El sabio

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El sabio
de Emilia Pardo Bazán



¡Honrad a Indra, el todopoderoso, y después recitad este poema, en el cual hay dulzores y amargores, la esencia de la vida humana!

Sabed que en la sagrada Benarés se celebraron con esplendor las bodas de la virgen Utara y el sabio Aryuna. Queriendo honrar a los novios dispuso el rey de los Matsias grandes festejos. Empezó por reunir toda su corte, y acudieron los dignatarios, reyezuelos y rajaes, cargados de pedrerías, tan refulgentes, que la sala donde se congregaron parecía un firmamento esmaltado de estrellas. Ante aquel concurso lucidísimo se celebró según los ritos el desposorio; las caracolas, los gumuces, los atambores, resonaron estrepitosa y alegremente en torno del palacio; en la pagoda fueron inmoladas en sacrificio gacelas y vacas, y desfilaron ante el pórtico, en vistosa muestra, las tropas, carros, caballos, elefantes con sus torres, arqueros, infantes, el ejército entero del rey. El cual, así que se hubo celebrado el banquete a la puesta del sol, tomó de la mano a la desposada, y le dijo solemnemente:

«Hermosa eres, doncella: tu presencia, como un vino generoso, derrama embriaguez. Tus formas son de diosa; grandes son tus ojos, tus cejas parecen pétalos de loto, tu voz es como el gorjeo del kokila. El primer don de la mujer es la hermosura, y por eso a ti, milagro de belleza, he querido uncirte a Aryuna, único varón de esta tierra que te merece. Aryuna es piadoso, generoso, sabio, frecuentador de los sacrificios y firme en sus votos. Es el deber encarnado; es todo energía; su inteligencia domina a la naturaleza, sus mortificaciones le aproximan a las esferas celestes. Sabe de memoria el astra de los tres mundos, de las cosas móviles e inmóviles; y ni entre los demonios ni entre los dioses hay quien esté más versado que él en todo conocimiento. Es fuerte y verídico; ha vencido sus órganos y sus sentidos, y su gloria es como la del sol al amanecer. Regocíjate, virgen, de ser el loto que embalsama el jardín del corazón de Aryuna. Sólo una vez es entregada la virgen al esposo; sólo al esposo pertenece ya tu vida, divina Utara.»

Juntando las manos en forma de copa, como se hace ante el altar, Utara reverenció la arenga del rey, y escoltada por otras doncellas se dirigió a la cámara donde ya esperaba Aryuna, sentado en el lecho de marfil que revestían densas pieles.

Se retiró la comitiva, y Utara, lentamente, avanzó hacia su esposo. Se la podía comparar a la luna, que en aquel mismo instante ascendía por el cielo, sombríamente azul, y cuyos rayos argentaban el mármol del pavimento y el ligero chorro del surtidor perfumado que caía en un piloncillo, en medio de la estancia. Su andar era rítmico; sus brazaletes resonaban con suave choque musical, y sus collares de perlas, escalonados sobre el seno desnudo, subían y bajaban como la blanda ola que la playa, alternativamente, rechaza y acoge. Bajo las perlas y el seno delicado, el corazón de Utara saltaba como gacela que escuchó al chacal rugir a corta distancia. Aryuna se levantó, y empujando sin violencia a su esposa, la hizo sentarse cerca de él, en un taburete.

-¿Tienes miedo? -interrogó con benignidad-. No temas; yo te protegeré. ¿El calor, la fatiga, acaso te rindieron? Sal a respirar el aire; descansa, agota el refresco que te prepararon tus compañeras. Estás en poder de un hombre justo, de un dueño que no te hará ningún mal. Ya sabes que he vencido mis sentimientos y mis pasiones. Que la tranquilidad y el sosiego se difundan por tu ser. Te ofrezco la paz que en mí llevo; mírame, y aprende a no agitarte.

Utara, entonces, se atrevió a alzar tímidamente sus dorados ojos ovales y a fijarlos en Aryuna. El sabio tenía las pupilas marchitas y apagadas: el estudio y la contemplación las habían despojado de humedad y fuego. La voluntad había cavado surcos en su cara, y la austeridad consumido su carne. A pesar del aceite oloroso que los impregnaba, sus cabellos eran ásperos; a pesar de la engalanada vestidura de boda, su aspecto era ascético. Y Utara, temblorosa, osó decir:

-Héroe, señor, semejante a Indra... no extrañes mi turbación. Soy joven, ignoro lo que es nuestra vida. El misterio de las nupcias me rodea y me estremece. Si eres santo, espero de ti el remedio, espero la verdad.

Aryuna asintió con la cabeza, y respondió:

-La verdad no se aparta de mi boca. Pregunta, Utara lo que gustes. ¡Sé de memoria el astra de los tres mundos!

-¡Entonces, imagen de Indra -murmuró la virgen, acercándose a Aryuna confiadamente, enviándole al rostro su aliento de mimosa en flor- entonces... contéstame a seis preguntas, y después manda a tu esclava, que ante ti, oh sabio, no debe ni alzar la frente del polvo!

-Espero el interrogatorio, dijo Aryuna, desviándose un poco de su esposa para meditar con serenidad, pues a pesar suyo aquel soplo puro de brisa de primavera y aquella candorosa mirada, le acusaban el vértigo del que bebe licor de soma.

Utara, poniendo el índice sobre el labio, preguntó afanosamente:

-Dime ante todo: ¿somos árbitros de nuestros deseos?

-No -contestó el sabio. El deseo no es como la flecha, que la dirigimos a nuestro gusto recta al blanco.

-¿Y del amor, somos árbitros?

-No. El amor crece en nosotros como nuestro cuerpo: sin que lo determine la voluntad.

-¿Deben unirse el hombre y la mujer sin amor, oh imagen de Idra?

-No. Son los seres inferiores, en otro grado de encarnación, los que sin amor se unen.

-¿Es lo mismo venerar que querer?

-No -articuló gravemente Aryuna-. Tú me veneras y no me quieres, virgen Utara.

-¿Soy culpable por eso?

-No. Tú estás en el grado inferior humano en que el sentimiento no reconoce el freno de la energía y de la sabiduría. Cuando hayas leído los cuatro Upanisad y los Vedas todos; cuando hayas hecho penitencia cien años en lo más intrincado del bosque, comiendo aire y bebiendo tus lágrimas; cuando hayas secado tu sangre y atrofiado tus nervios; cuando hayas pronunciado cien millones de veces la misteriosa sílaba ¡Aum! que contiene las tres letras símbolo de Brama, Visnú y Siva... quizás los astros te revelarán su sentido profundo, y sólo amarás lo que quieras amar. Hoy, pobre Utara, tu corazón semeja un tigre cautivo que muerde los tablones de su jaula. ¿Acaso es culpable el tigre?

-La última pregunta: Y tú, Aryuna, ¿amas sólo lo que debes amar?, balbuceó la doncella sonriendo, con involuntario amor propio juvenil.

-No -repitió Aryuna-. Veo que no, a pesar de los astros. No me he purificado sin duda lo bastante, cuando al sentir tu aliento tembló mi espíritu. El sabio puede tomar mujer; lo que no puede es amarla con insensato frenesí. Utara, necesito hacer penitencia otros cien años más, porque sin duda hice la que bastaba para dominar a los hombres y me faltó la que se requiere para no ser dominado por la mujer. Soy un luchador que tiene un lado del cuerpo vulnerable. Me falta todavía llegar a la unión con el Dios sumo por el desasimiento y la indiferencia; a lo que los sabios llamamos yoga. Adiós, Utara, eres libre.

-¡Espera, imagen de Indra!, gritó la doncella al ver que su esposo se dirigía hacia las arcadas del pórtico. ¡Espera, no me abandones así! Llévame contigo para que yo también aprenda esa ciencia de no amar sino lo que debo, de no sentir sino lo que conviene, de no pensar sino cosas altas, hondas y celestiales. Quiero olvidar que tengo sentidos y que mi joven corazón ruge como las fieras. Quiero mortificarme, desecarme, evaporarme, perderme en el seno de lo infinito. Quiero evitar las tres puertas tenebrosas del amor, la cólera y la codicia, por las cuales el alma ingresa en el impuro Naraka, mansión de los que reencarnan luego en alimañas viles. Llévame bajo la sagrada higuera, que tiene las ramas en el suelo, las raíces en el cielo, y cuyas hojas son himnos. ¡Sálvame de la ilusión, de la mentira, de las apariencias, de los lazos del vivir terrenal!

Hablando así, la virgen se cogía a las ropas de Aryuna, y el sabio recibía entre las palabras el soplo dulce de aquella boca y sentía sobre la seca piel de su esternón el contacto de los collares de perlas de Utara, parecidos a hileras de senos microscópicos, turgentes. Se desprendió con esfuerzo sobrehumano, y corrió, corrió, hasta perderse en los límites de la selva, en que terminan los parques de la residencia real. Allí se detuvo, y viendo correr a sus pies el río, en cuyas ondas espejeaba la luna, se despojó de sus ropas y entró en el agua para purificarse de sus emociones de un minuto. Y cuando dentro de la corriente quiso recitar una plegaria expiatoria, notó con terror que se le habían olvidado por completo los astros de los tres mundos, el Upanisad, los demás Vedas, la sílaba misteriosa... y que sólo sabía decir un nombre: Utara.