El oasis regionalista

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El oasis regionalista
de Ramiro de Maeztu

Nota: Ramiro de Maeztu «El oasis regionalista» (11 de noviembre de 1901) La Publicidad (ed. mañana), año XXIV, nº 8.313: p. 1.


EL OASIS REGIONALISTA

 ¿Quieren ustedes, lectores catalanes, saber en qué consisten las excelencias de ese régimen foral vascongado, que cantó Mañé y Flaquer y admiran ahora los curas y burgueses del catalanismo militante?
 ...La tierra de Vizcaya pertenece en el noventa y cinco por ciento de su extensión á una minoría de capitalistas que vive ociosa en las villas y ciudades de la provincia, con la única preocupación de impedir á toda costa que se alteren los buenos usos y costumbres del país.
 Cada casero es un arrendatario que cultiva de dos á ocho hectáreas de tierra y que paga por el usufructo de esta y por el uso del caserío, donde vive al abrigo del estiércol de su vaca, de quinientas á mil quinientas pesetas anuales, ó sea, diez o doce veces la renta que paga á su señor la tierra más fértil de las vegas andaluzas.
 Al casero ó aldeano vizcaíno le están prohibidos los goces del amor. El matrimonio lo hace siguiendo las indicaciones del dueño de la tierra, con el que han de consultar los padres, siguiendo los buenos usos y costumbres. Si el joven labriego vascongado se casa á casa, es decir, con la mujer que el amo le depare, heredará de sus padres el arriendo. Si no se casa á casa, ó lo que es lo mismo, si lo hace con la mujer de su elección, tendrá que salir del caserío y buscarse la vida trabajando en las minas ó en otra industria.
 Al aldeano vizcaíno, y al vascongado en general, le está prohibido querer á todos sus hijos. El amo dispone que solo herede el arriendo de su finca uno de ellos, ¡los demás á las minas!... Cuando el caserío pertenece al labriego, los buenos usos y costumbres mandan que lo herede un solo hijo, apartando para los otros—dicen documentos notariales que mi amigo Carlos del Rio ha consultado y de que yo tenía idea— una teja en lo mas alto de la casa, un árbol en el monte y un real castellano.
 Al aldeano vascongado le está prohibido querer á sus padres. Cuando Contrae matrimonio, el que se casa á casa se encarga, por mandato del amo, de cultivar las tierras y el padre queda arrinconado, sin más derechos que el de comer, vestir, fumar, con una pequeñísima cantidad que se le asigna para la pipa, y beber vino, en tres ó cuatro grandes fiestas del año. Si el caserío pertenece aI agricultor la donación entre vivos del padre al hijo se efectúa del mismo modo, siguiendo los buenos usos y costumbres... ¡AHí!...El padre arrinconado tiene la obligación do colaborar en las faenas agrícolas... Si el padre es muy viejo se le da de comer en el pesebre. (Yo lo he visto en un caserío de Escoriaza, Guipúzcoa, donde he veraneado).
 Para que este sistema perdure es absolutamente indispensable que el casero vizcaíno no aprenda el castellano, ni salga del país, ni se roce con gentes que puedan despertar en su espíritu un anhelo de bienestar, de amor ó de justicia.
 Como la renta de la tierra es excesiva, es abrumadora, para que pueda satisfacerla el aldeano se necesita que reune este á la potencia trabajadora del yánkee, la sobriedad del árabe. Para lograrlo se ha inventado la teoría de los buenos usos y costumbres y el cura se encarga de velar por su cumplimiento. Nada de placeres, porque en cuanto el arrendatario tuviera el capricho de comer carne, ya no podría satisfacer la renta. Las mujeres vascongadas, tan bonitas á los veinte años, se arrugan y encanecen á los treinta, porque tienen que trabajar con sus maridos catorce horas al día en las faenas del campo... Si no trabajaran tanto, si se cuidaran algo más para regalo de sus hombres, y el arrendatario tuviera que pagar de cuando en cuando jornales de peones... ¿cómo alcanzarían los productos de la tierra para lo que pide el amo, que ya se encarga de subir la renta en cuanto la proximidad de un centro industrial mejora la valía de la huerta?
 Esto por lo que respecta á la sobriedad árabe. Lo que se refiere á la productividad yankee del labriego vasco se obtiene por medio de la selección. El amo escoge el más fuerte de los hijos del arrendatario para que se case á casa.
 ¿Qué les parecen á Vds. los buenos usos y coslumbres conservados á la sombra del venerando roble de Guernica?
 «Es verdad, me diría melancólicamente uno de los contados regionalistas de buena fe que aun quedan en mi país. Es verdad... para nuestros pobres caseros son desconocidos los goces del bienestar y aun los de la familia... Pero no sólo de pan vive el hombre y no me discutirá V. la pureza de nuestras costumbres...»
 ¡Oh, muy puras!... Allá va un ejemplo entre los doscientos y pico que he anotado durante este verano en mi carnet... Basta para dar idea de lo que es aquel oasis—¿no es así como llamaba Mañé y Flaquer á mi país vascongado?—de lo que es aquel oasis para los dueños de caseríos.
 Uno de estos, vecino de Bilbao, se enamoró de la hija de uno de sus arrendatarios y se la llevó de sirvienta á su casa. (En Bilbao hay más de mil criadas oriundas de los pueblos de la provincia).
 Parece que la muchacha llegó á encontrarse en situación tan embarazosa como dificil de ocultar, y á su amo no se le ocurrió mejor solución que la de casarla con uno de los hijos de otro arrendatario suyo.
 Se verificó la boda, sin protestas de ninguna clase; antes bien, con el beneplácito de los cónyuges que por este sistema pasaron á ocupar los primeros puestos de un caserío.
 Pero el amor de nuestro buen vecino de Bilbao resistió á la repugnancia de compartir con un gañán el afecto de su Dulcinea, por lo que menudearon las visitas á la anteiglesia, donde los recién casados residían.
 Don Fulano—llamemos D. Fulano al propietario—se hizo cazador—casi todos los dueños de caseríos son cazadores—y al hombro la escopeta de matar chimbos, se acercaba una vez al caserío de sus idilios, cuando vió por detrás de una mata de moras que el respetable párroco del pueblo se levantaba de entre un maizal, mostrando de su cuerpo algunas de esas partes que no suelen andar á la intemperie.
 «¡Vaya unos gabinetes que escoge el señor!...» Se le cortó el pensamiento á D. Fulano al ver entre los respetables pies del párroco la verdadera efigie de su amada.
 Retrocedió el cazador, reventando de cólera, antes de hacerse ver. «Ya sé lo que ha pasado. Como me olvidé de advertir á esa bruta que no le diga nada al cura, se lo habrá confesado... y ese maldito se aprovecha del secreto... Pero me las paga, ¡vaya si me las paga!»
 Y haciéndose estas reflexiones llegó don Fulano á la muy noble capital de Vizcaya. Media hora más tarde se entablaba el siguiente diálogo entre el chimbero y la dueña de cierta casa.
 —Necesito que me traigas una mujer muy perdida.
 —Señor, ya sabe V. que mis mujeres no tienen tacha.
 —Entonces no las quiero..... La necesito muy perdida y te daré veinte duros.
 El cazador la halló á medida de sus deseos, á las dos horas salió de nuevo para el caserío, y al regreso fué consultarse con el médico. Nada pudo librarle de un par de años de tratamiento, pero el cura se quedó ciego, el casero calvo y sin dientes y la Dulcinea de poco se muere.
 ... ¡Con razón los bizcaitarras llaman traidores y renegados á los vascos que no estamos conformes con las venerandas tradiciones de nuestra vida regional!

     Ramiro de Maeztu.