El ruego encarecido

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El ruego encarecido


 Deja ya la cabaña, mi pastora;   
 déjala, mi regalo y gloria mía;   
 ven, que ya en el oriente raya el día,   
 y el sol las cumbres de los montes dora.   
 

 Ven, y al humilde pecho que te adora,  
 torna con tu presencia la alegría.   
 ¡Ay!, que tardas, y el alma desconfía;   
 ¡ay!, ven, y alivia mi pesar, señora.   
 

 Tejida una guirnalda de mil flores   
 y una fragante delicada rosa  
 te tengo, Filis, ya para en llegando.   
 

 Darételas cantando mil amores,   
 darételas, mi bien; y tú amorosa   
 un beso me darás sabroso y blando.