El marido más firme/Acto II

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Acto I
El marido más firme
de Félix Lope de Vega y Carpio
Acto II

Acto II

Sale EURÍDICE.
EURÍDICE:

  Amor desconfiado,
de ti dicen que nadie ha tenido,
dichoso o desdichado,
sin celos, porque apenas al sentido
tocaron tus desvelos,
cuando son de tu sol sobra los celos.
  Yo sola, de tus iras
libre, amando salí libre me veo;
sospechas ni mentiras
no me han dado temor, ni apenas creo
que hay celos más que el nombre,
ni que los tiene la mujer del hombre.
  Diga quien celos tiene:
¿de qué manera son cuando atormentan?
¿Cuándo su pena viene?
¿De qué nacen y adónde se sustentan?
Y siendo infierno celos,
¿por qué tienen el nombre de los cielos?
  Adórame mi esposo
con tal pureza de alma y de sentido,
que ni él está celoso,
ni celos tengo de él, porque no han sido
tales nuestros amores
que puedan atreverse los temores.

EURÍDICE:

  Cuando la noche fría
el mundo baña en miedo, en hurto, en sombra,
amada esposa mía,
y otras veces también mujer, me nombra:
¡Quién tan larga la hiciera
que dos siglos después amaneciera!
  Y cuando el alba hermosa
las perlas que le hurtó liberal llueve,
y la encarnada rosa
en copas de coral aljófar bebe,
dice que en mí las mira,
y porque vió la luz del sol suspira:
  En vida tan contenta,
¿qué puede haber que el alma que le adora
más tema, ni más sienta,
que ser corta la vida, pues agora
por gozarle quisiera
que fuera cuerpo el alma, y siempre fuera?

FÍLIDA:

  Si los jueces fieros
que en el infierno con rigor castigan
crueles y severos,
a quien jamás las lágrimas obligan,
hicieron fuego eterno,
celos, ¿cómo no estáis en el infierno?
  Quien dijere que pudo
amar sin celos miente claramente,
o es tan grosero y rudo
que las ofensas del amor no siente;
que quien sin celos ama,
no tiene honor y el de ser hombre infama.
  El cisne no permite
otro cisne en el agua donde nada,
ni que le solicite
otro amante su prenda: la sagrada
paloma, a Venus bella,
que como sabe amar, teme perdella.
  Yo muero de celosa,
mas no puedo estorbar a quien me quita
mi bien, por más dichosa,
que no le goce, aunque a morir me incita;
que el nombre de marido
tiembla el furor que abrasa mi sentido.
  ¿Qué importa, amado Orfeo,
que me consuma yo por gracias tantas
cuantas ve mi deseo,
cuando hablas, cuando escribes, cuando cantas,
si Eurídice, tu esposa,
mujer te quiere, como yo celosa?

EURÍDICE:

  Fílida, ¿tú estás aquí?

FÍLIDA:

Guárdente, ninfa, los cielos.

EURÍDICE:

No sé qué te oí de celos,
¿es verdad que hay celos?

FÍLIDA:

Sí.

EURÍDICE:

  ¿Qué son celos?

FÍLIDA:

Un temor.

EURÍDICE:

¿De qué?

FÍLIDA:

De perder quien ama
el bien que tiene.

EURÍDICE:

¿Eso llama
celos la que tiene amor?

FÍLIDA:

  Esto pienso.

EURÍDICE:

Y ¿a qué efeto
teme quien ama perder
el bien?

FÍLIDA:

Porque puede ser,
y así el temor es discreto.

EURÍDICE:

  ¿Cómo?

FÍLIDA:

¿No puede mirar
otra mujer lo que quieres?
¿No hay mil hermosas mujeres
que le pueden agradar?

EURÍDICE:

  ¿Por qué, queriéndome a mí?

FÍLIDA:

Porque no todas las cosas
de mil mujeres hermosas
estarán juntas en ti.
  Si eres blanca, podrá ser
que le agrade una morena:
si eres compuesta y serena,
tan bulliciosa mujer.
  Y aunque tú discreta seas,
otra puede saber más,
y hay gracias que no tendrás
que se imaginan en feas;
  sin esto, lo que se tiene,
suele no estimarse tanto.

EURÍDICE:

De lo que dices me espanto.

FÍLIDA:

Pues de esto que digo viene
  a estar la propia mujer
celosa de su marido,
porque es un bien adquirido
qüe no se puede perder.

EURÍDICE:

  Con no apartarme jamás
del bien que el cielo me dió,
no seré celosa yo.

FÍLIDA:

Más pienso que lo serás;
  que si le oprimes, es cierto
cansarle, y el que se cansa,
en otra parte descansa.

EURÍDICE:

De no dejarle te advierto.

FÍLIDA:

  ¿Qué importa para ofenderte
con el pensamiento, y dar
tú en celos de imaginar
que es posible no quererte,
  y querer a otra mujer?

EURÍDICE:

Más claro verlo quisiera,
aunque celosa me viera.

FÍLIDA:

Pues no es difícil de hacer.
  Tu esposo ayer, que salía
de tu casa al prado, vió
que de buenos aires yo
por el arroyo venía;
  con las dos manos alcé
el faldellín tan igual,
que, al pasar, aun el cristal
no dió señas de mi pie;
  pero diéronla sus ojos,
pues me dijo: «Pies tan bellos,
bien merecen que tras ellos
se vaya el alma en despojos;
  menos ligeros quisiera
que en el arena saltaran,
para que estampa dejaran
donde la boca pusiera.
  Y así con deseos vanos
rogué al amor que después
tropezaran vuestros pies
para que os diera las manos.»

EURÍDICE:

  ¿Eso te dijo mi Orfeo?

FÍLIDA:

Esto me dijo.

EURÍDICE:

¡Ay de mí!
¡Muerta soy!

FÍLIDA:

¿Siénteslo?

EURÍDICE:

Sí.

FÍLIDA:

¿Mucho?

EURÍDICE:

Que morir me veo.

FÍLIDA:

¿Tanto?

EURÍDICE:

  A la muerte me has puesto.

FÍLIDA:

¿Es gran pena?

EURÍDICE:

Es rigurosa.

FÍLIDA:

Pues eso es estar celosa.

EURÍDICE:

¿Esto es celos?

FÍLIDA:

No es más que esto.

(Vase FÍLIDA.)
(Salen ORFEO y FABIO.)
FABIO:

  ¿Tan contento estás?

ORFEO:

Estoy
tan contento, Fabio amigo,
que es lo menos lo que digo
de lo que dichoso soy.
  Si me acuesto, no querría
que el alba se levantase,
para que no me obligase
al ejercicio del día,
  o pasase, ya que fue,
con tanta velocidad
que en la misma claridad
pusiese la noche al pie.

FABIO:

  ¡Qué venturoso casado!
Alguno conozco yo
que en una noche pensó
que ya era el mundo acabado.
  Tan larga le parecía,
que, cuando el alba salió,
a un espejo se miró
por ver si canas tenía.

ORFEO:

  Sería la mujer fea.

FABIO:

Sobre que era fea y fría,
algo de necia tenía.

ORFEO:

Fabio, no hay cosa que sea
  más extraña para mí,
que a un amigo le sufráis,
cuando muy necio le halláis,
un año y muchos ansí.
  Que una grande calentura
o algún terrible dolor,
una noche, que en rigor
parece que un siglo dura.
  Y que no tenga paciencia
para sufrir un casado
la mujer que Dios le ha dado
o falta honor o prudencia.

FABIO:

  ¿Qué dolor o calentura,
qué amigo necio se iguala
a una mujer?

ORFEO:

La más mala
servir y agradar procura,
  y, en fin, es propia mujer.

FABIO:

Eso es lo peor que tiene,
porque todo el daño viene
de no poderla perder.
  La calentura se quita
curándola, y el dolor
con medicinas, señor,
que el médico solicita.
  Pero la propia mujer
solamente con la muerte,
porque es la cosa más fuerte
que un hombre puede tener.

ORFEO:

  Bienaventurado el hombre
que halló mujer a su gusto,
sin ocasión de disgusto
y sin temor que le asombre.

FABIO:

  ¿Qué llamas temor?

ORFEO:

De ser
celoso, un bien de los cielos
grande, y que no tenga celos
de su ofensa su mujer.

FABIO:

  No tendrá celos de ti
Eurídice, pues desprecias,
sean discretas o necias,
cuantas se pierden por ti.

ORFEO:

  ¡Ay, Apolo! ¿Cómo está
triste Eurídice? Mi bien,
¿no me habéis? ¿Qué es esto? ¿Quién
pena, mis ojos, os da
  y los vuestros entristece?
O ¿hacéislo, señora mía,
para que imagine el día
que vuestra luz le anochece?
  ¿Qué accidente padecéis?
¡Triste de mí! ¡Yo soy muerto!

EURÍDICE:

Allá, del pie descubierto
de Fílida lo sabréis.

ORFEO:

  ¿Qué pie? ¿Qué Fílida? ¿Cuándo
a Fílida vi ni hablé?

EURÍDICE:

Cuando le vistes el pie
el arroyuelo saltando.

ORFEO:

  Celos o engaños han sido
si pensáis que yo la vi.

EURÍDICE:

Ella me lo ha dicho aquí.

ORFEO:

Pues ella lo habrá fingido
  para burlarse, mis ojos.

EURÍDICE:

Dijístesle: «Pies tan bellos,
bien merecen que tras ellos
se vaya el alma en despojos;
  menos ligeros quisiera
que en el arena saltaran,
para que estampa dejaran
donde la boca pusiera.
  Y así, con deseos vanos,
rogué al amor que después
tropezaran vuestros pies
para que os diera las manos.»

ORFEO:

  ¿Yo dije tal?

FABIO:

¿Ves, señor,
que no puede haber casado
que no viva, si es amado,
sujeto a tanto rigor?
  Mal haces, señora mía,
en creer una envidiosa
que, de tu gusto celosa,
poneros en mal quería.
  Las galas y el buen marido
envidia toda mujer;
por esto debe de haber
lo del arroyo fingido.
  Y pruébolo. Si le viera
el pie tu marido, Orfeo,
que no la alabara creo,
porque ayer en la ribera
  de ese nuestro humilde río,
una chinela dejó
con la fuerza que saltó,
que tiene pesado el brío:
  halléla, que aquel distrito
suelo pescar muchas veces,
con cuatro libras de peces
como si fuera garlito:
  llevéla a darle matraca,
y en albricias me dió el pie,
donde aquel cesto calcé
en una lengua de vaca.

ORFEO:

  ¡Ay, Eurídice querida,
qué agravio a mi amor has hecho,
sabiendo tú que en mi pecho
sirves por alma a la vida!
  Deja esos vanos recelos,
envidia vil de los dos;
que no ha hecho gracias Dios
con que puedan darle celos.
  Envidiando tu hermosura,
de su cabeza sacó
este embuste quien pensó
darte el pesar que procura.
  Pero dice mi firmeza
que en vano su engaño es,
pues aunque entra por los pies,
ni tiene pies ni cabeza.
  ¡Si los vi, plega a los cielos
que me aborrezcas, mi bien,
y que mis celos te den
causa para darme celos!
  Estimo el verte celosa
si son señales de amor,
y vuelve con su rigor
la más tibia, más gustosa;
  pero no el ver sin razón
que mi inocencia...

EURÍDICE:

No quiero
quererte sin que primero
me des más satisfacción.

FABIO:

  ¿Quieres que vaya, señor,
por la chinela que digo?

ORFEO:

Mi Eurídice, ven conmigo:
verás si es firme mi amor.

EURÍDICE:

  Vamos; que ya mis desvelos
me muestran, a costa mía,
que sé lo que no sabía.

ORFEO:

Pues ¿qué sabes?

EURÍDICE:

Lo que es celos.

ORFEO:

  Ven, que la satisfacción,
te hará olvidar su pesar.

EURÍDICE:

¿Cómo los podré olvidar
después que sé lo que son?

(Vanse EURÍDICE y ORFEO.)


FABIO:

  No es posible que no sea
con causa quejarse aquí
Eurídice; yo mentí,
que sólo su paz desea:
  que chinela tan notable
en mi vida pienso vella;
¡Si apenas cupiera en ella
el alma de un miserable!
  Calcésela en las orillas
del arroyo en que la hallé,
y con andarle en el pie
sentí en las manos cosquillas;
  no sé qué pueden tener
los pies para enamorar,
pues ni ellos saben hablar,
ni al que habla responder.
  Mas no enamoran por vanos
cuando por la saya asoman;
que como los pies no toman,
quiérense más que las manos.
  Orfeo debe de haber
con aquellos pies topado;
que esto de hablar de casado
melindres deben de ser.
  Celoso estoy; que pues yo
la bella Fílida amé
cual figura por el pie,
lo mismo le sucedió.
  No blasone ningún hombre
que amare, con posesión;
que los hombres hombres son,
y es la libertad su nombre.
  Aristeo, viene aquí;
¿cuánto va que me persigue,
sin que el enojo le obligue
con que ayer le respondí?

(Sale ARISTEO.)
ARISTEO:

  En tu busca, Fabio amigo,
ando desde hoy todo el valle.

FABIO:

Para lo que tú me quieres,
es lo mismo no buscarme.

ARISTEO:

Ya no quiero que me quiera
aquella nueva Anaxarte,
aquella Daphe laurel,
y más ingrata que Daphe.
Volverme a mi reino quiero,
y sólo quiero rogarte
que, porque en ausencia suya
no venga amor a matarme,
hagas de suerte que lleve
aquel retrato en que salve
la vida, como en el templo
de tan soberana imagen.
Daréte por él dos joyas
que valen cuatro ciudades,
aunque para su hermosura
menos que estas flores valen.
Como ella al sol en belleza,
aquí vence al oro el arte,
lo falso a lo verdadero,
el relieve a los diamantes.
Dame, Fabio, este contento;
que quiero luego embarcarme
a Tracia, de donde quiero
otro presente enviarte
en que conozcas mi amor.

FABIO:

Aristeo, no te canses;
ya ves que para ser hurto
es aquel retrato grande,
y que, echándose de ver,
era poco que me maten;
tras esto, como en las bodas
cayó en tierra y pudo alzarse,
está en más veneración
que los sagrados Penates;
si tú quieres uno mío
con que puedas consolarte,
yo te le daré; mas es
de mala mano.

ARISTEO:

¡Que trates
mi amor, Fabio, de esta suerte!

FABIO:

Ahora bien, para obligarte
una cosa quiero hacer,
para tu remedio fácil
bien sé que me engañas.

ARISTEO:

¿Cómo?

FABIO:

En decirme que ausentarte
puede ser posible amando.

ARISTEO:

¿No pueden, Fabio, forzarme
los desdenes?

FABIO:

Los desdenes
detienen un firme amante.
Si Troya se les rindiera
en viendo las griegas naves,
no ganara fama Aquiles
ni los demás capitanes:
diez años de resistencia
dieron los hechos iguales
al laurel de la victoria.

ARISTEO:

La verdad me persuades;
pero dime tu consejo.

FABIO:

¿Conoces en este valle
a Fílida, una pastora
que cuando a la tarde sale,
hay dos albas aquel día,
con salir siempre a la tarde?

ARISTEO:

De vista no más.

FABIO:

Pues oye:
si Medea, Circe, Hecale
y las demás hechiceras
que historia y fábula saben,
resucitaran agora,
le rindieran vasallaje;
es mujer que escribe letras
en la luna, tempestades
levanta en cielo sereno,
en los más tranquilos mares:
a la mujer más helada
que quiera, perdida hace,
a quien en su vida pudo
obligarla que le amase.
No hay diablo en el hondo abismo
seguro, como le llame;
luego, a ver lo que les manda,
del negro Aqueronte salen:
una vez azotó a uno.

ARISTEO:

¿Cómo puede ser, si sabes
que son espíritus?

FABIO:

¡Bueno!

ARISTEO:

Pues ¿qué quieres?

FABIO:

Que repares
en que es interior la pena.

ARISTEO:

Ahora bien, ¿qué podrá darme,
para remedio de amor,
Fílida cuando le hable?

FABIO:

¿Cómo qué? Hierbas, palabras,
versos, conjuros...

ARISTEO:

Pues parte
y tráeme a Fílida aquí;
que si puedo remediarme,
diez colmenas te prometo.

FABIO:

Pues para desengañarte
de que ya sabe tu intento,
basta que a buscarte baje
Fílida al valle.

ARISTEO:

Es verdad.

FABIO:

Pues solo quiero dejarte;
pero advierte, mayoral,
que si es verdad, has de darme
las colmenas prometidas.

ARISTEO:

Pocas son para pagarte.

FABIO:

Estoy bien con las abejas,
porque son muy semejantes
a los ingenios que inventan,
pues de varias flores hacen,
con su trabajo y estudio,
aquel licor tan suave.
Y con los zánganos mal,
que dicen que entre ellas nacen
y la dulce miel les comen,
porque estas bastardas aves
parecen a los que hurtan,
por mucho que lo disfracen,
lo que los otros trabajan.

ARISTEO:

Ya llega.

FABIO:

Apolo te guarde.

(Vase FABIO y sale FÍLIDA.)
FÍLIDA:

  Este es aquel amante de Eurídice
tan desdichado como yo, que adoro
a quien la adora.

ARISTEO:

Mucho contradice
a la opinión que tiene su decoro.
Pero si Fabio con piedad me dice
que sabe el arte de olvidar, que ignoro,
o el de querer, ¿qué más me importa? ¡Ay, cielo!
¿Qué temo? ¿Qué pretendo? ¿Qué recelo?
  Hermosa ninfa, a quien siempre responda
fértil el trigo que en tus eras mides,
y Baco tan copioso corresponda
que lleguen al lagar las propias vides;
y apenas con el tiro de la honda
alcances en el monte que resides
a la postrera oveja del ganado,
tan ancho baje desde el monte al prado:
  yo soy un hombre cuyo nacimiento
lejos de aqueste valle, es más honroso
de lo que te promete el ornamento
que disfraza mi intento cauteloso;
en fin, un amoroso pensamiento,
que basta que le entiendas amoroso,
me ha detenido por aquestos sotos,
que lleguen al lagar las propias vides;
  Apenas de Eurídice la hermosura
vieron mis ojos, cuando ya casada
la goza Orfeo, aquel cuya ventura
no tiene reinos con su gusto en nada.

ARISTEO:

Lloré, volvíme loco, y por la dura
tierra arrojado, me halló el alba helada
más de una noche, porque al fin le quiere,
y no quiere que yo remedio espere.
  Hame dicho un pastor, pastora mía,
que tú sola podrás, si puede alguna,
o quitarme esta loca fantasía,
o remediar tan áspera fortuna;
por ti, la condición más dura y fría,
más áspera, rebelde e importuna,
dicen que tierna y blanda quiere y ama,
y que quien ama, lo que amó desama.
  ¡Ay, Fílida gallarda! Si a los cielos
mueve un amante, imítalos agora:
o quítame este amor, o aquestos celos,
o de mi amor a Eurídice enamora,
o en ella siembra incendios, o en mí hielos.
Alábase tu ciencia vencedora
de aquel desdén, y ofreceré a tus ojos
almas, en vez de inciensos y despojos.

FÍLIDA:

  Saber que te han engañado,
¡oh generoso Aristeo!
puede templar el deseo
de castigarte culpado.
  ¿Parécete que hay en mí
para tal oficio partes?
si yo sé de amar las artes,
del cielo las aprendí.
  Los hechizos de allá vienen:
de ellos, Aristeo, me valgo;
que puesto que pueden algo,
es corto el poder que tienen.
  No hay hechizo en la mujer
como merecer amor,
porque forzar lo interior
no sé cómo puede ser.
  Con mal anda la hermosura,
y aun la edad, cuando se vale
de hechizos quien ya se sale
del mismo bien que procura.
  Amor, ¿qué pide? Otro amor;
pues si no es amor forzado,
claro está que no ha llegado
a conseguir su favor.
  No quiero, aunque bien pudiera,
enojarme, y la razón
es tu engaño y mi afición,
que la tuya considera.
  Si a Eurídice quieres bien,
yo me muero por Orfeo;
su esposa te da deseo,
y a mí su esposo también.
  Y aunque has venido engañado,
no ha de ser en vano ya;
que de tu engaño saldrá
remedio a nuestro cuidado.
  ¿No es hechicera quien sabe
hacer invenciones?

ARISTEO:

Sí;
y perdóname si fui
contra persona tan grave,
  mal informado de Fabio,
pastor grosero y burlón;
que es todo ingenio bufón
dispuesto a cualquier agravio.
  Bien sé yo que quien hechiza
no está de sí satisfecha;
la edad que ya no aprovecha,
busca el fuego en la ceniza.
  Pero quien fía de sí
lo que puede enamorar,
basta dejarse mirar
como yo te miro a ti.
  Amanecer a la aurora
una mujer afeitada
de jazmín y de encarnada
rosa, altamente enamora.
  La que se acuesta clavel,
y lirio azul amanece,
busque hechizos, pues merece
que la aborrezcan por él.
  Pero pues es justo dar
nombre de hechicera a quien
hace una invención, ya es bien
que te lo pueda llamar.
  Gustos, melindres, amores,
regalos y niñerías,
en las noches y en los días
son los hechizos mayores.
  Haz, Fílida, pues que sabes,
para los dos, pues pasión
propia te obliga, invención
con que nuestra pena acabes.

FÍLIDA:

  Vete hacia el templo de Apolo,
digo, de Venus; que allí
la llevaré.

ARISTEO:

¡Cómo!

FÍLIDA:

A mí
su amor da crédito sólo;
  diréle que quiere hablarme
su esposo; celosa irá;
saldrás: el lugar está
lejos.

ARISTEO:

No hay más que informarme;
  voy a esperarla.

FÍLIDA:

Camina.

ARISTEO:

Ahora duélete de mí;
y pues por ti me perdí,
tu mano piadosa inclina.

(Vase ARISTEO.)


FÍLIDA:

  Ella baja. ¡Qué ventura!

(Salen EURÍDICE y DANTEA.)
EURÍDICE:

Vuelve, Dantea, al lugar,
porque será no le hallar
para mí gran desventura.

DANTEA:

  ¿De dónde se desató
el retrato que perdiste?

EURÍDICE:

De aquestas cintas. ¡Ay, triste!

DANTEA:

¿No le echaste menos?

EURÍDICE:

No.

DANTEA:

  Consuélate con que el vivo
ya no te puede faltar.

EURÍDICE:

No me puedo consolar
del disgusto que recibo.
  Cuenta las hierbas, las flores;
que entre ellas se habrá escondido.

DANTEA:

Yo voy.

FÍLIDA:

¿Qué te ha sucedido?

(Vase DANTEA.)


EURÍDICE:

Desdichas, siempre mayores,
  pues he topado contigo.

FÍLIDA:

Mal me debes de querer.

EURÍDICE:

Por fuerza te he de tener
por el mayor enemigo.

FÍLIDA:

  ¿No era yo tu grande amiga.

EURÍDICE:

Sí, Fílida; pero es cosa
el enseñarme a celosa
que aborrecerte me obliga.

FÍLIDA:

  ¿No ves que aquello fingí
para enseñarte los celos?

EURÍDICE:

¡Oh, cuán a mi costo, ¡cielos!,
tus lecciones aprendí!
  Mas no puedo persuadirme
a que no me engañe Orfeo.

FÍLIDA:

No me meto en su deseo;
yo sé que soy siempre firme.

EURÍDICE:

  Dime, pues me has enseñado
esto que nunca supiera,
¿quiérete bien?

FÍLIDA:

No quisiera
darte, Eurídice, cuidado.
  Orfeo me quiere bien;
tú eres mi amiga; ¿qué importa?

EURÍDICE:

No cuando mi vida acorta,
y mi esperanza también.
  Pero yo, ¿por qué te creo?

FÍLIDA:

En llegando a imaginar
que yo te puedo engañar,
se correrá mi deseo.

EURÍDICE:

  ¿Cómo podré yo saber
que te quiere?

FÍLIDA:

Ven conmigo
para que seas testigo,
que es lo más que puedo hacer.

EURÍDICE:

  ¿Adónde?

FÍLIDA:

Bien cerca es;
donde dijo que vendría
a buscarme.

EURÍDICE:

¡Y me decía
que nunca te vió los pies!
  ¡Ah, traidor, no hay que fiar!
Llévame contigo.

FÍLIDA:

Es cosa
injusta.

EURÍDICE:

Ya estoy celosa;
que no era posible amar
  sin celos; miente quien ama
si dice que no los tiene;
que apenas al alma viene
el amor, cuando los llama.
  Celos no son diferencia
de amor, que en todo rigor
sustituyen al amor,
si no son su misma esencia.
  Pero pues estos enojos
a él le entraron por los pies,
aunque la muerte me des,
éntrenme a mí por los ojos.

FÍLIDA:

  Ahora bien, vamos; que quiero
hacer dos cosas injustas,
pues que tú de entrambas gustas,
previniéndote primero:
  Una en serle desleal,
y otra en pagar mal su amor.

EURÍDICE:

No es justo por un traidor
decir de los hombres mal;
  pero si por tales modos
hombre me pudo ofender,
¡viven los cielos, de ser
fuego que los queme a todos!

(Vanse, y salen ARISTEO y CAMILO.)
ARISTEO:

  ¡Extrañas nuevas son!

CAMILO:

A mí me pesa
de ser el portador; más no cumpliera
con mi lealtad, señor, si no viniera.
Albante se levanta con tu reino,
ya es rey de Tracia Albante, y con violencia
hace que le obedezcan tus vasallos;
entró por la ciudad con mil caballos
y cuatro mil infantes, bien seguros
de tal traición los mal guardados muros,
y apoderóse del alcázar luego,
jurando de llevar a sangre y fuego
el reino todo: huyeron tus amigos
para no ser de tal maldad testigos;
y él, viendo que era ya señor de todo,
vistió de sus escudos y pendones,
plazas, ventanas, casamatas, fuertes,
palacios, templos, naves, que aún almenas
hizo de sus banderas sus entenas.

ARISTEO:

¿Hay tal maldad, hay caso tan extraño?
¡Que Albante tuvo tal atrevimiento!
¡Que Albante fue traidor a mi corona!

CAMILO:

Señor, como a la ausencia llaman muerte,
por muerto te ha tenido en esta ausencia;
no le faltan amigos: que el delito
fundado en interés, oro o gobierno,
siempre halló compañía, siempre amparo.

ARISTEO:

No puedo responderte, aunque reparo
en que la dilación dañarme puede,
por quien mil veces mayor mal sucede,
y es porque estoy en ocasión agora
del premio que mi amor alcanzar trata
de la mujer más bella y más ingrata.

CAMILO:

¿Ingrata en tanto tiempo?

ARISTEO:

¿Tú imaginas
mujer humana?

CAMILO:

No, las hay divinas.

ARISTEO:

Casóse cuando apenas te partiste.

CAMILO:

Pues ¿qué es lo que casada pretendiste?

ARISTEO:

Lo que agora la industria me promete.

CAMILO:

¡Que amor a tantos daños te sujete!

ARISTEO:

Por este valle abajo, entre unos juncos,
pasa un arroyo, cuya limpia balsa
del agua mansa, en apariencia falsa,
parece con los lirios y espadañas,
con la igualdad de las menudas cañas,
de terciopelo verde, fondo en plata;
pues vete, y en la margen que remata
aguárdame sentado mientras vuelvo
con la victoria o con mayor desdicha.

CAMILO:

Amor te dé, señor, o seso, o dicha,
aunque suele quitar entrambas cosas;
que no quiero, aunque es justo, replicarte
que sé de coro de servir el arte,
y sé la obstinación de los que aman,
que los consejos de su bien desaman.

(Vase CAMILO, y salen EURÍDICE y FÍLIDA.)
EURÍDICE:

  Tarda Orfeo.

FÍLIDA:

Habrá venido.

EURÍDICE:

Tú me debes de engañar.

FÍLIDA:

Para tanto sospechar,
mucha paciencia he tenido.

EURÍDICE:

  ¡Ay, Fílida, no te quejes,
pues me enseñaste a celosa!

FÍLIDA:

Quiero dejarte quejosa.

EURÍDICE:

Más lo estoy de que me dejes.

FÍLIDA:

  ¿No has visto que el cazador,
porque dé en la red la caza,
la de otra parte amenaza
y así la coge mejor?
  Pues voy aquella alameda,
porque, si me aguarda allí,
venga a la red y dé en ti.

(Vase FÍLIDA.)


ARISTEO:

¡Victoria, si sola queda!
  Pero en vano me adelanto
con la victoria; que, en fin,
dicen que se canta al fin,
y yo al principio la canto.

EURÍDICE:

  En notable confusión
me ha puesto Fílida, cielos,
pues desengaños de celos
mayores engaños son.
  No siento pasos, ni veo
cosa en tanta soledad,
indicio de la verdad
que teme y busca el deseo.
  Verdad que el sentido ofusca
para que se hiele y queme,
pues la busca quien la teme,
y teme hallar lo que busca.
  ¿Para qué averiguo insultos?
Celos, si no os quiero hallar,
¿para qué os vengo a buscar?
Mejor estaréis ocultos.
  Una sombra he visto allí,
si es justo darle este nombre
al cuerpo; mas siendo de hombre,
todo es sombra para mí.
  Él se esconde en la arboleda.
¿Si es mi esposo? Él es. ¿Qué espero,
si de ver me desespero
que a Fílida esperar pueda?
  Llegaré determinada
aunque me quite la vida;
que una mujer ofendida,
ni teme fuego, ni espada.
  Traidor esposo, ¿qué importa
que estos álamos y fresnos
hagas capa, con que dejes
ciego el toro de mis celos,
si ellos en ti, y en los troncos...
¿qué es esto, cielos?

ARISTEO:

Que el cielo
te trujo a esta soledad
para mi bien y remedio.
Aristeo soy; ¿qué miras,
pues al Príncipe Aristeo
has convertido en pastor,
y en tosco cayado el cetro?
Por ti mi reino he perdido,
pues ya me ha quitado el reino
un traidor: espera, escucha.

EURÍDICE:

El traidor en ti le veo
para el reino de mi honor,
que más que el tuyo le precio.
¡Viven los dioses, que ha sido
de la vil Fílida enredo
traerme a la soledad,
donde tu violencia temo!
Pero primero la vida,
y dos mil vidas primero
perderá mi honor constante,
que te alabes...

ARISTEO:

Quedo, quedo;
que ya no puedo sufrir,
Eurídice, tus desprecios.
¿Qué milagro te parece
agora en el mundo nuevo,
que se rinda una mujer,
o con fuerzas o con ruegos?
¿Quién es Orfeo, tu esposo?
¿Por dicha es Marte soberbio?
¿Es Júpiter? ¿Es Apolo?
¿No es un hombre? ¿No es Orfeo?
¿No soy Rey de Tracia yo,
que, fuera de esto, merezco
por mí mismo y por mi amor,
más que ese músico necio?
Si él sabe cantar, yo sé
llorar en el instrumento
del alma; si él versos hace,
yo sé también hacer versos;
si él mueve piedras cantando,
por eso le tengo en menos,
pues, sin ser animal ni hombre
las piedras mueve el dinero.
Y para que a ti te mueva,
una nave te prometo
con todo el casco de plata,
sin otra madera o hierro
desde la popa al bauprés,
y en vez de jarcias y lienzos,
chafaldetes, trizas, trozas,
brandales y racamentos,
oro y seda, cuyos cabos
tremolen de perlas llenos.

ARISTEO:

Diana, esa diosa casta,
quiso a Endimión, y vemos
que hoy día en el monte Lathmo
le baña en profundo sueño:
y la causa por que hizo
a Anteón forma de ciervo,
fue para que no contase
que vió desnudo su cuerpo:
mira lo que en estas selvas
lloró por Adonis Venus.
Diosas eran, tú mujer;
deja los vanos trofeos
del honor, que es invención
del mundo, y un vil decreto
de los hombres, que se pierda
el hombre a mujer sujeto,
y no la mujer, si el hombre
pone en otra el pensamiento.
Pienso que admites mi amor,
porque dice tu silencio,
que te vence mi razón.

EURÍDICE:

Mirando tu atrevimiento,
perdí para responderte
la lengua; y aunque me veo
lejos de mi amado padre,
de mi dulce esposo lejos,
estoy cerca de quien soy,
y de lo que soy me acuerdo:
¡Vete, infame; que si pongo
una flecha al arco...!

ARISTEO:

Pienso
que quieres darme ocasión
al más riguroso medio.

EURÍDICE:

Si te apercibes, advierte
que nunca mis pies ligeros
fueron vencidos. ¡Diana,
favor!

ARISTEO:

¡Detenedla, cielos!
Eurídice, ¿dónde vas?
Cristalinos arroyuelos,
en mares os convertid,
mis ojos podrán hacerlos.
Peñascos, poneos delante,
hechos volcanes de incendios,
porque una mujer de nieve
detengan montes de fuego.

(Sígala, y EURÍDICE salga por la otra parte.)
EURÍDICE:

Sagradas ninfas, que fuisteis
desde vuestros años tiernos
compañeras de Diana,
dando vuestros pies ligeros
de puntapiés a los aires,
(Haga que corre.)
que se vengaba en los velos;
vosotras, que a todas fieras
con los lustrosos aceros
del venablo no temistes,
antes el oro sangriento
daba indicios del valor
y del varonil esfuerzo,
(Caiga.)
valed... ¡Ay, triste! ¡Ay de mí!
¿Qué está en la hierba, qué es esto?
¡El pie me ha mordido un áspid!
¡Ya discurre su veneno
al corazón! ¡Muerta soy!

ARISTEO:

¡Bien haya el piadoso suelo
que te detuvo, Eurídice!
Pero, ¿qué esto que veo?
Las rosas de las mejillas,
cándido jazmín se han vuelto;
los claveles de los labios,
bañó temeroso hielo:
Eurídice, ¡ay, triste! ¡Un áspid
ya por las hierbas corriendo,
sin duda mordió sus pies!

(Salen FABIO y ORFEO.)
FABIO:

Por aquí dijo Fileno
que le vió bajar al valle.

ORFEO:

Aquí suenan tristes ecos.

FABIO:

Allí se queja un pastor:
¿Qué esto, amigo Aristeo?

ARISTEO:

Bajando de la montaña,
adonde sabéis que tengo
las más guardadas colmenas,
oigo en una voz: «¡Ay, muerto!»
Tan tiernamente que el aire
fue piedra imán del cabello,
y el corazón alterado,
llamó a la puerta del pecho.
Miré a la voz el origen,
y vi, ¡ay, Dios!, que de ella el dueño...
Llegad, que para decirlo,
ni lengua ni vida tengo.

(Vase.)


FABIO:

Fuese.

ORFEO:

Miremos quién es.

FABIO:

¡Tu esposa!

ORFEO:

¿Qué dices?

FABIO:

Veo
su vestido, y no su rostro.

ORFEO:

¡Ay, Fabio, aquí está su cuerpo,
aquí mi sol eclipsado,
y su hermosura en el cielo!
¡Eurídice!

FABIO:

Con tu voz
parece que cobra aliento.

EURÍDICE:

¿Eres mi esposo?

ORFEO:

Yo soy.
Pues mi Eurídice, ¿qué es esto?

EURÍDICE:

Mordióme un áspid el pie
por esas selvas huyendo...

ORFEO:

¡Triste de mí!

EURÍDICE:

Del rigor
de un hombre.

ORFEO:

¡Extraño suceso!

FABIO:

Señor, mira que estos males
quieren aprisa el remedio.

ORFEO:

¡Ella se me muere, Fabio!

FABIO:

Pues haz que tus brazos presto
la lleven al sabio Alcino.

ORFEO:

Vida mía, ¿quién te ha muerto?

EURÍDICE:

Tus celos, esposo mío.

ORFEO:

¿Mis celos, mi bien?

EURÍDICE:

Tus celos.

ORFEO:

¿Cuándo o cómo?

FABIO:

No responde.

ORFEO:

Yo voy; pero aunque la llevo
muerta, ella me lleva a mí,
que voy en sus brazos muerto.

FABIO:

¡Oh, buen áspid, si nacieran
muchos que mordiesen luego,
no digo las que me escuchan,
sino las que mal me han hecho!