Elegía a una partida

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Elegía a una partida
de Hernando de Acuña



 Si el dolor de la muerte es tan crecido    
 que pueda compararse al que yo siento,   
 duélase el que nació de ser nacido.   
 

 Mas nunca pudo muerte al más contento   
 parecerle jamás tan cruda y fiera,  
 que iguale a mi dolor su sentimiento.   
 

 Muerte puede hacer que el cuerpo muera,   
 mas, cuando el amador de su bien parte,   
 el alma se divide, que era entera.   
 

 Antes la más perfeta y mejor parte  
 es la que en el poder ajeno queda,   
 que con su propia mano Amor la parte.   
 

 Pues ved cómo de vos partirme pueda,   
 que sois parte mayor del alma mía,   
 sin que el dolor al del morir preceda. 
 

 Ya se me representa el triste día   
 tan lleno de tiniebla, horror y espanto,   
 cuan ajeno de luz y de alegría.   
 

 Y pues de agora se comienza el llanto,   
 ved qué será en efeto la partida,  
 si sólo el esperalla duele tanto.   
 

 Será gran bien en pena tan crecida   
 que, pues partiendo de mi bien me alejo,   
 antes que parta el pie parta la vida.   
 

 Mas el injusto Amor, de quien me quejo,  
 permite, para daño más notable,   
 que deje, sin morir, el bien que dejo.   
 

 ¡Oh fortuna envidiosa y variable,   
 que apenas vi mi bien ya desparece,   
 tanto te precias de tu ser mudable!  
 

 Aún bien no amaneció cuando anochece,    
 que en el bien que he tenido ser primero   
 su fin que su principio me parece.   
 

 Mas mi sustentamiento verdadero,   
 partiéndome de vos, por quien vivía,  
 es la esperanza de volver do espero.   
 

 Ni aunque me vaya donde nace el día   
 tendrá el sol rayo tan resplandeciente   
 que alumbre en su tiniebla el alma mía.   
 

 Otra alba han menester, otro orïente  
 mis ojos, que sin vos hallan escuro   
 del cielo el resplandor más excelente.   
 

 Y el bien que más deseo y más procuro    
 casi me ofende, que es dejarme veros,   
 visto a lo que partiendo me aventuro.  
 

 Y amenázame Amor con el perderos,   
 aunque mi corazón no lo consiente,   
 que desto se asegura con quereros.   
 

 Pero, señora, quien os ve presente   
 ¿qué corazón tendrá para acordarse  
 que de esos ojos se ha de ver ausente,   
 

 y para ver la triste hora llegarse   
 en que los míos hayan de partirse   
 del bien de que no saben apartarse?   
 

 Si la pasión que desto ha de sentirse  
 es cierto que ha de ser conforme al daño,   
 harto se manifiesta sin decirse.   
 

 No digo la que siento en el engaño   
 de ser mi voluntad desconocida,   
 que éste es otro dolor nuevo y extraño:  
 

 ver que cosa de vos va tan sabida   
 no queráis por su nombre confesalla   
 por no la agradecer siendo creída;   
 

 que, aunque jamás yo supe declaralla,   
 sé que de vos por un igual se entiende  
 esto que digo y lo que el alma calla.   
 

 Mas lo que en mi partida ella pretende   
 y, en pago de su fe, por ella os pido,   
 si el pedillo, señora, no os ofende,   
 

 es sólo que a un querer tan conocido  
 le deis su nombre, y que no sea pagado   
 el jamás olvidaros con olvido,   
 ni con ese descuido mi cuidado.