El piñón

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El piñón
de Félix María Samaniego




Compró un turco robusto
dos jóvenes esclavos, que un adusto 
argelino vendía.
Los llevó a la mazmorra en que tenía 
otros muchos cautivos,
y, cerrando la puerta,
detrás de ella a escuchar se quedó alerta 
los modos expresivos
con que los más antiguos consolaban
a los recién venidos que allí entraban. 
Eran un andaluz y un castellano, 
y el que hablaba con ellos italiano,
que dijo en voz de tiple, muy doliente,
a los nuevos llegados lo siguiente:
-Compagni aventurati al par che cari,
i vostri affani amari 
io voglio consolar: nostro padrone 
e un turco di bonissima intenzione,
pietoso cogli schiavi che la guerra 
riduce al suo servizio; 
solmente 1i destina per l'uoffizio 
che si costum lá, nella mia terra, 
strapazzando l'occhio del riposo
col suo membro, che é troppo lungo e grosso. 
-Compaire, el andaluz dijo temblando, 
¿qué me eztá unté jablando? 
¿Con que ha dado eze perro en eza maña 
que en Italia ze eztila? ¡ Ay, pobrecito 
de mí, dezfondacao en tierra extraña! 
¡Yo, que tengo un ojito 
lo mezmo que un piñón! ¿ Zerá baztante 
pa rezguardarle ezte calzón de ante? 
Iba a darle respuesta el italiano, 
pero el turco inhumano
gritó entonces: -¡No haber ante que valga! 
¡El ojo del piñón al aire salga! 
Al punto, cuatro moros, 
sin atender las quejas ni los lloros, 
afuera le sacaron
y a su señor por fuerza le llevaron. 
En tanto que él la operación sufría, 
el italiano al otro le decía: 
-Giovinetto garbato,
anche tu sia al momento preparato 
a soffrir del padron membruto e fiero
il colpo assalitor dell'occhio nero,
perché di bianca f accia o color bruno 
il turco buzzarron non lascia alcuno. 
El fuerte castellano con arrojo 
la argolla de un cerrojo 
arrancó de una puerta al oír esto, 
y, habiéndosela puesto
de su gran nalgatorio en la angostura, 
pudo con tal diablura
guardar el centro y pliegues del contorno, 
y el ataque esperó con este adorno. 
Pasada media hora, allí trajeron 
al andaluz lloroso y derrengado, 
y al castellano hicieron
ir a dar gusto al turco bien armado. 
Este al momento en cuatro pies le pone, 
los calzones le baja y se dispone 
a profanarle: se unta con aceite, 
para obviar el camino del deleite 
aquel globo cerdoso,
fondo en color de cardenillo oscuro, 
y, potente y rijoso,
no quiere dilatar el choque impuro. 
Considere el lector, aunque yo callo, 
qué magnitud tendría
lo que sacó, criado en un serrallo 
sin sujeción de bragas ni alcancía,
y después se figure allá en su mente 
que esta mole indecente,
enfilando la argolla en la trasera,
quedó como ratón en ratonera.
Por sacarlo se agita,
empuja, hace desguinces, y al fin grita 
para que en su trabajo 
no le guillotinasen por abajo. 
El castellano, astuto, se endereza, 
tirando de la argolla con presteza 
porque no se la viesen
los que en favor del turco allí viniesen; 
pero esto fue de un modo tan violento 
que le quitó el turbante al instrumento. 
Quedó por el dolor amortecido 
el turco en la estacada, 
y el castellano, habiendo conseguido 
ver la Naturaleza así vengada, 
mientras al desgorrado socorrían 
los moros que acudían, 
a la prisión volviose,
en donde a poco tiempo divulgose 
su valerosa hazaña. 
Y el italiano preguntole ansioso: 
-Ma dica; ¿che cucagna 
l'a salvato del caso periglioso? 
Y el andaluz decía:
-¡ Qué piñón tendrá uzté tan duro, hermano, 
cuando pudo jazer tal jechuría! 
A lo que respondiole el castellano: 
-Tengo para ese perro, 
no un piñón natural, sino de hierro.