonase el final de la blasfemia. Íntimamente, no le abandonaba la creencia de que iría a llover por haberse acordado de San Juan. Él, y acaso todos, aunque el año entero importábales un pito de los santos, le habían venido rezando en estas noches.

-¡Y atiende, mira, Tomín! -le gritó el señor Vicente al muchacho, que ya corría hacia el pueblo-. ¡Dile también que habíamos pensao comprale las campanas, y que si las quié ahora, que cuelgue de la torre el almirez!

Llovió, efectivamente, al otro día.

Tranquilo el viento, las nubes seguían uniformemente densas, con una calma de fanal. A las ocho de la mañana chispeaba. Arreció en seguida una pedrea mansa de gotas que sembró de lunares negros el polvo de las calles.

-¡Agua, Santa Bárbara bendita! -gritaban las mujeres, asomándose a las puertas.


Que llueva, que llueva,
la virgen de la Cueva,
el pajarillo canta,
la nube se levanta.


Y Esteban y Jacinta, que estaban en la cocina tomando el chocolate, corrieron a la ventana, atraídos por el tumulto de alegría.

Los tules de agua tupíanse por los aires con una serena y abundantísima firmeza que no tardó en formar charcos. -¡Agua, Santa Bárbara bendita, agua!- continuaban chillando agudamente las vecinas, entre el fuerte rumor de la que con toda esplendidez iba cayendo. Ellas y los hombres, no satisfechos con mirar desde las puertas, hallaban una delicia en calarse al poner bajo el canal de cada teja cántaros y baños y pucheros y cazuelas. La calle quedó festoneada con dos rojas hiladas de vasijas, cuyos gorgoritos de flauta, al recibir el chorrear de los tejados, poníanle notas cristalinas al contento, al inmenso y clamoroso gozo general.

Seguía, seguía siempre el aguacero. Los chicos y los grandes,. refugiados al fin en los portales, miraban correr arroyo abajo la paja y los tronchos de hortaliza. El pueblo se limpiaba. Era un gusto saturarse de aquel olor a mojada tierra. Los campesinos que habían salido al amanecer, volvían de rato en rato, al trote de las mulas, cobijándose en sus mantas, empapados. A cada uno rendíasele una ruidosísima rechifla, como ovación de regocijo.

Duró la lluvia, no sólo todo el día, sino toda la semana.

Cuando a la siguiente despejó, el sol parecía más deslumbrante en la lavada blancura de las casas. Saltaban y cantaban los gorriones en las tapias, y el otoño reverdecía por las praderas. En los amaneceres, y al caer las tardes sonaban largamente por calles y caminos las caracolas de los que íbanse o volvían de sembrar las tierras con sus yuntas. La taberna vio aún más reducido a cinco, a seis habituales el grupo de borrachos; y el pueblo, durante los días enteros, yacía en una bella y melancólica soledad de calma laboriosa turbada apenas por el gruñir de los cerdos que hozaban en el barro, por el cacareo de las gallinas y por el metálico repiqueteo de las mujeres, que a toda prisa machacaban los ajos y el pimentón de las matanzas.

Así atareando la otoñada a las gentes, y en particular a los hombres, que de sus faenas volvían fatigadísimos y con más ganas de cenar y de dormir que de tertulias, salvo a Esteban y a Jacinta de aquéllas tan molestas que habíanles abrumado tiempo atrás. Pudieron encauzar su vida en una intimidad más dulce. Libres de intrusos, pasábase ella gran parte de las mañanas bordando junto al marido, en el despacho. El estudiaba con el método que permitíale la escasez de los enfermos, y primorosamente modelaba en barro piezas anatómicas, que luego de pintadas le servían para ir adornando las paredes. Hacia las doce sentían que el niño despertaba; corrían por él, a cual llegase antes, tirando libros y costuras, y besándole con ímpetus de rabia que le hacían llorar, traíanle a vestirle al pie de la ventana. No había que pensar en más trabajos que jugar con el chiquillo hasta la hora de comer. El sol filtrábase por el blanco tul del ventanuco. La casa, toda en orden, olía a flores, lejos ya de apestar a las colillas y al estiércol de que dejábanla infestada los sucios tertulianos. Únicamente seguían molestándoles las moscas.

Salían juntos por las tardes. Nora llevaba al pequeñín. Esteban una escopeta que el señor Porras le prestó, y mataba alondras y cogutas. Todos se divertían, comiéndose la merienda que Jacinta porteaba en un cestito. En las afueras solían encontrarse a un buhonero viejecete, a quien Jacinta comprábale puntillas. El hombre, sentado sobre la canasta, aguardaba a que su mujer diese una vuelta por Palomas cambiando agujas y alfileres por pieles de conejo.

-Bueno, y usted ¿por qué no entra?

-¿Aónde?

-A las calles.

-¿Pa qué?

-Para vender.

El vejete miró a Jacinta de alto abajo.

-¡Yo no entro, mujer, en un pueblo tan desinificante!

Y Esteban, alejándose, riéndose con Jacinta del cómico desprecio del buhonero, llevábase la un poco humilladora sensación de su modestia: el médico del pueblo desinificante lo era él.

Sin embargo, en el pobre pueblecillo, veíanse felices los dos, nada más con que así fuésenles dejando formarse de dulzuras de ellos mismos la existencia. Las noches, sobre todo, pasábanlas muy bien.

En cuanto el tío Boni y su mujer se acostaban, Nora barría la cocina, arreglaba el fuego, cargándole de leña; y como a Jacinta gustábala guisar, Esteban complacíase en ayudarla batiendo huevos y desplumando los pájaros cazados por la tarde. Luego, mientras saltaban alegremente el lomo y el aceite en la sartén, inundando el aire de aromas suculentos, la vieja criada ponía la mesa con blanquísimo mantel, y el niño jugaba y se reía en brazos de su padre.

Otra vez Nora, ya que habían cenado, ordenaba la cocina y con un trapo mojado recortábale a la lumbre la ceniza; al calor alegre de las llamas hervía el café, y jugando siempre con el niño, lo esperaba el joven matrimonio. Bien cerradas al fin las puertas de la calle, bien llena hasta las blancas bóvedas aquella limpia paz de ermita por las rosas del chiquillo, los padres sentíanse profundamente sepultados en una sensación de hogar que hacíales olvidarse del resto de la tierra. Cada pequeña cosa se les agrandaba en su ternura inmensamente. Nora, para halagarse y halagarles sus gustos ciudadanos, hacía el café en una rusa cafetera que ponía sobre las ascuas, por no tener alcohol pues todo se agotaba en un pueblo donde no había tiendas y al que sólo de fuera, y muy de tarde en tarde, podía traerse provisiones; luego lo servía en una mesita inglesa, con finísimo juego de tazas del Japón, que en la sala figuraban como adorno, y con gran lujo de servilletitas. Jacinta, ansiosa de aumentarse ilusiones de nobleza en tan grata soledad, traía también búcaros de flores contrahechas, y sentábase y tomaba su café hablándole a Esteban de Sevilla, de sus padres, de su época de novios, más feliz -mientras él fumaba y sonreía buscándose en la rubia belleza de ella y en el niño el descanso del alma y de los ojos.

-¡Sí, verás, acabaremos por vivir bien y muy contentos! -augurábale Jacinta, tan pronto como el niño, que ya corría, harto de jugar, dormíasele en la falda-. La mujer del tío Boni me ha dicho que tal vez se vayan ellos a su huerta y nos puedan dejar la casa entera.

Era el ensueño de ambos -una vivienda en donde aislar de extraños sus ternuras-. Prolongándose el encanto, cuando Nora y el pequeño se acostaban, ellos seguían de charlas hasta las doce, hasta la una, o jugaban a la brisca, o hacía labor Jacinta, y Esteban leía en voz alta los periódicos; pasábanse al fin por el cuarto de su hijo, le arropaban en la cuna, le besaban, le miraban, le adoraban... y unidos en gentil abrazo marchaban también a acostarse, casi llorando de mutua gratitud por la ventura que a fuerza de bondad y de corazón íbanse tejiendo.


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