El postrer mandato

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El postrer mandato



A la señorita Sara Carranza


El reinado de los Incas había pasado para siempre; consumada estaba la traición que hiciera caer al último de ellos en un infame lazo. Despojado de su poder, arrancado del solio de sus padres, Atahualpa yacía cautivo en las prisiones de su imperial palacio de Cajamarca.

El desventurado monarca, había visto cada vez estrecharse más en torno suyo, el radio mezquino de esa sombra de libertad que el vencedor aparentaba dejarle. Del círculo amurallado del alcázar al de los ejercicios gimnásticos, que debía servir de medida al oro de su rescate; de allí a las tinieblas de un calabozo, donde, separado de los suyos, dejáronlo solo, cargadas de cadenas sus augustas manos.

-Mi última hora se acerca -dijo, ese día a Hernando, aquel generoso hermano de Pizarro, el solo amigo que su infortunio hallara en aquel cubil de fieras.

-Nada temas -respondió el noble español-, que mientras yo aliente, tu vida es sagrada.

-¡Magnánimo corazón! -replicó el prisionero-: eres solo entre esos hombres feroces, y tus esfuerzos serán vanos... Han resuelto que yo muera, y moriré.

Hase apoderado de mí, al mirarte hoy, una tristeza de siniestro agüero... ¿Qué quiere anunciarme? Lo ignoro: pero de cierto algo funesto me predice...

Un guerrero que entró en el calabozo interrumpió al Inca.

-Hernando -dijo aquel-, el Consejo te encarga la misión de llevar al rey nuestro señor el quinto del botín conquistado, y me envía a ti para prevenirte que el convoy te espera y que debes disponerte a partir.

Hernando volvió hacia el cautivo una dolorosa mirada.

-¿Lo ves? -dijo este-, no me engañaban mis presentimientos: te alejan para darme la muerte.

-¡No! -exclamó el joven-. Aquí y en todas partes yo seré tu guarda. Cerca de ti, mi espada te habría defendido; lejos, reclamaré tus derechos; me arrojaré a los pies de mi rey y demandaré justicia de la dignidad soberana profanada en tu persona.

-¡Generoso amigo! -replicó el prisionero, sonriendo tristemente-, tú no cuentas con que ellos tienen prisa. Cuando hayas llegado cerca de tu dueño, Atahualpa dormirá ya con sus padres en el seno del gran Pachacámac. Además, ¿qué es, pues, este simulacro de vida que me queda? Hanme quitado el trono, la libertad, la familia, la luz... después de esto, morir es un bien; y los que me aman, lejos de lamentar mi suerte, deben regocijarse conmigo porque se aproxima el fin de mis desventuras. Pero antes de alejarte, concédeme una gracia.

-¡Habla! ¿qué puedo hacer por ti?

-¿Tú conoces a Yupanqui, aquel hijo de un cacique inmolado por mi hermano, que yo adopté y que estaba a mi lado cuando era prisionero?

-¿Quién? ¿aquel heroico adolescente que en ese día de iniquidad se arrojó delante de ti, recibiendo en su pecho los sacrílegos golpes que te asestaban?

El prisionero levantó los ojos al cielo, y una lágrima surcó su pálida mejilla.

-¿Él también, como mis más fieles súbditos, habrá perecido?

-No -repuso Hernando-. Cayó acribillado de heridas, y fue hecho prisionero; pero su juventud interesó a mi hermano, que le dio la libertad, después de haber cuidado de su vida.

A estas palabras el semblante del Inca se iluminó, y un rayo de gozo brilló en sus ojos.

-¡Y bien! -exclamó dirigiendo a Hernando una suplicante mirada-, deseo antes de morir, ver a este hijo de adopción; estrecharlo en mis brazos, y enviar con él a mis súbditos, que son también hijos míos, mi postrera voluntad, ¡mis últimos adioses!

-¡Ah! -dijo Hernando con acento de despecho-, si yo partiera con mi hermano el poder como parto los peligros, ni una gota de sangre se habría vertido entre los tuyos y los míos; y tú sentáraste en tu trono todavía; y peruanos y españoles serían una sola nación, una sola familia. Mi hermano es bueno y generoso; mas tiene cerca de sí malos consejeros, que han subordinado a los temores de la religión las decisiones de su política...

Pero al menos, serame dado cumplir tu anhelo: el joven Yupanqui tendrá libre acceso, hasta ti, para recibir tus órdenes y darte cuenta de su ejecución.

Al arrogarme este acto de autoridad en obsequio tuyo, seguro estoy de que, en mi ausencia, mi hermano lo ratificará.

-Noble guerrero -exclamó el Inca, tendiendo a Hernando los brazos encadenados-, ¡que tu Dios y el mío derramen sobre ti la más amorosa de sus miradas! ¡que la patria donde tornas te guarde un tesoro de amor y felicidad!... Y ahora... aléjate, que el ánimo comienza a faltarme, y no quiero que otros ojos que los tuyos miren mi debilidad.

Hernando se apartó del Inca, profundamente conmovido. Por más que procuraba rechazarlo, un lúgubre presentimiento invadía su alma.

Poco después el calabozo se abrió, dando paso a un joven de arrogante presencia, de negros y profundos ojos, que fue a caer a los pies del cautivo, y besó con doloroso fervor las cadenas que aprisionaban sus manos.

-¡Hijo mío! -díjole el Inca atrayéndolo a sus brazos-, el tiempo huye, y la hora avanza. No te entregues a vanos lamentos, cierra el labio, esfuerza el corazón y escúchame.

El joven ahogó un gemido, pasó la mano por su frente y levantando la cabeza, mostró al Inca su bello semblante, triste, pero sereno.

-Heme aquí, padre mío -le dijo-, pronto a ejecutar aquello que te plazca mandarme.

-Escucha -prosiguió el prisionero-. Tú sabes que estos hombres cruentos están devorados por una sed inextinguible de oro, que no se sacia con los inmensos tesoros que, de ese funesto metal, los míos han amontonado a sus pies. Iniciados por algunos traidores en el secreto de la ciudad subterránea, búscanla con feroz codicia. Los caciques que conocen su entrada están en poder suyo; y para vencer su constancia, sujétanlos diariamente a los más atroces tormentos. Hasta hoy han sido fuertes; pero su valor puede sucumbir. Y entonces aquel emporio maravilloso de riquezas acumulado por mis mayores; sus sagrados restos, desde el hijo del Sol hasta mi heroico padre, sacrílegamente profanados, serían el pasto de su inmunda codicia. ¡Oh! ¡Gran Pachacámac! ¡por tu divina luz eso no será! En verdad, yo estoy aprisionado, próximo a morir; pero he aquí, cerca de mí un hombre libre y fuerte...

-¡Habla! padre -interrumpió el joven-, ¿qué debo hacer?

-¡Huye! Para mayor presteza y seguridad, toma nuestra vertiginosa vía de las alturas; corre noche y día, sin detenerte ni aun para mojar tu sediento labio al paso de los torrentes, y llega a la Ciudad Santa antes que la flor de ariruma cogida al atravesar los jardines de este palacio, haya perdido su frescura. Muy niño eras todavía cuando yo te hice ver la metrópoli de los tesoros. ¿Has olvidado su entrada?

-No. Tras el lado occidental del Saxsa-huaman, entre un grupo de cerros peñascosos, en el fondo de una cañada sombreada de molles, álzase aislada una roca negra, que los viejos dicen es un destello de la luna. Su mole oculta la sagrada puerta.

-Haz, en el curso de una noche, levantar sobre ella una montaña, cuya cima alumbrará el primer rayo del sol.

El Inca sacó de su seno una trompa de oro, y entregándola al joven:

-He aquí la pucuna imperial. Su voz tiene el poder de realizar lo imposible. Y ahora, hijo mío, que el Grande Espíritu te ilumine y guíe tus pasos...

El Inca tendió la mano al joven, y velose el rostro con su manto.

Poco después, el hijo adoptivo de Atahualpa corría con pie ligero al través de los aéreos senderos suspendidos sobre dos abismos, que serpentean en las cimas de los Andes. Desde aquel sublime observatorio sus miradas se extendían sobre el encantador panorama de esas montañas; esos valles, esas selvas, esos ríos, esos lagos que se ostentaban rientes a la luz del sol, mientras su dueño yacía en el fondo de un calabozo, cautivo, encadenado. Y lágrimas de dolor y de rabia surcaban las mejillas del joven y regaban su camino...

Un día, a la hora del crepúsculo, cuando el sol desaparecía de la quebrada, dorando solo las cúpulas de la ciudad y la elevada planicie del Rodadero, un viajero, terciado el morral, usado el coturno y el semblante fatigado por un largo viaje, llamó a la puerta de una cabaña. Abriola una hermosa joven que al verlo exhaló un grito de gozo y se arrojó en sus brazos.

-¡Yupanqui!

-¡Suma!

-¡Ah! ¿es un sueño? ¡No! ¡Estoy despierta y te estrecho en mis brazos! Mírame vestida de luto; ¡creíate muerto!...

-Muerto estoy, amada mía -respondió el joven con triste acento-, y vengo a decirte que desatados están ya los lazos de amor que nos unen.

Suma dio un grito de terror y cayó sin sentido a los pies de Yupanqui.

El joven fijó en el rostro de su amada una mirada de dolor; besó su pálida frente, colocó entre sus negros cabellos la flor de ariruma, fresca aun, y se alejó.

Al cerrar de aquella noche, oyose en las alturas de Saxsa-huaman el sonido de una pucuna que tocaba un aire guerrero. A su voz, los habitantes de las quebradas y los moradores de las alturas, prosternáronse con la frente en el suelo: habían reconocido la llamada del Inca.

Enseguida, todos aquellos que podían voltear una onda o blandir un chuzo alzáronse con presteza, armáronse y siguieron la voz del instrumento, que recorría el valle, traspasó las alturas y se detuvo, al fin, en la cañada sombreada de molles sobre la roca negra que los viejos decían ser un destello de la luna.

La multitud se apiñó ansiosa en torno de la roca sobre cuya cima se hallaba un hombre de pie e inmóvil como un fantasma.

-¿Sabéis quién soy yo? -dijo con voz breve.

-¡Un enviado del Inca! -respondió la muchedumbre-. El hijo del Sol habla por tu boca. ¿Qué nos ordenas?

-¿Veis estas cuatro montañas que nos cercan? Sobre esta roca donde siento mis pies, el primer rayo del sol de la mañana alumbrara la cima de la quinta, tan semejante a las otras, que el ojo más penetrante no pueda distinguirla.

A estas palabras la multitud desapareció silenciosa, y la cañada quedó solitaria; y luego, en el mismo silencio volvió a invadirla, no una sino muchas veces, ejecutando, en el curso de la noche, una obra maravillosa.

Al siguiente día, el primer rayo del sol alumbró la cima de la quinta montaña, tan agreste como las otras y, como ellas, cubierta de cactus y musgos seculares.

Al mediar de la venidera noche oyose todavía la pucuna imperial. Los pueblos, después de haber adorado postrados su sacra voz, siguiéronle por las estrechas gargantas de una montaña sombría, en cuya cumbre la trompeta se detuvo al borde de un abismo que los habitantes del valle denominaban con terror, Supai-simi1.

La noche era sombría, y negras nubes cubrían el cielo. En el lejano horizonte alzábase una tempestad cuyos relámpagos alumbraban el inmenso hacinamiento de hombres reunidos en torno del abismo.

La trompa calló, y la voz del enviado del Inca se alzó entre el silencio de la noche.

-Anoche el Inca os ordenó levantar una montaña. ¡Hoy os ordena morir!

El mensajero calló, y la multitud prosternándose, en torno a media voz un himno de muerte.

Y el inmenso grupo comenzó a estrecharse en torno de la profunda sima...

Y, en fin, un relámpago alumbró la cumbre de la montaña desierta y al enviado del Inca, solo, inclinado sobre el negro cráter de Supai-simi.

Como Hernando lo había presentido, como el Inca lo había predicho, la muerte del cautivo estaba decidida; y solo aguardaban, para ejecutarla, que el generoso hermano de Pizarro se hubiese alejado.

Un día, con una mano arrojaron sobre él, el agua sagrada del bautismo, y con la otra presentáronle la sentencia.

Aquella noche, la última que debía pasar entre los vivientes, el desventurado monarca pidió que lo dejaran solo para recoger su espíritu. ¡Vana esperanza! El infame Valverde le impuso su odiosa presencia, importunándolo con las impías amenazas de una condenación eterna.

El prisionero apartaba los ojos del cínico semblante del fraile, para volverlos al rostro divino del Crucificado; y se preguntaba como un Dios de amor podía ordenar tanta iniquidad.

De repente, la puerta del calabozo se abrió y el Inca vio aparecer a Yupanqui.

El joven palideció. Había comprendido con una mirada la situación; y adelantándose, grave y triste, fue a prosternarse a los pies del cautivo.

-Tu voluntad está cumplida -le dijo en el sagrado dialecto de la imperial familia-. La mole de una montaña reposa sobre la entrada de la ciudad subterránea, y muertos están los que piedra a piedra la elevaron.

-Que el gran Pachacámac te bendiga, hijo mío, como te bendice tu padre -exclamó el Inca, posando sus manos sobre la cabeza del joven-. Vete en paz: vuelve a nuestros deliciosos valles, y sé feliz con Suma.

-No, padre -respondió Yupanqui-; la misión que me diste no está cumplida aun.

-¡Qué dices!

-Los caciques han perecido en los tormentos; y los artífices de la montaña en la profunda sima de Supai-simi; pero tu mensajero vive todavía. Su alma es fuerte; mas el rigor de los suplicios puede vencerla. Quitemos, pues, a nuestros verdugos ese placer.

Y sacando de su seno una flecha envenenada, se atravesó el corazón, y espiró sonriendo al prisionero con amor.

El Inca se inclinó sobre el cadáver de su hijo adoptivo, y besó su frente llorando.

-Que arrojen al campo a ese infiel -exclamó Valverde-; y que las aves de rapiña devoren su cuerpo.

Pero una mano misteriosa robó con el cadáver del Inca el de su hijo de adopción.


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