Elementos de economía política: 84

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Capítulo XXI : De los empréstitos y del crédito público.[editar]

    • I. De la naturaleza del sistema de los empréstitos públicos.
    • II. Del crédito público.
    • III. Cotejo entre la contribución y el empréstito.
    • IV. Sobre la necesidad de los empréstitos públicos.
    • V. De algunas opiniones sobre el empréstito.
    • VI. Resumen.

§. V. De algunas opiniones sobre el empréstito.[editar]

568. Para penetrar aún más en la noción del empréstito, sigamos paso a paso a J. B. Say en la refutación de los principales errores que se han emitido sobre este punto.
569. Voltaire creía [1] «que un Estado que no debe sino a sí mismo, no se empobrece, y que sus mismas deudas son un nuevo fomento para la industria». ¡Cuántos piensan como Voltaire!
Esto es una consecuencia de la teoría de los grandes sueldos y de la de que la contribución es la mejor de todas las colocaciones del dinero: todo lo que hemos dicho contra la exageración de las cargas públicas halla aquí una nueva aplicación. El Estado no toma a préstamo más que para consumir; ahora bien: si el consumo es improductivo, ¿cómo no ha de empobrecerse el país en tanto cuanto importa el consumo? Si es reproductivo y lo bastante para consentir un reembolso, la deuda cesa, y ya no es este el caso de que habla Voltaire, pues cree que basta que la nación se deba a sí misma para que no haya pérdida. Cuando los contribuyentes pagan cada año a los acreedores del Estado 300 millones de francos, como en Francia, y 750 millones, como en Inglaterra, yo veo en esto una mudanza o traslación de rendimientos de un capital aniquilado en sus tres cuartas partes; veo una renta pagada a los que han prestado ese capital; veo, en fin, que los provechos de otro capital perteneciente a los contribuyentes costean esa renta; de suerte que hay empobrecimiento social por el capital perdido, y empobrecimiento individual por los provechos anuales que pagan la renta; por consiguiente, la Francia y la Inglaterra me parecen mucho más empobrecidas que si no tuvieran que pagar anualmente, la una 300 millones y la otra 750 de intereses. Por lo que respecta al fomento de la industria, salvo el caso de trabajos y mejoras bien entendidas, hechas por el Estado con el capital tomado a préstamo, todavía es muy cuestionable si los ciudadanos por sí lo hubieran hecho con más acierto; pero, por el pronto, podemos asegurar que los contribuyentes sabrían emplear los 300 y los 750 millones, lo mismo que los censualistas de Francia y de Inglaterra, de manera que no nos parece posible admitir que los acreedores franceses, por el mero hecho de ser franceses, fomentan la industria recibiendo 300 millones de los contribuyentes de la misma nación. De ese modo la industria preferiría no recibir fomento alguno.
570. Condorcet, impugnando a Voltaire [2], sostiene que el empréstito produciría peores efectos si los extranjeros suministrasen los fondos para él.
El mal consiste en que se consume un capital. Los intereses pagados a un extranjero provienen de los rendimientos de un capital productivo: si es preferible, bajo el punto de vista patriótico, que los nacionales presten a su Gobierno, es porque esto prueba que pueden prestar.
571. M. Dufresne St. Leon [3] ha dicho que los Gobiernos vuelven «siempre a la circulación los fondos que sacan de ella por medio del empréstito, puesto que no toman prestado más que para pagar».
Ya hemos visto cómo devuelve el Gobierno el importe de las contribuciones (516). El Gobierno restablece en la circulación la moneda que de ella ha sacado, pero no la devuelve: las compras no son restituciones.
572. Los empréstitos, dicen algunos, favorecen las economías de los particulares, ofreciéndoles un medio fácil, siempre expedito, de colocar sus ahorros, aguardando la ocasión de emplearlos en alguna empresa más productiva.
Si los empréstitos provocan los ahorros, lo cual es dudoso, esos ahorros son de personas que pueden hacerlos bastante considerables, y colocarlos de cualquier otro modo; pero aun así, eso probaría que los empréstitos son funestos a la cosa pública, retirando los capitales de la agricultura, de la industria y del comercio.
Y haciéndolo así, ¿no provocan la disipación de los capitales, que se hubieran dedicado a consumos lentos, a gastos duraderos, a mejoras de toda especie y a colocaciones cuyo rendimiento sería la utilidad o el placer de las familias?
Pero ¿es seguro que los empréstitos sirven de depósito a los ahorros, y que el prestamista recoge su capital cuando lo necesita?... Como ese capital se ha gastado, el Estado no puede devolverlo; y si el prestamista vende su crédito a otro, éste empeña su capital y se limita a ocupar el lugar del primero.
573. Se ha dicho: los efectos públicos favorecen la circulación. Si alguna circulación favorecen, es una circulación viciosa, que no es más que el paso de una mano a otra, siendo así que la sola circulación apetecible es aquella que añade al objeto que circula una utilidad, un valor nuevo. Cuando se consume un capital en una fabricación para reaparecer bajo forma de productos se verifica una circulación útil.
574. También se ha dicho: los empréstitos, suministrando a los capitalistas un empleo de sus fondos, impiden que los envíen al extranjero.
Pero ¿no vale más prestar al extranjero que recargar nuestras contribuciones? Los capitales que salen del país producen réditos, y siempre se pueden recobrar vendiendo los títulos.
575. «Los empréstitos multiplican el número de los censualistas, y los censualistas fomentan la industria.»
La respuesta a este argumento es muy obvia. Cuando el censualista tiene menos que gastar, el contribuyente puede gastar más.
576. Ganish atribuye a los empréstitos la prosperidad de la Inglaterra, diciendo que esta es una verdad de hecho [4], a la que nada se puede objetar; pero Ganish, probando que la Inglaterra ha prosperado mientras hacia empréstitos, no ha probado de modo alguno que haya prosperado porque los hacía o a pesar de que los hacía.

  1. Observaciones sobre el comercio, el lujo, las monedas y las contribuciones, tomo XXIX, edición de Kelh.
  2. Observaciones sobre el comercio, el lujo, las monedas, etc.
  3. Estudios del crédito público, pág. 91.
  4. Ciencia de la hacienda, pág. 35.