El quitasol del arzobispo

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Tradiciones peruanas - Octava serie
El quitasol del arzobispo

de Ricardo Palma



Hasta ayer creí firmemente que el sustantivo guaragua, en la acepción de contoneo en el andar o de perfiles y rodeos ociosos en las acciones y en la conversación, era limeñismo puro, nacido en este siglo. Pero me ha hecho caer de mi asno la lectura de un pasquín que allá por los fines de 1658 apareció en la puerta de los palacios arzobispal y de gobierno. Dice así:


«¡Vítor el rey español
que no entiende de guaraguas!
Ni para aguas paraguas,
ni para sol parasol.
Vítor el rey español».


¿Qué motivó este pasquín? ¿Cuál el entripado de sus paranomasias? Esto es lo que va a conocer el lector.

Grave entredicho había entre el arzobispo de Lima don Pedro Villagómez, sobrino de Santo Toribio, y el virrey conde de Alba de Liste y Villaflor don Luis Enríquez de Guzmán.

Como es sabido, este virrey vivió rompiendo siempre lanzas con la Inquisición de Lima y el metropolitano, mereciendo que el fanático pueblo lo bautizase con el apodo de virrey hereje. Dejando a un lado sus querellas con el Santo Oficio, de las que largo hablé en otra oportunidad, acusáronlo ante el soberano de haber demorado por quince días la promulgación de una real cédula de Felipe IV, por la que dispuso Su Majestad que la universidad de San Marcos no confiriese grado de bachiller, licenciado o doctor, sin que previamente firmase el aspirante juramento de defender la pureza de la Virgen, concebida sin pecado original. No hubo en este retardo malicia por parte del virrey, sino una de esas distracciones o descuidos a que en nuestras oficinas son dados los subalternos y hasta los portapliegos; pero el chisme fue a España, y aunque con suavidad en los términos; vínole al de Alba de Liste una reprimenda; que no otra cosa significaba el consejo de que en lo sucesivo fuese menos tibio en su religiosidad.

De Madrid le participó un amigo palaciego a su excelencia que el chisme era de origen arzobispal, y fácil es adivinar que si antes virrey y arzobispo se mascaban y no se tragaban, después de la repasata regia no les faltaría más que darse de mordiscones.

En esta hostil disposición de ánimos y dividida la sociedad limeña en partidos, uno por su excelencia y otro por su ilustrísima, llegó la fiesta de Corpus del año 1657. La procesión fue solemnísima, espléndida. Hasta el sol estuvo reverberante y picador.

El virrey iba cirio en mano y con la cabeza descubierta, mientras el arzobispo se resguardaba de los rayos de Febo bajo un lujoso quitasol o baldaquino de Damasco con flecos de oro, sostenido por uno de sus familiares.

Había la procesión descendido las gradas de la catedral, y hallábase la comitiva oficial frente al Sagrario cuando el de Alba de Liste se detuvo.

¿Qué pasaba? Lo que todo el mundo veía era que un capitán de la guardia del virrey se acercó al arzobispo, le habló casi al oído, volvió donde su excelencia, le dijo algo sotto voce, regresó donde el señor Villagómez, tornó donde su excelencia, y la procesión sin dar paso.

Al fin el arzobispo se separó de su puesto y se metió en su palacio, frente a cuya puerta estaba. Y la procesión siguió su curso.

Era el caso que el de Alba de Liste le había mandarlo decir a su ilustrísima que cuando el representante del monarca iba descubierto ante el rey de reyes, no podía, sin mengua del patronato y prestigio real, consentir en que el arzobispo fuese a cubierto del sol.

El arzobispo, después de la réplica y contrarréplica, optó por retirarse..., pero sin cerrar su quitasol.

¡O somos o no somos!

Ya se imaginarán ustedes el tole tole y polvareda que el incidente levantaría. Si no hubo revolución fue... porque todavía no estábamos locos de remate.

Cuestión idéntica sobre el quitasol arzobispal hubo en el siglo pasado entro el ilustrísimo señor Barroeta y el virrey Manso de Velazco. Terminó con la traslación de Barroeta al arzobispado de Granada, en España.

Por supuesto, que la querella entre el señor Villagómez y el conde fue hasta la corte. Su Majestad don Felipe IV se vio de los hombres más apurados para fallar. Sus simpatías estaban en favor del virrey, que no había hecho más que mantener muy en alto los fueros del patrono; pero el cardenal arzobispo de Toledo defendió en los consejos del rey la conducta del señor Villagómez, como quien aboga en causa propia.

¿Qué hacer? No dar la razón al uno ni al otro, declarar tablas la partida, y eso fue lo que hizo Felipe IV.

Por real cédula de 13 de marzo de 1658 se dispuso que ni virrey ni arzobispo usasen quitasol en las procesiones, que es a lo que aludía el pasquín.