El rosario de coral

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El rosario de coral
de Emilia Pardo Bazán



Las monjitas del convento de la Humildad fueron testigos de un prodigio más inexplicable que ninguno.

El prodigio, en efecto, no se parecía a los reiterados casos en que la gracia, visiblemente, había descendido sobre el convento.

No era que se hubiese curado súbitamente una monja de inveterada parálisis, ni que hubiese parpadeado la efigie de Nuestra Señora, que todos los años, el día de su fiesta, abre lentamente los ojos y envía por ellos rayos de amor a los que extáticos la miran. Tratábase de un fenómeno extraño, y al parecer sin objeto, porque no edificaba.

Era que las cuentas del rosario de la madre Soledad, hechas de huesecillos de aceituna del Olivete, se iban transformando, poco a poco, en cuentas de coral rojo magnífico, y el engarce, de latón, se volvía de oro afiligranado y brillante.

Cuchicheaban las reclusas a la salida del coro, en las horas del recreo, en el huerto, por los claustros. ¿Se había fijado la madre Gregoria? ¿Era una ilusión de la vista de la madre Celia, con su principio de cataratas? ¿Soñaba la madre Hilaria al asegurar que el año pasado el rosario sólo tenía un diez rojo, y ahora ya era otro diez y las Avemarías?

Asombraba tanto más el portento -indiscutible- cuanto que la madre Soledad, con ser muy buena, no se contaba entre las monjas que espantaban por sus mortificaciones. Parecía más natural que al realizarse un prodigio dentro de las paredes de la Humildad, recayese, por ejemplo, en sor Leocadia, que llevaba a raíz de la carne un cilicio de crines de caballo; o en sor Julita, que diariamente trazaba en el suelo del coro cien cruces con la lengua; o en sor Armanda, que se abría a disciplinazos los viernes; o en sor Expectación, que se tendía para que sus hermanas la pisasen... La madre Soledad se limitaba a cumplir lo que dispone la regla, y su única penitencia parecía el silencio profundo que guardaba por costumbre. Su hablar era casi monosilábico, y su ensimismamiento correspondía bien a la idea de la soledad, soledad interior del alma.

Pálida y demacrada, se adivinaba que la consumían penas muy secretas, triste carga de plomo que había traído del mundo. Otras monjas, aun las más mortificadas, y acaso éstas sobre todo, eran alegres, con ingenua alegría infantil: gastaban chanzas, reían a carcajadas de cualquier cosa y comentaba jovialmente el libro del padre Boneta, entonces recién publicado, y que corría por los conventos, Gracias de la gracia, saladas agudezas de los Santos..., donde se referían mil chistes y donaires de bienaventurados legos, niños y varones tan graves como San Francisco de Borja, San Bernardo, San Vicente Ferrer. No entendía de estas ingeniosidades la madre Soledad. Nunca una sonrisa alumbró aquella cara trágica, donde el dolor estampaba su sello.

Y tan calladamente y tan hurañamente como había vivido, murió la monja del rosario milagroso el día mismo en que la última cuenta de hueso se convirtió en purpúreo grano de coral.

El padre visitador de Orden llegó a la Humildad cuando acababa de expirar la monja. Encontró a las madres alborotadas y zumbadoras, como colmena en peligro, y preguntó la causa. Le refirieron el hecho singular, y como para él no había clausura, le llevaron a la celda donde la madre Soledad, vestido su hábito y con una cruz entre los dedos, dormía su último sueño, semejante en todo a una ascética efigie de cera amarilla. Sobre el halda de su sayal descansaba el rosario, parecido a un reguero de sangre salido de las entrañas.

-¿Y dicen sus mercedes que antes ese rosario era de huesecillos? -preguntó el padre visitador, gallardo anciano de barba nívea, arrogante estatura.

-Todas lo podemos asegurar -exclamaron las madres a un tiempo.

Campaneó el visitador la cabeza y se acarició el chorro de plata de las fluviales barbas, meditabundo. Después sonrió, tomó el rosario y le dio vueltas entre los dedos. Por último, dirigiéndose a la abadesa, ordenó:

-Que avisen al confesor de la difunta; deseo hablarle.

En la sacristía se encerraron los dos religiosos, el fraile y el monje -porque el visitador era bernardo, y capuchino el confesor-. Un velón típico, de latón reluciente, los alumbraba, y entre la penumbra de la estancia abovedada y solemne, destacábase la dorada talla de los marcos y el diminuto lazo de alguna cornucopia, suspensa sobre la cajonada que encerraba las vestiduras.

El visitador fue directamente al asunto.

-Dígame su paternidad qué hay de eso del rosario de la monja que acaba de morir, porque todo ello trasciende a inocentada de las benditas madres, y yo no gusto de que anden divulgándose casos milagrosos que sólo están en la imaginación y dan que reír al padre Feijoo y al padre Sarmiento.

El fraile se recogió un instante antes de responder. Su frente calva, sus ojos de fuego hundidos, sus sienes surcadas, sus labios delgados, amoratados, le daban semejanza con los San Jerónimos de Ribera. Y en efecto, el padre Mauro estaba casi en olor de santidad.

-Me pide su paternidad cosa en que yo no podría obedecer si la madre Soledad no me hubiese rogado que, para edificación de todos, revelase este misterio. Lo que voy a decir es lo mismo que ella diría, caso de estar viva y de mandársele por obediencia que hablase. Por mi parte, nada tengo que añadir a sus palabras. No atestiguo: refiero.

Sepa, pues, su paternidad, que esta monja fue muy desgraciada en el siglo. Y todavía a su desgracia superó su humillación y vergüenza. Era una doncella muy noble; su padre, viudo, se había vuelto a casar, y la trataba con despego, dureza y mofa. Su madrastra la obligaba a servirle de criada, a calzarla, a recoger la basura, a fregar los suelos. Su hermano, el que debiera defenderla y ampararla, la quiso entregar a un rico libertino y viejo que la rondaba, y bueno fue que algún ángel protegiese su pureza; y por remate, un hidalgo de quien honestamente se enamoró, la sacó de su casa con engaño, y como ella no accedía a sus malos propósitos, la hizo presenciar sus solaces con otra mujer, y después la echó a la calle, de noche, riéndose de sus lágrimas. Entonces el demonio se le metió en el alma a Soledad, inspirándola una sed de venganza tan rabiosa, que entró en la tienda de un armero y compró un puñal, con resolución de darles por los pechos a su madrastra, a su padre, a su hermano, a su amante, a cuantos la habían ultrajado y afrentado inicuamente. Se escondió en la alcoba de su padre, y, al verle dormido, alzó el puñal. Un dolor agudo en el corazón le dejó paralizado el brazo; el arma cayó a sus pies. Entonces echó a correr y no paró hasta la puerta de esta santa casa, donde por caridad le admitieron. Hizo una excelente monja; pero es el caso que, mientras por fuera practicaba la humildad, interiormente sus afanes de venganza persistían, su alma seguía apuñalando. Día y noche deseaba a los que la habían burlado toda clase de males, la muerte, y, ¡cosa horrible!, la muerte en pecado, sin tiempo a arrepentirse. Decíame no poder vencer tales deseos y gozar en ellos con delectación infinita. A fuerza de exhortarla, a fuerza de luchar, un día me declaró que ya sentía impulsos de perdonar a su padre. Al día siguiente, una cuenta del rosario era de coral, y la madre Soledad gimió: «Es una gota de mi sangre; la he sentido subir y caer de la boca...». Poco a poco, con tremenda batalla, fue perdonando, perdonando... Sólo al que tanto amó en el siglo no acertaba a perdonarle nunca; no había medio de arrancar de su espíritu el odio. «Haré penitencia -me decía-, me azotaré..., pero eso de perdonar a aquel infame...». «No -contestaba yo siempre-. Dios no te pide que te abras las carnes; te manda que abras el corazón a la misericordia.» La mañana del día de su fallecimiento me llamó, y entre fatigas me dijo: «Le he perdonado, y del esfuerzo de perdonarle, me muero.» Entonces vi que el rosario era de coral todo.

-¿Y qué piensa del caso vuestra paternidad? -interrogó el capuchino.

-De casos como éstos, no pienso nada; me postro. Si hubo superchería en la madre Soledad..., allá ella y Dios. He cumplido su voluntad. He contado lo que he visto.