El primer centenario del Templete: Las fiestas inaugurales

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Los cuadros de Vermay.—Generosidad del obispo Espada.—La aristocracia habanera de hace cien años.—La inauguración del Templete.—Duran las fiestas tres días.—Un Te Deum y una ascensión en globo.—Los bardos cortesanos.


LA información que se posee acerca de la inauguración del Templete abunda en datos. Después de todo, cien años nada son para que se hayan olvidado los sucesos de aquellos días que, sin embargo, nos parecen muy lejanos. Además los periódicos de la época encierran en sus páginas, amarillentas, evocadoras, diversas noticias. De Cagigal a Vives se había adelantado mucho. Se sabe que el 13 de marzo se colocó la nueva imagen de la Virgen del Pilar en la pilastra restaurada, con solemnidad y devoción, en medio de los vítores del público y los tiros de fusil de los soldados. Se sabe, asimismo, que el enverjado y la porta­da de hierro fueron obra del habanero Francisco Mañón; que los adornos y las letras de bronce las costeó el general de ma­rina don Ángel Laborde, jefe del apostadero de la Habana y que las hizo el armero del batallón de Cataluña don Andrés Jaren; que el obispo Espada pagó los cuadros que adornan el interior del monumento y donó el busto de Colón; y se sabe del mismo modo, quiénes son las autoridades coloniales y damas habaneras que aparecen en el cuadro de Vermay y que copia la ceremonia del 19 de marzo del pasado siglo.

Juan Bautista Vermay fué un pintor francés que llegó a la Ha­bana el año 1816, con cartas de don Francisco de Goya y Lu­ciente —el mago de la pintura española del siglo XIX— para el obispo Espada y de Luis Felipe de Orleans para algunos aristó­cratas cubanos a quienes el príncipe había conocido, años antes, cuando visitó la capital de la Isla. El prelado le acogió cariñosa y alegremente, porque deseaba que el joven artista completase la obra pictórica de Perovani, en esta capital. Cuenta Rosain, en su obra ya citada, que había sido discípulo de David, estu­diado en Roma y Florencia, mereciendo del emperador Napoleón Bonaparte una medalla de honor a los veinte y un años. Su per­manencia en la villa de San Cristóbal le fué propicia. Tras ven­der las telas que traía, pintó para las iglesias habaneras, sufrien­do, por cierto, una grave caída desde un andamio, en la Cate­dral, cuando trabajaba en "El bautismo de San Juan". Fundó, luego, la Escuela de San Alejandro, así llamada por la gratitud que sentía su fundador por el célebre intendente Alejandro Ra­mírez. Murió de cólera, en la famosa epidemia de 1833, de la que tan ampliamente hubo de escribir en su "Colección de Pa­peles" don José Antonio Saco; que segó más de ocho mil vidas, sólo en la Habana, en tres meses, y a cuya propagación contribu­yó el conde de Villanueva, negándose a establecer cuarentenas por estimarlas perjudiciales a los intereses del comercio colonial. También de cólera murió, en ese año, el general de marina don Ángel Laborde, uno de los benefactores del Templete.

Vermay pintó, con arreglo a la tradición y a las sugestiones que halló en la pilastra de Cagigal, dos de sus cuadros. El que está colocado a la derecha del monumento representa la celebra­ción de la primera misa. El de la izquierda, el primer cabildo. En ambos aparece Diego Velázquez —¿asistiría realmente el con­quistador a tales ceremonias?— según se lo imaginara el artista, ya que del célebre Adelantado, asegura Pezuela que debió saber­lo, no se conserva grabado, ni lienzo, ni medalla, ni retrato algu­no. El lugar de la escena en los dos es el mismo, aunque se ha variado el punto de vista. La misa se celebra bajo la sombra de la ceiba tradicional. La escucha, reverente, un grupo de espa­ñoles. Cerca se reúnen algunos indios. Entre aquellos tremola el real estandarte de Castilla. En el segundo cuadro aparecen dos alcaldes y cuatro regidores en el momento de jurar ante el es­cribano que les presenta la cruz, formada con los dedos de su mano derecha. En último término la mancha azul de la bahía y la mancha verde de la colina de la Cabaña. El fraile dominico, que dijo la misa, asiste a la ceremonia de constitución del ca­bildo.

En el tercer cuadro, el que ocupa el testero de enfrente y que no fué pintado sino algún tiempo después de la inauguración del Templete, aparecen las autoridades, la gente principal y las da­mas que concurrieron a esta ceremonia. Aún hoy, a pesar de la labor destructora del tiempo y de que el lienzo ha sufrido dos restauraciones, aquellas beldades criollas poseen un maravilloso encanto. No se las puede contemplar sin sentir melancolía. Sin embargo, no sabemos que ninguno de nuestros bardos les haya dedicado un lírico comentario ni arrancado a ninguno de nues­tros cronistas una glosa, plena de añoranza, y sugerente como un madrigal.

En el cuadro a que aludimos aparecen —según informes de la obra del señor Sánchez de Fuentes— el capitán general Vives, sus dos niñas y el aya; el marqués de Prado Ameno, los condes de Villanueva, Fernandina, Cañongo, O'Reilly, Casa Bayo­na y San Juan de Jaruco, el coronel Juan Montalvo, Arango y Parreño, O'Farrill, O'Gaban, Antonio María de la Torre y Cárdenas, Próspero Amador García, alcalde de la Habana, Ig­nacio Calvo, Andrés de Zayas e Ignacio Xenes, regidores; José María Calvo, censor de la Universidad; Ramón de la Sagra, el pintor Vermay —al que se ve en actitud de tomar apun­tes— y el coronel Martín Aróstegui. A la izquierda, entre las damas, las de O'Farrill, Montalvo, Cárdenas y madame Vermay. De rodillas elevan sus preces al cielo estas suaves y amables criaturas, que hoy no son más que el perfume de un recuerdo. En el grupo femenino, en primer término, se destaca una frágil figura de mujer como la imagen misma de la Ilusión.

Los tres cuadros de Vermay, han sido víctimas del abandono. En 1849 los ediles proyectan borrar el último que hemos reseña­do para que los pinten a ellos en él, como asistentes a una fiesta de bendición del monumento, luego de reparado. En 1860 se desprendieron los lienzos y se llevaron a la Sala Capitular donde fueron restaurados. Por esta labor se pagaron dos mil pesos. En 1886 se retocaron de nuevo por la mano de Miguel Melero, ar­tista criollo de fama, que percibió por su trabajo la suma de se­tecientos sesenta pesos.

Acaso no pagara el obispo Espada mucho más por ellos, inclu­yendo en la suma el busto de Colón, en mármol blanco, que en una época fué colocado en el interior del monumento y que más tarde se le situó cerca de la columna de Cagigal.

Las fiestas inaugurales del Templete fueron una opor­tunidad para regocijo público. Duraron tres días: el 18, el 19 y el 20 de marzo. Los vecinos de la Plaza de Armas decoraron las fachadas de sus casas, muchas de las cuales fueron pintadas de nuevo. De balcones y ventanas, dice un relato de la época, colgaban "cortinajes vistosos". Se construyeron "tablados y arcos de triunfo con pinturas y letreros alegóricos. Bandas mi­litares ofrecían, frente a Palacio, alegres retretas en medio de alborozo general.

“El día 18 al anochecer —refiere el cronista anónimo y contemporáneo al que ya hemos aludido— rompieron con diversas tocatas escogidas las seis músicas que le hallaban en la azotea alta de la casa del señor Alcalde de primera elección, en la baja de Correos, en el cuartel de la Fuerza, en la esquina a la calle de los Oficios y a los dos costados de la casa de Gobierno, a este sonido armonioso pro­rrumpió el pueblo en triples vivas a nuestros amados soberanos, cuyo retrato escoltado por dos caballeros cadetes de la guarnición, que alternaron durante los tres días, se dejó ver entonces bajo un dosel magnífico en el balcón central de palacio ricamente adornado con pabellones de damasco y flecos de oro. Ya entonces el ámbito de la plaza de Armas y todos los edificios del contorno se hallaban hermosamente iluminados. Los cuadros que forman este gracioso jardín, en cuyos ángulos se elevaron pabellones de los cuales colgaban bombas y faroles de reverbero, hacían de un efecto sorprendente los reflejos de la luz sobre el verdor de una vegetación lozana. La fragancia de las flores, la armonía de las músicas, un concurso inmenso que rodeaba la plaza o cruzaba las calles que entre sí dejan los cuadros del jardín: el bello sexo, que todo lo hermosea, engalanado con el lujo y buen gusto de una ciudad opulenta; el aspecto del monumento religioso, al través del resplandor de largas y magestuosas llamas; la grandiosa portada del cuartel de la Fuerza sobre el fondo resplandeciente del edificio, todo este conjunto nuevo y magnífico de objetos brillantes y apacibles, separaba sin que­rer la atención distraída llevándola a consideraciones de un género más eleva­do sobre la felicidad de un pueblo que ha conseguido establecer en su suelo el trono de la paz y de la abundancia. En medio de un gentío, cual jamás se vio mayor en la Habana, ni una sola espresión, ni un solo gesto manifestaba el disgusto de habitante alguno de esta ciudad populosa; por el contrario, cada cual se había esmerado en contribuir al lucimiento de la función; todos demostraban el gozo que en ella les cabía; y este gentío innumerable de personas de todas clases y condiciones, sin que apareciese señal alguna de miseria o indigencia, esta reunión de todos los habitantes, sin tropezar con un solo méndigo, en cuyos trages se descubrían solo los grados intermedios entre el bienestar y la riqueza; este orden admirable, esta alegría general que se han observado constantemente en todos los tres días de la fiesta, da la única y más ventajosa idea que puede tenerse del pueblo habanero, de un pueblo rico y en prosperidad, de un pueblo juicioso y sensato, de un pueblo fiel a la religión de sus padres, a su primitivo gobierno y a la memoria de sus ascendientes."

Las fachadas del Palacio y del Ayuntamiento se iluminaron esas noches con vasos de colores. En las ventanas brillaban bom­bas de cristal. En el cuartel de la Fuerza, sobre el muro del jar­dín que entonces había en el foso del castillo, se mostraba una alegoría de transparentes "representando a la Habana fiel a su religión y a su rey" y debajo este soneto:

Espuesta a la mortífera influencia
Del mal que éste hemisferio ha trastornado,
La Habana ilesa y pura se ha salvado
Y mantiene dichosa su existencia.
Dando a su religión firme creencia
A su rey siempre fiel se ha conservado;
Y el cielo justo le ha recompensado
Con la paz, la abundancia y la opulencia.
Solo se logran frutos tan preciosos
Aquellas dos virtudes cultivando;
Y sobre ser nosotros venturosos
En ejercicio tal perseverando
Nos hace nuestros bienes más sabrosos
El paternal gobierno de FERNANDO.

Quizá del propio poeta cortesano, imbuido del mismo espíritu panglosiano que ha prevalecido en el país a través del tiempo y de las vicisitudes históricas y políticas, era este soneto que se leía en la puerta cochera de Palacio sostenido por dos columnas:

Hidra feroz de rebelión odiosa
El mundo de Colón ha transformado,
Y de almo paraíso le ha trocado
En cruenta región, triste, espantosa.
Cuba en tanto, de ser menesterosa
En rica y opulenta se ha trocado
Bajo el imperio de Fernando amado,
Fruto de su obediencia respetuosa!
Así habaneros la lealtad y celo
De vuestra religión y fiel constancia
Con mano dadivosa premia el cielo
Tened en la virtud perseverancia
Y fijaréis por siempre en vuestro suelo
LA JUSTICIA, LA PAZ Y LA ABUNDANCIA.

No eran estos los únicos versos, flores de lisonja y de incondi­cionalismo. En todas partes de la plaza de Armas se leían com­posiciones alusivas al día y a las circunstancias, más o menos ri­piosas e intencionadas. La musa colonial, pródiga en optimismo, cuidaba de fijar en renglones rimados, la actitud pacífica de la isla frente a los acontecimientos que se desarrollaban en la Amé­rica del Sur. Y sólo faltaban veinte y dos años para que Narciso López efectuara, primer héroe de nuestra leyenda dorada, su trascendental desembarco en la ciudad de Cárdenas!

Todos los vecinos de las calles de los Oficios, los Mercaderes, Obispo, O'Reilly, etc., contribuyeron al esplendor de la ilumi­nación. Por la noche el espectáculo de la plaza de Armas debió parecer muy hermoso a aquellos habaneros de a principios del siglo XIX, que desconocían el gas y la electricidad. En los bal­cones de Palacio se congregaban las damas en derredor del general Vives, que hubo de obsequiarlas, según el cronista a quien seguimos, con espléndidos refrescos. Al amanecer del día 19 la plaza mostraba un aspecto de singular animación. Desde muy temprano los curiosos se instalaron en los lugares más estratégicos para asistir al desfile de los no­tables de la población. Algunos centinelas cuidaban del orden. Intencionalmente no se hizo despliegue bélico, por no creerse pro­pio del acto ningún alarde de fuerzas. Aunque la misa, que can­taría solemnemente el obispo Espada y Landa, estaba señalada pa­ra las ocho, desde una hora antes empezaron a llegar al Temple­te las autoridades y los dignatarios. Bajo los rayos del sol tro­pical los entorchados centellaban. A la hora prefijada rompieron las músicas militares, las salvas de artillería y el repique de las campanas. La villa de San Cristóbal semejaba que se había vuel­to loca de júbilo. Se descubrieron los retratos de los reyes de España y el Cabildo, presidido por el general Vives, hizo su pomposa entrada en el Templete.

El ala derecha del flamante edificio lo ocuparon el Capitán Ge­neral, el Secretario del Gobierno y los edecanes, de gran gala; el Tribunal de Cuentas, los Jefes de administración, el Real Consu­lado, el comandante de Dragones y otros jefes. El lado izquier­do, el Superintendente de la Real Hacienda, el segundo coman­dante del Apostadero, el Segundo Cabo, el Teniente de Rey, el Subinspector de Infantería, varios generales y títulos de Castilla, los jefes de la guarnición, la Real Sociedad Patriótica, el cónsul de Francia, el clero regular y varias personas de distinción y em­pleados del real servicio.

En el centro se instalaron las damas, tocadas con española man­tilla. El fondo, hasta las verjas, se le concedió al público, al que el entusiasmo y el deseo de ver no permitía sentir la impiedad del sol. Seis bandas militares dieron sus notas al aire. Enseguida ofi­ció el obispo Espada, que antes de la hora de la fiesta había he­cho su entrada en el monumento, vestido con su traje de gala y acompañado del cabildo eclesiástico y de su séquito. Fué inmo­lado el autor de la salud —según el decir de la leyenda latina, pe­ro no como trescientos nueve años antes. En aquel entonces la ceremonia fué todo sencillez, sin más realce que el que daba al acto el esplendor de la naturaleza. Esta vez, se empleaba todo el fausto de la liturgia católica. Los asistentes no eran ahora aven­tureros audaces de pobre ropilla e indios simplícimos de carnes desnudas. Eran los magnates de la colonia, los dueños de esclavos, los privilegiados de la factoría, los que doblaban la cerviz ante el altar de la Divinidad.

Terminado el Te-Deum pasaron los invitados a Palacio a cum­plimentar al Capitán General con motivo de la fiesta y del ono­mástico de la reina Josefa Amalia.

Por la tarde, a las seis, el aeronauta francés Eugene Robertson, realizó una ascensión en globo, en el campo de Marte, ante la multitud asombrada. Había público en el paseo, en las azoteas, en los tejados. La música de la plaza de toros amenizó el acto, como se dice ahora. El aeronauta tremoló, en su barquilla, la bandera española y arrojó versos de felicitación a la reina. Ya hemos visto que entonces abundaban, como después, los bardos cortesanos. De viejo es que la musa inspire a ciertos poetas para cantar a los fuertes. Ya de noche monsieur Robertson descendió felizmente. Había estado mucho tiempo por los aires y cierta inquietud hubieron de sentir los asistentes a aquella fiesta de ca­rácter eminentemente popular.

Las noches del 19 y del 20 se repitieron las iluminaciones de la plaza de Armas y las retretas, para contento de los vecinos de la ciudad colonial, próspera y feliz, fidelísima y cristiana, alegre y confiada.

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