El rocín y el jumento

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Nuevas fábulas
El rocín y el jumento

de Felipe Jacinto Sala




En escondido valle, cierta noche,
tras de ruda jornada,
postrados de fatiga
dormían Don Quijote y Sancho Panza;
aquél viendo entre sueños
a Dulcinea, su fermosa dama,
y éste creyendo gobernar tranquilo
la ínsula tantas veces suspirada.
No lejos de sus dueños, y paciendo
con harta holgura la menuda grama,
Rocinante y el Rucio,
como buenos amigos, platicaban:
-«¿Has visto a mi señor -dijo el jamelgo-
»con qué bravura terminó su hazaña,
»y cómo, hidalgo, perdonó al del Bosque,
»cuando rendido le miró a sus plantas?
»Esto es saber vencer al enemigo;
»esto es triunfar con honra en las batallas.
»¿Dónde hallar ningún otro caballero
»que adquiera tanto lauro y tanta fama?»-
-«Pues a fe de borrico,
»que semejante prez no se me alcanza.
»¡Qué diablos de victorias!
»Sacar rotas la oreja y la celada,
»quebrantados los huesos otras veces,
»o molidas a palos las espaldas.
»¿Qué vale ganar hoy, si siempre pierde?»-
-«No seas machacón: la empresa es santa;
»y, lo repito, es fuerza que fundemos
»igual institución en nuestra raza.
»¿Caballería andante tienen ellos?
»Tengámosla también, que la reclaman
»la débil inocencia perseguida,
»la impotente flaqueza avasallada.
»¿No hay follones acaso, y malandrines?
»¿No devoran, feroces, y a mansalva,
»la vulpeja a la cándida paloma,
»y el voraz lobo a la cordera mansa?
»Y el tigre y el león, y tantas fieras
»como se ceban en la sangre humana,
»di ¿no merecen ejemplar castigo?»-
-«Sí, en verdad; pero ¿quién les pone a raya?»-
-«Nosotros; ejerciendo el noble oficio
»que ejerce Don Quijote de la Mancha.»-
-«Y ¿dónde vamos a colgar el yelmo,
»ni cómo haremos uso de la lanza?»-
-«Qué yelmo, ni qué lanza, majadero?
»¿No llevamos los dos mejores armas?
»Coz y mordisco al que luchar se atreva.
»Y, fuera compasión, caiga el que caiga.
»El fraude, el robo, el crimen,
»son hijos de la gula y de la holganza;
»la continencia sólo y el trabajo
»harán la bestia honrada.
»No se apacienten, pues, en carne viva,
»que buenos son el heno y la cebada;
»y, en vez de holgar y acariciar el vicio,
»edúquense, y aténganse a la carga.»-
-«¿Y nos dará provecho el sacrificio?»-
-«Y sempiterna fama;
»los más ricos graneros
»nos brindarán el trigo a fanegadas,
»y los feraces campos
»su fresca yerba y su sabrosa alfalfa.
»¿Y en las lides de amor? ¡Cuánta ventura!
»La mejor yegua que crió el Jarama
»será para nosotros.»-
-«La renuncio:
»en mi pueblo natal, junto a mi casa,
»hay una burra de lucido pelo,
»nervudos lomos y carnosas ancas,
»que me tiene hechizado. No la cambio
»por fembra alguna.»-
-«¡Bien por tu constancia!
»Sobrado premio te darán las luchas.»-
-«¿Y serán arriesgadas?»-
-«¿Quién lo duda? Se puede hallar la muerte
»a un solo golpe de potente garra;
»puede venir una atrevida hiena
»que, a puro dentellar, nos parta el alma;
»o un fiero encantador, hecho vampiro
»que chupe nuestra sangre...»-
-«¡Oh! calla, calla.»-
-«Aventuras son estas.»-
-«Desventuras,
»dirás mejor; no, no me cuadran.
»Al pensar en los riesgos que me pintas,
»me gruñen las entrañas.
»Insiste en tu locura si te atreves;
»corrige los entuertos que te plazca;
»imita a tu señor, y por mi vida,
»que pararéis los dos en una jaula.
»Yo no tengo valor para esa empresa;
»y en cuanto asome el alba,
»voy a decir al labrador Alonso,
»al que llamáis ahora Sancho-Panza,
»al amo mío, que marchemos juntos;
»que me deje habitar la antigua cuadra,
»que me lleve cual antes al molino;
»y me ocupe otra vez en la labranza.»-
-«¡Vete con Dios! Por tu medroso genio
»y tu poca ambición téngote lástima.»-
Esto dijo el rocín, y luego, a solas,
murmuró con desdén estas palabras:
-«La corona de gloria entre sus flores
»tiene agudas espinas que nos dañan;
»el que cobarde sus heridas tema,
»nunca intente alcanzarla.»-
Rocinante murió; con él murieron
la hidalguía y nobleza de su raza,
su espíritu sutil... alegoría
de nuestra edad dorada.
Materialista, en cambio, interesado,
de pobre fondo, y de corteza basta,
palpita en nuestro siglo todavía,
el jumento de Sancho, en cuerpo y alma.