El miedo de las tormentas

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El miedo de las tormentas
de Félix María Samaniego



 En todos los tiempos hubo algún amante    
 (nota que solamente digo "alguno")   
 que pudo ser tenido por constante;   
 pero en cuanto a ser fieles,    
 preciso es confesar que no hay ninguno. 
 Es desconsolador, triste, aflictivo,   
 mas si no se hace adrede con pinceles    
 en todo el universo hallarás uno.    
 Se puede aconsejar el paliativo    
 de atarse los amantes uno al otro,  
 o usar aquel anillo del demonio    
 que usó Carvel durante el matrimonio;    
 pero la asiduidad es siempre un potro,    
 y el fastidio la sigue sin remedio.    
 Elige, pues, entre uno y otro medio.   
 La historia con que voy a divertirte    
 te hará ver cómo debes conducirte.   
 En una casa rica y de linaje    
 servía una doncella   
 y, pues ya el consonante dice ella   
 lo bella que era, referir no quiero    
 cuánta beldad celaba su ropaje;   
 mas no puedo dejarme en el tintero    
 decirte que tenía   
 un galán a quien tierna recibía  
 en su lecho, callada y diestramente;   
 y una noche que estaban olvidados    
 del mundo, con mil besos embriagados,    
 estalla una tormenta de repente,    
 horrísona, espantosa,   
 que aturde a la doncella temerosa;   
 da en pensar que los cielos encendidos    
 por sus pecados van a consumirla.   
 ¿Qué mucho que Isabel tanto temiera,    
 si era su edad de veinte no cumplidos  
 y a más era mujer, cual si dijera    
 devota y pecadora todo junto?   
 Un nuevo trueno acaba de aturdirla,   
 y huyendo de la cama sale al punto    
 sin que el galán consiga disuadirla.  
 - ¡Queda, queda con Dios, fatal amigo,   
 y no pretendas escapar conmigo,   
 que, huyendo de la culpa, ansiosa corro   
 a ocultarme en un sótano profundo!   
 ¡Es Dios el que irritado  
 os amenaza al ver nuestro pecado!   
 Y echó a correr, y el otro en un segundo   
 durmió como un cachorro.   
 Durmiendo viene el bien, dice el proverbio   
 del vecino francés; y así le vino  
 al susodicho abandonado amante,    
 que, apenas el indino   
 un sueño saboreaba tan soberbio,   
 siente una mano suave... luego un brazo...   
 luego una pierna... un beso acariciante...   
 - ¡Qué!, ¿duermes, Isabel? Y un nuevo abrazo    
 acabó de incendiar al ex dormido.    
 Una niña de quince había caído   
 como del cielo, al lado del tunazo,    
 quien su suerte bendice,   
 mientras con voz dulcísima le dice:   
 - ¿Cómo desnuda así, dime, te acuestas?    
 ¿Qué tienes, Isabel, que no contestas?    
 ¿Has perdido la voz? A ti, sin duda,    
 lo que a mí te sucede: que los truenos  
 miedo te han dado, ¿es cierto?... ¿sigues muda?   
 - No, no, pero el temor..., dice en voz baja   
 la fingida Isabel. - Ya van a menos    
 los relámpagos, vuélvete de frente.    
 ¡Jesús, qué trueno! ¡El cielo se desgaja!  
 Y esto diciendo estrecha fuertemente   
 con los brazos al mozo, que la enlaza    
 con los suyos y el cuerpo al cuerpo anuda.    
 Cuán difícil, lector, en tal estado    
 sería de mujer tener la traza,  
 ya tú lo consideras. - ¡San Conrado!,   
 grita la niña, ¡cómo!, ¿qué he tocado?    
 ¿Eres monstruo, Isabel?, porque me acuerdo   
 que yendo con mi madre por el río   
 una tarde, vi en él una persona   
 con una cosa igual, ¡bien lo recuerdo!,    
 y al preguntarle... (a ti te lo confío    
 que mucho me agradó considerarlo),   
 respondiome mi madre: "Gran simplona,    
 ése es un monstruo horrible; ni mirarlo 
 se puede". No creí fuera tan mala    
 cosa que así la vista nos regala.   
 ¿Serás monstruo también, amiga mía?    
 - ¡Oh, no!, responde quedo el mozalbete,    
 es el miedo que tengo.    
 - ¡Cómo! ¿El susto...?   
 - Sucede algunas veces.    
 - No sabía...   
 ¿Conque el miedo...?    
 - Es capaz de cualquier cosa,   
 y al pobre a que acomete   
 hay vez que ha convertido en lobo o grulla,   
 en cuervo o en raposa;  
 a mí me ha resultado aquí esta puya.   
 La inocente muchacha tragó el cuento;   
 mas el hado en aquél mismo momento    
 los truenos arreció con tal bramido    
 que la pobre, asustada, va a acogerse   
 a los brazos abiertos de la amiga   
 y, para más a gusto guarecerse,   
 una pierna por cima le ha subido...    
 Júntanse, al fin, barriga con barriga...    
 ¿Qué harías tú, lector, en tal postura?   
 Lo que él: aprovechar la coyuntura.   
 - ¿Dónde lo metes?, dice la inocente;   
 ¡qué singularidad!, ¡qué justo viene!    
 Parece que lo han hecho expresamente...   
 No pudo decir más; que tartamuda  
 la lengua da señal de lo que tiene   
 y la voz que perdió la deja muda.   
 Hace el amor su juego tan a gusto    
 que redoblan los truenos los temores   
 y sucede un asalto a cada susto.   
 Empero, como al fin somos mortales,    
 el miedo se le acaba (o los ardores)    
 a la falsa Isabel. ¡Y es diferencia   
 que hay del hombre a los dioses inmortales:   
 que en aquél es muy corta la potencia   
 y en éstos, más felices, es eterna,    
 lo cual hace su dicha sempiterna!   
 - ¡Cómo!, amada Isabel, ¿no tienes miedo?,    
 ¿no turban ya tus lánguidos sentidos    
 los truenos repetidos?  
 ¡Ay, mi Dios!, ¡yo, por mí, parar no puedo!,    
 ¡ten miedo, Isabelica!, ¡teme un poco!,    
 ¡este trueno es atroz, nos pulveriza!   
 - No, amiga mía, no; todo es ya en vano:   
 ya no me atemoriza  
 el ruido de los truenos, ni tampoco    
 suena ya tanto; duerme, pues, querida,    
 que ésta ha sido una nube de verano.   
 La niña, resentida,   
 vuelve la espalda y quédase dormida;  
 el mozalbete, en tanto, bien quisiera    
 imitar a la bella, de cansado    
 que estaba; mas ocúpale el cuidado   
 de escaparse, que así son los amantes:   
 ¡tan prontos por marcharse a la carrera    
 cuanto para llegar lo fueron antes!    
 Tomó el trote por fin. La otra doncella,   
 dando gracias al cielo y a su estrella    
 porque en trance tan fuerte    
 escapó del peligro de la muerte,   
 tranquila ya, subió de su escondite    
 y, al par que el miedo pierde a la centella,    
 el acceso amoroso la repite.   
 ¡Ignora la infeliz su mala suerte!   
 A su cama se vuelve con descoco   
 y, creyendo abrazar al ser querido,    
 en los brazos estrecha a la que ha poco    
 con él perdiera el himen y el sentido.   
 - ¿Duermes, pregunta, amor del alma mía?   
 ¿Es posible que el miedo...?    
 - ¡El miedo, el miedo!,   
 exclama la novicia, ¡oh, qué alegría!   
 ¿Te ha vuelto? Deja, a ver si te lo toco.    
 Mas, ¡qué dolor! ¡Ay, Dios! ¡Si se está quedo!    
 Aunque busco, Isabel no te lo encuentro;    
 ¿será que se ha quedado todo dentro?  
 La infeliz Isabel luego adivina   
 el caso todo, y busca con su mano    
 la prueba material que tanto teme;    
 o le queda ya duda: el inhumano,    
 provisto de una buena culebrina,   
 entreabriole al postigo medio jeme.   
 El disgusto que tuvo la doncella    
 se deja concebir bien fácilmente;   
 y con qué saña y qué furor la bella    
 acusa de inconstante al pobre ausente,  
 sin pensar que la culpa estuvo en ella;   
 que el mismo san Pascual, aun siendo un santo,   
 en ocasión igual haría otro tanto.