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El palenque

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El palenque

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¿Por qué fue allí y no allá, en esta loma y no en aquella o en la de enfrente, del otro lado, del cañadón, que, para siempre, desató los bueyes don Pedro Agüero? Lo sabrá la semilla alada del cardo, que llevada, en loca carrera, por el huracán o suavemente arrollada por la brisa, cae en el suelo, por algún capricho del viento.

Pedro Agüero había salido del centro de la Provincia de Córdoba, con la idea de ir a la de Buenos Aires, a probar fortuna, y había juntado su carreta de bueyes con una tropa que iba para la capital, cargada de frutos. Después, había ido para el Sud, rodando despacio por la Pampa solitaria, sin más rumbo que el deseo de encontrar algún campo en el que pudiese poblar, acabando por pararse en este sitio.

Era campo del Estado, como tantos otros, entonces; y poblándolo, lo podría solicitar en arrendamiento o en compra. Tenía algunos pesos; se hizo de una majadita, y no faltó, en el vecindario, una muchacha que consintiera en ligar su suerte con la de este mozo de modales simpáticos y de buena presencia.

La carreta se volvió casa, y ya que una casa no es cosa de mover, se vendieron los bueyes, y cuando después de algunos años, con el aumento de la familia, y por los destrozos que en todo ocasiona el tiempo que pasa, la carreta se volvió inhabitable, Agüero edificó un rancho. Del pértigo sacó la cumbrera; la caja, el techo, el piso de la carreta, todo sirvió para el nuevo edificio; y las dos ruedas de madera dura, enterradas hasta el mazo, en tierra bien pisoneada, formaron el más resistente de los palenques, el más pintoresco también, y para don Pedro, el más sugestivo y el más durable de los recuerdos de toda su vida anterior.


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«¡Ave María!» grita, parado cerca del palenque, un jinete. Los perros ladran, rodean al caballo, que agacha las orejas, aprontando, por si acaso, una coz para el que se atreva por demás. El jinete inmóvil, espera la contestación que le permitirá apearse; y por su actitud, por su vestimenta, por el caballo y por su apero, puede desde ya prejuzgar algo de su personalidad, el dueño de casa. Éste, despacio se aproxima, filiando al recién venido, con los ojos clavados, en atención aguda, concentrando toda su perspicacia en tratar, -antes de dejar caer de sus labios el sacramental: «sin pecado concebida», que le permitirá franquear el límite de la vida privada-, de acordarse o de adivinar, por algún detalle exterior, quién puede ser, de dónde y a qué viene, qué intención o qué noticia trae.

Si es forastero, seguirá todavía, por un buen rato, y por ambos lados, la indagación muda y discreta de los ojos, mientras, despacio y con el cuidado requerido para evitar disparadas, el recién venido esté formando, con el cabestro, algún nudo de experta combinación, de estos que parecen algo sueltos, por lo poco complicados, -hay nudos así, en la vida-, pero que con los tirones del caballo, se cierran, quedando fáciles de desatar, sólo para el amo.


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Cuando, desde lejos, al volver a su casa, divisa el campesino un caballo desconocido atado en el palenque, siempre le late el corazón; y ¿cómo no? ¿Quién será? ¿Quién habrá venido, y a qué? ¿Traerá alguna esperanza o algún desengaño? ¿En qué forma vendrá a turbar la vida aletargada, monótona y pasivamente feliz del pastor? ¿O será alguna visita insulsa? A medida que se aproxima, va conociendo los detalles que le revelan la personalidad o las condiciones del que lo está esperando en su casa. Antes que todo, el color del caballo: es el rosillo de don José el resero; o el malacara de don Justo, un vecino fregador, que, cada tric y traque, viene a pedir rodeo; o el zaino bichoco del napolitano Juan -seguro que se habrán mixturado las majadas-, o el ruano de sobrepaso de don Eugenio, que viene a ver los cueros, o el caballo desconocido de algún transeúnte que viene a pedir licencia; y, según la visita, esbozan los ojos del campesino una sonrisa de contento o una mueca de fastidio.

Hay también, a veces, en los palenques, caballos que comprometen...

Al volver, a la noche, del pueblito, donde había anunciado primero que se quedaría dos días, don Crescencio Herrera divisó, en el palenque de su rancho, un caballo desensillado, y, al acercarse, conoció al tordillo de Máximo Benavidez. A pocos pasos estaba, y ya los perros, sin haber ladrado, le venían a acariciar. Se detuvo. Para contener, a la vez, el desconsuelo que deja el inesperado y súbito derrumbe del hogar, y el pesar de la felicidad perdida; el asco que da la traición; el arrebato de rabia vengativa contra el amigo que engaña y la mujer culpable, y el rubor, por la mancha sufrida, el corazón es pequeño; y sintió, en las sienes, agolparse la sangre, como si hubiera querido, oprimida, romper la frágil puerta de su cárcel.

Dejó pasar un rato largo, mirando el rancho, como si se admirara de verlo quedarse inconmovido, en su presencia, y se aproximó despacio, algo más sereno ya, dominándose poco a poco. Se apeó en el palenque, ató su caballo, soltó el tordillo y lo espantó, haciéndole ganar campo, y con el mango del rebenque, golpeó en la puerta, llamando, con voz que trataba de conservar firme: «¡Carlota! ¡Máximo!» Oyó el rumor apagado de las voces asustadas, de los movimientos torpemente precipitados en la obscuridad; las consultas, a media voz, vacilantes entre la violencia imposible y la sumisión quizás peligrosa, con rebeliones varoniles sujetadas por lágrimas femeninas.

Después de un momento, don Crescencio volvió a hablar, y nunca, hasta entonces, había notado que su voz fuera susceptible de tonada tan imperiosa, al pronunciar palabras tan sencillas: «A ver si se van, de una vez, y me dejan mi casa!»

Un sollozo le contestó; en el umbral, apareció un hombre armado, como dispuesto a vender cara su vida; pero don Crescencio, tranquilamente, le ordenó de sacar del rancho su recado y de llevarse a la compañera. Y, dominado por el sentimiento de su humillante situación y por la actitud serena de Herrera, volvió al interior de la pieza, se echó al hombro el recado, y llevándose de la mano a la mujer, cabizbaja y sacudida por el llanto, pasó, sin mirarlo, por delante de don Crescencio. Vio que en el palenque ya no estaba el tordillo, y comprendiendo que castigo les era impuesto, agarró con ella, a pie, por el campo, entre las sombras de la noche profunda.


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Hay palenques lujosos, de puro palo a pique, con barrotes de fierro; algunos encierran plantas de sauce, que proporcionan a los caballos durante el verano, ese lujo: sombra; y hay otros que los compone un pobre estacón torcido. El palenque del domador tiene que ser sufrido, para resistir, sin aflojar, los golpes y los tirones locos de los potros recién agarrados; y el del pulpero, discreto, por las muchas confidencias que ha de oír, rodeado, como está siempre, de tantos caballos, venidos de todas partes, de la estancia y del puesto: flacos y gordos, parejeros ricamente aperados, o mancarrones que con sólo un cuerito en el lomo, rumian tristes monólogos, durante las largas horas de fastidiosa espera, al sol, a la lluvia, al frío.

Y después de mucho andar, el jinete atará el mancarrón al palenque de la Vejez, de donde lo sacará poco, para paseos cada vez más cortos; hasta que se apee en el hospitalario palenque de la Muerte, donde podrá desensillar, con toda confianza.