El maestro Tin-tin

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​El maestro Tin-tin​ de Joaquín Díaz Garcés



Así lo llamaban en todos los alrededores porque desde muy lejos ya se sentía el golpe del yunque en su fragua del barranco del río. Era un viejo de cara sumamente bondadosa, ojos suaves, y aspecto inofensivo y simpático. Herrero desde muchos años, prestaba sus servicios en la hacienda, componiendo un día la llanta de una carreta, supliendo otras el perno de un arado, haciendo el cerrojo de un portón o soldando los zunchos de una tina.

Desde el amanecer se sentía ya el vibrante golpe del yunque, llenando todo el barranco y sobresaliendo sobre los mil ruidos del despertar de las mañanas de campo. Era una nota aguda, alta, cristalina, que contribuía a alegrar el comienzo del trabajo, como un valiente toque de diana. Y cuando pasaban los peones con la herramienta al hombro para ir a ocupar el puesto que a cada cual le correspondía en la batalla del día, decían entre sí:

-Ya está el maestro Tin-tin en la fragua.

Cada día llegaba alguien hasta la puerta de su casa, abierta entre dos álamos viejos, y adornada con dos frondosas matas de cardenales rojos, en consulta de algún descalabro de ferretería. Y el maestro Tin-tin salía con las mangas arremangadas y su delantal de mezclilla azul, y siempre sonriente, siempre amable, lo resolvía todo a ojo de buen varón.

A medida que la tarde declinaba iba bajando el diapasón de los golpes del maestro, hasta que junto con hundirse la última extremidad del sol en el poniente, se sentía el último golpe, el del combo que caía abandonado sobre el yunque.

Entonces el viejo salía a la puerta a ver pasar a los que volvían del trabajo, y allí permanecía hasta que al otro lado del río tocaban el Ángelus y lo rezaba él con la cabeza descubierta y la vista baja para entrarse después a la casa donde ya hervía la olla de frejoles al fuego.

El maestro Tin-tin tenía cuatro hijos, de 23 años el menor, y de 32 el primero; pero ninguno vivía allí al lado de esa fragua y de ese yunque a cuyo golpe habían despertado y se habían dormido tanto tiempo. Le querían, le respetaban, le oían; pero cada uno había partido con su saquito al hombro, siguiendo ese errante camino de nuestros peones, que no necesitan de brújulas, ni de reloj, ni de calendarios.

El viejo se iba gastando. Sentía que el martillo no caía con tanta fuerza y echaba la culpa de esto al fierro, que según él «estaba ya tan duro como el corazón de un impenitente». Pero resultó que un día se quebró una llanta que acababa de componer; otro resultó inservible un perno para un arado; y cada vez demoraba más tiempo en las más insignificantes operaciones.

El patrón, respetando la ancianidad y los servicios del maestro Tin-tin, le dejó su fragua, su casa, sus herramientas, y buscó en la vecindad otro herrero joven que fue a establecerse no lejos de él.

Trabajaba un día el maestro y golpeaba penosamente el fierro enrojecido, lamentando que cada día lo hicieran más duro y tenaz, cuando creyó sentir alternados con sus golpes otros más lejanos, pero más fuertes, más sonoros, más enérgicos. Pensó en el primer momento que soñaba; pero dejando quieto después su martillo pudo escuchar claramente los golpes de otro martillo y otro yunque.

Y entonces cayendo desalentada la cana cabeza sobre el pecho, pensó con la más amarga sonrisa:

-No era el fierro el que estaba duro, era mi brazo que estaba débil.

Y después alegrándosele el rostro, iluminándosele los ojos, se hizo todo oídos, y llamando apresuradamente a su hija, le dijo:

-¡Oye, oye! ¿Sientes ese otro martillo? Así tan fuerte, tan vigoroso, tan robusto era el brazo de tu padre. ¡Así golpeaba yo! ¡Así debe golpear un herrero!

Pero vencido después por la amargura de su impotencia, sollozando como un niño, apoyó su cara en el hombro de la muchacha y apenas pudo hablar.


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Desde entonces el maestro Tin-tin se echó a buscar por los caminos, trozos de hierro, pedazos de llanta, clavos, zunchos, pernos, tuercas, y echándolos todos a una bolsa, se volvía paso a paso a su casa y la vaciaba al pie de la fragua. Durante muchos días se le vio vacilante, rendido, sudando, pero sin cejar un punto en su tarea hasta que el montón subió algunas varas.

Después comenzó con el ardor de sus buenos tiempos la tarea de enrojecer los fierros y golpearlos y unirlos. No le era posible estar mano sobre mano, sin ver encendidos los carbones de la fragua, y sintiendo sólo los golpes del otro herrero, del forastero que había venido a suplantarlo. No podía el incansable viejo darse por derrotado antes de morir.

¿Qué hacía el maestro Tin-tin? Nadie lo sabía. Cuando con diversos trozos de hierro había formado uno solo de medio metro de largo, lo dejaba y comenzaba uno nuevo; y todos estos bastones forjados a golpe de combo iban a parar debajo de su catre, hacinados en un montón.

De nuevo había vuelto el vecindario a acostumbrarse a la incansable actividad del maestro Tin-tin. Desde lejos se sentían alternados, cada dos golpes sonoros y vigorosos del herrero joven, uno apagado y débil del herrero viejo. Parecía aquello el sonar de un péndulo, la disputa de la vida con el tiempo, un diálogo entre el aliento juvenil del que comienza y el jadeo anhelante del que acaba...

Una mañana salió el sol, avanzó el día, comenzó el herrero joven a dar en el yunque, y el maestro Tin-tin callaba... ¿Qué le pasará al maestro? se preguntaban todos, y poco a poco fueron llegando las vecinas, y entrando a la modesta casita de los cardenales rojos.

El viejo estaba en cama, tendido de espaldas y respirando con fatiga. Muy luego pasaron el río y avisaron al cura que debía ayudar al herrero a hacer sus maletas para el último viaje.

Entretanto el maestro Tin-tin había dado orden de llamar a sus hijos, y la muchacha sentada a la puerta fue enviando el aviso con todas las carretas, arrieros y carruajes que pasaban en diversas direcciones.

Un largo, un interminable día de agonía, transcurrió con la lentitud del dolor y del sufrimiento.

-¿Qué cosa es la vida -decía el cura al salir- sino una herrería en que cada cual da en el yunque hasta que se fatigan los brazos y se apaga la fragua?

A la noche llegaron dos de los hijos y el otro al amanecer. Muy tempranito, cuando apenas clareaba el alba, un ruido de campanillas y de rezos se dejó sentir hacia el río, donde atravesaba el cura en su carruaje a traer el viático al moribundo.

Lo recibió éste en medio del recogimiento de todos y de los sollozos de los hijos que, arrodillados en torno de la cama, cogían de sus manos curtidas y secas al agonizante.

El viejo quiso hablar, se incorporó, miró a los tres muchachos que, con los ojos llenos de lágrimas le atendían, y dijo con desmayada y torpe voz:

-Debajo de mi cama hay cincuenta varas de fierro. Mi única disposición es que me hagan mis tres hijos, con ellas, una cruz grande para plantarla en mi tumba. Trabajen en esta obra incansablemente porque no podré estar tranquilo en la otra vida, mientras no esté mi cuerpo a la sombra de esa cruz.


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Los tres hijos se pusieron entonces a la obra. Encendieron la fragua y comenzaron ardorosamente a unir las varas para formar la cruz. Durante un mes resonó todo el barranco del río con los martillazos de los fuertes y robustos herederos del maestro Tin-tin.

Por fin, quedó la cruz concluida y los tres marcharon a la tarde hasta el cementerio parroquial, donde la clavaron respetuosamente y rezaron con las cabezas descubiertas.

A la vuelta los esperaba humeante la olla sobre el fuego; y la hermanita soplaba los tizones con la faz aún encendida y llorosa.

Los hermanos se miraron y quedaron pensativos un instante. Por fin, el mayor dijo:

-Yo creo haber entendido la última voluntad de mi padre. Tanto daba poner en su tumba una cruz de palo como una cruz de piedra. Pero él quiso que la hiciéramos nosotros, de fierro, para que nos acostumbráramos a su oficio y le tomáramos cariño a la fragua... Yo no corro más tierras; he aprendido ya a golpear el fierro y me quedo aquí de herrero...

El segundo exclamó:

-Yo he aprendido a caldear la fragua... Te acompaño.

Y agregó el tercero:

-Yo también me quedo.

Y se quedaron los tres. Y es fama que los golpes de su yunque sonaban diez veces más que los del herrero nuevo, porque el maestro Tin-tin, rejuvenecido ya en la otra vida, ponía toda su fuerza en los brazos de sus tres hijos.


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Un día pasamos en coche por el barranco del río. El señor cura asomando la cabeza por la ventanilla hizo un saludo cariñoso a los tres robustos herreros, y sonriendo, nos dijo:

-Esos son los sucesores del maestro Tin-tin.