El padre acababa de ausentarse

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Los tres sorianitos - El padre acababa de ausentarse
de José Ortega Munilla



En cierta aldehuela de tierra soriana, que no figura en los mapas, y creo que se denomina Pareduelas-Albas, ocurrió en la tarde del día 11 de enero de 18... un suceso que no conmovió ciertamente a Europa, ni dio trabajo a los informadores de la prensa. Sin embargo, él fue tan interesante, que sirve de tema al presente relato.

Vivía allí la familia de Dióscoro Cerdera, compuesta del padre, cuyo nombre queda anotado, y de tres hijos, que se llamaban Próspero, Generoso y Basilio: el mayor de 14 años y el menor de 9.

Dióscoro era labrador de un pedacito de tierra, en el que se criaban la planta del lino, cebada y trigo. Poseía un par de docenas de ovejas y, en lo alto de los riscos, un centenar de pinos, que él cuidaba, como los padres, y ya los derribaba a golpe de hacha, para venderlos, ya replantaba del piñón o del resalvo, según las épocas del año y las ocasiones. Y del escaso fruto de haber tan ruin, vivían Dióscoro y su prole.

Hubieran sido todos dichosos, sino se proyectara en el hogar la sombra de la muerta, de Aquilina, la esposa de Dióscoro, la madre de Próspero, Generoso y Basilio. Cuando la buena mujer resolvió partir en el viaje eterno, dejó la casa en la tristura. El dolor común del padre y de los muchachos llevaba trazas de acabar con todos ellos, porque Aquilina había llenado de tal suerte sus obligaciones de esposa y de madre cristiana, que donde quiera hallaban los tristes huella imborrable.

Si removían los lienzos curados que Aquilina tejió con sus propios dedos, y que dejó en el arca de haya, al traer y llevar de las sábanas, resurgía la figura de la matrona.

Si Próspero iba a la algora en busca de alguna herramienta de trabajo, parecíale al mocito que su madre le acompañaba.

Cuando Dióscoro, el melancólico padre, iba al alto pinar en solicitud de leña para la cocina, creía oír constantemente la voz queda y amorosa de su compañera. Y así los otros.

Una madre buena, una madre santa, no se va del mundo sin que la sustituya remembranza de eternecimientos.

Próspero dijo un día a su padre, dándole el tratamiento de Su Merced, que es propio de aquella raza:

-Mi padre... Pienso que así no podemos seguir. Estamos demasiado tristes. Y como mi santa madre no querría sino nuestra ventura, hemos de obedecerla y animarnos. Tenemos en abandono el trabajo. Más tiempo están las ovejas encerradas en el corral, que paciendo por la serranía. Las dos viejas mulas, Caracola y Gifera, apenas pueden retrepar la cuesta con la reja hundida en la tierra; y hay que venderlas y comprar otras, aunque sea a rédito.

-Está bien, mi hijo -contestó el padre- y haces obra buena, recordándome mis obligaciones, porque eres el mayor de mis hijos y en ti veo el rostro de la mujer adorada que, al irse, me ha dejado en el dolor... Pero yo no puedo, porque no sé, porque no acierto a pensar cosa alguna que nos salve de la ruina...

-No, padre, no -repuso Próspero-. Es tan grande la pena que Su Merced sufre y sufrimos vuestros hijos, que, si no hubiéramos de cumplir la obligación de Dios, la de obedecerle, la de reverenciarle, la de servirle, yo también me tiraría en el surco, que más ganas tengo de llorar y de rezar, que de ir al trabajo.

Dióscoro estaba sentado en un taburete, cerca del fuego, donde ardían unas raíces de encina. Levantose y entre lamemos y angustias, abrazó a Próspero, exclamando:

-No se hundirá en el polvo nuestro linaje. Como sorianos que somos, tenemos que defendernos y nos defenderemos, y donde no llegue mi ánimo, decaído y aniquilado, acudirá el tuyo, que ya te aventajas a los años, y parécesme viejo en la prudencia y brioso en la mocedad... Dispón lo que quieras, y eso habrá de hacerse... No quiero ocultarte que desde hace días me siento morir.

Alarmado Próspero, dijo:

-¿Qué os duele, padre?

-Duéleme todo, duéleme el vivir, duéleme el recordar... Duéleme el acordarme de mi esposa, tu madre.

-Pero esas son tristezas que yo también siento.

-No sientes lo que yo, porque en las almas nuevas las lluvias huyen, como cuando dan en las pizarras del rodajo, pero en las viejas almas, forman chorritos que van penetrando poco a poco...

-Llamaremos al médico de Santa Cristina.

-No le llames, hijo mío: estas cosas no las curan los hombres... Pero anda tú, a tu oficio, que eres el hijo mayor. Sólo por serlo, tienes obligaciones que cumplir, y más ahora, en que yo te impongo mi sustitución en vida.

Próspero habló con sus hermanos Generoso y Basilio y los tres recibieron en sus corazones nueva herida, porque, bien adivinaban, que el padre iba a partir, como partió Aquilina, la madre buena. Y, en efecto, una mañana, habiéndose confesado Dióscoro con el abad de Santa Cristina, que vino a toda prisa, apenas le llamaron, en un caballejo, y habiendo recibido el Pan de Dios y la Extremaunción, dejó de vivir aquel modelo de hombres. Encerraron el cadáver en una caja de pino, que los mismos angustiados muchachos labraron, pusieron el féretro sobre una baste en el lomo de la Caracola, y con unos cuantos vecinos que les acompañaron, llevaron lo que quedaba del santo al minúsculo cementerio de la aldea.

Y en la noche subsiguiente al día en que esto acaeció, los hijos de Cerdera permanecieron juntos, abrazados, llorando. ¡Qué soledad la suya! Solos, más solos que nadie. Los tres eran un solo espíritu. Cuando se fueron los acompañantes al entierro, diéronse perfecta idea de la vida, y recordaron la máxima en la Cuaresma predicada en la iglesia de Santa Cristina por el abad: «Sólo hay una verdad: Dios. Sólo hay una eternidad: Dios. Sólo hay una confianza definitiva: Dios...»

Y Próspero, Generoso y Basilio cayeron de rodillas, ante el viejo lecho de roble en que el linaje de los Cerdera habíase propagado desde la edad media. Inmóviles, sollozantes, desprovistos de energías para vivir, permanecieron hasta que el sol les dio en los ojos. Jamás se tributó a la tristeza ideal rendimiento semejante.

Próspero se incorporó con el cuerpo destrozado, con los párpados rojos por el llanto. Fue como si, de improviso, una energía inesperada le antecogiese; y levantando del suelo a sus dos hermanos menores, les dijo:

-Hay que vivir, hay que mantener el recuerdo de nuestros padres, hay que luchar...

Y, estrechando entre sus brazos al muchachito, que aún necesitaba caricias maternas, puso en sus oídos estas palabras, mezcladas con besos:

-Basilio de mi alma, mi hermanito. Mírame como si yo fuera padre, quiéreme, obedéceme, sigue mis consejos...

Y a Generoso, le estrechó las manos, mirándole con energía, los ojos clavados en los ojos. Díjole:

-Y tú, que me sigues en edad, tienes la obligación de ayudarme y de fortalecerme, para cuidar del niño, para honrar a nuestros padres, y para esforzarte y reprenderme, si me equivoco...

Serían las nueve de la mañana cuando entró en la casa de los Cerdera, el alguacil del Juzgado municipal: el tío Velasquillo. Llegaba cubierto de nieve. Su anguarina y su gorro de pieles de conejo, blanqueaban. Y cuando entró en la cocina del casuco, dijo:

-Os acompaño en el sentimiento.

Y quitándose la peluda monterilla, se persignó. Luego estuvo un rato en silencio, con los ojos fijos en el suelo, como si rezara un Padre Nuestro por el alma del difunto.

Próspero, siguiendo la costumbre de la tierra, buscó en una alacena, un frasco de vino y una jarrita de porcelana, y llena ésta de líquido, ofreciola al recién llegado, con las palabras siguientes:

-Confórtese con el trago. Gracias por esa oración. Díganos en qué hemos de obedecerle.

Velasquillo dio una manotada a la nieve que le envolvía, quitose la anguarina y la sacudió reciamente, para limpiarla de los copos, y sin un suspiro tragó el vino de la jarra al estómago.

-Gracias -dijo después-. Se nos fue el buen hombre. Todos le queríamos. Allá, en Santa Cristina, sabíase que el tío Dióscoro era un hombre de verdad, valiente cuando era preciso, prudentísimo siempre... He de manifestaros, a vosotros, muchachitos, que si sois como vuestro padre, mereceréis el respeto que a él se le concede. Mi buena mujer me ha dicho que os anuncie que ella rezará nueve días el Santo Rosario por el ánima de vuestro padre Dióscoro. Y el señor abad, me ha mandado que os anuncie su visita para mañana.

Ardían en impaciencia los chicos por saber el motivo del viaje del alguacil. Más le temían, que les inspiraba confianza porque el agente de la autoridad concejil, iba y venía por todas las aldehuelas y caseríos en demanda de tributos, en requerimientos de atrasos en la contribución. Él se llevaba, de ordinario, las últimas monedas escondidas en el arca familiar de los pobres labriegos.

Y Próspero, se apresuró a averiguar el motivo de la visita.

-Tío Velasquillo, ¿quiere manifestarnos a qué viene?

-Verás, niño, verás -contestó Velasquillo-. No me atrevo a decírtelo de repente.

Sobresaltose Próspero; agitáronse extremecidos Generoso y Basilio.

-¿Otra desgracia? -interrogó el primero.

-No desgracia, sino fortuna, acaso -añadió el alguacil- pero si me dierais otro trago del buen vino que escondéis en la alacena, os lo agradecería mucho, porque llevo tres horas de marcha, con la nieve en los zancajos, y ya soy demasiado viejo para resistir estas pruebas.

Próspero, vertió del frasco en la jarrita cuanto era necesario para llenar ésta. Y Velasquillo lo paladeó lentamente.

-En la casa de los buenos -dijo- todo es bueno: el alma de los que habitan, el vino con que socorren al desfallecido caminante.

Y se sentó en un taburete, añadiendo:

-Encended el fuego para que yo me caliente unas miajas.

Los chicos habían olvidado que el hogar estaba yerto, y que habían pasado la noche bajo el influjo de la helazón.

Basilio, surgió rápido, trajo unas astillas, metió fuego debajo, y, presto, iluminó la cocina una llamarada bienhechora. Instantes después reinaba en el ambiente una temperatura grata.

Velasquillo, arrimó el taburete a la hoguera, apretose las manos, frotándoselas violentamente, y luego dijo:

-Chicuelos, sentaos junto a mí. Tal vez no habéis comido desde Dios sabe cuantas horas, en esta agonía y en esta tristeza en que vivís. Debéis comer algo. Traed aquella limpísima sartén, que cuelga sobre la chimenea. Cortad de aquel jamonzuelo, que pende de una cuelga en lo alto, unas rodajas de magro. Sacad del arca que os sirvió de asiento a vuestros padres, una hogaza. Dura estará ya, porque me acuerdo que el tío Dióscoro llevaba una semana sin portar las masas al hornillo del concejo. Al calor se ablandará ese pan.

Los chicos obedecieron. Y véase cómo el hambre y la picaresca codicia de un alguacil, proporcionaron a los huérfanos el alimento que les era necesario, y sin el que hubieran desfallecido en el frenesí del dolor.

Comieron y bebieron, con abundancia Velasquillo, escasamente los huérfanos. Y cuando el ruin ágape concluyó, púsose en pie el alguacil, ya restaurado, con la libación y el yantar, y pronunció entonces estas palabras:

-Habéis de saber vosotros, los hijos de Dióscoro Cerdera, que se ha recibido en el Ayuntamiento de Santa Cristina un oficio del Gobernador de la provincia, que traslada una comunicación del Ministerio de Estado, del Rey Nuestro Señor, en el que se os participa a vosotros, como herederos de vuestros padres, que el Cónsul de España en Buenos Aires os anuncia que tenéis en aquel país una herencia, por la que seréis muy ricos...

-¿Cómo es eso? -interrogó Próspero.

-Es, sencillamente -contestó Velasquillo-, que un primo de vuestra madre, la tía Aquilina, fue hace muchísimos años a la República Argentina. Yo conocía a aquel sujeto. Pendenciero, borrachín, mala persona, pero valiente y, en sus horas, trabajador de verdad. Llamábase Roque Lanceote. Escapó de la tierra como prófugo. Fue muy enamoradizo. Más de cuatro doncellas dejó olvidadas y con daño... En resumen, él marchó no se sabe por qué camino, y embarcó, no se sabe dónde, ni de qué modo. Ello es que arribó a Montevideo. Y allí estuvo, y luego avanzó por caminos peligrosos, venciendo siempre, porque le sobraban entendimiento y voluntad. Súpose que cuando hubo revoluciones en la República Argentina, él intervino y peleó por uno de los partidos en contienda. Parece que triunfó el partido a que se había unido Roque Lanceote. Ello es que, entre las comadres de Santa Cristina, llegó a establecerse el dicho de: «Más valiente que Roque, más rico que Roque», como señal de mucha bravura y de mucha bienandanza.

Próspero interrumpió:

-Ya conocemos esa historia, pero mi padre decía, cuando nos contaba las cosas de la parentela, que había habido en ella una santa, Sor Clara de San Diego, que estaba en un convento de Guadalajara, y Roque Lanceote que estaba haciendo méritos para entrar en el infierno... De modo que, me asombra que usted, señor Velasquillo, nos diga que podemos tener ninguna especie de relación con ese hombre.

-Pues no sólo la tenéis, sino que, por tenerla, seréis ricos, muy ricos, suponiendo que dispongáis del arresto necesario, porque se os confiere una herencia que, en parte, es oro acuñado, y, en parte, máxima, trabajos, empeños, dificultades, viajes y luchas... Pero, en fin, yo no sé nada, sino lo que he oído, allá, en la antesala del alcalde. De éste os traigo la orden de que se requiera a vuestro padre para que se presentase en la Secretaría del Concejo...

-Mi padre no está ya en el mundo -contestó, con voz tétrica Próspero-. No podrá ir.

-Ya lo sé -exclamó Velasquillo-. Bien sé que ha fallecido... Y he comenzado por daros el pésame... Pero, como en la papeleta de citación se le llama, yo solo podré escribir debajo de ella que, el citado, está ausente...

Los tres huérfanos, como si un impulso cordial los hubiera unido, cayeron de rodillas, y juntas las manos rezaron un Padre nuestro.

Luego, Próspero, dijo al alguacil:

-Ausente está, ausente por las eternidades... Pero iremos nosotros, que somos los hijos del ausente, y allá veremos lo que de nosotros se quiere.

Despidiose Velasquillo, no sin pedir otro sorbo de las botellas olvidadas; y como el tiempo había mejorado y no nevaba ya, el alguacil se alejó cantando viejas coplas castellanas, en las que toda la picardía medioeval vibraba graciosamente.