El peligro de la reforma

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<< Autor: José Batlle y Ordóñez


Martes 25 de mayo de 1915, EL DIA

Editorial

El peligro de la reforma

La reforma de la Constitución es un inmenso peligro! -¿Por qué, preguntamos nosotros a quienes formulan esa absoluta? –se dice que puede ocurrir la abstención de los partidos y que el oficialismo solo concurriría a la Constituyente para realizar una obra desprestigiada y banderiza. –Se agrega que puede ocurrir la renuncia de la minoría nacionalista de la Cámara actual y nos encontraríamos en una situación francamente revolucionaria. –Se concluye en fin, por sostener que la reforma debe ser la obra de todos, el resultado de una colaboración unánime, el fruto idealista de una perfecta compenetración de ideas y de propósitos.

Pues bien. : para nosotros esos peligros y esas condiciones necesarias de la reforma no tienen fundamento racional. –Confiamos, desde luego, en la sensatez de nuestros partidos ante la finalidad impersonal de la reforma. –No podríamos concebir partidos capaces de acción democrática que, teniendo en sus manos, si constituyen la mayoría del país, todos los recursos para imponerse en el sentido de impedir legítimamente la reforma o de realizar ésta de acuerdo con sus principios o aspiraciones, se cruzan de brazos o promovieran resistencia subversivas fuera del orden institucional para protestar contra los empeños de sus adversarios. –La ley que se va a dictar, según todas las probabilidades, será una ley que contendrá todos los perfeccionamientos y todas la garantías del derecho electoral moderno. –ningún tratadista, ningún estadista, puesto en presencia de esa ley, podría decir que ella no consulta las más exigentes y las más escrupulosas aspiraciones de la democracia. –Esa ley, sin admitir un régimen de proporcionalidad representativa estricta, será superior, sin embargo, muy superior, por otros conceptos, a cualquier ley de proporcionalidad existente en algunos países, muy pocos por cierto –las más grandes democracias americanas o europeas, no han llegado, ni se han aproximado siquiera la perfección de nuestro sistemas electorales en uso o en proyecto. –Y en esas grandes democracias, nadie se atrevería a decir que por no adoptarse al régimen proporcional, es lícito abstenerse de concurrir al comicio y crear situaciones de desorden. –Lo interesante es saber si existe, tutelada y asegurada por la ley, la libertad de los ciudadanos para votar. –Si no la hubiera, dentro de cualquier régimen de elecciones, el comicio sería repudiable. –Pero, entre nosotros la libertad política existe; y los errores y defectos, que son comunes, por lo demás, en el desarrollo de las actividades políticas, se han de subsanar o corregir por medio de nuevas garantías y sanciones, de positiva eficacia, que se incorporarán a la nueva ley, atendiendo lo que al respecto dictan las autoridades más prestigiosas en la materia y en las experiencias más fecundas de la vida democrática. –El único peligro para los ciudadanos es que sus derechos se sientan lesionados por la influencia del poder, irregular o perturbadora. –Pues bien: con el voto secreto, esa influencia, aún en el caso de tenerse como posible, no puede ofrecer peligro alguno, porque el votante se sustrae a la publicidad de su acto cívico. –Con la impresión digital, el fraude en los registros es imposible. –Con la ampla representación proporcional de las minorías, todas las fuerzas de la opinión pueden manifestarse en la acción constituyente. –Con la inscripción obligatoria, todos los ciudadanos estarán en aptitud de votar ya sea en la elección de convencionales, ya sea en el momento de consultarse al país sobre la obra realizada.

¿Cómo puede decirse, pues, seriamente, sin prejuicio y sin ofuscación, que lo único que se pretende es favorecer un golpe de arbitrariedad del partido oficialista? -¿Cómo se puede presumir el peligro de reformas constitucionales antojadísimas, sin fundamento en la voluntad nacional? –Por lo demás: solo con ridículo efectismo puede hablarse de oficialismo, como para destacar despectivamente un empeño que preconiza el partido que gobierna. –todos los partidos que gobiernan son oficialistas. –Pero, ¿acaso esto significa desmedro dentro de una democracia? ¿Carecen los partidos oficialistas de los derechos que corresponden a los demás partidos que son lo que son y aspiran hacerlo? –Oficialistas son el gran partido liberal ingles y el gran partido radical francés! -¿Son, por eso, menos dignos de alta y prestigiosa consideración? –no son oficialistas, precisamente por ser los más fuertes? –El oficialismo es depresivo, cuando afirma su poder sobre la inmoralidad o el abuso. –Si entre nosotros los oficialistas constituyen mayor número, tienen derecho a prevalecer. –Y sería ridículo exigir que subordinaran sus propósitos y anhelos a los anhelos y propósitos de los adversarios que no han sido capaces de vencerlos. –Nosotros deseamos que todos los partidos concurran a la elección de constituyentes; y no será la ley, por cierto, ni serán los hombres de gobierno los que propendan a lo contrario con trabas influencias ilegítimas. –Pero , sino concurrieran, no tendrían, por eso, el derecho de impedir la reforma, que harían los que fueren a votar y que sumarían un núcleo preponderante de enormes prestigios populares, ya evidenciando más de una ves. –Ni la actitud abstencionista- que no esperamos, que no podría justificarse, que sería sencillamente absurda, -en el acto electoral; ni la renuncia de la minoría parlamentaria, que se insinúa como una posibilidad alarmante, que tampoco admitimos, -podría modificar la situación legal de las cosas. –nada de eso podría perturbar la legalidad irreprochable del proceso tendiente a elección de una asamblea revisora. –Hablar de situaciones de hecho porque un partido o un grupo de ciudadanos se abstenga de votar o de tomar parte de las deliberaciones parlamentarias, nos parece tan extraordinariamente estupendo que nos resistimos a comentarlo.

Y, por último, pretender que la Constitución sea la obra de todos; la expresión unánime del sentimiento y del pensamiento de todos, es pretender lo imposible. –No habría posibilidad de obra alguna sobre la base de la unanimidad de opiniones. –Ni una ley ordinaria, siquiera, cuanto más la ley fundamental de las leyes! Los socialistas, individualistas, los católicos, los liberales, los proteccionistas, los librecambistas, los colegialistas y anticolegialista, los partidarios del gobierno presidencial o del régimen parlamentario, etc., etc.,pueden realizar una obra que a todos conforme y satisfaga por igual, sin exponerse a no hacer nada o a hacer un bodrio! –Cuando hay partidos u hombres de ideas en un pueblo, desaparecen las unanimidades que solo son posibles cuando se carece del concepto de la propia personalidad intelectual. –Eso no será factible, ni en nuestro país, ni en ninguna parte, donde haya cultura y partidos o ciudadanos de ideas propias.